Inicio / Romance / Un CEO en apuros / Capítulo 5: Primer día

Compartir

Capítulo 5: Primer día

Autor: EugeMD
last update Fecha de publicación: 2025-03-04 06:40:35

Joaquín 

Entré en la oficina de Felipe con los papeles aún en la mano y la sangre hirviendo. 

No sabía si era por las malditas copias que me había pedido Camila, o por cómo todos en la oficina parecían tomarme por un idiota. 

Pero lo que sí sabía es que no podía aguantar más. Apenas crucé la puerta, la cerré de golpe, y sentí cómo el ruido reverberaba por la habitación.

Él estaba tan tranquilo como si el mundo a su alrededor no existiera. Estaba sentado en su silla, con los pies cruzados sobre el escritorio y una sonrisa ligera en los labios, mirando su teléfono, totalmente ajeno al hecho de que yo estaba a punto de explotar.

—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —le grité, lanzando los papeles sobre su escritorio. —¡Soy el CEO de esta empresa, no un maldito pasante!

Felipe ni siquiera se inmutó. Ni un parpadeo. Bajó el teléfono lentamente y me miró con esa calma que siempre parecía sacarme de quicio, como si lo que acababa de decir no le importara en lo más mínimo.

—Relájate, Joaquín —dijo, con una media sonrisa mientras se recostaba en la silla, cruzando las manos detrás de la cabeza. —No es para tanto.

Me acerqué al escritorio, apoyándome en él con ambas manos, casi temblando de la rabia. El cansancio me tenía al borde, y después de un largo día en el que había tenido que aguantar a los empleados mirándome como si fuera un simple novato, y encima el descaro de Camila, esto era lo último que necesitaba.

—¿Que no es para tanto? ¡Me han hecho hacer copias, Felipe! ¡Cinco copias de un montón de papeles que no tenían ningún sentido! —Mi voz retumbó en la oficina, pero él simplemente seguía ahí, sin moverse, casi disfrutando de la situación. —¡Esto no es lo que vine a hacer! ¡Vine a arreglar este desastre, no a ser el hazmerreír de tu equipo!

Soltó una risa baja, lo suficientemente ligera como para enfurecerme más. Luego se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos.

—Exacto, viniste a arreglar este desastre —dijo, su tono más tranquilo que nunca. —Y, para hacerlo, tienes que entenderlo desde adentro. No puedes simplemente aparecer aquí como el CEO inalcanzable y esperar que todos te sigan como si fueras Moisés dividiendo el mar. —Hizo un gesto con sus manos para enfatizar su punto. —Necesitas conocer a tu gente. Entender lo que hacen, lo que piensan. Por eso te hice pasar por pasante. Para que veas cómo funciona todo cuando no eres el jefe.

Me quedé en silencio un momento, mi respiración aún agitada, sintiendo cómo la ira luchaba por no estallar de nuevo. Sus palabras tenían algo de sentido, lo sabía. 

Pero eso no hacía que me sintiera menos humillado. Nunca había sido el tipo de hombre que disfrutara que lo pusieran en ridículo, y hoy había sido exactamente eso: un ridículo.

Me enderecé y empecé a caminar de un lado a otro de la oficina, tratando de calmarme. ¿Conocer a mi gente? 

Sabía cómo funcionaba la empresa. Yo era el que la había levantado desde cero. Pero Felipe tenía una manera de ver las cosas que siempre lograba darme otra visión.

—¿Así que creés que haciéndome hacer las malditas copias voy a entender mejor a los empleados? —dije, sarcástico, mientras cruzaba los brazos.

—No, las copias fueron solo un pequeño toque —respondió, su sonrisa más amplia ahora. —Lo importante es que estés ahí, con ellos, viendo cómo viven el día a día. Mira a Camila, por ejemplo. —Levantó una ceja. —¿De verdad te molesta que ella te haya pedido esas copias, o es otra cosa la que te molesta?

El nombre de Camila hizo que me detuviera en seco. La imagen de ella, sentada en su escritorio, con esa sonrisa descarada mientras giraba en su silla, se me vino de golpe a la cabeza. 

Y, por mucho que quisiera negarlo, no podía sacar de mi mente la chispa que había sentido cuando nuestras manos se habían tocado. 

—Eso no tiene nada que ver —mentí, volviendo a sentarme, aunque sabía que Felipe me veía venir de lejos.

