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Capítulo 74: Lo que es nuestro

Autor: NayelyLaraC
last update Fecha de publicación: 2026-08-05 07:43:22

Nicolás Ortiz

Despertar con el peso de Isabel dormida sobre mi pecho era la única certeza que necesitaba para saber que el mundo entero podía irse al carajo y nada me importaría.

La luz de la mañana comenzaba a filtrarse suavemente por los ventanales del penthouse, dibujando pinceladas doradas sobre la seda de su espalda descubierta. La oscuridad de la habitación olía a nuestro sexo de la noche anterior, a su perfume de vainilla y al rastro dulce de la cena en la biblioteca. A diferencia de cua
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    Isabel GarcíaEl silencio en el piso ejecutivo de Acoley & Legal a las nueve de la noche tenía un sabor adictivo. A esa hora, cuando el último pasante se retiraba, las luces del recibidor se apagaban y los teléfonos dejaban de sonar, las instalaciones de la firma dejaban de ser un campo de batalla jurídico para convertirse en nuestro territorio privado.Estaba de pie frente al enorme ventanal de mi oficina, contemplando las luces de la ciudad con un vaso de agua entre las manos. Me pasé los dedos por el cuello, sintiendo el cansancio de una jornada intensa en la que Nicolás y yo habíamos destruido a la competencia en un juicio corporativo millonario.Me miré en el reflejo del cristal. Llevaba un vestido ajustado de corte lápiz en tono rojo pasión, con un escote elegante y un par de tacones de aguja que estilizaban mi postura. Habían pasado veinte meses desde el día del bautizo de Isaías y Nicole. Veinte meses desde que Nicolás juraba con esa sonrisa que su objetivo no había fallado. Y

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    Nicolás Ortiz Esperé unos minutos a que el ritmo de su respiración se volviera lento, profundo y constante. Sentir su cuerpo relajado por completo contra el mío, sin una sola tensión, me dio una paz. La cargue en brazos y la deposite en la cama para que descansara lo necesario. Le dejé un beso suave en la coronilla antes de levantarme fuera de las cobijas con un cuidado obsesivo para no mover el colchón. Me puse el pantalón de vestir desabrochado a la cadera, tomé mi teléfono de la mesa de noche y caminé en silencio hacia el ventanal de la suite. Marqué el número de María. Apenas sonó un par de veces antes de que contestara. —Hola tortolitos. Buenas noches. —María, hola. Disculpa la hora —hablé en voz baja, mirando las luces de la ciudad—. ¿Cómo están Isaías y Nicole? —Todo perfecto, no se preocupen —respondió rápidamente—. Los niños ya comieron su tetero, jugaron un rato y acabo de acostarlos. Están durmiendo como unos ángeles. ¿Y ustedes, qué tal? —Excelente. Todo bien, Isabe

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    Isabel García Todavía me ardía la piel. Sentía el pulso retumbarme en los oídos como un eco. Mi cuerpo descansaba aplastado contra el colchón, pero por dentro sentía que cada fibra de mi piel seguía vibrando, atrapada en una inercia ardiente. La habitación estaba sumida en una oscuridad cálida, interceptada solo por los destellos dorados del atardecer que colaban por el gran ventanal. Cerré los ojos un segundo, intentando tomar aire, pero el aire olía a nosotros: a la loción de Nicolás, al sudor fresco de nuestros cuerpos y a la humedad de nuestro propio sexo. La fricción de su piel contra la mía me había dejado un poco sensible, latiendo con una pesantez que se extendía hasta las caderas. Las nalgas me ardían sutilmente, conservando el color rojizo de los azotes que me había dado frente al espejo. Pero lo que más me pesaba no era el cansancio. Era la imagen mía. En mi mente volvía a repetirse la visión del cristal: mis caderas mucho más anchas que antes, mi vientre abultado, y

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    Nicolás OrtizSi alguien me hubiera dicho hace un año que mi rutina de las siete de la mañana pasaría a ser un circuito de paciencia, teteros y dos duendes que me dominaban por completo, me habría reído en su cara.Pero ahí estaba yo. Parado en medio de la cocina, vistiendo mi pantalón de vestir negro, la camisa blanca a medio abrochar y con los pies descalzos. En el brazo izquierdo sostenía a Isaías, que intentaba meterse el puño entero a la boca mientras me miraba con sus enormes ojos oscuros, y en el cochecito doble a mi lado estaba Nicole, agarrada de su sonajero rosa mientras pataleaba con energía.—Tranquilo, campeón, la leche ya casi está —le murmuré a mi hijo en voz baja, comprobando la temperatura del tetero con una gota en el dorso de mi mano.El pequeño soltó un balbuceo ahogado y pegó su cabecita contra mi cuello, dejándome un rastro de baba en la tela fina de la camisa. Ni siquiera me molesté en limpiarme. Hace unos meses me habría cambiado de ropa histérico por una manch

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    Isabel GarcíaTres meses y medio pasaron desde el día en que firmamos el acta de matrimonio en la terraza, y a veces todavía sentía que el tiempo se nos había ido volando entre ecografías, patadas dobles a medianoche y la metamorfosis completa de nuestro departamento.Porque el penthouse elegante, minimalista y perfecto de Nicolás ya no existía. En su lugar, el espacio estaba invadido por cunas de madera clara, peluches, monitores de bebé con tecnología y una cantidad absurda de pañales que mi esposo había mandado a comprar en volumen como si nos preparáramos para un desastre natural.Con casi nueve meses de embarazo y dos bebés apretujados en mi vientre, la palabra "panza" se quedaba corta. Tenía una curva gigantesca, redonda e imponente que me hacía caminar a paso de pingüino, mientras sentía que el centro de gravedad del planeta me empujaba hacia abajo.—No te me vas a levantar de ese sofá, Isabel. Ya llamé a María y me confirmó que las carpetas del caso Santamaría están en mi escri

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    Nicolás OrtizSi alguien me hubiera dicho hace seis meses que me iba a despertar a las tres de la mañana buscando helado de pistacho con pepinillos en conserva por toda la ciudad, le habría firmado una orden de internamiento psiquiátrico sin dudarlo.Pero ahí estaba yo. Parado en medio de la cocina a oscuras, en pantalones de pijama y despeinado, viéndola comer directamente del envase con una satisfacción que rozaba lo religioso.—Está delicioso, mi amor. De verdad, deberías probarlo —me dijo Isabel con la boca llena, sentada sobre la isla de granito con su camisón blanco.Le eché una mirada de asco al frasco, pero no pude evitar que se me dibujara una sonrisa de lado.Su panza de cinco meses de embarazo ya no se podía ocultar con nada. Los mellizos estaban creciendo a un ritmo salvaje, y ver la curvatura pronunciada de su vientre bajo la tela suave me producía un orgullo que se me metía directo en el pecho. Saber que ahí dentro venía la parejita, mi niño y mi niña, me tenía completam

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