INICIAR SESIÓNEl viento soplaba fuerte e implacable y ese constante golpeteo sobre el cristal, me despertó. La voracidad contenida en los giros feroces azotando la ventana de mi habitación, no me permitía dormir bien; cansada de dar vueltas en la cama, de hacerme ovillo sobre la colcha sin conciliar el sueño, me levanté. Tuve que frotarme los ojos y alumbrar con el flash de mi teléfono para orientarme un poco.
La tormenta hacía de las suyas en el exterior. Me abracé, envolviendo los brazos a mi alrededor. Lo más probable es que la luz retornara hasta que hubiera amainado la tempestad. Salí dando trompicones, todavía adormilada. Me dirigí a la habitación de Isaac, ahí lo encontré sucumbido al descanso. Desde el marco de su dormitorio, lo observé con una media sonrisa. Era un niño increíble, no se inmutaba ante los estruendos de un relámpago, o de los truenos. Sin embargo el pequeño valiente que dormía plácido, era también delicado y susceptible a las alergias por gatos y perros. Además de temerle a la oscuridad, pero al dormir profundo, no le aterraba que todo estuviera sombrío a su alrededor. Entre valentía y miedos, como todo ser humano, detrás había un niño maravilloso e inteligente.Avancé sigilosa, no quería despertarlo, se ponía gruñón cada que interrumpía sus dulces sueños. Me las arreglé para meterme en la cama con él y lo abracé. Apenas balbuceó dormido, y continuó dormitando. Dejé el teléfono en la mesilla e intenté dormir, ignorando que allá afuera todo se estremecía.…A la mañana fui víctima de un jovencito desperdigando besos por todo mi rostro. Así eran mis despertares; le devolví el gesto haciéndole cosquillas. Se retorció bajo mi cuerpo como una lombriz, cuando me cansé, recibí su venganza. Al final lo acurruqué adrede, se ponía de mal genio cuando le decía que seguía siendo mi bebé, no importa si ya tenía siete años.—¡Mamá! —gruñó y sus espesas cejas bajas, con enojo.—Podrás enfadarte si quieres, pero eres el chiquito de mami. —aseguré solo por ver como se molestaba.Puso los ojos estrechos, pareciéndose mucho a Ismaíl.—No puedo ser un bebé, recuerda que soy el más listo de mi clase. —declaró con el mentón en alto.La escena mañanera más graciosa.—Por supuesto, no se me puede olvidar que tengo el hijo más inteligente de este planeta. Respecto a eso, anda a prepararte, o se nos hará tarde para la escuela y un niño sabelotodo como tú, evita los retrasos. —señalé con dulzura.Abrió los ojos con horror. Así es, Isaac Lombardi, odiaba la impuntualidad. Por eso tenía en su habitación un enorme reloj en la pared, otro en la mesilla y solo para cerciorarse de que ambos daban buena la hora, uno en su muñeca izquierda.Negué divertida y salí con dirección a mi habitación, debía comenzar a arreglarme. Como todos los lunes, mi turno empezaba a las nueve en punto. Lo que significaba que tenía los minutos contados, lo bueno es que hace meses atrás me animó Kelly a conducir, aprendí rápido y obtuve mi licencia, ahora no tomaba el bus, ni me ponía histérica solo porque todos los taxis ya estaban ocupados.—¡A desayunar! —avisé terminando de hacer los huevos revueltos.Mi hijo apareció arregladito, con el pelo prolijo, el uniforme bien puesto. Desde mi lugar pude oler su delicioso perfume. Como todo un hombrecito, se sentó en el taburete y cruzó las manos sobre el mesón. Al igual que su padre, su mayor defecto era ser impaciente, eso se le salía hasta por los poros.—Aquí tienes, tostadas y huevos revueltos, cariñito. —le dejé el plato enfrente, y antes de volverme por mi plato, me incliné dejando un beso en su mejilla —. Pero que bien hueles, hijo.—Por favor, ¿me pasas la mantequilla de maní? —inquirió con voz agria.Rodé los ojos, y le pasé el frasco de mantequilla. Pero le di una mirada de advertencia porque no me había gustado ese tono de voz.—Creo que hoy podemos hacer algo, quizá dar un paseo. ¿Qué dices? —propuse dándole un mordisco a la tostada que unté de mermelada roja.Me miró sobre las pestañas y volvió a lo suyo, casi me había ignorado. Esperen, eso acababa de hacer. Aclaré mi garganta para llamar su atención.—Estoy hablando contigo, Isaac. —reprendí con la expresión seria.—Lo sé, no quiero salir a pasear.Ni siquiera hizo contacto conmigo.