LOGINLa puerta del despacho se cerró con un clic detrás de Matteo cuando salió para su «almuerzo de negocios». Conté hasta sesenta en mi cabeza: el tiempo suficiente para que su coche desapareciera por el camino de entrada, pero no tanto como para que las cámaras de seguridad registraran mi movimiento como algo fuera de lo normal.
Me colé dentro.
El portátil estaba abierto sobre el escritorio, con la pantalla oscura pero sin bloquear. Lo desperté con un toque ligero. No apareció ninguna petición de contraseña. Había dejado de molestarse con eso hacía meses, otra pequeña arrogancia que yo estaba a punto de volver en su contra.
Conecté el pequeño USB negro que Damien me había enviado dos días antes junto con un único mensaje: «Esto podría ser útil».
Abrí la carpeta privada de Matteo, la que él creía que yo nunca había visto.
Primero aparecieron los manifiestos. Luego los libros de contabilidad de sobornos con nombres de capitanes y horarios de muelle. Archivos de audio de los últimos seis meses se alineaban en filas ordenadas. Una carpeta llamada «Activos» contenía fotos de entregas de dinero en efectivo y hombres que reconocí de las cenas familiares. Otra carpeta, sin nombre, guardaba vídeos. No los abrí. No hacía falta.
Seleccioné todo y lo envié al USB. La barra de progreso empezó a moverse… demasiado despacio.
El pulso me retumbaba en los oídos. Cada tic-tac del reloj sonaba como una advertencia.
La barra llegó al cuarenta y siete por ciento cuando la puerta principal se cerró de un portazo abajo.
Pasos pesados cruzaron el vestíbulo: familiares, deliberados. Matteo.
Se me cayó el estómago. Se suponía que estaría fuera durante horas.
¿Cómo había vuelto tan pronto? ¿Por qué?
Con el corazón latiéndome en la garganta, me quedé paralizada, los ojos clavados en el porcentaje que avanzaba a duras penas. Cincuenta y uno. Cincuenta y tres.
Las escaleras crujieron bajo su peso.
Arrancó el USB de un tirón. La transferencia se detuvo en el sesenta y ocho por ciento. Incompleta. No era suficiente.
El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que pensé que las rompería. El sudor me corría frío por la nuca y me bajaba por la columna. Los dedos se me entumecieron alrededor del USB; lo solté dos veces antes de metérmelo en el bolsillo del pantalón. Me escondí detrás de la puerta del despacho y pegué la espalda a la pared, respirando superficial y en silencio para no hacer el menor ruido.
La puerta del despacho se abrió.
Matteo entró con el teléfono pegado a la oreja.
—Sí, se me olvidó el puto contrato. Dos minutos. Lo cojo y me voy.
Cruzó hasta el escritorio, abrió un cajón y revolvió entre papeles.
Contuve la respiración. La pantalla del portátil seguía encendida: carpetas abiertas, archivos recientes visibles. Si levantaba la vista…
No lo hizo.
Simplemente agarró una carpeta, cerró el cajón de un golpe y se dirigió a la puerta.
El teléfono le vibró otra vez. Contestó sin detenerse.
—Dile que estaré allí a las diez. Y asegúrate de que la habitación esté lista.
Salió.
La puerta se cerró con un clic.
Solté un aliento tembloroso y esperé treinta segundos más antes de moverme.
Tenía las piernas como gelatina, pero me obligué a volver al escritorio. Desperté el portátil otra vez, cerré las carpetas, borré la lista de archivos recientes, lo apagué y dejé todo exactamente como lo había encontrado.
Salí del despacho, cerré la puerta con suavidad y regresé a la habitación de invitados con pasos silenciosos.
Cerré con llave, me apoyé contra la madera y por fin exhalé.
El USB estaba en mi bolsillo: el sesenta y ocho por ciento del imperio de Matteo en un pequeño palo negro. No era el regalo completo que quería darle a Damien, pero bastaba. Bastaba para hacerle daño. Bastaba para prender la mecha.
Lo saqué y lo metí en el bolsillo oculto del vestido que colgaba en el armario de la habitación de invitados. Allí quedó, pequeño y pesado, esperando la gala.
