INICIAR SESIÓN
Ava empujó la puerta de su pequeño departamento de renta con más fuerza de la necesaria, y el golpe seco contra el marco rompió el silencio del pasillo, pero a ella no le importó, tenía las llaves aún clavadas entre los dedos, como si fueran un arma o un ancla, y el vestido sencillo que había usado para la reunión con la organizadora estaba arrugado en la cintura, donde su mano se había cerrado en puño durante casi toda la tarde.
Cerró detrás de sí y se apoyó un segundo en la puerta, escuchando el latido acelerado de su propio corazón, porque tenía la sensación de estar saliendo de un sueño incómodo… o entrando en una pesadilla, no lo sabía con certeza, lo único que en ella permanecía era la voz de la organizadora que seguía repitiéndosele en la cabeza, clara, implacable.
—La señorita Brittany pidió cambiar el salmón por cangrejo para el plato principal. Dice que el cangrejo es mucho más elegante para un evento de este nivel.
Cangrejo.
Ava se llevó una mano a la garganta, en un reflejo absurdo de una alergia que no había llegado a sufrir… porque siempre lo evitaba, porque Carson lo sabía, o eso había creído durante cuatro años, porque malditamente era su novio, era su prometido y pronto sería su esposo, entonces ¿cómo era posible que Carson le hubiese permitido a su insoportable amiga quisiera tal cambio en su banquete de bodas?, un cambio que bien podía costarle la vida.
Ava caminó hasta la pequeña sala, encendió la luz amarilla del techo y dejó que su bolso cayera sobre el sillón usado que había encontrado de oferta en una tienda de segunda mano, y es que todo en ese departamento era modesto, pero al menos era suyo, muy suyo, no prestado, ni regalado por nadie, porque Ava siempre había sido capaz de auto proveerse, se quitó los zapatos de tacón y los lanzó sin cuidado hacia un rincón, uno rebotó contra la pared y cayó de costado, pero Ava apenas lo miró, porque tenía la mente atrapada en otra frase.
—También, la señorita Brittany sugirió reemplazar los girasoles y las rosas rojas por orquídeas blancas, ella dice que son más sofisticadas, más… apropiadas.
Orquídeas.
Ava nunca había ocultado lo mucho que las detestaba, y es que le parecían flores frías, vacías, perfectas de una forma que le resultaba artificial, como cuerpos hermosos, pero sin alma, en cambio los girasoles y rosas rojas... Eso había pedido, eso había soñado, y de inmediato sus ojos fueron hacia Carson, su novio, su prometido… su pronto esposo, y fue cuando lo pensó “Él va a decir algo”, se había repetido mientras la organizadora pasaba las hojas del informe, señalando cambios, tachaduras, nuevas decisiones, que ella no había tomado, sino Brittany.
Ava lo miró, no fue una mirada fugaz, fueron más bien largos segundos donde lo miró rogando en silencio, esperando un gesto, una mueca, un simple “No, espera, a Ava no le gustan las orquídeas”. Algo, pero Carson sonrió, apoyó el codo en la mesa y dijo, con ese entusiasmo tibio que reservaba para las cosas que le convenía aplaudir.
—Brittany realmente tiene buen gusto, todo se ve… mucho mejor con sus ideas.
Mucho mejor con sus ideas.
Ava se dejó caer en la silla que había frente a la pequeña mesa de la cocina y alzó la mano izquierda hacia la luz, y el diamante del anillo de compromiso devolvió un destello agresivo, casi obsceno, sobre sus dedos delgados, era demasiado grande, demasiado brillante, completamente ajeno a su departamento rentado y por supuesto a ella misma.
Y las ideas comenzaron una vez más a remolinarse, porque ella conocía cada uno de los gestos de Carson, sabía cuándo mentía por la ligera tensión en la comisura de su boca; sabía cuándo estaba incómodo por la forma en que se tocaba el cuello de la camisa, por un demonio sabía su helado favorito, la marca de café que prefería, las películas que lo hacían reír aunque él lo negara, y él, en cambio… no recordaba que ella era alérgica al cangrejo, ni que odiaba las orquídeas, ni siquiera recordaba que no le gustaban los diamantes, sino las perlas. Siempre lo había dicho, las perlas parecían pequeñas lunas domesticadas; los diamantes, en cambio, le recordaban algo duro, frío, inaccesible.
Y aun así, ahí estaba, con una piedra enorme mordiendo su dedo anular, símbolo perfecto de una vida que se suponía que estaba por empezar… y que, por primera vez, ella vio con una nitidez brutal.
