INICIAR SESIÓNCamila
Estaba sentada en mi escritorio, fingiendo estar concentrada en los papeles frente a mí, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en lo que había pasado esa mañana.
Aún podía sentir el ligero cosquilleo de haberme topado con Joaquín, el nuevo pasante que Felipe había presentado con tanto entusiasmo.
Algo en su mirada fría y en la manera en que me había ignorado desde el principio me irritaba, pero al mismo tiempo, no podía sacarlo de mi cabeza. Era raro, y me incomodaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Suspiré, moviéndome en la silla para intentar enfocarme en lo que realmente tenía que hacer. Pero justo en ese momento, escuché la risa inconfundible de Felipe en el fondo del área común.
"Otra vez...", pensé, con una mezcla de cariño y cansancio.
Felipe era ese tipo de jefe al que podías odiar y querer al mismo tiempo, siempre echando relajo, pero también con una intuición que pocas veces fallaba.
Me giré un poco para verlo hablando con Ramiro, y ya se me empezaba a revolver el estómago.
Ramiro.
Solo su nombre me daba escalofríos. Era el típico tipo que no sabía cuándo parar, siempre lanzando alguna mirada sugestiva o soltando comentarios que hacían que mi piel se erizara, y no precisamente de manera agradable. Últimamente, parecía haber fijado sus ojos en mí.
"Qué asco", pensé mientras lo veía acercarse.
—Camila —me llamó con esa sonrisa que siempre parecía tener una segunda intención detrás. —Felipe me pidió que, como encargado de sección, haga las presentaciones. Tenemos un nuevo compañero —añadió, haciendo un gesto con la cabeza hacia Joaquín, que estaba parado detrás de él.
Lo observé por un segundo, esa misma sensación de curiosidad regresando, y antes de que Ramiro pudiera empezar con su formalidad, decidí lanzarle a Joaquín un comentario para ver si esa máscara de tipo frío se rompía un poco.
—Bueno, antes de empezar, creo que bien podría disculparse por lo de antes... —dije con una sonrisa sarcástica, recordando nuestro pequeño encuentro de esa mañana.
Para mi sorpresa, Joaquín sonrió, una sonrisa casi imperceptible pero lo suficientemente clara como para que un extraño cosquilleo recorriera mi estómago.
No sabía por qué, pero su sonrisa me tomó desprevenida, y de repente no estaba tan segura de si había sido buena idea hacerle ese comentario.
Le extendí la mano para saludarlo, y cuando nuestras manos se tocaron, sentí una especie de corriente pasar entre nosotros. Me quedé mirándolo un momento, un poco confundida por el estremecimiento que me recorrió la piel.
Ramiro notó que nuestras manos se habían quedado un segundo más de lo debido y, con su típica actitud de "sé de lo que hablo", soltó una de sus bromas asquerosas.
—Bueno, bueno... ya saben que aquí tenemos reglas estrictas sobre las relaciones entre colegas, ¿no? —dijo con una sonrisa que me hizo querer rodar los ojos hasta la nuca.
Bufé de inmediato, soltando la mano de Joaquín y alejándome un poco.
—No digas estupideces, Ramiro —dije, frunciendo los labios en desagrado.
Él me miró con esa sonrisa satisfecha de siempre, y luego se giró para seguir con las presentaciones, dándole una palmada a Joaquín en la espalda, como si fuera su mejor amigo de toda la vida.
Apreté los labios, regresando a mi escritorio, tratando de ignorar todo lo que acababa de pasar. Volví a centrarme en los papeles, pero noté que Joaquín todavía estaba ahí, de pie, como si dudara si debía irse o no.
Una idea se me cruzó por la cabeza. Me giré en la silla y, sin pensar demasiado, le pedí algo, solo para ver cómo reaccionaba.
—Oye, pasante, ¿me traes un café? —dije con el tono más casual que pude, pero sin ocultar un ligero toque de humor.
Por un segundo, vi cómo tensaba la mandíbula, y pensé que iba a decirme que no. Pero entonces, algo en su expresión cambió. Su rostro mostró una leve sonrisa, algo casi divertido en sus ojos.
—Claro —respondió, con una mezcla de resignación y humor. —Después de todo, soy el pasante, ¿no?
Lo vi alejarse hacia la máquina de café y, aunque intenté no darle mucha importancia, no pude evitar una pequeña sonrisa en mis labios.
No sé por qué, pero algo en todo esto me estaba empezando a resultar... interesante.
Joaquín volvió unos minutos después, sosteniendo el café en una mano, y me lo tendió sin decir nada.
Lo miré de reojo, notando esa expresión neutral en su rostro, como si lo que acababa de hacer no le importara en absoluto. Pero yo sabía que le molestaba.
Claro que le molestaba. Ningún tipo como él aceptaría tan fácilmente ser mandado a traer café, por más pasante que fuera.
Tomé el café de su mano, y no pude evitar sonreír. Era una sonrisa ligera, casi juguetona, una que escondía mis verdaderos pensamientos. Porque la verdad, esa pequeña interacción había sido más divertida de lo que pensaba.
