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Capítulo 100: Reconciliaciones y sombras del pasado

Author: Día Mond
last update publish date: 2026-10-13 23:55:46

Alaric

Sostuve el teléfono contra mi oreja mientras el tono monótono y frío de la contestadora me confirmaba, por quinta vez consecutiva, la misma respuesta devastadora: el móvil de Farah estaba apagado.

Un sudor frío me recorrió la nuca. Mi instinto de protección se encendió como una alarma descontrolada en el pecho. Farah estaba en su quinto mes de embarazo; tras el episodio en la boutique y la visita de mi abuela, cualquier anomalía en su rutina era motivo suficiente para hacerme perder la c
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    AlaricSostuve el teléfono contra mi oreja mientras el tono monótono y frío de la contestadora me confirmaba, por quinta vez consecutiva, la misma respuesta devastadora: el móvil de Farah estaba apagado.Un sudor frío me recorrió la nuca. Mi instinto de protección se encendió como una alarma descontrolada en el pecho. Farah estaba en su quinto mes de embarazo; tras el episodio en la boutique y la visita de mi abuela, cualquier anomalía en su rutina era motivo suficiente para hacerme perder la cabeza.—Ronan —llamé con la voz rasposa, girándome hacia mi asistente, quien revisaba unas planillas en el escritorio del salón de la villa en Puerta de Hierro—. Averigua qué está pasando. Llama a la firma Sanz, habla con Alina, contacta a quien sea necesario. Su teléfono está apagado y no me parece normal.Ronan no hizo preguntas. Asintió con la sobriedad que lo caracterizaba, tomó su dispositivo y caminó hacia el ventanal del jardín. Lo vi hablar en voz baja durante varios minutos, gesticuland

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    SantosMarqué su número por decimoquinta vez en la mañana. La misma locución automática, fría e impersonal, me devolvió a la cruda realidad: el teléfono de Farah estaba completamente apagado.Apreté el volante del coche con rabia mientras el semáforo de la Castellana cambiaba a verde. Había pasado la noche en blanco, dando vueltas en la cama, repasando una y otra vez la helada mirada de Farah cuando le mostré aquel maldito borrador sobre Herrera International. La conocía lo suficiente como para saber que su silencio no era simple cansancio; era una retirada estratégica. Pensé que el trámite de sus vacaciones repentinas era una pausa necesaria para procesar la tensión y descansar de la rutina, pero con cada hora que pasaba, la certeza de que había vuelto a levantar sus muros se volvía más aplastante.Necesitaba hablar con ella. Necesitaba mirarla a los ojos y explicarle que esa carpeta era solo un folio técnico de la división de análisis, una propuesta de tantas que cruzaban mi mesa y

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    FarahEl otoño en Castilla tenía un matiz dorado que parecía detener el tiempo. Durante las últimas semanas, Madrid y sus alrededores se habían convertido en un escenario de calma casi irreal. Las escapadas de fin de semana a Segovia y Toledo, organizadas por Santos con una discreción impecable, se transformaron en un balsámico refugio para mi alma.Recuerdo la tarde en Toledo, caminando a paso lento por las empedradas callejuelas del barrio judío. Yo vestía un abrigo holgado en tono avellana que resguardaba la silueta ya innegable de mis cinco meses de embarazo, y Santos caminaba a mi lado, ajustando su paso al mío sin atomo de prisa. No había fotógrafos, no había miradas inquisidoras ni el murmullo asfixiante de las guerras corporativas neoyorquinas. Santos tenía una habilidad casi mágica para hacer que lo complejo pareciera simple: sostenía mi mano para ayudarme a bajar los adoquines irregulares con una firmeza protectora, pero sin la posesividad asfixiante a la que me había acostu

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    FarahLa llamada de la abuela Vittoria no me había tomado por sorpresa en absoluto. Conocía de sobra la estructura de poder de los Grimaldi; sabía que, en cuanto las aguas en Manhattan y Madrid se agitaran lo suficiente, la verdadera matriarca de la familia no tardaría en cruzar el Atlántico para tomar el control de la situación.Al colgar el teléfono, mis padres me miraron con una clara mueca de zozobra desde la mesa del comedor. Mi madre me sugirió de inmediato que dejara pasar la invitación, que pusiera la excusa de un mareo de embarazo o el cansancio del trimestre para no exponerme a la intensidad de una reunión con los Grimaldi. Mi padre, siempre protector, incluso se ofreció a atender la llamada si la anciana insistía. Pero yo no estaba dispuesta a esconderme. Había dejado de huir hacía mucho tiempo y no pensaba dar un solo paso atrás en la dignidad que tanto me había costado recuperar.Lo único que cambié fue el escenario. No iba a permitir que la reunión se diera en su terreno

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