La señorita Brittany pidió…
La señorita Brittany cambió…
La señorita Brittany decidió…
La organizadora apenas si la miró a los ojos en toda la reunión, porque eso no era “la boda de Ava y Carson”, más bien parecía “el evento del señor White, supervisado por la señorita Brittany”.
Y fue cuando una risa amarga le subió a la garganta y se le ahogó en forma de sollozo, Ava sintió cómo las lágrimas la atacaban de golpe, calientes, y furiosas, y se vio obligada a cubrirse la boca con la mano, como si así pudiera contener el sonido, pero el temblor en sus hombros la traicionó, porque malditamente se vio a sí misma, una semana antes de su boda, sentada en un departamento barato, llorando por un menú que podía matarla y por unas flores que detestaba. ¿Era eso lo que merecía? ¿Era eso lo que iba a llamar “vida de casada”?
“Estás exagerando”, se había dicho mil veces a lo largo de esos cuatro años, “Carson tiene muchas cosas en la cabeza y Brittany solo está ayudando, se repitió aún más en los últimos meses, porque Brittany era la amiga de la infancia de Carson, se conocían de toda la vida, claro que él confía en su criterio. Es normal. Es normal. Es normal.”
Pero no era normal que la mirada de Carson brillara más cuando Brittany hablaba que cuando la miraba a ella, no era normal que defendiera cada capricho de Brittany con frases como “ella sabe más de esto que nosotros”, “déjala, cariño, solo quiere que todo salga perfecto”, no era normal que, al elegir un vestido de novia, Brittany estuviera más presente que Carson.
Ava se secó el rostro con el dorso de la mano, respirando hondo, aceptando lo que no había querido ver en todo ese tiempo… recordó el momento exacto en que los ojos de Carson se habían prendido fuego, y ese momento no había sido al verla a ella probándose un vestido blanco modesto, de líneas simples, casi etéreo, sino que había sido cuando Brittany se había puesto un vestido de invitada, dorado, ceñido, y lo veía risueña ante el espejo… Ese brillo, ese puto destello en los ojos de Carson, mezcla de admiración, deseo y nostalgia, Ava nunca lo había visto dirigido hacia ella. Nunca.
No pudo evitar que una punzada de vergüenza se le clavara en el pecho, porque había construido castillos de excusas para explicarse a ella misma todo aquello, “Está cansado”, “Está nervioso por la boda”, “Brittany solo es llamativa”. Se había contado historias para no mirar la verdad de frente, y la verdad, ahora, se sentaba con ella en la cocina y le pesaba como plomo en el pecho.
Si se casa conmigo, pensó, un día va a darse cuenta de que se equivocó, y cuando lo haga, se irá… Como todos.
La imagen del orfanato, los pasillos grises, las camas alineadas, el olor a desinfectante barato, le golpeó la mente con una violencia que no esperaba, el reflejo de una niña pequeña, con el cabello enredado y una muñeca rota entre los brazos, mirando cómo otra familia se llevaba a “otra” niña. Nunca a ella, se hizo presente, porque el abandono no era un concepto abstracto para Ava, más bien era un rostro conocido.
—No voy a quedarme… —susurró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
Se levantó de golpe, tanto así que la silla rechinó contra el piso, pero no se percató de ello porque el corazón le martilleaba en los oídos, pero había una rara claridad en medio del caos, una línea nítida.
“Si me quedo, cometere el peor error de mi vida.”
La frase apareció sola, en su mente, y sin perder tiempo caminó hasta el pequeño escritorio donde solía estudiar y hacer cuentas, abrió el último cajón, sacó un cuaderno casi nuevo y lo abrió en una hoja en blanco, sus dedos temblaban cuando tomaron el bolígrafo, pero la tinta corrió firme sobre el papel.
Carson, Lo siento.
Se detuvo, apretando los labios porque un “Lo siento” no era suficiente, no después de cuatro años, no después de una vida que casi había apostado por él, por lo que inspiró profundo y siguió escribiendo.
Le dijo que no podía casarse con alguien que no la veía, que, a lo largo de todos los preparativos, él había elegido siempre las ideas, gustos y caprichos de Brittany sobre los suyos, que lo había notado en cada decisión, en cada cambio, en cada mirada.
Le recordó, con una frialdad que la sorprendió a ella misma, que después de cuatro años él debería saber que era alérgica al cangrejo, que odiaba las orquídeas, que nunca quiso un diamante, sino una simple perla, y que, pese a todo, intentó justificarlo, se mintió, se convenció de que lo hacía porque lo amaba, pero el amor no podía seguir siendo una excusa para aceptar ser invisible.
