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Capítulo 4 – Inesperado*

Author: G.o
last update Petsa ng paglalathala: 2026-07-27 23:25:34

***

Abrí los ojos y vi el sol saliendo a través de la pequeña ventana. Me sentía aturdida por la pastilla para el dolor que había tomado anoche para aliviar las costillas. Gemí e intenté estirarme en mi cama de perro.

Las paredes y el suelo de cemento hacían que todo se sintiera frío aquí abajo. Caminé hasta las secadoras y las puse en marcha para ayudar a calentar el cuarto de lavandería. Me quedé de pie junto a ellas mientras me cambiaba de ropa para mantenerme abrigada.

No tenía pijamas, así que tenía que dormir con la ropa del día anterior. Mi ropa consistía en prendas usadas al azar de la manada. Mis zapatos estaban bastante desgastados; no parecía que fueran a aguantar el invierno.

Todavía estaba de pie junto a las secadoras cuando levanté la vista y noté una bolsa de papel marrón frente a la pequeña ventana. La bolsa no estaba allí anoche cuando me metí de nuevo por la ventana. Alguien la había colocado temprano esa mañana. Me subí a la secadora y abrí la ventana. No estaba segura de si debía coger la bolsa. ¿Y si era una trampa o una broma cruel?

Miré por la ventana y no vi a nadie. Ojalá ya tuviera a mi loba para poder oler la bolsa o quizás captar un rastro. Alargué la mano temblorosa con cuidado y recogí la bolsa lentamente. Me senté encima de la secadora, todavía sujetándola. Pasaron unos momentos y seguía mirándola, sin saber qué hacer. Respiré hondo y decidí mirar dentro. Magdalenas, magdalenas de arándanos, y se veían deliciosas.

Estaba debatiendo si comérmelas cuando oí el cerrojo de la puerta del sótano. Salté de la secadora y escondí rápidamente la bolsa detrás de las lavadoras. Me dirigí al montón de toallas limpias sobre la mesa de doblar y empecé a doblarlas, intentando parecer normal. Ursa apareció en el umbral del cuarto de lavandería con los brazos cruzados.

—Tienes que reponer la ropa de cambio de emergencia en la línea de árboles esta mañana, y luego volver aquí y terminar la colada.

—Lo haré ahora. —Alcancé la cesta llena de pantalones cortos y camisetas de cambio para lobos. Ella me siguió fuera del sótano y salí por la puerta trasera. Caminé hacia el bosque con la cesta en la mano. Era agradable estar fuera del cuarto de lavandería y sentir la brisa de la mañana.

A lo lejos podía ver a los guerreros y a los miembros de la manada entrenando en el campo de entrenamiento. El gran lobo negro de Alpha Ranger también destacaba; estaba entrenando con un grupo de guerreros. Beta Max seguía en forma humana y se giró a mirar en mi dirección.

Continué hacia la línea de árboles y entré en el bosque. Todo era hermoso y verde; inhalé el olor fresco a pino y tierra. Caminé de un árbol designado a otro y coloqué ropa de cambio en pequeñas cajas de madera. Cuando los lobos vuelven a su forma humana, están desnudos; se coloca ropa de cambio justo más allá de la línea de árboles para ellos.

Mientras me agachaba para llenar la última caja de madera con ropa, noté un silencio inquietante en el bosque. Era como si el tiempo se hubiera detenido e incluso el viento contuviera la respiración. Oí un aullido fuerte detrás de mí y muchas patas corriendo rápido por el bosque en mi dirección. Estaba segura de que llegarían a la línea de árboles en un momento y no podría correr más rápido que ellos, así que trepé a un pino.

Oí a Ranger soltar un aullido fuerte desde los campos de entrenamiento. El miedo me burbujeó en el pecho. Miré hacia abajo y vi lobos de ojos rojos. ¡Solitarios! Eran solitarios y nos estaban atacando.

Aferré los brazos alrededor del árbol e intenté no moverme ni entrar en pánico. Podía oír ropa rasgándose y lobos transformándose. Conté unos cincuenta solitarios. Un gran lobo gris se detuvo cerca de la base de mi árbol; estaba oliendo la cesta de ropa que había dejado. Dejé de respirar y abracé el árbol con fuerza, rezando para que no mirara hacia arriba.

Se transformó de nuevo a forma humana y estaba de pie completamente desnudo.

—Sal, sal, dondequiera que estés —canturreó mientras caminaba alrededor del árbol.

Ojalá tuviera la capacidad de enlazarme mentalmente con la manada para gritar pidiendo ayuda, pero no podía porque aún no tenía a mi loba.

—Veo una pequeña paloma en el árbol —llamó.

