Mi Exesposo Me Traicionó, Su Hermano Me Desea

Mi Exesposo Me Traicionó, Su Hermano Me Desea

last updateÚltima actualización : 2026-10-29
Por:  EvergloryActualizado ahora
Idioma: Spanish
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Estrella Paredes lo sacrificó todo por Sebastián Montalvo, su esposo durante tres años. Sin embargo, mientras ella luchaba por mantener vivo su matrimonio, Sebastián seguía enamorado de otra mujer y tenía un hijo con ella. Para Sebastián, Estrella nunca fue más que una esposa conveniente. Cuando finalmente decidió marcharse, Sebastián se encargó de convertir su vida en un infierno. Utilizó el poder de la familia Montalvo para destruir a los Paredes, convencido de que Estrella terminaría suplicándole perdón. Pero Sebastián cometió un error: empujó a Estrella directamente a los brazos de Damien Montalvo, su propio hermanastro. Frío, despiadado y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Damien es un hombre al que nadie se atreve a desafiar. Le ofrece a Estrella el poder necesario para salvar a su familia y vengarse de Sebastián. Sin embargo, hay algo que nunca le ha confesado: lleva demasiado tiempo deseándola y no piensa dejarla escapar ahora que por fin está libre. Estrella está dispuesta a aprovechar el poder de Damien, pero no a convertirse en otra mujer sometida a un Montalvo. Él puede ofrecerle riqueza, protección y la oportunidad de vengarse. Pero ¿qué ocurrirá cuando un hombre que jamás acepta un rechazo decida que la quiere para sí mismo? —Sí, te quiero. Sebastián la traicionó. Damien la desea. Y Estrella pronto descubrirá que conquistar el corazón del hombre más peligroso de su vida puede ser mucho más difícil que obtener su poder. ¿Se convertirá Estrella en la obsesión de Damien Montalvo o será la única mujer capaz de hacer que el hombre al que todos temen caiga de rodillas ante ella?

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Capítulo 1

La Noche en que Todo Terminó

​El mensaje llegó a las tres de la tarde.

​[Ven a La Terraza a las siete de la tarde. Ya reservé una mesa.]

​Estrella Paredes se quedó mirando la pantalla del teléfono un buen rato. Era de Sebastián, su esposo.

​En sus tres años de matrimonio, esta era la primera vez que la invitaba a cenar a solas. Nunca antes lo había hecho sin que hubiera de por medio una cena de negocios, un compromiso familiar o alguna rueda de prensa del grupo Montalvo. Por lo general, Sebastián solo la buscaba cuando necesitaba algo: un escándalo que apagar, periodistas exigiendo explicaciones sobre sus amoríos o la imagen de una esposa ejemplar al lado de la cual sonreír para fingir que todo marchaba bien.

​Esta vez era distinto. Él mismo la había invitado.

​El corazón de Estrella aceleró el ritmo.

​Esa noche, además, cumplía veinticinco años. Tendría que haber sido un día feliz, pero a Estrella esa fecha siempre le recordaba a su madre, fallecida años atrás.

​Hacía tiempo que no celebraba su cumpleaños, pero esa noche quiso intentarlo. La invitación de Sebastián le encendió una pequeña esperanza.

​Tardó casi dos horas en arreglarse. Escogió su mejor vestido de noche, se peinó con cuidado y se miró detenidamente al espejo. Con la yema de los dedos rozó el collar sencillo que llevaba al cuello.

​—Ojalá esta vez sea diferente —murmuró.

​Sabía que su matrimonio no había nacido del amor, sino de un acuerdo entre familias. Sin embargo, Estrella quería a Sebastián desde mucho antes de casarse; él ocupaba un lugar especial en su vida desde los días de escuela.

​También sabía que él jamás había sentido lo mismo y que solo se había casado por conveniencia. A pesar de eso, Estrella no había dejado de intentarlo durante esos tres años.

​Se encargaba de su agenda, lo ayudaba con asuntos de la empresa, daba la cara ante la prensa cada vez que saltaba un escándalo y cubría sus faltas para mantener limpio el apellido Montalvo. Nunca le pidió nada a cambio; solo esperaba que algún día la mirara de verdad.

​No como la esposa impuesta por un contrato, sino como Estrella, la mujer que lo amaba.