Se lo entregaría en persona esa noche. Donde Matteo pudiera verme sonreír al hombre que pronto sería dueño de todo lo que él había construido.
La semana pasó en fragmentos tensos y silenciosos.
Por las mañanas Matteo ladraba órdenes al teléfono y apenas me miraba por encima del café.
Por las tardes yo me quedaba en la habitación de invitados mientras el teléfono desechable vibraba con mensajes de Damien. Siempre cortos. Siempre autoritarios.
«Lleva el collar debajo de la ropa. Incluso cuando él esté en casa.»
«Tócate esta noche y mándame el audio. Quiero oírte decir mi nombre cuando te corras.»
Por las noches Matteo desaparecía con su última conquista. Yo me quedaba en la cama de invitados con el collar frío contra la garganta y los dedos entre las piernas. Grababa gemidos suaves y rotos para un hombre que no era mi marido.
La mañana de la gala, el USB pesaba más que los diamantes que llevaba al cuello.
Esperé a que Matteo saliera para sus recados previos al evento. Entonces me vestí.
La seda se deslizó sobre mi piel desnuda. Sin sujetador. Sin bragas. Solo el encaje sin entrepierna enmarcando lo que Damien quería tener accesible. El corsé me ciñó la cintura hasta que mi respiración se volvió superficial y deliberada. El escote profundo enmarcaba mis pechos como una ofrenda. La abertura en el muslo se abría con cada paso. Los stilettos me elevaban hasta hacer que mis piernas parecieran infinitas.
Me abroché el collar de diamantes al final. El metal estaba frío contra mi piel. Me miré en el espejo.
La mujer que me devolvía la mirada llevaba el anillo de Matteo en el dedo, pero lucía el collar de Damien alrededor de la garganta.
Con orgullo, me atrevería a decir.
Y en el bolsillo oculto de su vestido llevaba el sesenta y ocho por ciento del imperio de Matteo en un USB negro.
Esa noche todo cambiaría.
Y Matteo nunca lo vería venir.
**PUNTO DE VISTA DE MATTEO**Ferro me esperaba en la puerta del local vacío, un espacio pequeño en una calle tranquila, lejos de cualquier zona que alguna vez hubiera pertenecido a Sophia o a mi antigua organización.—Es más chico de lo que imaginaba —dijo, recorriendo el lugar con la mirada—. Pero sirve.—No necesitamos algo grande todavía. Necesitamos algo honesto.La idea había empezado como una conversación casual, semanas atrás, cuando Ferro, ya completamente recuperado de la herida del lanzamiento, mencionó que no sabía qué hacer con el resto de su vida ahora que la guerra había terminado. Yo tampoco lo sabía, para ser honesto. Los dos habíamos pasado años entrenados para un solo tipo de trabajo, y ese trabajo ya no tenía lugar en la vida que estábamos tratando de construir.—Seguridad privada —había dicho Ferro esa noche—. Legal. Para empresas que de verdad necesitan protección, no para gente que quiere imponer miedo.La idea había crecido desde entonces hasta convertirse en es
**PUNTO DE VISTA DE ISABELLA**Firmamos el acuerdo con La Corona un martes cualquiera, sin ceremonia, en una oficina de abogados neutral donde Ibarra y Damien intercambiaron documentos con la misma formalidad fría con la que cualquier otro negocio legítimo cierra un trato. Yo estuve ahí, a pedido de Damien, no porque mi firma hiciera falta en ningún papel, sino porque él quería que viera con mis propios ojos que esta vez la paz se construía sobre algo distinto al miedo.—Se siente raro —le dije, de vuelta en el auto—. Tan simple. Después de todo lo que costó llegar hasta acá.—La paz siempre se siente rara después de la guerra —dijo Damien—. Una parte de mí sigue esperando que algo salga mal en cualquier momento.—¿Y la otra parte?—La otra parte está empezando, muy despacio, a permitirse creer que tal vez esto puede durar.Esa noche, de vuelta en la casa que ya llevaba meses sintiendo completamente mía, até los cabos sueltos que llevaba semanas evitando pensar del todo. La fábrica es
**PUNTO DE VISTA DE DAMIEN**Villanueva confirmó la información de Salazar al tercer día: un hombre que coincidía con la descripción de Esteban Ibarra había llegado al restaurante de la zona portuaria esa misma mañana, con dos guardaespaldas y ninguna intención visible de quedarse más de un par de horas.