Jadeé y él se rio. Saltó y agarró la rama más baja y se subió. Se movía bastante rápido por el árbol. No había nada que pudiera hacer excepto bajar por la parte de atrás del árbol antes de que me alcanzara y salir corriendo. Eché a correr y antes de poder ganar velocidad, me derribaron al suelo con el solitario encima de mí. Mis costillas rotas dolían.

—¿Te vas tan pronto? —dijo mientras me daba la vuelta para enfrentarme a él.

Estaba inmovilizada debajo de él y se inclinó hacia mi cuello para inhalar profundamente.

—Hueles deliciosa, pequeña paloma —gruñó mientras me rasgaba la camiseta y el sujetador dejándome expuesta ante él.

—Por favor, por favor no hagas esto, soy una esclava de la manada —lloré.

—Entonces a nadie le importará, pequeña esclava —dijo con frialdad y arañó mis pantalones.

Intenté defenderme, pero no le afectó en absoluto. Llevé las manos a su cara en un intento de arañarle los ojos, pero me abofeteó y grité. No era rival para él.

—Cosita luchadora, me gusta eso. —Agarró un puñado de mi pelo y su otra mano se deslizó entre mis piernas rasgándome las bragas.

—¡Para! Por favor, no —sollocé. El labio me sangraba otra vez y las lágrimas nublaban mi visión. Esto no podía estar pasando. Iba a violarme.

Se colocó entre mis piernas y sentí su miembro duro frotándose contra mi entrada. Se preparaba para empujar dentro y cerré los ojos con fuerza, gimoteando. Justo entonces oí un gruñido enfurecido y apareció un gran lobo marrón oscuro. El lobo emanaba un aura fuerte y gruñó al solitario que estaba encima de mí. Era Beta Max. El solitario se transformó en su lobo gris y saltó sobre Max.

Max lanzó al solitario contra un árbol y se le echó encima. En un movimiento rápido, le arrancó la garganta y dejó caer su cuerpo sin vida al suelo. Max se transformó de nuevo y estaba de pie desnudo a unos metros de mí. Me acurruqué de lado intentando cubrir mi cuerpo desnudo.

El gran lobo negro de Ranger se acercó a nosotros y gruñó. Max y Ranger se quedaron quietos; sus ojos se vidriaron mientras hablaban a través del enlace mental. Max se acercó a la pequeña caja de madera que contenía ropa y se puso unos pantalones cortos. Me entregó una camiseta y me dio la espalda para que me la pusiera.

El gran lobo negro del Alpha se acercó a mí y me olió. Supuse que estaba comprobando que estuviera bien. Respiró hondo varias veces antes de girarse y correr de vuelta hacia la casa de la manada soltando otro aullido. Me puse la camiseta y me levanté. No estaba segura de qué hacer, así que caminé hacia la cesta que había dejado para recogerla, pero Max la agarró primero.

—Lucy, ¿estás bien? ¿Quieres que te lleve a la doctora de la manada? —La voz de Max estaba impregnada de preocupación.

Negué con la cabeza.

—No, estoy bien. —Miré al suelo y me sentí un poco avergonzada de que Max tuviera que salvarme otra vez. Me sentía una completa débil.

—Gracias por salvarme otra vez. —Las mejillas se me pusieron rojas.

—Lucy, no tienes que darme las gracias. —Respondió y se frotó la nuca—. Vamos, te acompaño de vuelta a la casa de la manada.

Cuando salimos de la línea de árboles, vimos cuerpos de solitarios por todas partes. Éramos una de las manadas más fuertes del país. No entendía por qué cincuenta solitarios atacarían y sentirían que tenían alguna oportunidad contra Dark Moon. Era un suicidio.

Al llegar a la casa de la manada, Max me hizo una pregunta que me sorprendió.

—¿Te gustaron las magdalenas de arándanos que te dejé esta mañana?

—¿Fuiste tú? —susurré.

Asintió con la cabeza, con una sonrisa tímida en el rostro.

—Lucy, lo siento. Sé que mi tía Ursa puede ser muy dura, pero no tenía idea de que fuera tan malo hasta que te vi anoche. —Me había visto comiendo de la basura. Oh, no, el corazón se me hundió. Pensé que sentía a alguien observándome anoche. Seguro que la cara se me puso colorada de vergüenza.

—Por favor n-no se lo digas a Ranger, e-estoy castigada y no se me permite c-c-comida hasta después de mañana. —Me atraganté con las palabras mientras las lágrimas me llenaban los ojos.

—Lo siento mucho. Ese es un castigo cruel, Lucy. No diré nada. Puedes confiar en mí. —Me atrajo hacia un abrazo. Un abrazo que se sentía cálido y seguro. Un abrazo que realmente pretendía consolar. Fue completamente inesperado, y se sintió tan bien tener por fin un amigo.

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