Início / Romance / Sin Retorno / 7. Nada Personal

Compartilhar

7. Nada Personal

last update Data de publicação: 2021-07-24 20:43:58

La familia había juntado sillas para acostarse y estaban todos dormidos, bien envueltos en sus abrigos. El viejito había terminado de limpiar y desaparecido. Silvia lo imaginó durmiendo en algún cuartito diminuto, con un tocadiscos en el que giraba un vinilo de Sinatra.

En el corredor, le mostró a Jay cómo hacer funcionar la máquina expendedora, y su sonrisa triunfal cuando logró procurarse su propio café la hizo volver a reír.

—Esta m****a me hizo sudar por nada —dijo, y le dirigió una mirada culpable—. Disculpa mi lenguaje.

Ella fingió persignarse. Jay alzó una sola ceja. Cruzaron la sala de espera de regreso a su rincón todavía sofocando la risa.

—Así que Argentina —dijo Jay volviendo a sentarse—. Buenos… ¿Aires? Oí decir que es una gran ciudad.

—Sí, demasiado grande para mi hígado.

—¿No vives allí?

—No, soy de la Patagonia.

—Oh, a mí me encantan las grandes ciudades —dijo Jay, convencido, y la vio mirar alrededor antes de volver a enfrentarlo con gesto interrogante—. Bien, no vivo aquí, ¿verdad? De lo contrario, tendría una maldita balsa en vez de un condenado auto de alquiler descompuesto.

Rieron juntos una vez más. Él probó su café, pensando que le caía bien la fan. Pero si pretendía permanecer en el anonimato, tenía que cambiar de tema.

—¿Y qué m****a haces aquí?

Silvia frunció el ceño. —¿Acaso eres de la Migra?

—Y estoy listo para deportar tu trasero latino.

—¡Por favor! —Silvia le ofreció sus muñecas para que las esposara—. ¡Cualquier cosa con tal de largarme de aquí!

—¿Verdad? ¿Tal vez hacer un poco de alboroto bastaría para que vinieran por nosotros? No me importa si es un patrullero.

—Olvídalo. El único patrullero del pueblo es más viejo que la máquina de café. Jamás llegaría hasta aquí con esta tormenta.

—Oh, de modo que vienes del pueblo al norte de aquí.

—Vamos.

A Silvia le gustaba la forma en que Jay alzaba las manos cuando lo descubrían haciendo o diciendo algo indebido.

—Muy bien, comprendo. Sin preguntas personales.

—A menos que quieras que vuelva a llorar.

—Ni en un millón de años.

—Tu cretino interior es bastante sensato.

Esta vez tuvieron que cubrirse la boca para acallar la risa. No porque estuvieran siendo extremadamente graciosos o listos, sino porque era agradable descubrir que tenían un sentido del humor similar.

Jay suspiró frotándose los muslos. —Daría cualquier cosa por una cerveza —murmuró.

Silvia asintió. —Y yo por un cigarrillo, pero hace demasiado frío en el corredor.

Él miró alrededor. —¿Quién va a venir a regañarnos si fumamos aquí?

Ella vaciló y sacó sus cigarrillos. Le ofreció uno a Jay sólo porque había hablado en plural, pero se dio cuenta de inmediato que distaba de ser un fumador, y sólo lo había dicho por complicidad con ella. Luego de un par de minutos de disfrutar que no necesitaba morirse de pulmonía para aplacar su adicción a la nicotina, Silvia lo vio revisar su teléfono.

—¿Sin señal?

—Nada.

—Ahí tienes la era de las comunicaciones globales.

—Ni que lo digas. Un poco de lluvia y estamos de vuelta en la jodida edad de piedra.

—Ésa es una buena idea para una canción.

Jay le dirigió otro vistazo suspicaz, pero Silvia volvía a mirar hacia afuera, y sus palabras no habían sonado irónicas. ¿O tal vez sí lo había reconocido, y se limitaba a respetar su decisión de permanecer anónimo?

Se preguntó por qué estaba tan decidido a ocultar su identidad. Siempre había disfrutado los privilegios de la fama. Sin embargo, esa noche quería ser otra persona. Alguien sin nombre perdido en medio de la nada.

Fumaron en silencio.

De pronto parecían no tener nada más para decir. Permanecieron allí sentados, abstraídos en sus propios pensamientos, pero esperando que el otro les dirigiera la palabra, de modo que tratar de dormir, leer o hacer cualquier otra cosa resultaba desconsiderado.

El silencio se prolongó entre ellos, haciendo lugar al rumor constante de la lluvia.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • Sin Retorno   156. La Verdadera Libertad

    La música a volumen creciente despertó a Silvia. Le tomó un momento reconocer la canción de Depeche Mode, Personal Jesus.El sol se ponía y estaba sola en la cama, entre sábanas que olían a flores, bajo un acolchado gordo. Jim se había marchado para permitirle descansar, porque había quedado a la vista que no lo haría mientras él estuviera allí.Se había dormido profundamente, exhausta, y ahora le costaba desprenderse de la sensación de que todavía estaba soñando. Pero no, estaba despierta. En el Cenicero, su nuevo hogar. Y esa música debía ser un teléfono sonando. No el suyo, ella jamás hubiera usado esa canción de ringtone.Siguió la música hasta la otra mesa de noche, donde encontró un teléfono nuevo en su caja abierta, con un moño rojo. Rió de buena gana al tomarlo y ver q