—¿Por qué?—Es raro, solo tú y yo. Mis compañeros salen con sus padres, pero yo solo contigo —soltó largando un bufido, luego me miró con ojitos de cachorrito —. ¿Cuándo podré conocer a papá? ¿por qué no tienes una foto suya, mamá? —inquirió en un tono bajo, pero que no dejaba de sonar exigente.Sabía que insistiría con ese asunto. De nada había servido evadirlo por años. Hacer de cuentas que no existía, borrarlo de su vida, nada funcionó. Y lo temí desde que nació, tuve miedo de que llegara el día en que hiciera la misma pregunta.Con un enorme nudo rodeando mi garganta, al punto que resultaba desgarrador, hice de lado el desayuno a medias.—N-no es momento para hablar de ese tema. Así que termina de comer y no más preguntas, Isaac. —pude decir con la voz temblorosa.Se me había quitado el apetito. De modo que me levanté y le expliqué que iría por las llaves del auto.La verdad me dirigí al baño, una vez le puse seguro a la puerta, me miré en el espejo. Un dolorcito de estómago se paseaba alrededor, despertando remotos nervios, la ansiedad escondida bajo las capas de mi piel. Sentía las palmas húmedas y el corazón latiendo con frenesí, aturdiendo.Cuando me recuperé, regresé a la cocina. Encontré a mi hijo de brazos cruzados, iba a replicar al respecto, pero en cuestión me interrumpió.—Aaron nunca será mi padre —espetó renuente, después agregó con firmeza —. Y nunca lo querré, porque es tonto, estúpido…—¡No más, es suficiente!No sé llevaban bien. Desde que empecé a salir con Aaron, se había vuelto un niño dificilísimo. Sí, se oponía a nuestra relación, no había día en que no me lo dejara claro. Pero eso no le daba derecho de insultarlo, menos faltarle el respeto. Wahlberg y yo nos reencontramos un año atrás, en la fiesta que organizó Kelly por su compromiso con Sean; Aaron resultó ser el hermano de Carrie, la chica que estudió en Rosewood, pero con la que yo nunca crucé una sola palabra.Kelly, platicó algunas veces con ella, ahora que se toparon en el trabajo, se volvieron apegadas.Al principio su hermano y yo nos hicimos amigos, ya luego me pidió que fuera su novia y lo rechacé, una y otra vez. Creo que su persistencia, al final hizo que cediera. Decidí darle una oportunidad al amor, a él; un hombre sincero y atento. Pero Isaac seguía sin aceptarlo. Lo que me dolía un poco; él intentaba a toda costa ganárselo y hasta el momento nada surtía efecto.—No puedo obligarte a quererlo, el amor se nace, no surge de la nada. Toma tu mochila y salgamos. —solté sin ganas de entrar en discusión.Lo hizo a regañadientes, en todo el camino no borró la mala cara. Encendí la radio, como si nada. A pesar de todo, al llegar me dio un beso en la mejilla y se marchó no sin antes desearme un buen día. Hasta asegurarme que entraba al colegio, entonces pude acelerar el auto.Me introduje al tedioso tráfico. Nada fuera de contexto; acostumbrada a esperar, empecé a tararear la canción que sonaba. Aún faltaba treinta minutos. Todo cesó, incluso el molesto ruido de los cláxones de un lado al otro, porque las palabras de Isaac se posaron en mi cabeza, carcomiendo.Aaron nunca será mi padre…Respiré profundo, apagando la radio. Golpeé con molestia el volante. Me ahogaba, no era fácil decirle la verdad, la que bruscamente me estaba arrancando el alma, y me lo merecía por mentirosa. No importaba si lo hice para evitar otro desastre, sin embargo no habría más que otra catástrofe en cuanto buscara a Ismaíl y le dijera de nuestro hijo en común.Se lo estaba ocultando, tenía miedo de que una vez lo supiera, quisiera pelear por la custodia. Tenía poder, derechos que yo le arrebaté desde el momento en que no le hablé de mi embarazo.Ni excusas, tampoco explicaciones absurdas serían válidas.Tarde, se hizo tarde para nosotros, pero no quería decir que fuera lo mismo para padre e hijo. Cada uno tenía el derecho de compartir, conocerse y disfrutar de la vida juntos. Me frenaba también lo que se decía de él, estaba felizmente casado con la modelo rusa, y yo, bueno en una extraño noviazgo. Había tanto espacio entre Aaron y yo que no parecía su novia, ni él mi pareja. Apenas nos besábamos en los labios, y el siguiente paso se volvía lejano cada que yo evitaba darlo.No estaba