INICIAR SESIÓN
Valentina corría por los jardines de la mansión Hart. Estaba a pocos metros de la salida. Llevaba dos años atrapada en esa casa; sus padres, la familia Luna, la habían obligado a casarse con el heredero de los Hart. No les importó que estuviera enamorada de otro hombre: al no tener la fortuna ni el estatus de Alexander Hart, lo descartaron sin dudarlo. Y desde entonces, odiaba a su esposo, por separarla de su amor.
—¡Al fin! —gritó emocionada, al ver las puertas de acero de la mansión.
Antes de cruzarlas, varios hombres vestidos de negro le cerraron el paso. No mostraban armas, pero era evidente que las llevaban.
Rendida y exhausta, Valentina se dejó caer al suelo. Había estado tan cerca de lograrlo... tan cerca de encontrarse con Anthony.
Levantó la mirada y fijó sus ojos aceitunados en el hombre que se acercaba. Alexander caminaba con pasos firmes, vistiendo un traje gris a medida que resaltaba su complexión robusta.
—Casi lo logras, Valentina —dijo con voz ronca, ajustándose los lentes con elegancia.
—Maldito perro —escupió ella—. ¿Piensas tenerme encerrada toda la vida?
—Llevamos dos años en esto... No veo la diferencia —respondió él con ironía.
Valentina apretó los puños con rabia. Todo se había arruinado otra vez.
—Levántate —ordenó Alexander—. La cena familiar es esta noche y nuestros padres están por llegar.
—Vete a la m****a —bramó sin moverse del suelo.
Alexander se aflojó la corbata azul tratando de mantener la calma. Hizo una seña a sus hombres, que se retiraron de inmediato dejándolos a solas.
—Valentina —dijo inclinándose frente a ella—. Regresemos.
Llevó una mano a su rostro, pero antes de rozarle la mejilla, ella se la apartó de un manotazo.
—¡Te odio! ¡Te odio! —gritó con rabia.
Antes de la boda, Valentina le había suplicado que cancelara el compromiso porque amaba a otro hombre. Él prometió encargarse de todo y le dijo que el día del enlace se casaría con su verdadero amor. Ella confió en su palabra creyendo que era un hombre de honor, pero al llegar al altar, no era Tony quien la esperaba, sino él.
—¿Por qué no entiendes que no te amo? ¡Te odio, Alexander! —gritó.
Alexander entrecerró los ojos. Sus palabras le dolían, pero el orgullo le impedía demostrarlo. No estaba dispuesto a seguir escuchando cómo defendía a otro hombre frente a él.
La agarró del brazo y la levantó de un tirón. Se había terminado la paciencia: la regresaría a la mansión de la única manera que ella entendía y la obligaría a comportarse como la señora Hart.
Valentina forcejeó contra él tratando de soltarse, pero el agarre de Alexander permaneció firme. Avanzó con pasos largos de vuelta a la propiedad, arrastrándola casi por completo.
Al llegar a la recámara, la arrojó sobre la cama. Valentina se sobó el brazo adolorido y lo miró con furia.
—Arréglate y, cuando bajes, compórtate como la señora Hart —ordenó él con rabia contenida antes de salir del cuarto.
Valentina se quedó sola, frustrada por el fracaso. Sacó el teléfono del bolsillo y llamó a Miranda.
—Miri, me atrapó —dijo con la voz entrecortada.
—¡Qué mal, amiga! Tony estaba muy ilusionado por verte —respondió Miranda al otro lado de la línea.
A Valentina se le apretó el corazón. Ella también se moría por verlo. Tras la boda con Alexander, Tony había salido del país por un largo tiempo, pero volvió hacía un par de meses y buscó a Miranda para poder reunirse con ella.
—Dile que buscaré la forma de volver a vernos —susurró—. Y que lo amo.
—Se lo diré. Mañana iré a verte —respondió Miranda antes de colgar.
Valentina suspiró mientras las lágrimas le rodaban por la cara. Odiaba esa vida y ese matrimonio impuesto que la alejaba de Tony. Aun así, no pensaba rendirse: encontraría la manera de escapar con él y recuperar su felicidad.
