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Capítulo 3

Autor: Arenita
last update Fecha de publicación: 2026-04-30 07:05:06

Alessia Vittoria Bellerose

La mansión Bellerose nunca me pareció tan fría como esa noche.

El auto se detiene frente a la entrada principal y, por unos segundos, no me muevo. Me quedo mirando las escaleras de mármol, las columnas blancas, los ventanales enormes iluminados desde adentro. Todo sigue igual. Perfecto. Imponente. Elegante.

Como si mi vida no acabara de romperse frente a trescientas personas.

Como si no hubiese salido de una iglesia con el vestido de novia arrastrándose como una vergüenza.

Como si Enzo Ferraro no me hubiera robado dos millones de dólares y la poca fe que aún me quedaba en el amor.

—Alessia —susurra Amara a mi lado—. Ya llegamos.

Asiento, aunque mi cuerpo no responde de inmediato.

Tengo las manos heladas. Las uñas se me han clavado en las palmas y no recuerdo en qué momento dejé de llorar. Tal vez cuando lancé el anillo por la ventana. Tal vez cuando recibí ese mensaje con la mano negra. O quizás cuando vi a aquel hombre de guantes negros frente a la iglesia. Que me hizo pensar cosas que solo pasan dentro de mi mente, hay veces que mi imaginación no tiene precio.

—No deberías quedarte sola esta noche —murmura Amara.

La miro. Su rostro refleja una mezcla de rabia, preocupación y cansancio. Ella estuvo conmigo en cada segundo de la humillación. Me sostuvo cuando mi mundo se dobló en dos, ordenó a los fotógrafos que dejaran de grabarme y casi golpeó a una periodista que se atrevió a preguntarme cómo me sentía.

¿Cómo creen que se siente una mujer abandonada en el altar?

¿Cómo creen que se siente una mujer robada, burlada y expuesta?

—No voy a estar sola —respondo con una sonrisa vacía—. Aquí vive mi madre.

Amara no se ríe.

Las dos sabemos que eso no significa compañía.

El chofer abre la puerta y bajo con dificultad. El vestido se enreda entre mis piernas, pesado, absurdo, humillante. Antes me parecía hermoso. Ahora lo siento como una cárcel blanca hecha para recordarme lo ridícula que fui.

Octavia baja detrás de mí hablando por teléfono.

—No autorizo ningún movimiento adicional. Congelen las cuentas secundarias vinculadas al fideicomiso. Sí, también las corporativas. Quiero reportes en una hora.

Su tono autoritario me devuelve un poco al presente.

Dinero.

Cuentas.

Fideicomiso.

Empresas.

Mi vida no puede quebrarse por completo porque hay demasiadas cosas que dependen de mí. El apellido Bellerose no es solo una familia; es una estructura llena de inversiones, propiedades, fundaciones, acciones y enemigos esperando el primer descuido para lanzarse sobre todo.

Y hoy les di un espectáculo perfecto.

La puerta principal se abre antes de que toquemos.

Marta, el ama de llaves, aparece con los ojos vidriosos. Lleva más de veinte años trabajando para mi familia. Me vio crecer, tropezar con mis primeros tacones, llorar por mi primera dieta, esconder postres en mi habitación y fingir que no escuchaba a mi madre decir que debía cuidar mi imagen.

Cuando me ve vestida de novia, con el maquillaje corrido y el alma hecha pedazos, se lleva una mano al pecho.

—Niña…

Ese “niña” casi me rompe otra vez.

Pero no puedo llorar más.

No delante de todos.

No ahora.

—Estoy bien, Marta —miento.

Ella no me cree, pero asiente y se hace a un lado.

Entro a la mansión.

El olor a flores frescas me golpea de inmediato. Hay arreglos enormes en el vestíbulo. Rosas blancas. Lirios. Orquídeas. Todo preparado para recibir a una recién casada.

Qué ironía.

Subo un escalón y el tacón se me dobla. Amara me sostiene por el brazo.

—Quítate esos zapatos —me ordena.

Obedezco sin discutir. Me arranco los tacones y los dejo tirados sobre el mármol. Camino descalza hacia el salón principal, arrastrando el vestido como si fuera una culpa.

Y ahí está mi madre.

Bianca Bellerose está de pie junto a la chimenea, todavía con el vestido azul oscuro que usó para mi boda. Impecable. Elegante. Intocable. Ni un cabello fuera de lugar. Ni una lágrima en el rostro.

Si alguien la viera, jamás pensaría que su hija acaba de ser destruida públicamente.

—Alessia —saluda con voz baja.

No hay ternura en mi nombre.

Hay reproche.

Amara se pone rígida a mi lado. Octavia termina la llamada y guarda el teléfono lentamente, como si también se preparara para una batalla.

Yo no tengo fuerzas para pelear.

Solo quiero subir a mi habitación, arrancarme este vestido, meterme bajo las sábanas y dejar de existir por unas horas.

—Mañana hablaremos —protesto.

Intento pasar de largo, pero mi madre me detiene.

—No. Hablaremos ahora.

Cierro los ojos.

Por supuesto.

El corazón roto puede esperar. La dignidad destrozada puede esperar. Lo urgente para Bianca Bellerose siempre ha sido controlar el daño social.

—No estoy de humor.

—Debiste pensarlo antes de convertir tu boda en un circo.

Me detengo.

El silencio cae sobre el salón.

Amara suelta una risa seca, incrédula.

—¿Perdón?

Bianca la mira con frialdad.

—Esto es un asunto familiar, Amara.

—Entonces compórtese como familia —responde ella.

Mi madre ignora el comentario y fija los ojos en mí.

—Te lo advertí muchas veces, Alessia. Te dije que no podías entregarle acceso a tus cuentas a un hombre como Enzo. Te dije que fueras prudente. Te dije que no actuaras como una mujer desesperada por casarse.

La palabra me golpea más fuerte que una bofetada.

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