lista.No lo estaría, hasta que los avances dejaran de ser solo una falsa fachada, con la que afirmaba haber dejado a orillas de un exánime olvido, la vida a su lado. A mis veinticinco años, continuaba trabada y varada en el sabor amargo de lo que era antaño, sin embargo se le parecía demasiado al abismo ardiendo, porque también me consumía, arrastrando consigo las cenizas de lo que quedó.Y no podía mitigar el ardor que se esparcía en mi piel.Batí la cabeza, dejando de vagar por horizontes distantes, direcciones apartadas que distaba, aunque forzado, de un camino por el que ahora recorría.Me hacía mal andar por senderos viejos; reparar en nuestra errónea historia despertaba pensamientos conflictivos dentro de mí, haciendo que me replanteara lo que fuera que tenía con Aaron.La marcha se reanudó, para entonces, dejé de ahondar, a duras penas, en el pasado. Estacioné el Nissan, abajo, en el parking subterráneo del edificio donde laboraba. A menos de cinco minutos por empezar la jornada, ya había ocupado mi escritorio.Valentina se me acercó elevando una ceja. Bonita rubia, intelecto envidiable, pero toda una metiche y chillona mujer. La carpeta amarilla que tenía en manos, la soltó sobre mi lugar de trabajo.—Buen día, Mariané.—Hola, Valentina, ¿por qué me das esto? —inquirí arrugando el ceño.Apoyó los brazos en su estrecha cintura.—Linda, es tu asignación. Sin querer me ha dado un poco de curiosidad y lo revisé. Creo que me hubiera gustado tener el placer de entrevistar a semejante espécimen de hombre —expresó mordiendo su labio, incluso gimiendo al decir las últimas palabras —. Pero ya sabes como es Anastasia, nuestra jefecita te tiene en alta estima, confía a ciegas en ti, ya me lo ha dejado claro. No es raro que te haya dado la oportunidad de hacerle la entrevista a un magnate como Al-Murabarak. ¡Dios! Hasta siento como se mojan mis bragas de solo imaginarlo.Entre tanto parloteo, su nombre fue el cuchillo que me apuñaló. El aire abandonó mi sistema, con los pulmones atrofiados, tuve que abanicar mi rostro.—Bien por ti, pero no te hagas ilusiones que tiene esposa. —agregó con diversión.El peor chiste, si supiera lo que significaba encontrarme con Ismaíl Al-Murabarak, no estaría soltando tonterías.—¿En serio?—No es ninguna broma, pelirroja. —rodó los ojos.Aún sin dar crédito, revisé el contenido de la carpeta, solo para comprobar que una mala jugada de la vida, volvía a ponerlo en mi presente.—Descuide, sé que tiene un vida bastante ocupada; gracias por tomarse la molestia de venir. —expresó mientras le daba pecho al varoncito.La mujer negó con una sonrisa en su atractivo rostro.—Cómo crees… Nunca será una molestia. Cuídense mucho, en otra oportunidad pasaremos un lindo rato. —volvió a decir y luego se fue.Kelly había ido por unos cafés; de modo que a solas con el bebé en la habitación, se dedicó a consentirlo. Le susurró despacio que siempre estaría a su lado, que no lo dejaría nunca y le prometió amarlo sin reservas.—Ahora somos tu y yo… bueno, también está la tía Kelly —le repasó su diminuta naricita —. Te amo, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Es obvio que no me comprendes, claro que no, solo eres un bebé; yo sí lo hago, cielo.Lo aspiró con dulzura. Estaba segura de que su amor por él no tenía comparación, iba más allá de lo imposible, lejos, transitando el infinito inmenso.El decurso continuó, Mariané perdió la beca universitaria, no podía ser madre y li
Con el corazón rebotando imperioso en su caja torácica, contó los segundos, el tiempo exacto en el que sus ojitos se conectaron a los suyos. Sentirlo acurrucado en su pecho, su fragilidad y delicadeza, le despertó el incondicional instinto maternal. Lo besó con lágrimas empapándole todo el rostro.Descomunal marea emocional corría por su torrente sanguíneo. Con regocijo lo acunó. No podía medirse la sobredosis de alegría expresada en sus vivaces ojos caramelos, en sus comisuras dibujando una linda sonrisa.Mamá…Era madre.La felicidad llegaba envuelta en una mantita azul, el color de sus ojos preciosos y no dejaba de ser perfecto el instante por más que dolía una parte de sí; él la miraba, quieto. Ella le sonreía, enamorada y estudiando con alegría la ternurita en sus brazos.Fue amor a primera vista.Amor bonito.Amor perfecto.Amor eterno.Ocurrió una hermosa sincronía entre sus corazones latiendo a la par, galopando unidos. Estaba en el lugar correcto y en el momento exacto, lo su
