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Capítulo 5 —La mujer equivocada

Author: Francis Wil
last update publish date: 2026-07-31 07:25:23

Capítulo 5 —La mujer equivocada

Janeth pasó la noche mirando los archivos que había logrado copiar.

La autorización falsificada llevaba la firma de Adrián. El registro de descongelación indicaba que su última muestra había sido retirada para el procedimiento de Valentina. El expediente de Evangelina, en cambio, no contenía nada anterior al resultado positivo duplicado.

No necesitaba revisar los documentos otra vez. Lo hacía porque la alternativa era decidir qué hacer con ellos.

Había pasado años trabajando con muestras que representaban la última esperanza de muchas familias. Cada código debía corresponder a una persona, un consentimiento y una decisión. Alterar uno no era cambiar una etiqueta: era intervenir en el origen de una vida. Janeth conocía las consecuencias de guardar silencio, pero también sabía lo fácil que sería para Esteban hacerla desaparecer del sistema y convertirla en la responsable. Si actuaba con precipitación, perdería las pruebas y dejaría a Valentina en medio de un fraude que nadie podría demostrar.

Denunciarlo dentro de la clínica sería inútil. Esteban controlaba el sistema, conocía al personal y ya había bloqueado su acceso. Podía eliminar los registros originales antes de que alguien investigara. También podía acusarla de manipular la información.

Janeth abrió la copia de la orden de destrucción y encontró el contacto privado que Adrián había dejado al firmarla. No era el número público de su empresa, sino una dirección reservada para cualquier novedad relacionada con las muestras.

Escribió un mensaje breve y lo cifró utilizando el código del expediente.

“Su última muestra no fue destruida, fue manipulada. No hable con su esposa ni con el doctor Luján. Acuda solo”.

Añadió el lugar y la hora. Antes de enviarlo, escribió el código completo de la muestra. Si Adrián lo reconocía, sabría que no se trataba de una broma.

La respuesta llegó cuarenta minutos después.

“Estaré allí”.

Adrián no informó a nadie.

Durante el trayecto repasó las posibles explicaciones. Janeth podía intentar extorsionarlo, trabajar para Evangelina o atraerlo a una trampa destinada a obligarlo a guardar silencio sobre la inseminación. Lo único que no conseguía explicar era cómo conocía aquel código. Solo él, la clínica y Evangelina habían tenido acceso.

El encuentro fue en un estacionamiento casi vacío. Janeth esperaba junto a una columna, con una carpeta apretada contra el pecho. Al verlo acercarse, miró detrás de él.

—Le pedí que viniera solo.

—Vine solo.

—¿Su esposa sabe que está aquí?

—Nadie lo sabe. Ahora dígame quién es usted.

—Janeth Robles. Trabajo en el laboratorio de la clínica.

—Por el momento.

Ella entendió la advertencia.

—No busco dinero.

—Todavía no he dicho que viniera a ofrecérselo.

—Pero lo está pensando.

Adrián se detuvo a poca distancia.

—Conoce el código de una muestra que debía haber sido destruida. Tiene dos minutos antes de que decida que esto es una extorsión.

Janeth abrió la carpeta.

—Su muestra no fue destruida.

—Eso ya lo sé. Mi esposa la utilizó.

—No.

La seguridad con que respondió consiguió silenciarlo.

Janeth le entregó la orden. Adrián reconoció su firma, pero encontró otra autorización fechada días después. También llevaba su nombre.

—Yo no firmé esto.

—Lo sé. Compare las firmas.

Adrián observó ambas. La falsificación era buena, aunque no perfecta.

—¿Quién la presentó?

—El expediente no lo indica. El doctor Luján autorizó la descongelación.

—Para inseminar a Evangelina.

—Su esposa jamás fue inseminada.

Adrián levantó la mirada.

—Cuidado con lo que va a decir.

—Por eso le pedí que viniera. Los análisis que la señora Del Valle le mostró no son suyos. Tampoco la ecografía.

Janeth sacó dos hojas y las colocó una junto a la otra sobre el capó de un automóvil. Los valores, las fechas y las medidas eran idénticos. Solo cambiaban los nombres.

—El de la izquierda es el archivo original —explicó—. El otro fue creado después.

Adrián leyó el nombre de la primera paciente.

Valentina Ríos.

—¿Quién es?

—La mujer que recibió su muestra.

Las palabras tardaron en encontrar sentido.

—Evangelina está embarazada.

—No existe ningún procedimiento registrado a su nombre. El doctor Lujan creó un expediente utilizando los estudios de la señora Ríos.

—Él confirmó el embarazo.

—Pero no es el de su esposa.

Adrián recordó la conversación. La precisión con que Esteban había escogido cada respuesta dejó de parecer prudencia profesional.

Tomó el registro de descongelación. El código era el suyo. La fecha coincidía con el procedimiento.

—¿Está segura de que esta mujer recibió mi muestra?

—Yo misma comprobé la cadena de conservación.

—¿Y la muestra que debía utilizarse en ella?

Janeth le entregó otra página.

—Continúa congelada.

—¿A quién pertenece?

—A Daniel Ríos, su esposo.

Adrián volvió a mirar el nombre de Valentina.

—¿Su esposo autorizó el cambio?

—Daniel Ríos murió hace un año.

El silencio del estacionamiento se volvió denso.

—Explíquese.

