INICIAR SESIÓN—Detente… —ordené con suavidad, pero hizo caso omiso a mis palabras, aumentó la velocidad de sus pasos para llegar hasta mí—. ¡Dije que te detengas o no respondo, Diego! —Lo tomé por sorpresa y con los ojos desorbitados, detuvo sus pasos.
—Ana, cariño... —Su voz estaba cargada de culpa—. No es lo que parece...
¿No es lo que parece? ¿Es lo único que se le ocurrió decir?
—¿Y qué piensas que me parece, Diego? —pregunté con frialdad. Limpié con brusquedad las lágrimas con el dorso de mi mano libre. La otra seguía sosteniendo la perilla de la puerta y no la soltaría, porque tenía la necesidad urgente de aferrarme a algo para no desplomarme allí mismo, resultar más ridícula y patética de lo que ya estaba quedando.
—Ella... yo... —Ni siquiera podía explicarse.
—¡Soy su ex prometida! —Una voz chillona y arrogante resonó por encima, captando mi atención. Diego se volteó a mirarla y pude apreciar que apretaba los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
—¡Tú, cállate! —bramó furioso y la mujer respingó—. Ana, por favor, déjame explicarte —Me vio de nuevo y avanzó. Extendí la palma de mi mano para que se detuviera.
—¡Cállate tú también! —grité descontrolada—. Jamás esperé esto de ti, Diego, pero ahora está todo claro para mí. —Frunció el ceño sin comprender mis palabras—. ¿Así que ella es la razón por la que nunca has podido decirme que me amas? —inquirí con la voz quebrada por la tristeza y la decepción.
Por primera vez en todos los años que llevaba de conocerlo, Diego se quedó totalmente sorprendido. En sus ojos azules se denotaba culpabilidad y en su rostro se plasmó el terror. Las palabras no salieron de su boca y entonces recordé que no podía desmoronarme, no podía hacerle eso a mi pequeño. Me froté el vientre y me aclaré la garganta. Necesitaba de todo el valor que tenía para pronunciar las palabras que iba a decir.
—¡Quiero el divorcio, Diego! —exclamé y no supe cómo aquella declaración salió de mi boca. Sus labios se entreabrieron en el intento de emitir algo, pero sin más, se volvieron a sellar. Estaba tan sorprendido que pareció haberse sumergido en una burbuja de recuerdos, rememorando otros tiempos, otras circunstancias.
Aproveché su momento de letargo y di un paso hacia atrás, giré rápido sobre mis talones y cerré la puerta tras de mí. Caminé con prisa, busqué la salida de la empresa e intenté no derrumbarme, aguanté la respiración y las ganas de llorar. Sequé de nuevo mis ojos del resto de lágrimas que habían quedado y sorbí la nariz. Tenía que aparentar que nada sucedió porque no iba a permitir que nadie me tuviera lástima.
Caminé a paso apresurado por los pasillos, casi corriendo, con la idea fija de salir de aquel maldito lugar que me asfixiaba y me provocaba náuseas. No necesitaba montar otro espectáculo delante de los empleados, ese gusto no se lo daría a mi esposo ni a las malas lenguas que siempre estaban alerta sobre los pasos de mi matrimonio. Para mi suerte o mi desgracia, la única persona que se cruzó en mi camino fue Mónica quien, al verme, de inmediato frunció el ceño y me miró sorprendida.
—¿Qué sucedió? —preguntó preocupada y unas leves lágrimas resbalaron por mis mejillas.
—No tengo tiempo, Mónica, luego hablamos. —Mi voz sonó fría e imperante, por lo que no objetó. Sin embargo, caminó detrás de mí.
Giré varias veces la cabeza para comprobar que Diego no me seguía y una daga de decepción se hundió en mi pecho.
¿Adónde iría? ¿Qué haría, por Dios?
—¡Ana! ¡Por Dios, espera! —El grito de Diego me devolvió a mi triste realidad y reaccioné apresurando mis pasos.
—¿Qué está sucediendo, Ana? —Mónica ya se impacientaba—. ¿Qué te hizo?
—Pasaré por tu departamento luego. Ahora debo salir de aquí. —La dejé con las palabras en la boca y subí al elevador, toqué el botón para que las puertas se cerraran antes de que Diego llegara hasta mí.