—Ah, claro, claro —dijo, asintiendo lentamente, fingiendo estar convencido, pero yo podía ver en sus ojos que no me creía en absoluto. —Lo que tú digas...

Lo miré, esta vez más calmado, pero sin perder la frustración que había acumulado durante todo el día.

—Felipe, te lo advierto. Si esto se me sale de control... —empecé a decir, pero él me cortó con una sonrisa y un gesto con la mano.

—Nada se te va a salir de control, viejo —dijo, ahora más serio. —Confía en mí. Sé que no es fácil, pero cuando termines este experimento, vas a ver el panorama mucho más claro. Te va a servir. A tí, y a la empresa.

Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos un segundo, dejando que sus palabras se asentaran. Todavía sentía la tensión en mis hombros, la mezcla de agotamiento y frustración. 

Pero tal vez tenía razón. Tal vez había algo más en esto que yo no estaba viendo. O tal vez Felipe solo quería divertirse un rato a mi costa. 

A veces, era difícil distinguir.

Abrí los ojos y me incliné hacia adelante.

—Está bien —dije. —Jugaré tu juego. Pero si veo que esto no sirve para nada, terminaré con esta farsa.

Felipe sonrió, satisfecho, y volvió a recostarse en su silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza de nuevo.

—Sabía que lo ibas a entender. Ahora, relájate. Y anda a conocer a tus empleados, Joaquín. Te vas a sorprender.

Mi amigo siempre tenía una forma de salirse con la suya, y esta vez no era diferente. Pero, por más que me molestara admitirlo, una parte de mí ya empezaba a pensar que tal vez tenía razón.

Cuando finalmente terminó el día, estaba agotado. 

No solo físicamente, sino mentalmente. 

Pasarme toda la jornada como un simple pasante, haciendo copias, sonriendo ante miradas y risitas que en cualquier otra situación habrían desaparecido con solo decir quién era en realidad, era algo que me sacaba de quicio. 

Pero aquí estaba, jugando el estúpido juego de Felipe, fingiendo ser alguien que no era, mientras todo en mi interior me gritaba que tomara el control, que pusiera las cosas en su lugar de una vez.

Había terminado de acomodar los últimos papeles en mi "puesto de pasante" cuando apareció Felipe, con su típica sonrisa relajada, como si nada en el mundo pudiera alterarlo. 

Se acercó a mi escritorio y me dio una palmada en el hombro.

—Vamos, pasante —dijo, su tono animado. —Hace rato que no salimos a tomar algo. Hay que relajarnos un poco, ¿no?

Lo miré con cansancio. Estaba a punto de decir que no, que solo quería irme a casa y olvidarme de este día infernal, pero Felipe ya me conocía demasiado bien. Sabía que yo era pésimo para rechazar este tipo de invitaciones cuando venían de él.

—Anda, te va a hacer bien —insistió, inclinándose un poco hacia mí, como si estuviera compartiendo un secreto.

—Está bien —cedí con un suspiro, aunque sabía que en parte tenía razón. Quizá un trago me ayudaría a despejarme.

Nos dirigimos a la salida de la oficina, y mientras caminábamos, una sensación incómoda me recorría el cuerpo. 

No podía sacudirme la irritación del día, especialmente después de mi interacción con Camila. Esa sonrisa, la manera en que me hizo hacer esas malditas copias como si no fuera más que un asistente... y lo peor es que no podía quitarme de la cabeza esa chispa que sentí al verla reír, como si algo en mí hubiera despertado, aunque odiaba admitirlo.

Cuando nos acercábamos a la puerta, la vi. 

Camila salió corriendo de la oficina, con su bolso colgando del hombro y las llaves en la mano. Apenas me vio, ni siquiera saludó: fue directo a su auto, arrancando tan rápido que el motor rugió en el estacionamiento. 

Me quedé mirándola por un segundo, viendo cómo su auto se alejaba a toda velocidad, hasta desaparecer por la esquina.

Sacudí la cabeza, sintiendo una punzada de frustración y algo más que no quería identificar. 

"Concéntrate, Joaquín," me dije, sacándomela de la mente. No era el momento ni el lugar para esto. Necesitaba mantenerme enfocado en lo que realmente importaba: arreglar esta m*****a sucursal y salir de aquí.

—¿Todo bien? —preguntó Felipe, alzando una ceja, notando mi desconcentración.

—Sí, todo bien —respondí rápidamente, sin querer darle más vueltas.