Se levantó de la cama y caminó al armario. Debía arreglarse para la estúpida cena familiar. Tal vez debía armarle una escena a Alexander por haber arruinado su escape. Sonrió con malicia de solo pensar en la vergüenza que le haría pasar durante la cena, frente a sus padres.
—Me las vas a pagar, Alexander —murmuró mientras elegía un vestido rojo para esa noche.
Una sonrisa cargada de maldad se dibujo en sus labios, mientras se miraba al espejo con el vestido en sus manos.
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Alexander estaba en su recámara. No dormía con Valentina; desde la noche de bodas, ella le había suplicado entre lágrimas que no la obligara a acostarse con él. A pesar de las ganas de cogerla día y noche, no estaba dispuesto a forzarla, así que aceptó tener cuartos separados desde entonces.
Dos toques sonaron en la puerta antes de que entrara el jefe de seguridad, quien hizo una reverencia al quedar frente a él.
—Lo lamento, señor —dijo el hombre de complexión robusta—. La señora casi llega a la salida esta vez.
Alexander terminó de anudarse la corbata y se giró para encararlo, dejando entrever una sonrisa ladina.
—La próxima vez, dejen que salga —respondió.
El jefe de seguridad arqueó las cejas ante la orden, pero no cuestionó. Sacó su teléfono y se lo entregó a Alexander.
—Anthony Solís está en el club nocturno, muy bien acompañado —reportó.
Alexander miró la pantalla durante varios segundos. Su expresión no cambió. Le devolvió el teléfono al jefe de seguridad.
—¿Quiere que la señora lo sepa? —preguntó el hombre.
Alexander guardó silencio unos segundos.
—No. — Respondió sececamente, sin siquiera dirigirle la mirada.
El jefe de seguridad asintió. Sabía que cuando Alexander tomaba una decisión, era inútil insistir. Guardó el teléfono y salió de la habitación.
Alexander se acomodó el saco con elegancia. La cena entre los Luna y los Hart estaba por comenzar. Sabía que Valentina no se quedaría de brazos cruzados tras arruinarle su escape, pero esta vez decidió no decirle nada. Había cosas que Valentina debía descubrir por su cuenta.
— ¿Que harás ahora Valentina? — Dijo, mientras una sonrisa ladeada se dibujaba en sus labios.
Valentina llegó al corporativo Luna con Natalia siguiéndola de cerca. Desde que Alexander le había asignado la tarea de protegerla, la joven se había mantenido atenta a cada movimiento, sin apartarse de ella ni siquiera durante el trayecto por los pasillos del edificio.Al llegar frente a la oficina de su abuelo, Valentina se detuvo y miró la puerta antes de volverse hacia Natalia. No sabía qué asunto tenía tanta prisa por tratar Valente, pero esperaba que no fuera nada que le quitara demasiado tiempo. Su presentación estaba cada vez más cerca y todavía tenía cosas que revisar antes de dirigirse al corporativo Hart.—Natalia, ¿podrías esperarme afuera? —preguntó con una sonrisa—. Solo voy a saludar a mi abuelo.Natalia miró la puerta de la oficina y después a Valentina. Aunque entendía que se trataba de su abuelo, tenía instrucciones de no separarse de ella.—Está bien, pero, por favor, si necesitas algo, no dudes en llamarme —dijo finalmente Natalia.Valentina asintió y entró en la o
Valentina miraba fijamente a Natalia. Ambas estaban sentadas en la parte trasera del vehículo, pero todavía no le había indicado al chofer adónde quería ir. Su nueva guardaespaldas parecía bastante cómoda con la situación y, a juzgar por su sonrisa, tenía otros planes además de cumplir con su trabajo.—Señora Hart, me esforzaré mucho en mi trabajo —aseguró Natalia con una gran sonrisa.—Dime Valentina… —respondió ella, devolviéndole la sonrisa.—Okey, Valentina. Entonces, seamos amigas, ¿te parece? —preguntó Natalia sin borrar la sonrisa de su rostro.—¿Amigas? —repitió Valentina, desconcertada.No era que tuviera algo en contra de hacer nuevas amistades, pero después de lo que había pasado con Miranda, la idea de confiar en otra persona no le parecía tan sencilla. Su mejor amiga de tantos años había resultado ser una perra que se revolcaba con su novio, el mismo al que ella había jurado amar antes de terminar casada con Alexander. Y pensar que durante tanto tiempo había confiado cieg