Cuando estuvo a punto de alcanzarme, las puertas se cerraron y di gracias al cielo porque no estaba lista para enfrentarlo. No así. No después de lo que acabé de descubrir. El tiempo que duró bajar esos veinte pisos se me hizo eterno y agradecí por lo bajo saber que a Diego le tomaría mucho tiempo alcanzarme.
Aunque bajara por las escaleras, se tardaría, ya que la salida de emergencia estaba siendo sometida a mantenimiento y tendría que esperar a que le dieran paso para cruzar por esas áreas.
Además, el único elevador que llegaba hasta el último piso del edificio, era justamente el que yo había tomado. Suspiré temblando, mientras el frío dominaba cada tramo de mi cuerpo. No iba a llorar, al menos no hasta que saliera de este lugar.
Cuando por fin se abrieron las puertas, e ignorando a todos los que me saludaban al paso, corrí hasta la calle. Quise gritar por la frustración. Quería m****r al demonio al mundo entero por todo, pero existían cosas que ya no tenían marcha atrás. Con aturdimiento, me detuve abruptamente en la acera al notar una ligera llovizna. El tiempo cambió y no sabía por qué me sorprendía tanto si estábamos en Londres.
A mi mente regresó la imagen de Diego besando a aquella vulgar mujer; el dolor y asco que me causaba me impulsó a correr bajo la llovizna que cada vez era más intensa, convirtiéndose en lluvia. Mientras corría, mis lágrimas se mezclaban con el agua sobre mi rostro y me preguntaba, «¿por qué?».
¿Por qué Diego me hizo eso a mí? ¿Por qué simplemente no me dijo que ya no quería estar a mi lado? ¡Que deseaba y amaba a otra mujer!
¿Cuál era su necesidad de lastimarme de aquella manera, cuando yo lo único que había hecho fue entregarle mi vida y mucho más? Sacrifiqué mis propios ideales del amor por estar a su lado. ¡Oh! Diego Sullivan sería demasiado estúpido si no se hubiera dado cuenta que sabía perfectamente que no me amaba como lo merecía, que jamás mencionó la palabra te amo para mí.
Estaba demasiado enamorada y yo misma, hasta hace unos momentos, me engañé diciéndome que él me quería a su manera. Sin embargo, ahora caía en cuenta de que debía aceptar la realidad de sus sentimientos, porque él no me amaba a mí, sino a alguien más.
¿Hasta qué punto me podía el amor volver tan estúpida?
¡Por todos los cielos!
Qué idiota fui. Tal vez llevaban años engañándome y yo ni siquiera lo sabía.
Mis piernas se detuvieron, agaché la cabeza y los brazos con cansancio, llorando con pesar. Por Dios que me debía de ver patética. Levanté el rostro y me topé con que llegué a un parque desierto. Suspiré, sentí una amargura irremediable y pensé en las estupideces que hacía en estado de conmoción. Ni siquiera me había dado cuenta que estaba de pie, al borde de un pequeño lago artificial que formaba parte del parque, y que el agua estaba a punto de tocar mis pies.
Tiré mi cabeza hacia atrás y dejé que la lluvia cayera de lleno sobre mi rostro, cerré los ojos y rememoré el día que le dije que «sí». Que sí sería su novia, luego de haberlo rechazado durante cinco meses por temor a que me destruyera por completo, por miedo a que acabara por romper mi corazón. Sonreí de manera triste. Al final, él lo logró. Acabó conmigo por completo.
Todo lo que me había dicho y me había prometido solo fueron mentiras, patrañas crueles que me envolvieron en una burbuja de engaño donde me creía apreciada, querida y estúpidamente amada por alguien a quien no le importaba en lo más mínimo.
—¡Ahhh! —grité al cielo con todas mis fuerzas, reclamándole a Dios por esta decepción.
Pero Dios no tenía la culpa. La culpa era mía por creer en algo que nunca fue, por sentir algo que nunca debí, hacia alguien que sabía no me quería de la misma manera que yo.
A veces, somos tan tercas e ilusas las mujeres.
Siempre que alguien no nos conviene, más nos aferramos y pensamos que vamos a cambiarlo, que vamos a sanarlo y componer el alma, el corazón o la vida de esa persona.
