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Capítulo 3

Author: Yinky L.
last update publish date: 2026-09-01 20:00:55

Punto de vista de Lorenzo

«¿Qué te dije sobre llegar tarde?», dije con tono autoritario.

«Solo lleva un minuto más de lo que habíamos quedado», respondió Nico, el comprador.

«El caso es que has llegado tarde, y ya me conoces bien: no me gustan las retrasos».

Se aclaró la garganta. «He tenido que abrirme paso hasta aquí. La policía está patrullando por la calle».

«Ahórrate las excusas».

Silencio.

Saqué mi mechero y encendí un cigarrillo mientras me apoyaba en la pared de la vieja farmacia. Es uno de mis escondites secretos donde cierro tratos con mis clientes. Está llena de estanterías polvorientas y cajas abandonadas. La trastienda, donde suelo reunirme, parecía desordenada en comparación con la entrada de la farmacia. La parte delantera está organizada como una farmacia normal. Nadie sabría que aquí cierro este tipo de tratos.

Mateo, mi mano derecha, se adelantó con una pila de paquetes envueltos en plástico. «¿Tienes el dinero?», preguntó Mateo, abrochándose un botón del traje mientras yo me quedaba mirando a ese tal Nico.

«¿Tienes la mercancía?», preguntó Nico.

«Aquí la tienes», dijo Mateo, agitando el paquete que tenía en la mano.

«Dámelo y luego te entregaré el dinero», dijo Nico con mirada astuta.

Mateo apartó el paquete hacia atrás. «Ya sabes cómo va esto: primero el dinero y luego el paquete».

Saqué mi pistola y apunté a Nico: «Saca el puto dinero, me estás haciendo perder el tiempo».

Nico se agachó para coger la bolsa, muerto de miedo. Luego la abrió con manos temblorosas. Dentro había periódicos viejos y billetes enrollados alrededor de fajos de papel de basura doblado.

Me quedé mirándolo fijamente.

«¿Crees que soy estúpido?», dije con tono frío.

El comprador levantó ambas manos, con la voz temblorosa. «Tranquilo, tío, solo necesito hasta el fin de semana y te daré tu dinero. Te lo juro…»

«No llegarás hasta el fin de semana». Le apunté con la pistola mientras exhalaba más humo de mi cigarrillo.

«No».

«¿No?»

Me acerqué al comprador, con el humo enroscándose al salir de mis labios. «Llegaste tarde. Intentaste darme billetes falsos. Me mentiste a la cara. Me has estado dando excusas».

El comprador se arrodilló, agarrándome las piernas. Tenía la cara empapada de lágrimas y el cuerpo cubierto de sudor. «Lorenzo, por favor», suplicó, «te juro que no era mi intención…».

«¡Paaaa!».

El sonido resonó en la habitación, agudo y definitivo.

Le cerré la boca de un tiro antes de que pudiera terminar lo que estaba diciendo. «Que se quede con esa basura en la boca para sus antepasados». La sangre salpicó la pared detrás de él mientras su cuerpo caía al suelo con un golpe sordo.

Mateo ni siquiera parpadeó.

«Como siempre, no dejes rastro», le dije a Mateo.

«Sí, jefe».

« «Hola, ¿hay alguien ahí?», se oyó una vocecita; juraría que era angelical.

Nos pusimos en alerta, apuntando con nuestras armas en la dirección de la voz.

Ante nosotros había una chica menuda vestida con un hábito de monja. «¿Quién se viste así hoy en día?». Se quedó paralizada. No se inmutó. Se limitó a mirarnos fijamente.

Eché un vistazo a Mateo. «¿Cómo demonios ha entrado aquí?».

«La puerta no estaba bien cerrada», respondió Mateo.

«Mierda», susurré. «¿Y de quién es la culpa?»

«Mía, jefe», dijo, inclinándose.

«Recibirás tu castigo cuando lleguemos a la base», le espeté.

No dijo nada más.

Ocurrió algo increíble.

La joven se acercó a mí, «¿Por qué está ahí tirado en un charco de sangre?»

No respondí; solo la miraba con expresión interrogativa. Ni siquiera le daba miedo la pistola que sostenía. No estaba asustada.

¿Y eso? Eso me sorprendió.

«¿Vas a usar eso para matarlo?», preguntó, señalando la pistola que tenía en la mano. «Vendrá la policía a por ti. Eres un hombre malo».

