LOGINAlessia Vittoria Bellerose es millonaria, curvy y demasiado rica para confiar en el amor. Después de ser usada por hombres que solo querían su fortuna, su última relación termina en una boda fallida y con dos millones de dólares menos en su cuenta. Desde entonces, Alessia jura no volver a caer. Pero Dante Salvatore Valcárcel, conocido en el bajo mundo como El Mano Negra, tiene otros planes. Arruinado tras un negocio fallido y desesperado por recuperar su poder, el peligroso mafioso ve en Alessia la oportunidad perfecta: conquistarla, casarse con ella y quedarse con su fortuna. Lo que no espera es que esa mujer desconfiada, herida y de curvas imposibles despierte algo que él creía muerto. Ella no quiere volver a amar. Él solo quería usarla. Pero entre mentiras, deseo y peligro, ambos descubrirán que el amor puede ser el negocio más arriesgado de todos.
View MoreAlessia Vittoria Bellerose—¿Lo de Enzo?Amara bajó la mirada.—Lo planeé con Isadora, pero lo ejecuté yo. Enzo era fácil. Ambicioso, vanidoso, cobarde. Le dije que podía sacarte dinero y salir limpio. Le pagué extra para que no apareciera en la boda.El dolor fue viejo, pero aún punzante.—¿Estuviste conmigo esa mañana sabiendo que no iba a llegar?Amara empezó a llorar.—Sí.La palabra cayó sobre la mesa. No hubo excusa. No hubo adorno. Solo sí. Apreté los dedos contra mis rodillas.—¿Y cuando lloré?—Me odié.—Pero te quedaste.—Sí.—¿Para consolarme o para verlo?Amara no respondió de inmediato. Después dijo:—Al principio, para verlo.El aire me faltó.—Después… después no pude irme. Te vi doblarte sobre ti misma con ese vestido y pensé en mi madre. En cómo debió sentirse cuando todos decidieron por ella. Fue la primera vez que entendí que yo estaba haciendo contigo algo parecido a lo que hicieron conmigo.—Pero seguiste.—Sí.Me miró con los ojos llenos de lágrimas.—Porque ente
Alessia Vittoria BelleroseLa prisión donde estaba Amara no parecía un lugar hecho para mujeres como ella. No porque mereciera algo mejor, sino porque Amara siempre había pertenecido a espacios elegantes, a bares con luz dorada, a habitaciones donde las flores parecían elegidas al azar aunque todo estuviera cuidadosamente planeado. Verla reducida a pasillos grises, controles de seguridad, puertas metálicas y uniformes sin encanto me produjo una sensación extraña.No satisfacción. No tristeza limpia. Algo intermedio.Dante caminó a mi lado durante todo el trayecto hasta la sala de visitas. No me tocó más de lo necesario, pero su presencia era una muralla. Rocco venía detrás, serio, sin bromas. Incluso él entendía que ese no era un momento para aliviar el ambiente con sarcasmo.Cuando llegamos a la puerta, Dante se detuvo frente a mí.—Última oportunidad para irnos.Lo miré.—¿Quieres que me vaya?—Quiero muchas cosas que no voy a decir porque me mirarías mal.—Sabia decisión.Su mano s
Alessia Vittoria BelleroseNo pensé que volvería a verla. O, mejor dicho, no pensé que algún día elegiría verla.Durante meses, el nombre de Amara fue una puerta que preferí mantener cerrada. Sabía que existía. Sabía que estaba allí, detrás de muros, barrotes, acuerdos legales, declaraciones y expedientes que llevaban su nombre completo escrito en tinta oficial: Amara Elena Moretti Bellerose.Mi hermana. Todavía me costaba unir esa palabra a ella sin que algo dentro de mí se tensara.Hermana era una palabra que en otras vidas habría significado complicidad, risa, secretos compartidos, manos entrelazadas. Pero Amara había convertido esa palabra en cuchillo. Me la arrojó a la cara en una celda, con la túnica negra sobre los hombros y los ojos encendidos de odio. Me llamó hermana mientras me mostraba todos los pedazos de mi vida que había ayudado a romper.Durante mucho tiempo no pude pensar en ella sin recordar la iglesia vacía, el vestido de novia que se volvió vergüenza, la risa de lo
Dante Salvatore ValcárcelLa primera risa de mi hijo ocurre por culpa de Rocco. Eso me parece injusto.He pasado semanas hablándole, cargándolo, caminando con él por la terraza a horas indecentes, aprendiendo canciones ridículas que Alessia insiste en cantar aunque yo sostengo que las letras no tienen sentido. He negociado con pañales, biberones, mantas, cólicos y noches sin dormir. He permitido que un ser humano de menos de cinco kilos gobierne mi agenda, mis reuniones y mi paciencia.Y el primer sonido parecido a una risa se lo da a Rocco.Rocco.El traidor entra a la sala con unas gafas absurdas que le regaló Lorenzo como broma. Son enormes, con forma de estrellas. Se las pone, se inclina sobre Rafael y dice:—Buenos días, jefe pequeño.Rafael lo mira. Parpadea. Y se ríe. No mucho. Un sonido corto, burbujeante, torpe. Pero risa. Alessia se queda inmóvil. Yo también. Rocco se lleva una mano al pecho.—Me eligió.—No —protesto.—Todos lo escucharon.—Fue un accidente respiratorio.Al












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