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Capítulo 2: El Plan de Ronan

Autor: EntreLineas
last update Fecha de publicación: 2026-03-17 20:49:05

- . . . Punto de Vista de  Ronan . . . -

            Salí de la mansión Ferrer con pasos firmes, cada movimiento calculado como si la frialdad de mi andar pudiera sofocar el torbellino que llevaba dentro. La última imagen del señor Ferrer postrado en la cama me acompañaba como una daga clavada en el pecho. No quería admitirlo, pero me perturbaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Ese hombre había sido la única figura paterna que conocí, el único que me trató con dignidad cuando yo no era más que un muchacho sin apellido, sin respaldo y sin futuro. Y ahora lo veía marchitándose lentamente, consumido por la enfermedad. El tiempo se nos agotaba, y yo sabía que, si quería devolverle algo de la dignidad que me había otorgado en el pasado, debía actuar rápido.

            No me despedí de las gemelas. No podía. La sola presencia de Isidora me resultaba sofocante, como un veneno en el aire que me obligaba a contener la respiración. Su descaro, su forma de coquetear como si nada hubiera pasado, me revolvía el estómago. Era incapaz de sentir vergüenza. En cambio, Isabela… ella era diferente. Silenciosa, observadora, como si cargara con una pena que no podía confesar. Sus ojos me atravesaron de una manera que me desconcertó. Y ese desconcierto era un lujo que no podía permitirme. No otra vez.

            — Al hotel — ordené al chofer, mi voz más dura de lo que pretendía.

            Mientras el auto avanzaba, la ciudad se desdibujaba a través de la ventana. Luces, calles, rostros, todo pasaba como una corriente que apenas rozaba mi conciencia. Pero dentro de mí, la mente no dejaba de trabajar, fría, precisa, implacable. Saqué el teléfono del bolsillo y marqué un número.

            — ¿ Lo encontraste ? — pregunté apenas escuché la respiración al otro lado.

            — Sí, señor Vázquez — respondió mi asistente, su voz teñida de formalidad —. Los informes financieros de la familia Ferrer son un desastre. Han perdido casi todos sus activos y arrastran deudas millonarias. La mansión está hipotecada, y si no pagan en tres meses será embargada.

            Una sonrisa gélida se dibujó en mis labios. La justicia, a veces, se presentaba disfrazada de venganza.

            — Perfecto. Consígueme todos los documentos. Quiero copias en mi habitación mañana a primera hora. Y averigua quiénes son sus acreedores principales.

            — Enseguida, señor.

            Colgué sin más. Apoyé la cabeza contra el respaldo y exhalé lentamente. Tenía en mis manos el destino de Isidora e Isabela y, por primera vez en años, sentí la dulce certeza de que pagarán cada agravio. Mi decisión no era un capricho sino una sentencia: les arrebataría todo lo que me hurtaron, piedra por piedra, sonrisa por sonrisa. No las vería simplemente caer; las humillaría con la misma frialdad con la que ellas me destruyeron, hasta que comprendieran de qué está hecha la venganza y quién realmente maneja los hilos ahora.

            Al llegar al hotel, subí a mi suite en el último piso. El silencio del lugar me envolvió como un bálsamo, aunque la tensión seguía recorriéndome el cuerpo. Caminé hasta la barra, serví un whisky y lo sostuve entre mis dedos antes de beberlo. El sabor fuerte y ahumado me quemó la garganta, pero me ayudó a ordenar las ideas. Cerré los ojos un instante, y contra mi voluntad, la imagen de Isabela apareció en mi mente. Esa mirada suya, cargada de algo que no supe definir — ¿ miedo ?, ¿ dolor ?,  ¿esperanza ? — me había golpeado con más fuerza de la que esperaba.

            — No te distraigas — me murmuré a mí mismo, como un general que recuerda a su soldado cuál es el campo de batalla.

            A la mañana siguiente, puntualmente, recibí los documentos. Me encerré en la sala de juntas de la suite y los revisé uno a uno. Las cifras eran devastadoras: deudas, intereses, embargos inminentes. La familia Ferrer estaba hundida hasta el cuello. Sonreí con satisfacción, aunque el gesto se sintió más agrio de lo que debería. No había vuelta atrás: para que mi plan funcionara debía mover mis piezas con precisión quirúrgica.

