INICIAR SESIÓNJuliette
De repente, la presión en mi brazo desapareció. Julian salió despedido hacia atrás por un empujón firme y elegante, tropezando con sus propios pies hasta casi caer sobre una mesa de canapés.Seth estaba allí.Se interpuso entre nosotros como una muralla de esmoquin negro. No estaba alterado. No parecía furioso. Parecía letalmente calmado, irradiando una autoridad que hizo que hasta la orquesta bajara el volumen.Julian se enderezó, rojo de ira y huSethVivir en una mentira era, extrañamente, la forma más pura de felicidad que había conocido en años.Pasamos el resto del día en una escena de calidez doméstica. Ver a Juliette moverse por el penthouse sin el peso de la amargura en sus hombros era como ver una flor abrirse después de un invierno eterno. No había miradas de odio, ni reproches por el pasado, ni esa distancia extraña que nos había separado desde que la encontré en las oficinas de Nolan.Ahora, ella me buscaba constantemente. Mientras intentaba fingir que revisaba unos documentos en la sala, ella se sentaba a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro con una confianza que me quemaba el alma.—¿Te falta mucho, Seth? —preguntó, rozando con sus dedos la tela de mi camisa—. Hice té y no quiero que se enfríe.—Ya casi termino, bonita —respondí, dejando los papeles a un lado. No podía concentrarme. No cuando ella olía a vainilla y a hogar, no cuando su cercanía me hacía olvidar que era un hombre que había construido una vida
SethCaminaba de un lado a otro frente a la puerta de Juliette, sintiendo que el peso del mundo me aplastaba los hombros. Las palabras del médico resonaban en mi cabeza como una sentencia de muerte. Cualquier shock fuerte podría ser devastador para ella. No debe recibir noticias traumáticas de golpe.¿Cómo se suponía que iba a hacer esto?Me pasé las manos por el pelo, frustrado y aterrorizado. Si entraba por esa puerta y le decía la verdad, la mataba. Si le decía: Tu padre murió de un infarto, tu familia lo perdió todo, estás casada con el bastardo alcoholico que casi te mata en la carretera, y yo... yo te compré como si fueras mercancía para vengarme de ti. Si le decía todo eso, su cerebro, aún inflamado y frágil, no lo soportaría.Pero si le mentía... si le construía una fantasía donde nosotros éramos felices y su padre estaba de viaje, el día que recordara la verdad, la caída la destruiría para siempre. Y me odiaría con una fuerza de la que no habría retorno.—Seth.La voz agud
SethMe quedé inmóvil.Su guardaespaldas. No su amante. No su enemigo. No el magnate que había comprado empresas para controlarla. Solo Seth. El hombre pobre que su padre había contratado para cuidarla. El hombre del que ella se había enamorado en secreto antes de que todo se fuera al diablo.Antes de que pudiera procesar el dolor, ella frunció el ceño, mirando mi ropa cara, mi reloj exclusivo, mi aspecto demacrado.—Seth... ¿qué ocurre? —preguntó, y el miedo volvió a su voz de niña—. Me duele la cabeza. ¿Papá sabe que estamos aquí? ¿Vas a llamar a papá para que venga a buscarnos? Quiero verlo.Me quedé mudo, ahogado por la tragedia.No recordaba el accidente.No recordaba a Nolan.No recordaba nuestro odio.Y lo peor de todo... preguntaba por su padre.Su padre, que llevaba un año muerto y enterrado.Me miró esperando una respuesta, confiando en que yo, su protector arreglaría todo. Y supe, en ese instante devastador, que aunque ella había despertado, la mujer que yo amaba, la muje
SethCaminé por el pasillo de urgencias como un espectro, con la camisa blanca pegada al pecho por la lluvia y manchada con la sangre de Juliette. Su sangre. La que me había manchado cuando subí a la ambulancia y acaricié su rostro herido.—Señor Saint James, no puede pasar de aquí —me bloqueó una enfermera con voz firme pero compasiva.—Es mi mujer —gruñí, con la voz rota, mirando las puertas dobles por donde se la acababan de llevar. El cartel rojo de Quirófano se encendió sobre mi cabeza como una sentencia.A mi alrededor, el caos se disipaba lentamente para dar paso a la realidad fría.Vi a dos policías arrastrando a Julian por el pasillo opuesto. Iba esposado, tambaleándose, con apenas un corte en la frente. El alcohol y el airbag lo habían salvado, mientras que a ella... la había destrozado. Me la había arrebatado.Al verme, Julian intentó sonreír, una mueca grotesca y borracha.—Ella... se lo buscó... —balbuceó—. Quería irse...Tuve que aferrarme al mostrador de recepción para
Seth El silencio que siguió al impacto no fue vacío. Fue pesado. Fue un monstruo oscuro que salió del auricular del teléfono y se tragó todo el aire de mi oficina. —¿Juliette? Mi propia voz sonó extraña, lejana, como si perteneciera a otro hombre. A un hombre que todavía tenía esperanza. —¡Juliette, contéstame! —grité, golpeando el escritorio con el puño. Nada. Solo el zumbido estático de la línea muerta y el eco fantasma de ese estruendo final. Cristal estallando, su vehículo derrapando y su grito. Ese último grito llamando mi nombre que se había clavado en mi pecho como una espina. Miré el teléfono en mi mano. La llamada había terminado. Durante tres segundos, el tiempo dejó de existir. Mi corazón, que había latido con fuerza, simplemente se detuvo. Como aquella noche cuando ví a la mujer que amaba en brazos de otros. Mis pulmones se olvidaron de cómo expandirse, de cómo funcionar. El mundo se redujo a ese aparato negro y brillante que acababa de transmitirme el sonido de
JulietteEl desván de la mansión Anderson olía a polvo, a madera vieja y a decadencia. Era el olor exacto de mi familia.Aparté una caja llena de abrigos apolillados, tosiendo un poco. La lluvia golpeaba con fuerza contra las tejas del techo, creando una sinfonía lúgubre que acompañaba mi búsqueda desesperada. Necesitaba dinero. Seth había puesto seguridad en la puerta y abogados a mi disposición, pero mi orgullo me impedía pedirle un centavo para mis gastos personales. Si quería seguir viviendo lejos de mi madre y de Julián, sin el empleo de Nolan, tenía que rebuscarmelo de alguna manera.Le había dicho a Marco, el jefe de seguridad que Seth me asignó, que esperara en la garita de la entrada porque necesitaba privacidad para buscar ropa vieja. La verdad era que me avergonzaba que los hombres de Seth vieran la miseria en la que vivíamos, rebuscando entre basura para venderla en casas de empeño.—Tiene que haber algo... —murmuré, abriendo un viejo baúl de cuero que perteneció a mi pa







