FAZER LOGIN—Te diré todo lo que quieras saber —dijo Adam, con la voz baja y firme—. Pero a solas. No quiero a esa mujer en nuestra conversación.Luciana se irguió como si le hubieran clavado una aguja en la espalda. Se acercó a Mateo y le puso una mano en el brazo, con los dedos apretados.—Cariño, no me mandes fuera. Casi nos vamos a casar. No puede haber secretos entre nosotros.Mateo la miró. Y en su cara había algo que ella no había visto antes, una frialdad nueva, de esas que no se discuten.—No son secretos. Es una conversación que debo tener en privado. Después te contaré. Retírate.—Mateo...—He dicho que te retires.La voz le salió más fuerte, con un filo que cortaba. Luciana se quedó quieta un segundo, con la boca abierta y las mejillas encendidas. Luego dio media vuelta, recogió su copa del suelo y se fue por el pasillo con los tacones golpeando el mármol. La puerta del salón se cerró detrás de ella con un golpe seco.Mateo se pasó una mano por la cara. Luego señaló una silla.—Toma a
Adam no podía dormir. Estaba tumbado en la cama, boca arriba, con las sábanas revueltas a los pies y los brazos cruzados detrás de la cabeza. La habitación estaba a oscuras, pero él tenía los ojos abiertos y la mirada clavada en el techo. Llevaba horas así, dándole vueltas a lo mismo, como un disco rayado que no encontraba la salida.Lo que iba a hacer podía arruinarlo todo otra vez. Podía despertar a Mateo, podía empujarlo hacia Luciana con más fuerza, podía hacer que Natasha lo odiara para siempre si las cosas salían mal. Pero también había una parte de él que necesitaba verla bien, así fuera de lejos, así fuera en los brazos de otro. Necesitaba saber que estaba a salvo. Necesitaba saber que su hijo estaba a salvo. Y para eso, tenía que hacer lo único que no había hecho todavía: decirle la verdad a Mateo.Esperó a que la mañana avanzara. Se duchó, se afeitó, se puso una camisa limpia. Se tomó el café de pie, mirando por la ventana la mansión de enfrente, y cuando el sol estuvo alto
Cuando Natasha vio a Luciana con la mano cerrada sobre el brazo de su hijo, algo dentro de ella se rompió. No fue miedo ni angustia. Fue otra cosa. Algo que llevaba meses guardado en el pecho y que de pronto se le subió a la cara. Se le aflojó la mandíbula, se le abrieron las manos y se le puso la vista dura. Ya no era la mujer agotada que llevaba días durmiendo mal y tragándose las lágrimas. Era otra. Era la que había aprendido a morder en la oscuridad.—Suelta a mi hijo.La voz le salió baja. Demasiado baja, como si cada palabra le raspiera la garganta al salir.Luciana levantó la vista. No soltó el brazo. Al contrario, los dedos se le cerraron un poco más, y la tela del pijama de Mati se retorció entre ellos como una cuerda.—Tu hijo vino a molestar. Le dije que se fuera a casa. No sé por qué lo hace tan difícil.Mati intentó zafarse. Le puso la mano libre sobre los dedos de Luciana y tiró, y ella lo sacudió un poco, como se sacude a un perro que se enreda en la correa. El niño sol
Mati estaba en la ventana de la casa de Adam con la frente pegada al cristal y los dedos apoyados en el alféizar. Al otro lado de la calle, la mansión de Mateo tenía las luces encendidas. Y entonces lo vio. Un hombre bajó de un auto negro, caminó hasta la puerta con las manos en los bolsillos y entró. Era él. Era papá. Llevaba días sin verlo y en ese segundo se le metió en la cabeza una sola idea, dura y brillante como una canica: papá está en casa.Bajó del sofá sin hacer ruido. La puerta de la calle estaba cerrada con llave, pero la ventana del lavadero se abría hacia el jardín y él sabía cómo correr el pestillo porque lo había visto hacer a Rosa mil veces. Se puso los zapatos a medias, con el talón de fuera, y salió al aire fresco de la noche. Antes de bajar del porche se detuvo, miró a un lado y al otro de la calle, esperó a que no viniera ningún carro, y cruzó corriendo hasta la acera de enfrente.Llamó al timbre con los dos puños. Nadie abrió. Volvió a llamar, con más fuerza, y
La noche se le vino encima a Natasha como un peso muerto. Empezó con una punzada sorda en el bajo vientre, de esas que se pueden ignorar durante un rato si uno se distrae con la televisión o con las tareas de la casa. Pero a medida que pasaban las horas, la punzada se convirtió en un retorcijón que le subía por la espalda y le bajaba por los muslos, y no la dejaba pensar. Era el dolor de siempre, el que llegaba cada mes con puntualidad de cobrador, pero esa noche se le antojó más cruel que otras veces, quizá porque no tenía la cama de siempre, ni el baño de siempre, ni la rutina de siempre para amortiguarlo. Se quedó en el sofá, hecha un ovillo, con las rodillas contra el pecho y la manta hasta la barbilla. Mati ya dormía. La casa estaba en silencio. Y ella apretaba los dientes y respiraba por la nariz, como si así pudiera engañar al cuerpo.Adam la encontró así cuando salió de la ducha, con el pelo húmedo y una camiseta vieja puesta. Se detuvo en seco en el umbral del salón.—¿Natash
Valentina se puso de pie y caminó hacia Mati, que seguía en el suelo del salón, construyendo una torre con sus bloques. Se agachó a su lado y le puso una mano en el hombro.—Mati, mi amor —dijo, con voz suave—. Tengo que irme.El niño levantó la vista, y sus ojos grandes se llenaron de una tristeza que partía el alma.—¿Ya te vas, tía Val? —preguntó, con un puchero.—Sí, mi amor. Pero voy a volver. Te lo prometo. Y mientras tanto, quiero que recuerdes algo. ¿Te acuerdas de lo que te dije antes?Mati asintió lentamente.—Que Adam va a cuidar de mí y de mami mientras papá está enfermo.—Exacto —dijo Valentina, sonriendo—. Y quiero que recuerdes también que todo esto es un proceso. Papá Mateo está descansando. Y cuando esté mejor, va a volver. Mientras tanto, Adam va a estar con ustedes. Y tú vas a portarte bien, ¿sí?—Sí, tía Val —respondió Mati, abrazándola con fuerza—. Te voy a extrañar.—Y yo a ti, mi amor. Más de lo que nunca sabrás.Valentina lo apretó contra su pecho, sintiendo qu