  • Sin Retorno   155. Tuya

    Hallaron el camino al dormitorio sin dejar de besarse y cayeron juntos en la cama, sus manos luchando por librarse de las ropas del otro. Silvia tironeó de Jim para que se tendiera sobre ella, anhelando volver a sentir su peso. No existía ningún otro cuerpo para el suyo, ni otras manos para tocarla, otros labios para enloquecerla, otra piel para acariciarla. Enlazó una pierna en torno a su cintura para atraerlo contra ella, dejando escapar un gemido al sentirlo en su vientre. Se dejó invadir por el fuego que agitaba el pecho de Jim, se sumergió en la urgencia exasperante, la ansiedad que lo empujaba. Sí, así se sentía Jim. Porque nunca había echado en falta su cuerpo, nunca la había necesitado, pero allí estaba, luchando por contenerse como un maldito adolescente, enloqueciendo con cada gemido que le arrancaba, cada movimiento de sus caderas, cada roce de sus dedos y su lengua. Como si nunca fuera a saciarse de ella. ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué n

  • Sin Retorno   154. El Cenicero

    Silvia salió del área de Migraciones sintiéndose aturdida y un poco mareada. Tras una semana tan cargada emocionalmente, se había embarcado en aquel vuelo interminable que la había llevado a otro hemisferio, otra estación, otro idioma, otra cultura, otra vida. Miró a su alrededor con ojos turbios. Sentía que estaba por bajarle la presión y que se desmayaría en cualquier momento. Jim arrojó en un cesto el cartel con su nombre que Silvia no había visto y fue a plantarse ante ella sonriendo, las manos en los bolsillos. —¿Buscabas a alguien? Silvia alzó la vista sorprendida y olvidó su equipaje para echarle los brazos al cuello con una exclamación ahogada. Jim la estrechó riendo por lo bajo y la sintió temblar. Besó su cabello, sosteniéndola hasta que ella fue capaz de contener sus lágrimas y retroceder. Cuando consideró que Silvia estaba en condiciones de caminar, tomó su mano, el carrito del equipaje y la guió al estacionamiento. Ella se limitó a seguir

  • Sin Retorno   153. Una Canción Especial

    Jim no se apresuró a recoger sus cosas de la escalera, y se procuró una cerveza y un armado antes de subir. Se tomó su tiempo para llevar el bolso al vestidor y volver a guardar su pasaporte en la caja fuerte. No le corría ninguna prisa. Cada minuto que pasaba lo acercaba al momento de reunirse con ella. Llevó la computadora a la cama y se recostó con el armado entre los labios, la cerveza al alcance de su mano en la mesa de noche. Le costó hallar una traducción de la letra al inglés que tuviera un poco de sentido. Al fin encontró una que tal vez no fuera demasiado literal, pero al menos le daría una buena idea de lo que decía la canción. No importaba que no fuera exacta. Silvia podría traducírsela bien durante la cena. La próxima cena. Porque para entonces ella ya estaría allí. Con él. La canción pertenecía a una banda brasileña llamada Paralamas y el título era algo como Linterna de los Afiebrados. Flexionó un brazo bajo su cabeza mi

  • Sin Retorno   152. Alerta de Tormenta

    Silvia huyó antes que sus hermanos y sus amigos pudieran darse cuenta y retenerla. En un momento estaban todos juntos, brindando por enésima vez, y al siguiente, ella los abrazaba emocionada hasta las lágrimas, repitiendo cuánto los quería. Antes que pudieran darse cuenta, había desaparecido.Recorrió la callecita del bar con la vista alzada hacia el cielo, admirando los colores cambiantes que anunciaban el cercano amanecer. Sus pies no la consultaron antes de encaminarse hacia la playa del centro, bajar las escaleras de piedra y llevarla hasta la orilla misma del lago.Allí se sentó y encendió un cigarrillo, de cara al este. Era el último amanecer de su vida tal como la conocía. El último amanecer con su lago y sus montañas. Como tantas otras veces, hubiera querido ser capaz de capturar cada detalle de lo que la rodeaba hasta donde alcanzaba su vista, grabarlo a fuego en

  • Sin Retorno   151. Diciembre

    Tobías y Leandro se esmeraron limpiando la Roca Negra para darle la bienvenida, y Silvia sonrió enternecida al comprobar que la casa estaba reluciente. Su mirada de advertencia evitó que hicieran preguntas incómodas al enterarse que Mika no estaba de visita, sino que había vuelto para quedarse. Leandro se fue a cenar con Claudia a Beltane, para darles algo de intimidad a los hermanos. Mika vio que el refrigerador estaba lleno de comida chatarra, y su alma vegana decidió ir al supermercado a comprar algo para preparar una cena saludable para los tres. Apenas salió con el perro, Tobías le preguntó a Silvia qué había pasado para que Mika se tragara su orgullo sideral y regresara a Bariloche. Ella sabía que su explicación lo haría ofenderse a muerte, pero se anticipó a sus protestas. —Te voy a decir lo mismo que le dije a tu hermana. Si no quieren que los siga tratando como nenes malcriados, demuéstrenme que no lo son. Demostrame que no necesitás niñera para segu

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status