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Capítulo Cuatro:Secretos en la Mesa

Author: Priscilla G
last update publish date: 2026-04-15 15:51:22

POV de Isabella

—Eleanor… por favor, necesito que hables con ella —dijo.

Me destrozó el corazón. Había dicho el nombre de mi madre.

—Ni siquiera quiere mirarme —continuó Adrian, con la voz quebrada—. Por favor, Eleanor, te escuchará a ti.

Me quedé sin aliento; cada nervio de mi cuerpo estaba tensado al máximo.

Entonces mi madre apareció en la escena, afilada y cortante como el vidrio. —Adrian, ¿te escuchas? La humillaste a ella, y a nosotros. ¿Y ahora me pides que lo arregle?

—Solo quiero que sepa que todavía la amo —dijo.

—Eso no es amor, si destruye a alguien —replicó ella—. Hablaré con ella. Pero no esperes milagros de mí. —Y colgó.

Apenas podía respirar. Adrian se dejó caer contra la pared, con la cabeza inclinada y el teléfono muerto colgando de su mano. No esperé a que me notara. Tomé una bolsa, metí algo de ropa y salí sin mirar atrás.

Todo era borroso, luces deslizándose ante mí. Mis manos dolían de tanto apretar el volante. Cada respiración abría una herida más profunda en mi pecho. Era como seguir una luz en la oscuridad, un pequeño consuelo en el rincón más sombrío de mi vida: las luces de la casa de mi madre me llamaban.

Antes de que siquiera tocara la puerta, ella la abrió de golpe y me envolvió en sus brazos.

—¡Isabella!

Me abrazó, rodeándome con el aroma cálido de su perfume, casi asfixiante, pero reconfortante, como un refugio que había anhelado durante tanto tiempo.

—Solo por un tiempo… hasta después de la boda, no puedo estar con él —susurré.

—No tienes que explicarlo —dijo, apretando mi mano.

Y entonces lo vi.

Alto. Familiar. Incorrecto.

Víctor.

Era el error que había logrado enterrar—el recuerdo de sus labios aún quemando mi piel, el momento en que bajé la guardia. Sus ojos grises, tormentosos, se abrieron con sorpresa, reflejando la mía.

—Oh, este es Víctor —anunció mi madre, radiante, completamente ajena.

Él se recuperó rápido de su sorpresa y se acercó con esa extraña sonrisa. —Un placer, Isabella.

Forcé una leve sonrisa y le tendí la mano. —Encantada de conocerte. —La mentira quemaba.

La cena fue como caer en una trampa: no había forma de escapar. Mi madre sirvió vino, hablando animadamente sobre los preparativos de la boda, completamente ajena a la tormenta que se gestaba bajo la mesa.

—Por cierto, Isabella —dijo de repente, con los ojos brillantes—, ¿qué opinas de Víctor?

Mi tenedor se detuvo. El calor subió por mi cuello. Logré sonreír. —Parece… amable.

Las manos de Víctor se tensaron sobre la copa, sus nudillos blancos. —Tu madre es una mujer extraordinaria, y tengo suerte de estar a su lado. —Sus ojos se deslizaron hacia mí, cargados de recuerdos.

Rasgué el plato con el tenedor. —Seguro que sí —respondí.

Su sonrisa desapareció. —Ella merece lo mejor —insistió, con voz firme pero tensa.

—¿Ya halagando? —bromeó mi madre, tocando suavemente su mano—. ¿Ves, Isabella? Es maravilloso.

—Oh, sí —dije con rigidez—. Maravilloso.

Pero su mirada seguía atrayéndome. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, recuerdos de aquella noche aparecían: sus manos, su voz áspera contra mi piel. La vergüenza me revolvía el estómago. Aparté la mirada, clavando el tenedor en la comida que no podía comer.

—Entonces, Víctor —dije, quizá demasiado brusca—, ¿a qué te dedicas?

—Inversiones. Viajo mucho —respondió con facilidad, demasiado ensayado, mientras su pierna se movía bajo la mesa como un reloj.

—¡Muy exitoso! —añadió mi madre con orgullo—. Y además, me escucha. Me hace reír.

—Eso… está bien —dije, con voz vacilante.

Un silencio pesado cayó sobre nosotros. Solo se oía el tintinear de los cubiertos, como ecos lejanos. Cada vez que levantaba la copa, mi mano temblaba. Sus ojos parecían atraparme; cuando me atrevía a mirarlo, sentía que la tormenta en su interior podía romperme.

Mi madre se inclinó y tomó la mano de Víctor, entrelazando sus dedos. Lo miró con ternura. —No puedo esperar a que me lleves al altar, Víctor.

Esas palabras me destrozaron. El amante de mi madre… mi error.

Víctor la miró con calidez, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos, la culpa silenciosa gritó más fuerte que cualquier palabra.

Tragué saliva y me obligué a mantener la compostura, aunque por dentro todo se desmoronaba. El aire se volvió pesado, sofocante. Quería gritar o huir, pero ahí estaba, atrapada en mi silla, sonriendo como una marioneta.

Mi madre se excusó para ir por sus notas de boda, y entonces ya no pude más.

Con las manos temblorosas, corrí hacia mi antigua habitación y cerré la puerta. En cuanto caí sobre la cama, las lágrimas comenzaron a fluir.

Todo se volvió un torbellino de pensami

entos sobre un corazón aplastado: entre todos los hombres… ¿por qué tenía que ser él?

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