Terminó la carta con una disculpa sincera, aunque no por irse, sino por no haber tenido el valor de hablar antes, y finalmente le deseó que un día encontrara lo que de verdad buscaba, allí donde miraba con ese brillo que nunca le había ofrecido a ella.
Dejó el bolígrafo sobre la mesa, mientras sus ojos repasaron el texto una vez, rápida, sin corregir nada, y luego dobló la hoja en tres y la colocó sobre la mesa, junto a las llaves de repuesto del departamento, luego tomó otra hoja, más pequeña, y escribió unas líneas para los padres de Carson, donde simplemente agradeció su ayuda, sus atenciones, la forma en que habían confiado en ella como “la chica adecuada” antes de ver realmente a la persona, por supuesto que les pidió perdón por el bochorno, por la boda que no sería, y no los culpó, pero tampoco los absolvió, solo se despidió.
Cuando terminó, el departamento parecía más silencioso que nunca, entonces se puso de pie, fue al armario y sacó la única maleta grande que poseía, abrió puertas y cajones y comenzó a meter ropa doblada a toda prisa, como si de un momento a otro alguien pudiese ir por ella, tomo jeans, camisetas, un par de vestidos, algo de ropa interior, una chaqueta gruesa, lo necesario, lo que cupiera, porque no sabía a dónde iba y aunque esa idea la asustó… a la vez la llenó de un vértigo extraño, casi dulce.
Tal vez a otra ciudad, quizás a otro estado a cualquier lugar donde el apellido White no la siguiera, donde nadie la mirara como “la futura esposa de Carson”, donde pudiera ser solo Ava, un nombre sin promesa, un nombre sin anillo, y cuando cerró la maleta, el clic seco de la cremallera sonó como un punto final, solo entonces regresó a la mesa, miró la carta, y vio el anillo... El diamante centelleó sobre su piel pálida, aún humedecida por las lágrimas, y con un movimiento lento, casi ceremonial, se lo quitó, observando que la piel bajo la banda de oro estaba levemente enrojecida, marcada por el peso de algo que ya no quería cargar.
Dejó el anillo encima de la carta, tomó sus llaves, y miró por última vez el departamento, las estanterías con libros ordenados por tamaño y color, el pequeño cuadro de girasoles que había comprado en una feria barata, la taza de café olvidada en el fregadero.
—No vuelvas —se dijo a sí misma, en un susurro firme.
Apagó la luz, abrió la puerta y salió al pasillo, con el eco de sus pasos acompañándola hasta el ascensor, hasta que finalmente llego afuera, donde Nueva York aun seguía brillando como cada día, metió la maleta en el asiento trasero y se sentó al volante de su viejo automóvil, para luego encender el motor, disfrutando de escuchar aquel rugido que más le pareció la respiración profunda de una bestia dispuesta a llevarla a cualquier parte, que solo un vehículo siendo puesto en marcha.
Apretó el volante entre las manos, miró el camino frente a ella y eligió, sin mapas ni planes, la única dirección que tenía era clara, debía irse lejos.
Cuando el automóvil se perdió entre el tráfico, Ava Hope todavía no sabía que ese impulso, nacido de la humillación y el miedo a ser abandonada, la guiaría hacia una mansión en Dallas, y a una verdad que lo cambiaria todo.
Bastian miró a su hermano con verdadero pesar, y es que podrían tener un tipo de humor muy negro, y hacer bromas de sus propias desgracias, pero sin lugar a duda ver a su hermano mayor cargar tal arrepentimiento, no le causaba ni la más mínima gracia para ser un chiste de su desgracia.—Conall, deja de tratar de tener la atención de nuestros invitados esta noche, ya supéralo, creo que Ava lo ha hecho. —dijo Bastían solo para cortar con el pedido de disculpas de su hermano. —Comprendo que mis palabras te asombran Ava, después de todo son pocos los que conocen el peso de ser Bach.—Lo dices como si fuese realmente una maldición.Dijo Ava, sin poder contenerse, y por un escaso segundo, los tres hermanos Bach se miraron, una mirada que apenas duró un segundo, pero fue suficiente para Owen, para el percatarse que, para ellos llevar aquel apellido quizá pesaba demasiado.—Realmente lo es, claro que ninguno de nosotros se pondrá a llorar por eso, sólo nos regodeamos en las llamas de un infie
