INICIAR SESIÓN••Narra Evangeline•• 9 AÑOS DESPUÉS Tarareé una canción infantil, sintiéndome plenamente satisfecha. Era una emoción que hace nueve años me parecía tan extraña, pero que hoy lo sentía cada día; al despertar y hasta al dormir. El sol de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales de la sala de juegos. El aroma a pintura y papel nuevo llenaba el aire. La mansión, construida desde cero, era un lugar de luz y vida, muy distinto a la oscura fortaleza que había conocido años atrás. Sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y una taza de té humeante a mi lado, observaba a mi hijo de cuatro años concentrado en su dibujo. Sus pequeños dedos, manchados de pintura de colores, se movían con una precisión que solo los niños poseen. Su cabello, de un rubio oscuro que había heredado de su padre, caía sobre su frente mientras mordisqueaba la lengua en señal de concentración. —Mamá, mira —dijo, levantando el papel con orgullo. Sonreí al ver el dibujo. Para los ojos normale
Murió de un disparo en la cabeza, como lo había hecho la hermana de Evangeline. Qué poético. Es el karma. Primero murió Marcello, después ella y ahora… Giovanni viviría. —¡Silvia! —Giovanni salió de su escondite. Se arrodilló junto a ella, con las manos temblorosas, intentando detener la sangre que manaba de su cabeza—. ¡No! ¡No, no, no! No fui capaz de sentir lástima. No por él. No se lo merecía. Él rompió a la mujer que amaba y yo estaba haciendo lo mismo con su asquerosa existencia. —¿Sabes lo que estás sintiendo? —pregunté, avanzando lentamente, quitándome las gafas. Me agaché a su lado, viendo más de cerca su dolor—. Eso es lo que le hiciste sentir a Evangeline. Cuando mataste a su padre, cuando mataste a su hermana, cuando la torturaste. Tú diste esas ordenes. Esto es lo que has causado. Giovanni levantó la vista. Sus ojos estaban enrojecidos, llenos de lágrimas. La rabia y el dolor luchaban en su rostro. Había perdido a sus dos hijos, la única familia que tenía. Ahora
La noche era una bestia negra que devoraba las luces de la ciudad. El viento, frío y cortante, silbaba entre los edificios como un presagio de muerte. Las calles, vacías, parecían haber sido evacuadas para la ocasión. O quizás era solo mi percepción, la adrenalina corriendo por mis venas, el peso de la pistola en mi mano, la certeza de que esta noche todo cambiaría. No había vuelta atrás. No había dudas. Solo la sangre fría que me había mantenido con vida durante todos estos años. El convoy avanzaba en silencio. Cinco coches negros, sin luces, sin matrículas que pudieran rastrearse. Dentro, mis hombres. Mis soldados. Los que habían jurado lealtad y que ahora estaban dispuestos a morir por mí. Por mi familia. Por mi futuro. Sus rostros eran máscaras de piedra, pero en sus ojos vi el mismo fuego que ardía en los míos. El deseo de acabar con esto. De poner fin a la guerra que había consumido nuestras vidas durante semanas. Llevábamos rifles, granadas, trajes militares, lentes infrarroj
••Narra Cipriano•• Volví a la mansión plagada de traidores y con un único propósito. Ya era hora de dar el golpe. Dejé a mi amada mujer en el apartamento, segura, mientras yo me encargaba por fin de sacar la basura de la mansión que creí mi hogar. La sala de juntas estaba a oscuras cuando entré. Las cortinas, echadas. Las luces, apagadas. Solo la luz de la luna, que se filtraba a través de los ventanales, iluminaba los rostros de los hombres que me esperaban. Mis capitanes. Los leales. Los que aún no sabían que la guerra que habíamos estado librando no era la guerra que creían. Envié un aviso de reunión de emergencia enseguida que me llegó la notificación de Ottavio cayendo en la trampa. Me senté en la cabecera de la mesa. Mis dedos golpearon la madera, una vez, dos, tres. El sonido resonó en el silencio. Todos esperaban mis palabras. —He convocado esta reunión porque ha llegado el momento de la verdad —Mantuve mi rostro ilegible—. Durante semanas, hemos estado luchando co
Los alimentos me sabían a plomo, ceniza, azufre. Ya no sabía si era el embarazo o el incómodo momento que estaba viviendo en esta cena. Cipriano estaba sentado a mi lado, Vincent frente a él y a su lado… ¡Una completa desconocida! —Y dime Vittoria —Vincent dio un largo trago a su bebida, dirigiendo su mirada a la completa desconocida—. ¿Estás preparada para ser la señora de la mafia Francesa? La muchacha debía tener una edad parecida a la de Vittoria. Su cabello negro, largo y su cuerpo esbelto. Era parecida en cierta forma, pero sus ojos dorados, no brillaban con la misma fuerza que los de los Grimaldi. No, era difícil replicarlos. No sé qué era peor, lo fácil que le resultó conseguir una mujer dispuesta a fingir ser otra persona por el resto de su vida o que Vincent se esté tragando esta mentira completa. Entendía que no tiene lazos con ninguna otra facción italiana y después del matrimonio mucho menos, ya que solo podía hacer tratos con los Grimaldi y no unir fuerzas con
Estiré mis extremidades, escuchándolas crujir necesitadas. Mi bebé estaba completamente bien, sano y protegido. El resto de mi cuerpo era otra historia. Mis tetas estaban marcadas por las manos de Cipriano. Mis muslos y brazos también pasaron por algo parecido. Y... Pasé una mano por mi cuello, notando la marca de sus dientes. Ese hombre Pero nada era comparable con el dolor de mi entrepierna. Debería ser ilegal que se sienta tan bien. Era un dolor exquisito. Anoche estaba tan molesto. No conmigo sino con la situación. Y en mi inocencia, le pregunté si había algo en lo que pudiera ayudarle para quitarle todo el malestar. Gracias a eso, terminé con las piernas temblorosas. No me arrepiento de nada. Pese a sus emociones negativas, jamás mencionó la traición de su mejor amigo. Era un hombre acostumbrado a reprimir sus emociones, al punto de no hablar de ellas. Sin embargo, se notaba que le afectaba. Era su hermanita. Su hermanita menor. Es más, se podría decir que es como su hi