—Antes de morir, él dejó una única muestra. En el expediente figura que la señora Ríos autorizó utilizarla durante el procedimiento.

—¿Ella estaba al tanto de que la muestra no era de su esposo?

—Los documentos solo demuestran lo que firmó. No puedo saber qué le dijeron, cuánto conocía ni si participó en la sustitución.

Adrián sintió que el aire se volvía insuficiente. Durante días había intentado reconciliarse con una paternidad impuesta, convencido de que al menos sabía quién llevaba a su hijo. Ahora ni siquiera conservaba esa certeza. Pensó en Evangelina enseñándole una ecografía ajena, hablando de náuseas que no tenía e invocando intentos anteriores para contener su furia. Después miró el nombre de Valentina y se preguntó qué clase de mujer aceptaba recibir la muestra de un desconocido. Podía haber sido engañada o formar parte del plan. Hasta descubrirlo, no confiaría en ella. Ni bajaría la guardia todavía.

Adrián apartó la carpeta. Necesitaba espacio para ordenar aquello, pero las páginas parecían seguirlo.

Evangelina no estaba embarazada. Había utilizado los estudios de una desconocida para construir una gestación falsa. Y esa desconocida llevaba dentro el hijo que él acababa de comenzar a aceptar.

—Voy a hablar con Evangelina.

Janeth se interpuso antes de que se alejara.

—Si lo hace, perderemos los originales.

—Apártese.

—El doctor Lujan controla el sistema. Ya bloqueó mi acceso porque sospecha que revisé los expedientes. Si descubre que usted sabe la verdad, borrará todo.

—Tengo estas copias.

—Copias que él puede acusarme de fabricar. Necesitamos los registros originales, las entradas al laboratorio y la autorización física.

Adrián la miró con una frialdad que la hizo retroceder.

—Han utilizado mi muestra para embarazar a una mujer que no conozco. No me pida paciencia.

—No se la pido por ellos. Se la pido por el niños que viene.

Eso lo detuvo.

—Si su esposa y el doctor Lujan hicieron todo esto para conseguir un bebé, no sabemos qué harán cuando crean que pueden perderlo. Mientras piensen que usted continúa engañado, no cambiarán sus planes alrededor de la señora Ríos.

Adrián volvió a observar los documentos.

—Conseguirá los originales.

—Lo intentaré.

—No. Los conseguirá.

Janeth sostuvo su mirada, aunque el miedo era visible.

El teléfono de Adrián vibró cuando regresaba a su automóvil. Evangelina solicitaba una videollamada.

Durante un instante consideró rechazarla. Después guardó la carpeta y aceptó.

Evangelina apareció recostada en una cama. Tenía el cabello suelto y una expresión cuidadosamente cansada.

—Pensé que no responderías.

—Estaba ocupado.

—El médico envió otro informe. Los valores continúan subiendo.

Mostró el documento frente a la cámara. Adrián reconoció las cifras que acababa de ver en el expediente de Valentina.

—¿Cómo te sientes?

La pregunta pareció complacerla.

—Cansada. Con algunas náuseas.

—¿Te examinó el médico?

Evangelina vaciló apenas.

—Sí.

Adrián se obligó a mirarla sin permitir que la furia llegara a su voz.

—¿Quieres que te envíe una copia? —preguntó ella.

—Sí. Quiero tener todos los informes.

—Te los mandaré.

—Descansa.

Evangelina sonrió.

—Me alegra que comiences a preocuparte.

Adrián terminó la llamada sin responder.

Esperó a recibir el documento y lo comparó con la copia entregada por Janeth. Eran idénticos.

Abrió entonces la información de Valentina. La fotografía mostraba a una mujer de mirada serena y sonrisa discreta. Tenía treinta años, era viuda y propietaria de una pequeña pastelería que había levantado junto a su esposo.

No encontró ninguna relación con Evangelina. Tampoco con Esteban fuera del tratamiento.

Eso no bastaba para declararla inocente.

Podía ser una víctima cuidadosamente elegida o una cómplice que sabía exactamente qué llevaba dentro.

Colocó frente a él la ecografía que Evangelina le había mostrado y el verdadero expediente de Valentina.

Su esposa nunca estuvo embarazada. Una completa desconocida llevaba a su hijo. Y nadie sabía que él acababa de descubrirlo.

A la mañana siguiente, Adrián empujó la puerta de la pastelería.

Una campanilla anunció su llegada. Valentina levantó la mirada desde el mostrador y le dedicó una sonrisa cálida, completamente ajena a la razón que lo había llevado hasta allí.

—Buenos días. Bienvenido. ¿Qué le gustaría probar?

Adrián permaneció en silencio, observando a la mujer que podía ser una víctima o la pieza más importante del fraude, pero que sin duda era quien llevaba su hijo en el vientre.

Valentina inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Es la primera vez que viene?

—Sí, y no tengo ni idea de que elegir.

—En ese caso, permítame darle la especialidad de la casa, para asegurarme que regrese.

La mirada de Adrián descendió un instante hasta su vientre antes de volver a sus ojos.

—Puede estar segura de que lo haré.

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Comments (2)
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Sandra Castañeda
Qué bueno que Janeth no se quedó callada y que a pesar de que puede pasarle algo ella decidió decir la verdad
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yolimar contreras
ayyy caramba no habia dejado comentarios pero si q dio un giro muy grande la mitad de todo el suceso se entero ahora vamos a ver como procede el puede dar un giro a la historia
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