​La Terraza estaba concurrida cuando Estrella llegó. Un camarero la acompañó hasta una mesa del rincón reservada a nombre de Sebastián.

​Al sentarse, fijó la vista en la silla vacía de enfrente. Él aún no llegaba.

​Miró la pantalla del teléfono: 19:15. Ningún mensaje.

​Un camarero se acercó con el menú para ofrecerle un aperitivo.

​—No, gracias. Voy a esperar a mi esposo.

​El hombre asintió y se retiró.

​Estrella volvió a mirar hacia la entrada. Cada vez que la puerta se abría, levantaba la cabeza de inmediato, pero nunca era él.

​Abrió el chat y escribió:

​¿Dónde estás?

​El pulgar se le quedó suspendido sobre el botón de enviar. Terminó borrándolo. No quería parecer la típica esposa exigente.

​Dejó el teléfono sobre la mesa, pero la inquietud no hacía más que crecer. Al final decidió llamarlo.

​Una vez. No respondió.

​Dos veces. Tampoco.

​Al quinto intento, el resultado fue el mismo: la llamada volvió a desviarse al buzón de voz.

​Estrella bajó el teléfono.

​Quizá una reunión de última hora. Quizá algún asunto urgente en la oficina. Buscó excusas para él, como llevaba haciendo los últimos tres años.

​Estaba acostumbrada a esperar. Acostumbrada a comer sola. Pero esa noche dolió de otra manera porque había sido el propio Sebastián quien la citó.

​El tiempo siguió corriendo y el restaurante empezó a vaciarse. Estrella continuaba sola.

​El mismo camarero de antes regresó.

​—Disculpe, señora. Cerramos en diez minutos.

​Estrella miró la mesa vacía.

​—Diez minutos más —repitió en voz baja.

​Justo en ese momento, el teléfono vibró.

​Sebastián: Surgió algo imprevisto que no puedo dejar pasar. Te debo la cena para otra ocasión.

​Estrella leyó el mensaje dos veces. Ni una disculpa. Ni una explicación.

​Apretó los puños. Tendría que haber sentido rabia, pero solo le atravesó un dolor punzante.

​Lo que más le dolió no fue la cancelación, sino darse cuenta de que todavía guardaba esperanzas.

​Esperanza de que recordara su cumpleaños. Esperanza de que quisiera pasar la noche con ella. Esperanza de que, tras tres años, el corazón de Sebastián se hubiera ablandado al menos un poco.

​Bajó la cabeza.

​Qué ingenua. Seguía siendo igual de ingenua.

​Durante tres años se había engañado pensando que las cosas cambiarían. Esa noche, por primera vez, entendió que todo ese tiempo solo había estado aferrándose a algo que nunca le perteneció.

​Agarró el bolso. Antes de ponerse de pie, le llegó una notificación de un número desconocido. Era un video.

​Frunció el ceño y le dio a reproducir.

​La imagen mostraba el pasillo de un hospital privado. A los pocos segundos apareció Sebastián con un niño pequeño en brazos.

​Estrella se quedó inmóvil.

​El rostro de Sebastián se veía distinto. Cálido. Llevaba una ligera sonrisa, sin esa expresión fría o distante que ella tan bien conocía.

​Entonces alguien más entró en el encuadre.

​Elsa Moora. La mujer que había formado parte del pasado de Sebastián. La mujer de la que la familia Montalvo lo había separado tres años atrás y que, al parecer, nunca se había ido de su vida.

​Estrella bajó la mirada hacia el niño que él cargaba. Sintió un nudo opresivo en el pecho.

​Elsa había vuelto. Y tenía un hijo.

​Miró la pantalla sin pestañear.

​En tres años, Sebastián jamás la había tocado. No porque no pudiera, sino porque nunca lo deseó.

​Su corazón seguía perteneciendo a Elsa. Estrella siempre había intentado ser comprensiva, pero ver la sonrisa de Sebastián hacia Elsa y hacia ese niño terminó por romper algo dentro de ella.

​Apagó el video. Le ardían los ojos.

​Quería llorar, quería odiarlo, pero comprobar que seguía queriéndolo dolía muchísimo más.