—Gracias —dije, llevándome el vaso a los labios y dándole un sorbo.
El café estaba más caliente de lo que esperaba, y el calor me envolvió la boca, despertándome un poco más después de una mañana que, aunque recién comentaba, una era larga.
Joaquín, en lugar de irse, se apoyó en el borde de mi escritorio. Se cruzó de brazos, su cuerpo relajado, pero su mirada fija en mí. Tenía esa expresión de estar analizando cada cosa a su alrededor, como si no quisiera perderse ningún detalle.
—¿Necesitás algo más? —preguntó, su voz sonaba tranquila, pero con un toque de desafío.
Lo miré por encima del borde del vaso mientras bebía un poco más. Podría haberle dicho que no, que eso era todo, que podía seguir con su día.
Pero no sería divertido, ¿no?
Justo a mi lado, en el borde del escritorio, había una pila de papeles, esas montañas de documentos que siempre me tocaba manejar. A decir verdad, no había mucho que hacer hoy, pero... bueno, si él quería ayudar, no iba a negarme.
—De hecho, sí. —Tomé la pila de papeles y se los tendí. Él los miró un segundo, luego me miró a mí, como si intentara adivinar qué estaba tramando.
—Necesito cinco copias de cada documento —dije, sin quitarme la sonrisa de la cara mientras volvía a girar en la silla, cruzando una pierna sobre la otra.
Su sonrisa desapareció al instante. Noté cómo sus ojos se enfocaron en los papeles que ahora sostenía en sus manos, como si no pudiera creer lo que le estaba pidiendo.
—¿Cinco copias? ¿Para qué tantas? —preguntó, levantando la mirada hacia mí, desconcertado.
Me encogí de hombros, dándole otro sorbo al café sin prestarle mucha atención.
—Ni idea —respondí con un tono despreocupado. —Los jefes son un poco quisquillosos con los documentos...
Sus ojos se clavaron en mí, y pude ver cómo luchaba por mantener la calma. Alzó una ceja, frustrado, pero sin decir nada más. En su cabeza, seguro estaba pensando en alguna manera de devolverme el favor, pero no me importaba.
—¿Algo más? —preguntó, su tono más bajo y con una ligera exhalación de cansancio.
—Por ahora, no —dije con una sonrisa inocente, recostándome en la silla mientras me balanceaba suavemente.
Joaquín me sostuvo la mirada por un segundo más, probablemente buscando alguna pista de que todo esto era una broma. Finalmente, soltó un suspiro, como si aceptara que no tenía escapatoria.
—Perfecto —murmuró.
Se enderezó, y se dio media vuelta con los papeles en la mano y salió del área de trabajo. Lo seguí con la mirada mientras se alejaba, y aunque traté de mantener mi rostro serio, no pude evitar que una sonrisa se me escapara justo antes de darle otro sorbo al café.
"El gran pasante... ahora haciendo copias," pensé divertida.
Pero detrás de esa pequeña satisfacción, sentí una chispa de curiosidad. ¿Quién era este tipo realmente?
Porque, pasante o no, había algo en él que no cuadraba. La manera en que caminaba, la forma en que me miraba, como si nada en este lugar realmente le importara.
Giré la silla de nuevo, pero esta vez me quedé mirando hacia la ventana, con el vaso de café entre las manos.
De alguna forma, sabía que había gato encerrado, y que tal vez... tendría que liberarlo.
Joaquín Siete años... A veces me cuesta creerlo.Estaba de pie en la cocina, revolviendo con una mano la olla con chocolate caliente mientras con la otra servía los pancakes en forma de animalitos. Mi espalda ya no era la misma de antes, el peso de tantas madrugadas, reuniones y juegos de escondidas me había pasado factura, pero no me importaba. Hoy era un día especial. Volvían nuestros chicos de la universidad, y esta casa, que nunca había estado realmente en silencio, iba a estallar de alegría.—Papá... el chocolate tiene burbujas —dijo Ana Clara con sus ojos escrutadores puestos sobre la olla como si fuera inspectora de sanidad.—Eso es porque está en su punto perfecto, princesa —le respondí guiñándole un ojo.—¿Y lavaste los platos de anoche? —insistió ella con la misma seriedad.—¿Tú también, Ana? —protesté sin poder evitar la risa—. ¿Qué te enseñó tu madre sobre confiar en los demás?—Que siempre hay que revisar dos veces. —Juana la respaldó desde su silla, cruzada de brazos