Nos arrastramos y cargamos una cruz que no nos pertenece, llevamos una tristeza que no es nuestra. Soportamos indiferencia, engaños, mentiras y todo ello se borra con una sonrisa o con un simple te quiero de parte de la persona que amamos.
Así de sencillo, una mujer enamorada olvida los golpes que le da el amor. Que idiotas resultamos a veces.
El frío comenzó a inundar mi cuerpo y comencé a tiritar. Me abracé a mí misma, giré sobre mis talones dispuesta a salir del parque. Ya tuve suficiente de mi momento de autocompasión y era hora de poner a resguardo mi cuerpo, evitar lastimar a un ser que no tenía la culpa de mis errores.
Cuando di el primer paso y levanté la vista, lo vi. Él… él estaba de pie, completamente empapado, observándome con esos ojos azules claros que siempre fueron mi perdición. Sus brazos estaban colgados a cada lado de su cuerpo con los puños apretados. Su pecho subía y bajaba debido a su agitada respiración.
Nos quedamos unos minutos midiéndonos con los ojos, sin que ninguno apartara la vista del otro. Mi corazón se encogió y a la rabia que sentía, la reemplazó una gran tristeza por caer en cuenta que estaba terrible e irremediablemente enamorada de alguien que no me correspondía. En silencio, le rogué a Dios que me diera fuerzas para hacer lo correcto, porque el hombre que tenía a escasos pasos de mí era mi debilidad, el elixir de mi vida y privarme de él sería como morir en vida, pero también era necesario alejarme.
Él no me amaba y había vivido a mi lado, durmiendo conmigo, pero amando a otra y engañando a mi corazón.
Debería odiarlo, debería despreciarlo, mas era imposible porque lo amaba más que a mí misma.
Aun así, lo mejor era apartarlo de mi vida para siempre, porque jamás podría vivir con el recuerdo de su traición y con la realidad de su desamor. Prefería vivir tranquila, consciente de que no tenía su cariño, a vivir en una mentira que sabía poco a poco consumiría mi alma y volvería de mi vida un infierno.
Los días pasaron y la barriga de mi esposa crecía sin parar. Se veía adorable y preciosa, aunque tuve que soportar sus crisis por creer que no la veía con deseo por su estado. Cada momento lo disfruté al imaginar que de esa misma manera fue con Eros. Cumplí cada capricho, cada antojo tal y como lo pedía, sin importar que cambiara de opinión a lo último. Me deleitaba por horas al verla dormir. Controlaba su suave respiración y su pacífico rostro. No me despegaba de ella. Al final de todo, cuando llegó la hora del nacimiento del bebé, me sentía más nervioso que la misma Ana. El parto fue programado. Gracias al cielo, ella no tuvo que pasar por demasiado dolor en el proceso. No obstante, las cosas dentro del quirófano no fueron para nada fáciles. Tardó casi cuatro horas en salir por algunas complicaciones que sufrió ya al fin. El médico extendió hacia mí al pequeño ser que vino al mundo y resultó ser una adorable niña. Con lágrimas en los ojos, la cargué en mis brazos con torpeza y c
La fiesta siguió sin más percances ni sorpresas. Los niños se quedarían con Mónica y Jonás. Ana y yo pasaríamos la noche en la suite que en antaño ocupábamos cada vez que veníamos aquí. Luego de tirar el ramo, que casualmente atrapó Mónica, ambos nos retiramos a nuestra habitación. Cuando ingresamos al elevador, por instinto, Ana recostó su espalda y me abalancé sobre ella como un depredador. Mis manos afianzaron las suyas sobre su cabeza, besándola con vehemencia.—Me tienes condenado, Ana —murmuré poseído por el deseo—. Me tienes atrapado y sin salida alguna, encadenado a tu cuerpo, dispuesto a caer a tus pies si es preciso, cariño. —Gimió por lo bajo mientras mis labios se deslizaban sobre la piel de su cuello—. Tu cuerpo es mi paraíso, mi infierno, el único lugar del mundo donde quiero perderme, donde no me importaría arder, quemarme si es necesario haciéndote mía siempre.—Ahhh… —se quejó.Se dejaba llevar.—Te necesito, Ana. Te necesito para siempre en mi vida —manifesté en su
