MasukDalia escapó del imperio criminal de su padre siendo niña. Ahora, con su hermana asesinada y un sobrino de tres años a su cargo, alguien la está buscando para reclamar el trono del rey del inframundo. Ese alguien solo puede ser Andrea Rossi, y no piensa parar hasta tener a las herederas de su lado. Huyó la noche que el Rey del inframundo callo. Ahora, con un niño en brazos y su hermana en la morgue, regresa en busca de su legado.
Lihat lebih banyak—No puede ser —susurró Tomás— Eso fue destruido. Yo mismo lo vi quemarse.Otto alzó la voz, dirigiéndose directamente a los Leones.—¿Sorprendidos, Tomás? —preguntó, con una sonrisa que era pura amenaza— Creíste que habías destruido todo rastro de mi legado. Pero los verdaderos reyes nunca ponen sus tesoros en un solo lugar. Esta noche no solo celebramos el compromiso de mi hija. Celebramos también el comienzo de una nueva era donde la justicia reclamará su parte.La tensión en el salón era palpable. La partida de ajedrez había llegado a su punto culminante, y las piezas estaban listas para caer.9:15 pm.El eco de las tablillas aún resonaba en el aire cuando Damián se adelantó con paso firme. En sus manos sostenía una rueda de chapillas metálicas, cada una grabada con nombres y símbolos que los presentes más antiguos reconocieron al instante. El sonido metálico al chocar entre ellas al caer sobre la mesa fue como una sentencia de muerte.Eran las chapillas de los capitanes de los Le
El salón contuvo la respiración.La última foto apareció en la pantalla: una mujer joven, de cabello oscuro y sonrisa cálida, sosteniendo a un recién nacido en sus brazos. La imagen estaba llena de ternura, de una felicidad que parecía congelada en el tiempo.Matías guardó silencio un momento. Luego, con una voz que era más suave de lo habitual, dijo:—Esta era su madre. La mujer que le enseñó a luchar, a soñar, a no rendirse nunca. La mujer que, aunque ya no está con nosotros, sigue siendo su guía y su inspiración.En la mesa de los Leones, el silencio era absoluto. Isabel Leones había palidecido. Sus dedos, apoyados sobre el borde de la mesa, temblaban ligeramente. Tomás, a su lado, la miraba con el ceño fruncido.—Isabel —susurró—. ¿Qué pasa?Ella no respondió. Solo miraba la pantalla, fija en el rostro de la mujer joven que sostenía al bebé. Reconocía esa sonrisa. Esos ojos.—Dios mío —murmuró, con la voz apenas un susurro—. Es ella. Es Anna.—¿Quién es Anna? — Pregunto la esposa
Mientras la familia Leones se dirigía a su mesa, Leonardo se detuvo un momento junto a Dalia. Su voz era baja, apenas un susurro, pero cargada de intención. —Cuídate, Dalia Scott. Mi padre no es un hombre que olvide las ofensas. Y yo tampoco. Dalia mantuvo su sonrisa, aunque sus dedos se tensaron alrededor de la copa de champán. —Yo tampoco, Leonardo. Yo tampoco. Joaquín, que había estado observando la escena con una sonrisa burlona, se inclinó hacia Dalia al pasar. —Mi hermano siempre ha sido un poco dramático. Pero en una cosa tiene razón: no sabemos cuánto durará esta fiesta. Disfruta mientras puedas. Dalia lo miró fijamente, sin inmutarse. —No te preocupes, Joaquín. La noche es joven. Y yo tengo muchas ganas de disfrutarla. Joaquín rió, un sonido seco y sin humor, y siguió a su familia hacia la mesa principal. Andrea se acercó a Dalia, con el rostro imperturbable pero la voz baja. —Eso ha sido un aviso. Quieren que sepamos que están aquí para algo más que celebr
Apartamento en la Tarde. El apartamento era un hervidero de actividad cuando el reloj marcó las seis de la tarde. Dalia estaba sentada frente al tocador del dormitorio principal, con el cabello recogido en un elegante moño bajo y las manos apoyadas sobre la superficie de madera. Su reflejo en el espejo le devolvía una imagen que apenas reconocía: la de una mujer que estaba a punto de enfrentarse al mundo, pero que también había aprendido a confiar en quienes la rodeaban. —No me muevas —dijo Maite, que estaba detrás de ella, ajustando el broche de su vestido—. Que esto es más complicado de lo que parece. Dalia sonrió, sintiendo el cosquilleo de los dedos de su amiga en la nuca. —Si sigues así, vas a acabar siendo mi estilista personal. —Pues no me vendría mal un cambio de profesión —respondió Maite, con un tono que intentaba ser ligero—. Por lo menos no tendría que lidiar con fiscales corruptos y familias mafiosas. Dalia se rió, y el sonido llenó la habitación, disipando la












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