​La vista se le fue al anillo de diamantes en su anular. Durante tres años, esa joya había sido la prueba de que era la esposa de Sebastián Montalvo. Ahora no era más que un peso muerto.

​Lentamente, se lo quitó, lo dejó sobre la mesa y se levantó.

​Caminó hacia la salida sin mirar atrás. El camarero vio el anillo abandonado y corrió tras ella.

​—¡Señora, espere! ¡Se le olvida el anillo!

​Estrella se detuvo junto a la puerta sin darse la vuelta del todo.

​—Quédeselo.

​—Pero...

​—Vale lo suficiente como para comprar una casa —dijo con voz plana.

​Retomó el paso sin importarle la confusión en el rostro del empleado. Ese anillo ya no significaba nada.

​Ya en el auto, a Estrella le temblaban las manos. Se quedó mirando el nombre de Sebastián en la lista de contactos.

​Tenía tantas cosas que preguntarle.

​¿Por qué le había mentido? ¿Por qué había vuelto Elsa? ¿De quién era ese niño? ¿Desde cuándo se veían?

​Sin embargo, sabía que no obtendría las respuestas que necesitaba.

​Borró el contacto de Sebastián y buscó otro nombre.

​Carmen.

​Respondió al segundo tono.

​—¿Estrella? ¿Pasa algo?

​—Carmen... —La voz le tembló—. Prepara el borrador del divorcio esta misma noche.

​Hubo unos segundos de silencio.

​—Estrella... ¿estás segura?

​Cerró los ojos. Las lágrimas que había estado conteniendo terminaron por caer. Se las limpió rápidamente con el dorso de la mano.

​—Lo sigo queriendo —dijo en voz baja—, pero ya no puedo seguir así. Estoy agotada.

​Carmen soltó un largo suspiro.

​—De acuerdo. Lo preparo.

​La llamada se cortó.

​Estrella miró la pantalla unos segundos antes de dejar el teléfono en el asiento del copiloto.

​Seguía enamorada de él; esa era la verdad más difícil de aceptar. Pero el amor solo no bastaba para sostener un matrimonio que solo le traía dolor.

Puso el motor en marcha. Afuera caía un aguacero que empapaba el asfalto.

Le temblaban las manos sobre el volante. Tenía la cabeza hecha un caos tras ver las imágenes de Sebastián con Elsa y el niño. Las lágrimas le nublaban la vista y solo quería alejarse de allí lo antes posible.

Perdió la concentración por completo. En un cruce, el semáforo estaba en rojo. Un sedán negro avanzaba cruzando la calle porque tenía el paso en verde.

Estrella no vio la luz roja ni el vehículo que cruzaba. Siguió pisando el acelerador.

¡El impacto fue inevitable!

El frente del auto de Estrella chocó de lleno contra el costado del sedán negro. El golpe la arrojó hacia adelante y se dio de lleno con la frente contra el volante. El airbag se desplegó al instante y el coche se detuvo en seco con el capó destrozado.

—Ah... —se quejó, llevándose la mano a la frente ensangrentada.

Se quedó aturdida en el asiento, dándose cuenta apenas de que se había saltado el semáforo y se había estrellado contra otro vehículo.

Abrió la puerta y bajó. La lluvia intensa le empapó el vestido y el cuerpo al instante.

El conductor del otro auto, un hombre con gafas, bajó con el rostro desencajado por el pánico.

—¡Señora! ¿Se encuentra bien? ¡Dios mío, se cruzó en rojo!

—Lo siento... —alcanzó a decir Estrella con voz débil, apoyándose cansada contra la puerta de su coche—. No fue a propósito. Me haré cargo de todos los daños.

Estaba demasiado exhausta para dar más explicaciones.

Poco después se abrió la puerta trasera del sedán negro. Bajó un hombre alto con un paraguas negro grande. Se le veía sumamente tranquilo, a diferencia del chofer, que seguía alterado.

Se acercó a Estrella, que permanecía allí, completamente empapada. Sin decir una sola palabra, alzó el paraguas y la protegió de la intensa lluvia.

Estrella levantó la cabeza despacio.

Por unos segundos, el ruido de la lluvia y el tráfico pareció apagarse alrededor. Bajo aquel paraguas negro, sus miradas se cruzaron.

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