Para Owen las palabras de Conall no tenían sentido, y es que si bien para Owen Ava era su mundo, sabía que para Conall Bach, no dejaba de ser solo una niñera, y ante los ojos de un Bach, se podría decir que Ava era el equivalente a nada, estos hombres que estaban rodeados de poder, políticos, mafiosos, líderes religiosos, se codeaban incluso con los Reyes, por supuesto que a sus ojos una simple niñera no era más que un fallo previsto, un daño colateral, que incluso su muerte hubiese significado nada, pero para Ava sin embargo, aquellas palabras cambiaban totalmente el tablero del juego, porque podría ser una mujer adulta, una que había aprendido a defenderse sola en la vida, aunque había tenido el respaldo de las celadoras del orfanato, y aun así, en el fondo no dejaba de ser una niña, que no solo necesitaba una explicación de por qué fue abandonada, sino también el reconocimiento de quien era, su identidad, era su derecho, y Ava no pensaba perderlo, ni mucho menos cederlo.—De igual
A Austin se le descompuso el rostro por una fracción de segundo, fue un gesto mínimo, casi imperceptible para cualquiera que no supiera mirar, pero Ava lo vio, vio el brillo de fastidio en sus ojos, la rigidez súbita en la boca, la forma en que quiso reprenderla con la mirada, como si aún tuviera derecho a corregirla, como si todavía pudiera doblarla con una palabra, solo que esta vez, no había nada que doblar.Por supuesto que Austin se recompuso con la rapidez de un hombre acostumbrado a mentir, incluso con el cuerpo, enderezó la espalda, ensayó una sonrisa tenue y calculada, y abrió las manos en un gesto de falsa decepción.—Querida Ava, no comprendo por qué dices eso.Su voz estaba cargada de un reproche disfrazado de ternura, como si el problema fuera la sinceridad de ella y no la podredumbre de su propia historia, sin embargo, Ava no respondió de inmediato, solo lo observo un segundo, como alguien ve un desastre sin terminar de comprender como llego a ese punto.Y fue en ese mom
Antes de que Ava pudiera siquiera acomodarse en la silla, el resto de los ocupantes de aquella mesa hizo su aparición y Conall no dejó pasar la oportunidad de presentar a los suyos, aunque en realidad lo que buscaba era otra cosa, y eso era presentar a Ava los rostros de su sangre, antes de confesarle que él era su padre, queria que la joven supiera que, aunque él había fallado, aun tenia a otros, que estarían a su lado si ella lo permitía y por más que no lo quisiera como padre.—Si me permiten —dijo Conall con una cortesía tan rígida que rozaba lo absurdo— les presento a mis hermanos menores, Bastián y Archie Bach, y él es Joaco, mi sobrino e hijo de Archie.Aquello no fue una presentación, sino una declaración, y Ava al fin supo que además de su padre, tenía tíos… unos que nunca la buscaron, porque si bien no conocía la dinámica de la familia, había algo que era conocido por todo el mundo, y eso era que los Bach todo lo sabían, que entre el cielo y la tierra nada escapaba de ellos.
Owen, Ava y Amy cruzaron las puertas del hotel entre saludos formales y la impecable atención de los organizadores, sin percatarse de que, unos minutos antes, los padres de Carson White habían hecho su entrada al edificio, en medio de una creciente tensión, así, cuando la marea de periodistas los cercó con preguntas, Austin y Margaret White se encontraron de frente con la humillación de no entender aun lo que ocurría.—Señor Austin —dijo uno de los reporteros, alzando la voz con evidente interés— teníamos entendido que su hijo, Carson White, estaba a punto de desposarse con su novia de adolescencia, la señorita Ava Hope, sin embargo, hace apenas unos minutos ha llegado a esta gala acompañado por la señorita Brittany Tyson, hija del empresario actualmente condenado por malversación de fondos, Carson no ha querido responder a nuestras preguntas ¿Podría aclararnos si el compromiso con la señorita Hope sigue en pie o si la aparición de la señorita Tyson confirma un cambio definitivo en su
Conall se encontraba en el interior del hotel donde se celebraría la gala, observando cada movimiento desde el área de seguridad junto a sus hermanos, las pantallas desplegaban una sucesión de imágenes nítidas de lo que sucedía fuera, la alfombra roja, la entrada principal, los guardias, los flashes de los fotógrafos esperando a los invitados más importantes de la noche, ya habían presenciado el espectáculo de Carson White llegando con aquella mujer cargada de artificio, y las reacciones no se habían hecho esperar.—La basura combina muy bien con la basura —murmuró Conall con un desprecio que no intentó disimular, mientras que Bastián soltó una risa seca, todavía incrédulo.—Sigo sin entender cómo ese imbécil pudo elegir a esa mujer sin clase, por encima de Anastasia.Archie, que estaba apoyado contra una de las mesas técnicas, se encogió de hombros con una calma casi divertida.—En realidad, deberíamos agradecerle su mal gusto, imaginen lo que habría sido si Anastasia se hubiera qued