Seguimos caminando y llegamos al bar que estaba a unas pocas calles de la oficina. No era mi lugar habitual, pero Felipe parecía a sus anchas.

Apenas entramos, noté que había varios empleados de la empresa allí. Estaban en una mesa al fondo, riendo y charlando, como si el día no hubiera sido más que una pequeña parte de sus vidas, mientras yo lo sentía como una carga. 

Mis pasos se volvieron más lentos al verlos. No tenía ganas de socializar, de sentarme con ellos como si fuéramos amigos. No eran mis colegas, no eran mis iguales. 

Eran empleados, y yo era el que se suponía que debía dirigir esta empresa. Solo que ellos no lo sabían.

—Vamos, te invito la primera —dijo Felipe, dándome un empujón amistoso para acercarnos a la barra.

—No quiero estar cerca de ellos —murmuré, mientras echaba una mirada hacia la mesa donde el grupo de empleados reía a carcajadas.

Felipe soltó una risa suave, sacudiendo la cabeza como si yo fuera un niño que no entendía cómo funcionaban las cosas.

—Por eso necesitas estar cerca de ellos, Joaquín. ¿No te das cuenta? Tienes que conocerlos, dejar que te conozcan. No puedes arreglar una empresa sin entender a la gente que trabaja en ella.

—No vine a hacer amigos, Felipe —respondí, cruzando los brazos mientras miraba hacia el otro lado, evitando la mirada de los empleados.

—No te estoy pidiendo que hagas amigos —dijo. —Solo que te metas un poco en sus vidas. Veas cómo funcionan. Te prometo que es más fácil de lo que creés.

Me quedé en silencio, aún no convencido, pero la idea de seguir discutiendo con él me agotaba más de lo que ya estaba. Así que suspiré y cedí, sabiendo que, como siempre, Felipe terminaría saliéndose con la suya.

—Está bien, pero no pienso quedarme mucho tiempo —le advertí, antes de que se entusiasmara más de la cuenta.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • Un CEO en apuros   Epílogo: Un gran final...

    Joaquín Siete años... A veces me cuesta creerlo.Estaba de pie en la cocina, revolviendo con una mano la olla con chocolate caliente mientras con la otra servía los pancakes en forma de animalitos. Mi espalda ya no era la misma de antes, el peso de tantas madrugadas, reuniones y juegos de escondidas me había pasado factura, pero no me importaba. Hoy era un día especial. Volvían nuestros chicos de la universidad, y esta casa, que nunca había estado realmente en silencio, iba a estallar de alegría.—Papá... el chocolate tiene burbujas —dijo Ana Clara con sus ojos escrutadores puestos sobre la olla como si fuera inspectora de sanidad.—Eso es porque está en su punto perfecto, princesa —le respondí guiñándole un ojo.—¿Y lavaste los platos de anoche? —insistió ella con la misma seriedad.—¿Tú también, Ana? —protesté sin poder evitar la risa—. ¿Qué te enseñó tu madre sobre confiar en los demás?—Que siempre hay que revisar dos veces. —Juana la respaldó desde su silla, cruzada de brazos

  • Un CEO en apuros   Capítulo 149: Segunda boda

    Camila—¡Buenos días, señora Salinas! ¡Arriba, que es su boda! ¡Vamos, vamos, vamos!Parpadeé varias veces, intentando procesar la luz del sol que entraba por la ventana. Ahí estaba Tronchatoro, con casi nueve meses de embarazo, disfrutando de mi miseria y humillándome.Me negué a abrir los ojos y ella frunció los labios.—Señora Salinas, cinco minutos más. Voy por su desayuno —parecía que el embarazo la había vuelto, al menos, un poco condescendiente.Volví a cerrar los ojos y Morfeo me envolvió otra vez en sus brazos.—¿En serio, Camila? ¡Es hora de mover ese trasero!Entre abrí los ojos solo para encontrarme con la silueta agitada de mi suegra, sacudiéndome con energía.Parpadeé, todavía medio dormida, y solté un gemido mientras intentaba girarme. Gran error.—Ay, por el amor de todo lo sagrado… —me quejé—. ¿No podía ser un poquito más… considerada? Estoy embarazada de dos. ¡Dos, suegrita! No soy un colibrí, soy un dirigible.Ella resopló y se cruzó de brazos.—¡Y tú crees que no l