Se dio la vuelta para marcharse, pero entonces se detuvo.

Se volvió.

Me arrancó los cigarrillos de la boca y los aplastó con los pies.

«¡Pecador! Expulso de ti toda alma demoníaca», rezó, con las manos extendidas hacia mí como si estuviera poseído.

«Padre Señor, perdona a este pecador para que pueda encontrar la paz», continuó, con los ojos cerrados y una voz que sacudía la habitación con fuego sagrado.

Me quedé atónito.

Mateo se echó a reír a carcajadas.

La mirada que le lancé le hizo cerrar esa boca podrida.

«Amén», exclamó la monja con tono dramático al terminar su oración. Abrió los ojos con una expresión de triunfo, como si acabara de matar al mismísimo diablo.

Luego, se marchó como si nada hubiera pasado. Como si el suelo no estuviera salpicado de sangre y muerte.

«¿Debería ir a por ella, jefe?», preguntó Mateo.

Esbocé una sonrisa burlona.

«Quiero ver qué se trae entre manos. Limpia todo. Quita el camuflaje».

«En ello, jefe», respondió Mateo.

Me apoyé en la puerta, saqué otro cigarrillo y lo encendí, esperando a que la señorita Angel volviera con la policía.

Mateo se puso manos a la obra. Fregó hasta la última gota de sangre del suelo, borró todas las huellas dactilares de la escena y envolvió el cadáver como si fuera un regalo de cumpleaños que nadie quería. «Nadie sabrá jamás que aquí han tenido lugar tales actividades».

Mateo llevó el cadáver envuelto hasta el coche que había en el viejo garaje. Nadie volvía a usar el garaje excepto yo. Así que allí está a salvo.

Una vez que todo estuvo en orden, activó el camuflaje pulsando el interruptor. Todo volvió a parecer una farmacia veterinaria normal.

Bostecé sin parar. «Supongo que no va a volver. Quizá tenga miedo y haya huido para salvar la vida».

Pero me equivocaba.

Entró acompañada de dos policías uniformados. Miró a su alrededor y vio que todo estaba muy animado, a diferencia de la escena anterior que había presenciado, en la que todo estaba cubierto de sangre. Esta vez, vio a gente normal comprando medicamentos para mascotas.

Sus ojos volvieron a recorrer el lugar; estaba confundida por alguna razón, pero en cuanto su mirada se cruzó con la mía, se volvió hacia los policías y les dijo algo que no pude oír mientras me señalaba con el dedo.

Los policías se acercaron a mí.

«Disculpe que le molestemos, señor», dijo uno de ellos.

«Hemos recibido una denuncia sobre un homicidio que se está cometiendo aquí».

«Creo que se han equivocado de dirección», le dije.

«Un momento, ¿es usted el señor Lorenzo? ¿El Lorenzo? ¿El hombre más rico de esta ciudad? Se parece muchísimo a él», preguntó el otro policía, con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir de las órbitas.

«Sí, lo soy. ¿Le supone algún problema?».

«No, en absoluto, señor, es un honor conocerle». Se apresuraron a tenderme la mano.

Eché un vistazo a la monja, pero su expresión era de furia. «Aunque está mona».

La monja, con gran dramatismo, se acercó hasta donde estábamos.

Los policías se volvieron hacia ella: «Señorita, lo ha malinterpretado todo, es todo un malentendido».

«Nos vamos ya, señor». Hicieron una reverencia respetuosa y se marcharon.

Esbocé una sonrisa burlona y me acerqué a ella.

«Aléjate, pecador, o te daré una patada donde no da el sol».

Me reí entre dientes, disfrutando de cada escena que montaba aquella señora.

Me acerqué más a ella y no pude evitar encontrar sus labios monísimos. Antes de que pudiera detenerme, mis labios ya estaban sobre los suyos.

«Oh, Señor de las armas, qué bien sabía».

Dulce.

Adictivo.

Se quedó paralizada, sorprendida por el beso. Aproveché la ocasión y profundicé el beso.

Seguí besando sus labios.

«Joder», me agarré la polla con dolor.

La monja dramática acababa de darme una patada fuerte justo donde más duele.

Salió corriendo como si no hubiera librado una guerra santa contra mis pelotas.

Me lamí los labios, sin dejar de sonreír a pesar del dolor.

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