Alexander se acercó por detrás de Valentina, la rodeó con los brazos y le dio un beso tierno en el cuello.—Te ves hermosa —susurró, mirándola a través del espejo.Valentina sonrió. Estaba feliz con su relación con Alexander. Nunca imaginó que podría llegar a sentirse tan bien al lado del hombre que una vez juró odiar.—Esta noche es la cena con los Evans —comentó, intentando mantener la sonrisa—. Le dije a Miranda que llegaría a las siete.Alexander suspiró y asintió. Seguía en desacuerdo con que asistiera a aquella cena, pero no pensaba prohibírselo. No quería imponerle sus decisiones ni demostrarle su posesividad de esa manera.—No le dije que me acompañarías —añadió Valentina.—¿Por qué? —preguntó Alexander, arqueando una ceja.Valentina se giró entre sus brazos y lo miró con expresión inocente.—Porque, si le decía, podría advertirle a Marcos Evans. Es mejor que tu presencia sea una sorpresa —explicó.Alexander asintió y se inclinó para darle un beso corto en los labios, complaci
Anthony Solís se encontraba en su departamento cuando recibió la invitación del Internado Real de Ashbourne. Al leer el nombre de la institución y la fecha de la reunión, una sonrisa se dibujó en sus labios. Dejó el documento sobre la mesa y volvió a leerlo, deteniéndose en el anuncio del reencuentro de la Generación Legado.—¿Doce años después? —murmuró—. ¿Acaso el poder de los Hart ya no es tan influyente?Se recostó en el sofá, sosteniendo la invitación entre los dedos. Le resultaba curioso que el internado decidiera organizar una reunión después de tanto tiempo sin dar señales de vida. Los Hart siempre habían tenido contactos e influencia suficientes para conseguir lo que querían, así que le costaba creer que aquella invitación fuera una simple coincidencia.….Alexander seguía despierto pasada la medianoche. Le resultaba difícil conciliar el sueño después de recibir aquella invitación del Internado Real de Ashbourne. No entendía cómo era posible que, después de tantos años, hubie
Alexander entró en la recámara justo cuando Valentina colocaba el álbum de fotografías en el librero.— ¿No descansaste? — preguntó al acercarse.Valentina se giró para mirarlo e intentó sonreír, pero no podía dejar de pensar en aquella imagen de Alexander cuando era adolescente. Había algo en su rostro que le provocaba una extraña incomodidad, aunque no lograba entender por qué.— Alexander, ¿en qué internado estudiaste? — preguntó Valentina.Alexander entrecerró los ojos, se acercó a ella y la observó durante unos segundos antes de responder.— En el Internado Real de Ashbourne — contestó.Valentina se quedó en silencio. Ese era el nombre que había leído en el álbum de fotografías, pero había algo más. Sentía que conocía aquel lugar, aunque no conseguía recordar de dónde. La imagen de los pasillos oscuros volvió a su mente junto con aquellos gritos que había escuchado, provocándole una sensación de inquietud.¿Por qué estaba recordando esas cosas? ¿Y qué tenían que ver con el intern
Valentina entró en la recámara de Alexander. Se sentía un poco cansada y, como habían decidido quedarse a comer con sus suegros, aprovechó que su esposo estaba platicando con Edward en el estudio para descansar un rato.Recorrió la habitación con la mirada. Aunque era diferente a la que compartía con Alexander en su propia casa, le gustaba descubrir esos pequeños detalles que formaban parte de los gustos de su esposo. Se detuvo frente al librero y sonrió al reconocer los mangas de romance que había visto anteriormente. Tal vez debería leer alguno. Así tendría algo más en común con Alexander y podría compartir ese interés con él.Sus ojos se detuvieron en un álbum de fotografías que descansaba en el librero. En la portada, el nombre Internado Real de Ashbourne y el año de la generación estaban escritos con letras doradas.— ¿Por qué se me hace familiar? — susurró Valentina mientras tomaba el álbum.Se sentó en la cama y comenzó a hojearlo. Había fotografías de los alumnos durante las a