Tragué con dificultad por la provocación de sus palabras y la cargué entre mis brazos. Se acurrucó y se aferró a mi pecho. Llegamos hasta la calesa y la ayudé a subir con cuidado. Me metí tras ella, la senté en mis piernas y acaricié con suavidad su vientre. Llevaba seis meses de embarazo, pero decidimos no saber el sexo del bebé hasta el día del nacimiento. Jonás me narró el momento de terror que habían vivido en el parto de Eros, por lo que no hubo discusión acerca de cómo tendría al bebé. Al llegar al hotel, ambos bajamos de la calesa. Los invitados nos recibieron con aplausos y músicos que amenizaron nuestra entrada.En el centro del restaurante, en la pequeña pista de baile, las luces bajaron de intensidad y un reflector nos iluminó. Tomé a mi mujer de la cintura y ella apoyó su rostro en mi pecho. Los músicos comenzaron a tocar Si nos dejan. Empezamos a mover los pies al son de la dulce melodía de la música. Sentí en lo profundo cada letra y acorde de la canción.Si nos dejan,
Unas pequeñas lágrimas salieron de sus ojos y rio. Eros, entusiasmado, se acercó hasta su madre y le tendió el anillo que debía colocar en mi dedo. Al terminar de hacerlo con sus manos temblorosas, la tomé con firmeza de la cintura y la acerqué con prisa a mi cuerpo. Antes de que el juez nos diera permiso de sellar aquella ceremonia, mi boca se abalanzó sobre la suya. Oí los vítores y aplausos eufóricos de los presentes.Posé mi frente sobre la suya. Reíamos por las palabras que escuchábamos de fondo. —Al fin eres mía de nuevo. Te aseguro que esta vez será para siempre —emití con felicidad.—Siempre he sido tuya, Diego. Aunque no estuviera contigo, siempre sería tuya.—Siempre, cariño. Lo sé. —Solo yo comprendí mis palabras.Los niños se agolparon sobre nosotros, felices, al igual que los demás. Sobre todo Marcel, quien adoraba a Ana. Entendía a la perfección todo lo que ocurría. Eros, sin embargo, aún no intuía con exactitud la dimensión de las cosas, pero era feliz, así como nosot
DiegoDespués de tanto tiempo, de tantos años, hoy puedo decir que lo tengo todo: una hermosa familia que llena mis días de dicha y de dolores de cabeza. Justo ahora sufro un calambre cerebral. Marcel, mi hijo mayor, se ha enamorado perdidamente de Alejandra, una hermosa jovencita que conoció en un crucero del que acabamos de regresar. Con apenas quince años ni siquiera puedo concebir que esté de esa manera, pero yo mejor que nadie sé que en el corazón no se manda. Aún recuerdo cómo hace seis años atrás las cosas cobraron su curso y definieron el camino que debí transitar en la vida desde un principio.Su sonrisa siempre será lo más hermoso que mis ojos conocerán. Su mirada, esas gemas esmeraldas que me aturden aún a pesar de tantos años juntos en esta misma historia, siguen siendo mi mayor perdición. Con una sonrisa dibujada en mis labios, suelo rememorar nuestro pasado. Entretanto, ella duerme acurrucada en mi pecho.Aquellos momentos marcaron el final de mi suplicio y mi sufrim
Cuando me entregaron los resultados en un sobre, mis dedos temblaron al tratar de abrirlo.Tomé una bocanada de aire y lo hice con el pálpito del pecho acelerado a mil revoluciones por minuto. Lo leí; el resultado de la prueba fue positivo. Estaba embarazada. Esperaba un bebé del hombre que amaba, al que perseguí en sueños por tantas noches, al que dibujé en mis pensamientos por tantos días.Me pasé tantos años, tantos meses y días soñando con algo que pensaba que se incumpliría. Perseguí por todo ese tiempo el amor de un hombre que creí que no me correspondía, cuando en su corazón se forjó un sentimiento tan fuerte como el mío, que el tiempo, la distancia, los extraños metidos en nuestra historia y las dificultades que la vida misma nos impuso, no lograron romper.Me dolió el alma, el corazón y la mente durante tantos años imaginándome ser la dueña de su amor, que su boca pronunciaba aquellas palabras que tanto había aguardado. Después añoraba y divagaba que, si en esta vida no volve







