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Capítulo 2: El aroma del peligro

Autor: Giulian Hoks
last update Data de publicação: 2026-02-08 04:29:14

​La mañana llegó con una luz gris y filtrada por la neblina que parecía negarse a abandonar la ciudad. Amelia no había pegado el ojo en toda la noche. Cada crujido de la madera, cada susurro del viento contra el cristal, la hacía saltar de la cama con el corazón en la garganta. Sin embargo, al salir de su edificio, la calle parecía insultantemente normal. El roble viejo estaba allí, solo y despojado de sombras amenazantes, y la acera donde Julian había estado de pie no mostraba más rastro que unas cuantas hojas secas.

​—Fue el cansancio, Amelia. Solo el cansancio —se mintió a sí misma mientras caminaba hacia la librería “El Manuscrito Perdido”.

​Pero en su bolso, envuelta en un pañuelo, descansaba la rosa negra. Su peso era mínimo, pero ella la sentía como una piedra fría contra su costado.

​Al entrar en la librería, el olor a papel viejo, cuero y cera de abeja la envolvió. Era su lugar seguro. El señor Henderson, el dueño, ya estaba en la parte trasera tomando su té. Amelia se refugió tras el mostrador de madera oscura, esperando que el trabajo rutinario de catalogar primeras ediciones calmara sus nervios.

​Pero la calma duró poco.

​A media mañana, la campanilla de la puerta tintineó. Amelia no levantó la vista de inmediato; estaba concentrada en limpiar una mancha de humedad de una biografía de 1890.

​—Buenos días —dijo ella mecánicamente—. ¿Puedo ayudarlo en…?

​La frase se murió en sus labios. El aire de la librería, usualmente cálido y estancado, se volvió gélido de repente. Amelia levantó la cabeza y el mundo pareció detenerse.

​Frente a ella, apoyado con una elegancia aristocrática sobre el mostrador, estaba él.

​No llevaba el abrigo largo de la noche anterior, sino un traje gris carbón que parecía hecho a medida por un sastre de otra época. Su piel era de una palidez irreal, lisa como el mármol, y sus facciones tenían una perfección que resultaba casi violenta a la vista. Pero fueron sus ojos los que la atraparon: eran dos pozos de color obsidiana, tan profundos que Amelia sintió que si miraba demasiado tiempo, se olvidaría de cómo respirar.

​—Busco algo… antiguo —dijo el hombre. Su voz era un barítono profundo, con un matiz aterciopelado que vibró directamente en el pecho de Amelia.

​—Casi todo aquí es antiguo, señor… —Amelia hizo una pausa, esperando un nombre.

​—Julian. Solo Julian —respondió él. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible y cargada de un magnetismo oscuro, curvó sus labios—. Y me temo que lo que busco es extremadamente difícil de encontrar. Un libro sobre flores que solo crecen en la sombra.

​El corazón de Amelia dio un vuelco. Flores en la sombra. Automáticamente, su mente voló a la rosa negra que escondía en su bolso.

​—No me suena ningún título así —logró decir, tratando de que sus manos no temblaran sobre el mostrador—. ¿Tiene algún autor en mente?

​Julian se inclinó un poco más. Amelia pudo olerlo entonces. No olía a perfume, ni a loción de afeitar. Olía a nieve fresca, a incienso de catedral antigua y a ese inconfundible rastro metálico que había inundado su apartamento la noche anterior. Era un aroma que gritaba "peligro", pero que al mismo tiempo la invitaba a acercarse.

​—El autor es irrelevante —susurró Julian. Sus ojos descendieron un segundo hacia el bolso de Amelia y luego volvieron a su rostro con una intensidad que la hizo retroceder un paso—. Lo que importa es la rareza. Hay cosas que son hermosas precisamente porque no deberían existir bajo la luz del sol, ¿no cree, Amelia?

​Ella se quedó helada.

​—¿Cómo… cómo sabe mi nombre? —preguntó con la voz apenas por encima de un susurro.

​Julian no parpadeó. Extendió una mano enguantada y, con una lentitud tortuosa, rozó el borde de un libro que estaba sobre el mostrador. Sus dedos se detuvieron a centímetros de los de ella.

​—Lo dice en su placa —mintió él con suavidad, señalando el pequeño gafete de latón en el delantal de ella.

​Amelia bajó la vista. Era cierto, tenía su nombre puesto. Pero la sensación de que él sabía mucho más de ella que un simple nombre era abrumadora. La forma en que pronunciaba "Amelia" sonaba como una posesión, como si la palabra le perteneciera a él tanto como a ella.

​—Perdone —interrumpió el señor Henderson desde el fondo—. ¿Necesita ayuda con algo, caballero?

​Julian se enderezó de inmediato, recuperando esa máscara de cortesía distante.

​—No es necesario. Creo que acabo de encontrar exactamente lo que buscaba —dijo, dirigiendo una última mirada a Amelia que le erizó la piel—. Volveré mañana, Amelia. Asegúrese de que sus flores tengan suficiente agua. El frío de la noche a veces es traicionero.

​Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió. El tintineo de la campana sonó como una advertencia.

​Amelia se dejó caer en su taburete, sintiendo que sus piernas eran de gelatina. Sus dedos buscaron instintivamente la rosa negra dentro de su bolso. Al tocarla, soltó un pequeño grito.

​La rosa, que antes estaba helada, ahora quemaba. Y al sacarla, vio con horror que los bordes rojos de los pétalos brillaban con una luz tenue, como si estuvieran hechos de brasas ardientes.

​Julian no era un cliente. Julian no era un hombre común. Y ahora, Amelia sabía que la cerradura de su puerta no sería suficiente para mantener fuera a alguien que ya había decidido que ella era su próxima historia.

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