FAZER LOGINAlexander la esperaba al pie de las escaleras. El miembro se le puso duro al instante en cuanto la vio bajar: llevaba un vestido rojo ajustado y provocador, con un escote en V tan profundo que sus tetas grandes y redondas amenazaban con salírsele a cada paso.
—¿Así recibirás a tus padres y suegros? —preguntó con falsa molestia, aunque por dentro disfrutaba su rebeldía.
—¿Algún problema? Les diré que son los gustos de mi esposo —respondió ella con ironía, pasándose un dedo por la ranura entre las tetas.
Alexander asintió y le ofreció la mano para terminar de bajar. Valentina sintió rabia; por un momento pensó que él estallaría, la obligaría a cambiarse y armaría un escándalo que escucharía toda la familia.
Al acercarse a la sala, las risas de la familia ya se escuchaban. La sonrisa de Valentina se ensanchó, imaginando la furia de sus padres cuando dijera frente a todos que Alexander le había elegido el vestido.
—Por cierto —dijo él, deteniéndose a unos pasos—. Tu abuelo sigue delicado de salud, ¿verdad?
Valentina lo miró; los ojos oscuros de Alexander la fijaban tras el cristal de sus lentes. Ella asintió. Justo en ese momento, una voz familiar llegó desde la sala. La sonrisa de ella se extinguió al instante, mientras que la de Alexander se tornó triunfante.
—Esperemos que no le dé una crisis al ver a su única y adorada nieta vestida como una vil puta —continuó él, con la voz cargada de una falsa preocupación.
—Eres un maldito… —siseó Valentina, apartándose de él y cubriéndose el escote pronunciado.
—Vamos, ya nos tardamos demasiado —dijo sujetándola del brazo con fuerza, pero ella se negó a dar un paso.
—Debo cambiarme, mi abuelo no me puede ver así… —pidió con verdadera preocupación.
Alexander rodó los ojos. Se estaba divirtiendo con su actitud rebelde y desafiante; verla acobardada de pronto le parecía aburrido.
—Alexander… —murmuró ella, esperando que cediera y la dejara regresar a la recámara a cambiarse.
—Valentina, ¿crees que haré lo que pides después de que hace unas horas intentaste escapar para verte con ese perro malnacido de tu amante? —preguntó Alexander con rabia, apretándole más el brazo.
Valentina empezó a temblar. Eso era lo que más odiaba de Alexander Hart: le daba miedo cuando se enojaba. En los dos años que llevaban juntos solo una vez lo vio perder el control por completo, y con esa sola vez le bastó para saber de lo que era capaz.
—Por favor… —susurró ella con la voz quebrada.
Alexander suspiró y la soltó. Miró la hora en su reloj de pulsera y luego le clavó sus fríos ojos oscuros.
—Tienes quince minutos —murmuró—. Si no bajas en ese tiempo, iré por ti y te traeré a rastras, importándome una m****a que estés desnuda.
Valentina asintió nerviosa. Sin pensarlo dos veces, salió casi corriendo de regreso a su recámara. Alexander la vio marcharse y soltó una risa silenciosa al verla tropezar y casi caer al suelo.
—No vas a desafiarme toda la vida, Valentina —bramó en un susurro bajo y ronco.
Alexander se dio la vuelta y entró a la sala. Toda la familia Luna y Hart estaba presente, incluyendo al abuelo de Valentina, el señor Luna, quien alguna vez fue un hombre de negocios de gran prestigio, pero desde la muerte de su esposa se retiró y, poco después, su salud empezó a deteriorarse.
—Alexander —dijo Diego Luna, levantándose del sofá para ir a saludarlo.
—Suegro —respondió Alexander forzando una sonrisa. Aunque fuera el padre de Valentina, el hombre no le caía nada bien: Diego era un interesado a quien jamás le importaron los sentimientos de su única hija con tal de conseguir más dinero.
—Qué gusto verte, Alexander —dijo Elena Luna, poniéndose al lado de su esposo.
—¿Dónde está mi nieta? —habló entonces el anciano patriarca de la familia, Valente Luna. Sí, Valentina llevaba ese nombre en su honor.