En ese instante para no ponerse a llorar buscó a tientas el control remoto y la apagó. Luego se tumbó en el sofá, y reflexionó. La linda rubia de la pantalla era la señora Al-Murabarak, pero ella tenía adentro su esencia, su mitad, un trocito de ambos en la matriz, la conexión eterna llenando un vacío enorme. No importaba nada más cuando un angelito vivía en sus entrañas.La pelirroja batió la cabeza, harta de los embates de recuerdos marchitos. No lo necesitaba, a pesar del ardor por las garras del antaño arañando su interior, quería creer que no le hacía falta una pieza con su nombre en el rompecabezas de su vida.—¡He llegado! —gritó Kelly depositando las llaves en la mesita del recibidor. Pudo oir el impacto del acero contra el vidrio.Saltó de su lugar, o eso intentó, temiendo caerse. Encontró a su amiga poniendo las bolsas en el mesón. Una sonrisita se extendió en su rostro, le había traído el tarro de helado sabor a chocolate.—Eres la mejor, gracias. —pronunció en un rodeo efu
ConexiónQuiso una pausa, silencio, un momento a solas. Estuvo un rato ahí, en el balcón de su pequeño piso junto a la portátil sobre las piernas. El sol daba luz cálida, amena con ello, respiró profundo mientras cerraba los párpados. La brisa en un vaivén juguetón le hacía volar el cabello, sonrió, tenía un camino por delante que recorrer.Al rato le dio hambre, se acarició el abdomen. Con flojera se encaminó a la cocina. El espacio era perfecto, luminoso y muy funcional; Aportando calidez y texturas, como el terrazo del suelo. Había una ventana por la que disfrutaba de la luz natural que se colaba de esta estancia. A diferencia del roble colocado en forma de espiga del suelo del salón y de los dos dormitorios.Ya cinco meses ahí, y se sentía un acogedor hogar.Abrió la nevera, estaba vacía, esperanzada de que encontraría algo en la alacena se alzó en puntillas y revisó, halló un paquete de galletas intacto. Al menos era algo. Es que la castaña, aún no regresaba de hacer las compras
Sin ganas de discutir más, aunado a que una disputa siempre la ganaba él, prefirió dedicarse a mirar por la ventanilla polarizada.Llegando a Rosewood, Mariané sintió como sus pulmones trabajaron rápidamente, el corazón le latía desbocado, sabía lo que a continuación sucedería. Bajaría del Lamborghini y él se iría, no por unos cuantos años, sino en definitiva para no regresar jamás.El auto se detuvo.—Llegamos, cuídate mucho por favor.No movió un solo músculo, paralizada de la cabeza a los pies. Aunque quiso ser fuerte, no pudo, otra vez se estaba rompiendo en pedacitos.—L-lo haré. —logró pronunciar quitándose el cinturón de seguridad. Ismaíl hizo lo mismo para acercar el rostro al suyo y con una mano le acarició la mejilla —. Estaré bien…—Dame un beso, uno más Mariané… —susurró con la voz cargada de tensión.La muchacha dejó salir la primera lágrima y lo besó sin contenerse, lo besó con el alma, con el corazón en un puño, con delirio y dolor. Se arrancaron hasta el último aliento
Ismaíl se encontraba sumido en una mezcla de tristeza, resignación y amor incondicional. Guardaba en lo más profundo de su ser las palabras no dichas, la insistencia que había mantenido en su corazón y el pesar de saber que la había perdido.Había viajado a Los Ángeles con una pequeña chispa de esperanza, deseando fervientemente poder recuperarla. Había planeado proponerle que volvieran a ser novios, impulsado por un amor infinito que sentía por ella. Incluso durante su relación, había soñado con pedirle matrimonio, imaginando un futuro juntos lleno de felicidad y compromiso.Sin embargo, ahora se encontraba enfrentando una realidad desgarradora. Se daba cuenta de que era tiempo de aceptar la derrota, de tirar la toalla si eso era lo que ella decidía. Aunque su corazón se rompía en mil pedazos, no estaba dispuesto a oponerse ni a rogarle arrastrándose a sus pies. Sabía que debía respetar su decisión y dejarla ir, aunque le doliera profundamente.Ismaíl guardaba dentro de sí una mezcla