—Es él —dijo Villanueva, mostrándome las fotos tomadas desde un auto estacionado a media cuadra—. Salazar no mintió.Sentí algo parecido al alivio mezclado con una tensión nueva, distinta a la que había cargado las últimas semanas. Teníamos, por primera vez, información real sobre el hombre que había estado manejando todo desde las sombras, y con ella, la posibilidad de cambiar completamente los términos de cualquier negociación futura.—No vamos a atacarlo —dije, antes de que Villanueva pudiera sugerirlo—. Eso solo garantiza una guerra que ninguno de los dos necesita. Vamos a dejarle saber que lo conocemos, de una forma que no deje lugar a dudas de que la próxima vez que quiera negoc
**PUNTO DE VISTA DE ISABELLA**Marisol me esperaba en la puerta del taller cuando llegamos, los brazos cruzados, con la expresión de alguien que ya sabía que algo andaba mal antes de que le dijéramos una sola palabra.—Hace una hora vino un hombre preguntando por los contratos de la fábrica —dijo, apenas bajamos del auto—. No dio nombre. Dijo que representaba a un grupo interesado en comprar nuestra producción completa, a un precio mucho más alto del que cualquiera pagaría de verdad.Sentí el estómago apretárseme. Exactamente como Salazar había descrito: presión disfrazada de oportunidad, el tipo de oferta que un dueño de fábrica pequeña, con márgenes ajustados y cuentas que pagar, encontraría casi imposible de rechazar.—¿Qué le dijiste? —preguntó Matteo, ya revisando con la mirada las entradas del taller, calculando ángulos por instinto.—Que lo iba a pensar. Que necesitaba hablar con mis socios antes de decidir nada.—Bien hecho —dije, aunque por dentro sentía la urgencia creciendo
**PUNTO DE VISTA DE DAMIEN**Encontré a Salazar exactamente como Matteo me había descrito por teléfono: hinchado, con la mano izquierda hecha un desastre que claramente necesitaba un médico antes que cualquier otra cosa, pero lúcido, con los ojos moviéndose entre los dos con la clase de cálculo nervioso de alguien que sabe que su vida depende de las próximas palabras que diga.—Empezá por el líder —dije, sin sentarme, todavía de pie junto a la puerta, sin terminar de confiar del todo en que esto no fuera una trampa elaborada.—Se llama Ibarra. Esteban Ibarra. No usa ese nombre en la ciudad, siempre a través de intermediarios como Tovar, el que se reunió con usted. Pero viene en persona cada tres semanas a revisar los números, siempre al mismo lugar: un restaurante privado en la zona portuaria, el que antes era de un socio de Sophia.Reconocí el lugar de inmediato. Lo habíamos usado nosotros mismos, años atrás, para reuniones que preferíamos mantener lejos de oídos curiosos.—¿Cuándo e
**PUNTO DE VISTA DE MATTEO**Lo encontré en la puerta de mi edificio, apoyado contra la pared como si llevara ahí horas, con la cara tan hinchada que tardé un segundo de más en reconocerlo.Salazar.—No vine a pedir nada —dijo, antes de que pudiera preguntar nada, la voz quebrada, apenas audible—. Solo necesitaba decírselo a alguien antes de que me maten de verdad.Lo ayudé a entrar, contra cada instinto entrenado que me decía que esto podía ser una trampa, que La Corona bien podía estar usándolo como cebo para llegar hasta mí, hasta Damien, hasta cualquiera de nosotros. Pero la sangre seca en su camisa, los dos dedos de la mano izquierda doblados en ángulos que no eran naturales, no parecían parte de una actuación.Lo senté en el sillón y le acerqué hielo envuelto en un repasador.—Hablá —dije, sin suavizar la voz más de lo necesario.—Les di todo lo que tenía. El plan de seguridad completo, los horarios, los nombres de los hombres de Damien. Pensé que eso me compraba un lugar en su