  • Un CEO en apuros   Capítulo 148: Gastritis

    CamilaEstábamos en una terraza acogedora, justo frente a un callejón de adoquines donde los balcones tenían un montón de macetas con flores coloridas. El aroma a pan recién horneado se mezclaba con el del café fuerte que Joaquín tenía entre las manos. Yo acababa de terminar una taza de capuchino y le robaba pedacitos de su croissant con crema pastelera mientras sonreía como una niña.—Ya puedes dejar de mirarme con esa cara, mi amor —dije, relamiéndome un poco de azúcar de los labios—. Te advertí que te lo iba a robar.Joaquín se rió, ese sonido grave y cálido que me derretía desde la primera vez que lo escuché.—Con gusto te doy todo lo que tengo... ya me robaste el corazón, así que tampoco me queda mucho más —dijo, mirándome con esa mirada de adoración que aún me sonrojaba, aunque lleváramos tanto tiempo juntos y una hija en el contador.Suspiré, apoyando la barbilla en mi mano mientras lo miraba.—Hablando de robos y esas cosas... —dije, bajando un poco la voz y alzando una ceja

  • Un CEO en apuros   Capítulo 147: ¿Un mini Tronchatoro?

    Margot No entendí en qué maldito momento había permitido esto.Una semana entera. Una. Semana. Entera. De "vacaciones".Estaba en una cabaña junto al lago, rodeada de vegetación, silencio... y Ramiro.Ese detalle era el más complicado de todos.Me había dejado convencer por la peor combinación posible: una mezcla de súplica, carita de cachorro, y un sermón del señor y la señora Salinas al mismo tiempo. Y claro, que toda la familia Salinas se hubiera ido del país también ayudó a que me sintiera “prescindible” por unos días. Lo cual me molestaba más de lo que me gustaba admitir.“Descansá, Margot.”“Es solo una semana.”“Te lo ganaste.”“Ramiro necesita verte en modo humano.”Ese último comentario fue de Felipe, por supuesto. Todavía no decidís si matarlo lentamente o solo ignorarlo el resto de mi vida.Suspiré, sentada en el porche de la cabaña, con una taza de té en una mano y la otra acariciando, con absoluta resignación, la cabeza de Ramiro. Se había quedado dormido sobre mis pie

  • Un CEO en apuros   Capítulo 146: La boda sorpresa

    Felipe Estaba parado en el altar de la iglesia, con el corazón desbocado y las manos húmedas de tanto limpiarme la frente.Los bancos llenos de rostros conocidos, todos mirándome con expectación, emoción... y un poquito de incredulidad. No los culpaba. Hasta yo dudaba a ratos de mi propia sanidad mental.Joaquín, como buen hermano del alma y cómplice en esta locura, estaba a mi lado con Anita en brazos. La pequeña estaba fascinada con todo a su alrededor. Extendía sus manitas regordetas queriendo agarrar cualquier cosa.—¿Estás seguro de esto? —preguntó Joaquín en voz baja. Movió a Anita de un brazo al otro mientras ella intentaba arrancarle la corbata con una risita traviesa.Le sonreí mientras me acercaba para hacerle muecas a mi sobrina. Le acaricié la nariz con un dedo y ella soltó una carcajada.—Claro que sí. Romina... ella es el amor de mi vida —respondí, y lo decía en serio. Joaquín bufó, mirándome con orgullo, resignación y miedo ajeno, una expresión que solo él podía lo

  • Un CEO en apuros   Capítulo 145: El disfraz

    Joaquín Después de la sesión maratónica de amor con mi esposa, porque cuando Camila se pone romántica y mandona, no hay cuerpo que se resista, bajé a la cocina a buscar agua. Todavía sentía las piernas como gelatina, y me ardían los músculos que ni siquiera sabía que tenía. Estaba con el torso desnudo y unos pantalones deportivos que me había puesto a las apuradas, porque si seguía acostado ahí, entre las sábanas arrugadas y el perfume de mi mujer, no me iba a parar... lo que significaba que no me iba a poder mover en los próximos días.Abrí la heladera, saqué la botella de agua fría y pegué unos tragos largos, cerrando los ojos para disfrutar el frescor bajando por mi garganta.—¡Mi mujer me está engañando!—¡Mierda! —exclamé, escupiendo el agua y casi tirando la botella.Me giré de golpe, llevándome una mano al pecho. Ahí estaba Felipe, plantado en la entrada de la cocina como un espectro dramático con cara de tragedia griega.—¡Pero qué carajos hacés aquí! ¿Quién te dejó entrar?

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status