Alexander le hizo un leve gesto con la cabeza a modo de saludo. De toda la familia Luna, el anciano y Valentina eran los únicos que no actuaban con hipocresía frente a él. Alexander sabía muy bien que, para Valente, ese matrimonio jamás debió celebrarse, pero Diego lo había planeado todo a sus espaldas mientras el viejo estuvo ausente.
—Tuvo un pequeño incidente con su vestido —dijo Alexander con una sonrisa forzada.
—Señor Valente, debe ser paciente cuando se trata de una mujer —intervino Amanda Hart—. Mi querida nuera siempre quiere lucir perfecta para su esposo.
Alexander arqueó las cejas al recordar ese vestido rojo tan provocativo, que con solo ver cómo le rebotaban las tetas le había provocado una dura erección.
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Valentina llegó apresurada a la recámara. Buscó un vestido adecuado para la cena y empezó a cambiarse lo más rápido posible. Sabía que Alexander no estaba jugando: si no bajaba a tiempo, subiría por ella y la arrastraría hasta la sala sin importarle cómo estuviera.
—Maldito bastardo… —maldijo molesta mientras se ponía un vestido azul elegante, que marcaba muy bien sus curvas y mantenía bien tapadas sus enormes tetas.
Se miró al espejo, se arregló el cabello y se pintó los labios en un tono nude. Miró la hora en su fino reloj: le quedaban exactamente cinco minutos para llegar a la sala.
Mientras tanto, Alexander fingía estar atento a la charla familiar, pero no quitaba los ojos de su reloj de pulsera. Solo faltaba un minuto para que se cumpliera el tiempo. Le molestaba que Valentina creyera que podía desafiarlo cuando quisiera. Si no aparecía en ese instante, subiría por ella y cumpliría su promesa de llevarla a rastras.
—Si me permiten... —interrumpió Alexander la conversación—. Iré por mi esposa.
Justo cuando estaba por salir de la sala, Valentina llegó jadeante. Sus ojos se cruzaron con los de Alexander y lo maldijo en silencio; de no ser por la presencia de su abuelo, él le habría hecho pasar la peor de las vergüenzas frente a todos.
—Iba a buscarte, mi amor —dijo Alexander con una falsa ternura.
—Ya estoy aquí, querido —respondió ella con la misma ironía.
Valente Luna observó a la pareja en silencio. No era ningún tonto; sus años de experiencia le bastaban para notar la falsedad de ese matrimonio que, ante el mundo, pretendía ser perfecto.
Valentina llegó al corporativo Luna con Natalia siguiéndola de cerca. Desde que Alexander le había asignado la tarea de protegerla, la joven se había mantenido atenta a cada movimiento, sin apartarse de ella ni siquiera durante el trayecto por los pasillos del edificio.Al llegar frente a la oficina de su abuelo, Valentina se detuvo y miró la puerta antes de volverse hacia Natalia. No sabía qué asunto tenía tanta prisa por tratar Valente, pero esperaba que no fuera nada que le quitara demasiado tiempo. Su presentación estaba cada vez más cerca y todavía tenía cosas que revisar antes de dirigirse al corporativo Hart.—Natalia, ¿podrías esperarme afuera? —preguntó con una sonrisa—. Solo voy a saludar a mi abuelo.Natalia miró la puerta de la oficina y después a Valentina. Aunque entendía que se trataba de su abuelo, tenía instrucciones de no separarse de ella.—Está bien, pero, por favor, si necesitas algo, no dudes en llamarme —dijo finalmente Natalia.Valentina asintió y entró en la o
Valentina miraba fijamente a Natalia. Ambas estaban sentadas en la parte trasera del vehículo, pero todavía no le había indicado al chofer adónde quería ir. Su nueva guardaespaldas parecía bastante cómoda con la situación y, a juzgar por su sonrisa, tenía otros planes además de cumplir con su trabajo.—Señora Hart, me esforzaré mucho en mi trabajo —aseguró Natalia con una gran sonrisa.—Dime Valentina… —respondió ella, devolviéndole la sonrisa.—Okey, Valentina. Entonces, seamos amigas, ¿te parece? —preguntó Natalia sin borrar la sonrisa de su rostro.—¿Amigas? —repitió Valentina, desconcertada.No era que tuviera algo en contra de hacer nuevas amistades, pero después de lo que había pasado con Miranda, la idea de confiar en otra persona no le parecía tan sencilla. Su mejor amiga de tantos años había resultado ser una perra que se revolcaba con su novio, el mismo al que ella había jurado amar antes de terminar casada con Alexander. Y pensar que durante tanto tiempo había confiado cieg
