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NO CAER

Autor: S. Dal Santo
last update Fecha de publicación: 2026-01-27 08:25:34

Al día siguiente

5 de enero de 2019

Aún no sé si lo de anoche lo soñé o si realmente sucedió. Doy vueltas en la cama, enredándome entre las sábanas, con la sensación incómoda de haber despertado en una realidad que no termino de reconocer. Mi cabeza está pesada, como si hubiera pasado la noche entera escribiendo sin parar, y tardo varios segundos en recordar dónde estoy, qué día es, quién soy.

Giro el rostro hacia el reloj de la mesilla y entrecierro los ojos.

Mediodía.

—¿Cómo…? —murmuro, desorientada.

Estiro el brazo, tomo el móvil y lo desbloqueo. Lo había dejado en silencio, como si así pudiera mantener a salvo lo ocurrido, como si ignorarlo fuera suficiente para que desapareciera. Pero en cuanto la pantalla se ilumina, el aire se me queda atrapado en el pecho.

¿Cómo has amanecido?

Parpadeo. Leo una vez más. Luego otra.

El corazón me da un golpe seco y empieza a latir con una intensidad absurda.

Esto tiene que ser una broma… ¿Brandon Ferran me ha escrito de verdad?

—No ha sido una broma… —me digo en voz alta mientras me incorporo en la cama, apoyando la espalda contra el cabecero.

Paso una mano por mi rostro, intentando despabilarme, y escribo antes de que el miedo me haga retroceder.

Hola… recién despierto y no tenía muy claro si haberte conocido fue real o un producto de mi imaginación, pero ya me escribiste. ¿Y tú?

Envío el mensaje y dejo caer el móvil sobre el colchón, como si quemara.

Mi corazón, idiota, vuelve a traicionarme.

No pasan muchos segundos cuando la pantalla se enciende de nuevo.

No fue tu imaginación. Dijiste que fuera yo quien te escribiera cuando tuviera tiempo libre… y hoy tengo el sábado libre. ¿Nos vemos?

Me quedo mirando el techo, inmóvil. Luego giro lentamente la cabeza hacia el espejo que tengo al lado de la cama. Mi reflejo me devuelve una imagen que no encaja con lo que está ocurriendo: el pelo revuelto, la cara sin maquillar, los ojos aún cargados de sueño.

Esto solo pasa en mis historias.

—¿Vas a desaprovechar verlo? —le pregunto a mi reflejo, negando con la cabeza—. ¿De verdad?

Resoplo y vuelvo a escribir.

También tengo el sábado libre. ¿Qué puede hacer alguien como tú sin formar un escándalo en la calle?

Dejo el móvil a un lado y espero, con la ansiedad recorriéndome el cuerpo como una corriente eléctrica.

Eso dime tú, mujer de imaginación insaciable… ¿dónde quisieras ir con un hombre como yo?

Aprieto los labios.

Está jugando. Claro que está jugando. ¿Qué espera? ¿Que le diga que a la cama?

No, Ferran. No soy un pasatiempo.

Mis dedos se mueven con una calma que no siento.

¿Qué tal tu estudio? Podemos seguir hablando para conocerte de verdad y, quizá otro día, hacer algo más interesante.

Me río sola, incrédula.

—Esa no te la esperabas.

La respuesta llega casi de inmediato.

Mi estudio me parece un sitio interesante. Ese es mi territorio.

Trago saliva.

¿A qué hora? ¿Cuál es la dirección?

Todo esto tiene que ser producto de mi imaginación. No queda de otra.

Aquí la tienes. No se la pases a nadie, por favor. Te veo en dos horas.

De acuerdo. Nos vemos.

[…]

Me pruebo más ropa de la necesaria. Demasiada. Me observo desde todos los ángulos, me cambio, vuelvo a cambiarme, me digo que no es una cita y, al mismo tiempo, me preparo como si lo fuera. Al final me decido por un vaquero gris, botas negras que pasan la rodilla, una camiseta de manga larga que combina sin llamar demasiado la atención y un abrigo lo suficientemente grueso para enfrentar el invierno madrileño.

Busco el bolso y salgo de la habitación.

—¿Dónde vas, Asli? —pregunta Micaela en cuanto me ve.

Si le digo la verdad, me encierra.

—A verme con un amigo. No me esperes.

La mirada que me lanza está cargada de insinuación.

—Ajá…

—Ni empieces —le digo entre risas mientras cruzo la puerta.

Bajo a la avenida principal, tomo un taxi y le doy la dirección que Brandon me envió. Durante el trayecto, mi cabeza no deja de trabajar: imagino su estudio, imagino la conversación, imagino cómo voy a comportarme para no hacer el ridículo.

Nada me prepara para lo que veo al llegar.

No es un edificio lujoso ni un espacio blindado; es una casa discreta, paredes beige, una puerta metálica junto al garaje. Sencilla. Casi doméstica.

Toco el timbre.

Unos segundos después, la puerta se abre.

Y ahí está.

Sus ojos marrones me recorren de pies a cabeza con una calma peligrosa, como si intentara descifrarme sin decir una sola palabra.

—Hola —digo, interrumpiendo ese silencio.

—Hola… pasa.

Se hace a un lado y entro. Veo su coche en el garaje, confirmación absurda de que esto es real.

—Al fondo está el estudio.

Camino detrás de él.

—No es como lo imaginaba —confieso.

Lo escucho reír.

—Lo sé. Tus descripciones suelen ser más sofisticadas.

—Me asusta que hayas leído todo…

—A mí debería asustarme que escribas sobre mí —responde—. Pero empieza a gustarme.

Abre una puerta y entro.

El estudio es amplio y sobrio: guitarras apoyadas contra la pared, teclados, micrófonos, cables ordenados, un sofá cómodo. Todo habla de trabajo, de creación, de horas encerrado con música.

Y él, con vaqueros oscuros y un suéter gris que se ajusta demasiado bien a su cuerpo, se convierte en una tentación que no puedo permitirme.

—¿Te gusta que escriba sobre ti? —pregunto—. ¿Puedo saber por qué?

—Es estimulante —dice—. Saber que alguien puede verte como algo más interesante de lo que tú mismo te ves.

—¿Podrías hacer algo de lo que escribo en mis historias?

Me arrepiento apenas lo digo.

Se sonríe y se acerca, reduciendo la distancia con una naturalidad que me pone nerviosa.

—¿Y tú? —pregunta—. ¿Podrías vivir algo de lo que haces vivir a tus personajes?

Respiro hondo.

—Creí que esa conversación ya la habíamos tenido anoche.

—La tuvimos —responde—. Pero no me pareciste del todo honesta.

Sus manos suben despacio y sostienen mi rostro con una delicadeza que me desarma por completo.

—Una mujer que escribe escenas tan intensas —murmura— no suele temerle al deseo.

—Brandon…

Mi voz sale a milímetros de sus labios.

No caigas.

—¿Qué? —susurra, mirándome la boca.

—¿A quién quieres follarte? —pregunto, firme—. ¿A la mujer que escribe… o a alguna de las que inventa?

Se sonríe.

—¿No son la misma?

—No.

—Entonces dime… ¿a quién quieres entre tus brazos?

Da dos pasos atrás, como si mis palabras lo sacaran de un lugar peligroso.

—Yo…

—No me conoces —lo interrumpo—. Empieza por ahí.

Me siento en el sofá como si nada hubiera pasado, aunque por dentro sigo recomponiéndome, tratando de ordenar el pulso, la respiración, las ideas.

La historia acaba de dar un giro.

Y esta vez, no soy yo quien tiene el control.

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