Camila—¡Buenos días, señora Salinas! ¡Arriba, que es su boda! ¡Vamos, vamos, vamos!Parpadeé varias veces, intentando procesar la luz del sol que entraba por la ventana. Ahí estaba Tronchatoro, con casi nueve meses de embarazo, disfrutando de mi miseria y humillándome.Me negué a abrir los ojos y ella frunció los labios.—Señora Salinas, cinco minutos más. Voy por su desayuno —parecía que el embarazo la había vuelto, al menos, un poco condescendiente.Volví a cerrar los ojos y Morfeo me envolvió otra vez en sus brazos.—¿En serio, Camila? ¡Es hora de mover ese trasero!Entre abrí los ojos solo para encontrarme con la silueta agitada de mi suegra, sacudiéndome con energía.Parpadeé, todavía medio dormida, y solté un gemido mientras intentaba girarme. Gran error.—Ay, por el amor de todo lo sagrado… —me quejé—. ¿No podía ser un poquito más… considerada? Estoy embarazada de dos. ¡Dos, suegrita! No soy un colibrí, soy un dirigible.Ella resopló y se cruzó de brazos.—¡Y tú crees que no l
CamilaEstábamos en una terraza acogedora, justo frente a un callejón de adoquines donde los balcones tenían un montón de macetas con flores coloridas. El aroma a pan recién horneado se mezclaba con el del café fuerte que Joaquín tenía entre las manos. Yo acababa de terminar una taza de capuchino y le robaba pedacitos de su croissant con crema pastelera mientras sonreía como una niña.—Ya puedes dejar de mirarme con esa cara, mi amor —dije, relamiéndome un poco de azúcar de los labios—. Te advertí que te lo iba a robar.Joaquín se rió, ese sonido grave y cálido que me derretía desde la primera vez que lo escuché.—Con gusto te doy todo lo que tengo... ya me robaste el corazón, así que tampoco me queda mucho más —dijo, mirándome con esa mirada de adoración que aún me sonrojaba, aunque lleváramos tanto tiempo juntos y una hija en el contador.Suspiré, apoyando la barbilla en mi mano mientras lo miraba.—Hablando de robos y esas cosas... —dije, bajando un poco la voz y alzando una ceja
Margot No entendí en qué maldito momento había permitido esto.Una semana entera. Una. Semana. Entera. De "vacaciones".Estaba en una cabaña junto al lago, rodeada de vegetación, silencio... y Ramiro.Ese detalle era el más complicado de todos.Me había dejado convencer por la peor combinación posible: una mezcla de súplica, carita de cachorro, y un sermón del señor y la señora Salinas al mismo tiempo. Y claro, que toda la familia Salinas se hubiera ido del país también ayudó a que me sintiera “prescindible” por unos días. Lo cual me molestaba más de lo que me gustaba admitir.“Descansá, Margot.”“Es solo una semana.”“Te lo ganaste.”“Ramiro necesita verte en modo humano.”Ese último comentario fue de Felipe, por supuesto. Todavía no decidís si matarlo lentamente o solo ignorarlo el resto de mi vida.Suspiré, sentada en el porche de la cabaña, con una taza de té en una mano y la otra acariciando, con absoluta resignación, la cabeza de Ramiro. Se había quedado dormido sobre mis pie
Felipe Estaba parado en el altar de la iglesia, con el corazón desbocado y las manos húmedas de tanto limpiarme la frente.Los bancos llenos de rostros conocidos, todos mirándome con expectación, emoción... y un poquito de incredulidad. No los culpaba. Hasta yo dudaba a ratos de mi propia sanidad mental.Joaquín, como buen hermano del alma y cómplice en esta locura, estaba a mi lado con Anita en brazos. La pequeña estaba fascinada con todo a su alrededor. Extendía sus manitas regordetas queriendo agarrar cualquier cosa.—¿Estás seguro de esto? —preguntó Joaquín en voz baja. Movió a Anita de un brazo al otro mientras ella intentaba arrancarle la corbata con una risita traviesa.Le sonreí mientras me acercaba para hacerle muecas a mi sobrina. Le acaricié la nariz con un dedo y ella soltó una carcajada.—Claro que sí. Romina... ella es el amor de mi vida —respondí, y lo decía en serio. Joaquín bufó, mirándome con orgullo, resignación y miedo ajeno, una expresión que solo él podía lo
Joaquín Después de la sesión maratónica de amor con mi esposa, porque cuando Camila se pone romántica y mandona, no hay cuerpo que se resista, bajé a la cocina a buscar agua. Todavía sentía las piernas como gelatina, y me ardían los músculos que ni siquiera sabía que tenía. Estaba con el torso desnudo y unos pantalones deportivos que me había puesto a las apuradas, porque si seguía acostado ahí, entre las sábanas arrugadas y el perfume de mi mujer, no me iba a parar... lo que significaba que no me iba a poder mover en los próximos días.Abrí la heladera, saqué la botella de agua fría y pegué unos tragos largos, cerrando los ojos para disfrutar el frescor bajando por mi garganta.—¡Mi mujer me está engañando!—¡Mierda! —exclamé, escupiendo el agua y casi tirando la botella.Me giré de golpe, llevándome una mano al pecho. Ahí estaba Felipe, plantado en la entrada de la cocina como un espectro dramático con cara de tragedia griega.—¡Pero qué carajos hacés aquí! ¿Quién te dejó entrar?