Alexander se acercó por detrás de Valentina, la rodeó con los brazos y le dio un beso tierno en el cuello.—Te ves hermosa —susurró, mirándola a través del espejo.Valentina sonrió. Estaba feliz con su relación con Alexander. Nunca imaginó que podría llegar a sentirse tan bien al lado del hombre que una vez juró odiar.—Esta noche es la cena con los Evans —comentó, intentando mantener la sonrisa—. Le dije a Miranda que llegaría a las siete.Alexander suspiró y asintió. Seguía en desacuerdo con que asistiera a aquella cena, pero no pensaba prohibírselo. No quería imponerle sus decisiones ni demostrarle su posesividad de esa manera.—No le dije que me acompañarías —añadió Valentina.—¿Por qué? —preguntó Alexander, arqueando una ceja.Valentina se giró entre sus brazos y lo miró con expresión inocente.—Porque, si le decía, podría advertirle a Marcos Evans. Es mejor que tu presencia sea una sorpresa —explicó.Alexander asintió y se inclinó para darle un beso corto en los labios, complaci
Anthony Solís se encontraba en su departamento cuando recibió la invitación del Internado Real de Ashbourne. Al leer el nombre de la institución y la fecha de la reunión, una sonrisa se dibujó en sus labios. Dejó el documento sobre la mesa y volvió a leerlo, deteniéndose en el anuncio del reencuentro de la Generación Legado.—¿Doce años después? —murmuró—. ¿Acaso el poder de los Hart ya no es tan influyente?Se recostó en el sofá, sosteniendo la invitación entre los dedos. Le resultaba curioso que el internado decidiera organizar una reunión después de tanto tiempo sin dar señales de vida. Los Hart siempre habían tenido contactos e influencia suficientes para conseguir lo que querían, así que le costaba creer que aquella invitación fuera una simple coincidencia.….Alexander seguía despierto pasada la medianoche. Le resultaba difícil conciliar el sueño después de recibir aquella invitación del Internado Real de Ashbourne. No entendía cómo era posible que, después de tantos años, hubie
Alexander entró en la recámara justo cuando Valentina colocaba el álbum de fotografías en el librero.— ¿No descansaste? — preguntó al acercarse.Valentina se giró para mirarlo e intentó sonreír, pero no podía dejar de pensar en aquella imagen de Alexander cuando era adolescente. Había algo en su rostro que le provocaba una extraña incomodidad, aunque no lograba entender por qué.— Alexander, ¿en qué internado estudiaste? — preguntó Valentina.Alexander entrecerró los ojos, se acercó a ella y la observó durante unos segundos antes de responder.— En el Internado Real de Ashbourne — contestó.Valentina se quedó en silencio. Ese era el nombre que había leído en el álbum de fotografías, pero había algo más. Sentía que conocía aquel lugar, aunque no conseguía recordar de dónde. La imagen de los pasillos oscuros volvió a su mente junto con aquellos gritos que había escuchado, provocándole una sensación de inquietud.¿Por qué estaba recordando esas cosas? ¿Y qué tenían que ver con el intern
Valentina entró en la recámara de Alexander. Se sentía un poco cansada y, como habían decidido quedarse a comer con sus suegros, aprovechó que su esposo estaba platicando con Edward en el estudio para descansar un rato.Recorrió la habitación con la mirada. Aunque era diferente a la que compartía con Alexander en su propia casa, le gustaba descubrir esos pequeños detalles que formaban parte de los gustos de su esposo. Se detuvo frente al librero y sonrió al reconocer los mangas de romance que había visto anteriormente. Tal vez debería leer alguno. Así tendría algo más en común con Alexander y podría compartir ese interés con él.Sus ojos se detuvieron en un álbum de fotografías que descansaba en el librero. En la portada, el nombre Internado Real de Ashbourne y el año de la generación estaban escritos con letras doradas.— ¿Por qué se me hace familiar? — susurró Valentina mientras tomaba el álbum.Se sentó en la cama y comenzó a hojearlo. Había fotografías de los alumnos durante las a