            Encendí la pantalla para la video llamada con mis socios. La reunión transcurrió como siempre: datos, proyecciones, estrategias. Pero cuando los demás se retiraron y solo quedamos Sebastián, Alex y yo, supe lo que venía. Sebastián sonrió con esa picardía que tanto lo caracterizaba.

            — Ya la viste, ¿ verdad ? — dijo con burla contenida —. Sigue igual de hermosa que en esa foto que guardas como un tesoro en tu caja fuerte. Lo único es que aún no sé cuál de las dos es.

            Me tensé de inmediato. Esa foto… ese recuerdo maldito que aún conservaba de mi vida pasada. Una imagen tomada en un parque, donde creí que estaba con Isidora, pero en realidad era Isabela quien me acompañaba. Una broma cruel del destino, o tal vez la primera grieta de la mentira que me construyeron.

            No respondí. Solo solté un suspiro seco y finalicé la llamada. No tenía tiempo para conversaciones inútiles. Me preparé para salir. Esa tarde sabía que Isabela regresaría de su práctica médica, y yo tenía que estar allí.

            Regresé a la mansión sin ceremonia. Esta vez no hubo cenas, ni sonrisas fingidas. El ambiente estaba cargado de una tensión densa, como si las paredes mismas supieran que algo inevitable se avecinaba. La encontré en la biblioteca, rodeada de libros de medicina y papeles desordenados. Su postura era recta, pero sus ojos denotaban cansancio. Cuando me vio, se tensó de inmediato.

            — Quiero hablar contigo — dije sin rodeos.

            Ella cerró el libro que sostenía, con movimientos pausados, y me miró con cautela. — ¿ Sobre qué ?

            No respondí con palabras al inicio. Coloqué un sobre sobre la mesa y esperé. Ella lo abrió, sacó los documentos y sus ojos se movieron de cifra en cifra, hasta que finalmente se abrieron desmesuradamente. El color se le fue del rostro.

            — Esto… esto no puede ser cierto… — susurró con la voz quebrada.

            — Es la verdad más cruda que tienes frente a ti — respondí con calma helada —. Y la única salida para tu familia es aceptar mi oferta.

            Alzó la mirada, confundida, angustiada, casi desesperada. — ¿ Qué oferta ?

            Me incliné hacia ella, asegurándome de que cada palabra quedara grabada como fuego en su mente.

            — Tú te convertirás en mi esposa. A cambio, yo salvaré a tu familia.

— No puedes estar hablando en serio… — susurró ella,

            El silencio se volvió insoportable, interrumpido solo por la respiración agitada de Isabela.

— Muy en serio. Tienes dos opciones, Isabela: aceptas mi propuesta y tu familia sobrevive, o rechazas y en menos de tres meses estarán en la calle. La elección es tuya.

            — Tienes hasta mañana. Sabes bien la situación de tu familia. Necesito una respuesta rápida. No tenemos tiempo que perder.

            Ella tragó saliva, apretó los puños. —¿Y si no acepto?

            — Entonces me iré — contesté sin titubeos —. Y tu familia desaparecerá con sus deudas y su ruina. Seamos sinceros: aceptarás. No querrás ver a tu padre en la calle… ¿ o sí ?

            El dolor en sus ojos me atravesó, pero no dejé que me quebrara.

            — ¿ Por qué no solo ayudas a mi padre ? — preguntó con voz temblorosa, pero firme —. Él te tendió la mano cuando eras huérfano, ¿ por qué no puedes devolverle ese favor ? Yo no necesito tu dinero. Estoy a punto de terminar mi carrera. Podré mantenerme sola.

            La miré fijamente, y una sonrisa amarga se me escapó.

            — ¿ De verdad dejarías que tu padre lo perdiera todo ?

            Ella no respondió. Solo sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas.

            Me incorporé y, con un gesto lento, recogí el sobre y los documentos. Los repasé entre los dedos como si fueran un trofeo y una sentencia a la vez, calibrando el peso de cada cifra sobre sus vidas. Con la misma frialdad con la que había trazado todo el plan, los rehíce en orden y los volví a guardar dentro del sobre. Ya en la puerta me detuve, giré el rostro hacia ella y, sin titubeos, dije — pensándolo bien te dejo esto. Y coloqué el sobre sobre la mesa como quien deja una bomba con el temporizador puesto.

            — Ya te lo dije. Tienes hasta mañana. Piénsalo. Me di media vuelta y salí de la biblioteca, dejando tras de mí un silencio tan denso que parecía gritar.

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