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Capítulo 7

Autor: Arenita
last update Fecha de publicación: 2026-05-13 05:27:03

Dante Salvatore Valcárcel

Yo no voy a las bodas.

Las bodas son para hombres que aún creen en promesas, para mujeres que se emocionan con flores blancas y para familias que necesitan fingir que el amor no es otro contrato con testigos.

Yo no creo en nada de eso.

Pero esa tarde estoy allí.

En la última fila de la iglesia, lejos de las cámaras, de los murmullos y de los invitados que se acomodan las joyas mientras esperan que empiece el espectáculo.

Porque eso es una boda en la alta sociedad: un espectáculo caro.

Y esta, en particular, promete ser memorable.

No por el amor.

Por la caída.

Alessia Vittoria Bellerose está frente al altar con un vestido blanco que parece hecho para una princesa que nunca aprendió a desconfiar de los lobos. La tela cae sobre su cuerpo con una elegancia que ninguna de las mujeres flacas y frías de este salón podría igualar. Tiene curvas. Demasiadas para los ojos cobardes de esta gente. Caderas firmes, cintura marcada, pecho generoso, una presencia que no pide disculpas aunque su rostro diga lo contrario.

Está hermosa.

Maldita sea.

Está demasiado hermosa para estar esperando a un imbécil.

Aprieto los dedos dentro de mis guantes negros.

No debería importarme.

No me importa.

Eso me repito mientras observo cómo levanta la barbilla cada vez que los murmullos aumentan. Treinta minutos de retraso. Treinta minutos de sonrisas incómodas, miradas de lástima y teléfonos escondidos entre las manos.

La novia aún no lo sabe.

O quizá sí.

Las mujeres siempre saben cuándo están a punto de ser destruidas. Solo necesitan unos segundos más para aceptar que el golpe viene de la persona a la que le abrieron la puerta.

Enzo Ferraro no va a llegar.

Lo sé desde antes de entrar a la iglesia.

Un ladrón mediocre, un seductor de apellido bonito y cerebro pequeño. Se llevó dos millones de dólares como si eso fuera una fortuna imposible de rastrear. Estúpido. Los hombres sin clase roban con prisa. Los hombres como yo no robamos.

Tomamos.

Hay una diferencia.

Me mantengo en las sombras mientras Alessia recibe la noticia. Primero su amiga se acerca. Luego la abogada. Después el teléfono pasa a sus manos.

La veo leer.

La veo comprender.

Y ahí está.

El instante exacto en que una mujer se rompe sin hacer ruido.

Su rostro pierde color. Sus dedos sueltan el ramo. Las flores caen al suelo como una última burla blanca. Algunos invitados se inclinan para mirar mejor, como buitres con ropa de diseñador.

Nadie se acerca realmente.

Nadie la protege.

Su madre le dice algo al oído. No alcanzo a escuchar las palabras, pero no me hace falta. Conozco a Bianca Bellerose. Mujeres como ella no consuelan, corrigen. No abrazan, enderezan posturas. No preguntan si duele, preguntan quién está mirando.

Alessia no llora como esperan.

Eso me interesa.

Se quita el velo.

Lento.

Con rabia.

Con una dignidad rota, pero todavía viva.

Entonces dice algo. La boda se cancela, supongo. No escucho bien, pero el efecto es inmediato. El salón entero se paraliza.

Y yo sonrío.

Apenas.

Porque la heredera Bellerose acaba de caer.

Pero no se arrastra.

Interesante.

Muy interesante.

Hace años, cuando Rafael Bellerose aún respiraba, yo venía a su mansión por negocios que jamás aparecieron en los libros oficiales. Rafael era un hombre inteligente. Demasiado limpio para ser inocente, demasiado elegante para ensuciarse las manos en público. No era mafia, pero sabía negociar con ella.

Y en más de una ocasión, mientras él y yo hablábamos en su despacho, ella cruzaba por el pasillo.

Alessia.

Entonces era solo la hija del socio. Una joven de mirada curiosa, caderas anchas, cabello suelto y una manera extraña de caminar como si quisiera ocupar menos espacio del que su cuerpo reclamaba por naturaleza. A veces llevaba libros contra el pecho. A veces discutía con su madre en voz baja. A veces me miraba apenas un segundo antes de seguir de largo.

Yo no la tocaba.

No le hablaba más de lo necesario.

Rafael confiaba en mí para los negocios, no para mirar demasiado tiempo a su hija.

Y, además, yo ya era un hombre hecho en un mundo podrido. Ella era una muchacha rodeada de mármol, flores y reglas sociales. Había una distancia entre nosotros que no se medía solo en años. Se medía en pecado.

Pero el tiempo cambia la forma de las cosas.

La última vez que la vi antes de la muerte de Rafael, Alessia ya no era una niña perdida en los pasillos de la mansión. Era una mujer. Una mujer de curvas imposibles, boca orgullosa y ojos cansados de pedir permiso para existir.

Esa noche sí la miré.

Más de lo debido.

Lo suficiente para recordar su silueta días después, en una habitación oscura, mientras una modelo rubia dormía desnuda a mi lado y yo pensaba en la heredera Bellerose como un maldito adolescente sin control.

Patético.

Imperdonable.

Por eso dejé de ir a la mansión.

No porque Rafael me lo pidiera.

Porque hay tentaciones que un hombre inteligente no toca si todavía necesita hacer negocios con el padre.

Ahora Rafael está muerto.

Y Alessia está frente a una iglesia llena de hipócritas, abandonada por un cobarde que no supo ni siquiera robar con elegancia.

La veo caminar por el pasillo central.

Descalza no, todavía no. Aún lleva esos tacones absurdos de novia. Aún arrastra el vestido. Aún sostiene la cabeza alta mientras el mundo intenta fotografiar su humillación.

Cuando pasa cerca de mi fila, su perfume llega hasta mí.

Suave. Caro. Dulce.

Nada que ver con las edecanes de piernas eternas que suelen acompañar mis noches. Mujeres entrenadas para reírse cuando yo hablo, para tocarme el brazo cuando ordeno una copa, para fingir que no tiemblan si mi voz baja demasiado.

Alessia no es de esas.

Eso debería disgustarme.

Las mujeres como ella son complicadas. Piensan. Sienten. Recuerdan. Exigen explicaciones. Lloran por razones reales y luego aprenden a odiar con la misma intensidad con la que amaron.

No sirven para distracción.

Sirven para desastre.

Y aun así, cuando sus ojos pasan por la sombra donde estoy, siento algo que no debería sentir.

No deseo solamente.

Eso lo conozco. Es simple. Corporal. Fácil de satisfacer.

Lo que siento es peor.

Curiosidad.

La curiosidad ha matado a más hombres que las balas.

Ella no me ve.

O eso cree.

Sus ojos están demasiado llenos de rabia y vergüenza para reconocer al hombre que años atrás se sentaba con su padre a negociar asuntos que ninguna hija debería conocer.

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