INICIAR SESIÓN—Quizás porque normalmente lo es.
—Entonces supongo que usted es demasiado rico como para bañarse en piscinas de hotel —le dije, apoyando los brazos en el borde mientras lo miraba con una media sonrisa. Adrián giró ligeramente la cabeza hacia el agua, observándola como si estuviera evaluando un informe financiero. —No es un tema de riqueza —respondió con calma—. Es un tema de… estadísticas. Fruncí el ceño. —Eso suena preocupante. —Lo es. Se incorporó un poco en la tumbona y señaló la piscina con un gesto tranquilo. —Diversos estudios estiman que una piscina pública promedio puede contener entre treinta y setenta y cinco mililitros de orina por cada bañista. Lo miré horrorizada. —Está bromeando. —No. —¿Eso significa que…? —Que si hay unas cincuenta personas usando una piscina durante el día —continuó con total serenidad— podríamos estar hablando de varios litros de orina diluida circulando tranquilamente en el agua. Me quedé completamente inmóvil en la piscina. —Adrián. —Sí. —Estoy dentro de esa piscina. Él levantó apenas una ceja. —Lo había notado. Lo miré con absoluta traición. —Acabo de arrepentirme de cada segundo de felicidad que tuve aquí. Adrián volvió a ponerse las gafas de sol. —Por eso no nado en piscinas de hotel. —¡Podía haberme dicho eso antes! —protesté. —Usted parecía estar disfrutándolo demasiado como para interrumpirla. Lo miré unos segundos. Luego suspiré. —Bueno —dije finalmente, hundiéndome un poco más en el agua—. Supongo que ya es demasiado tarde para preocuparme ahora. Adrián soltó otra pequeña risa. —Exactamente. Seguimos conversando así durante varios minutos. Salí de la piscina después de unos minutos más, tomé una toalla de una de las sillas cercanas y me senté en la tumbona junto a él con una piña colada que había pedido al bar de la piscina. El contraste entre el frío de la bebida y el calor del sol se sentía perfecto, así que le di un sorbo largo mientras intentaba fingir que todo entre nosotros era completamente normal. Adrián dejó su teléfono a un lado y me miró. —¿Tiene un vestido de gala para la fiesta de mañana? Casi me atraganto. Negué rápidamente con la cabeza mientras todavía tenía la boca llena de piña colada. Él suspiró como si aquello confirmara una sospecha que ya tenía. Sin decir mucho más, sacó su billetera, deslizó una tarjeta negra entre sus dedos y me la extendió. —Cómprese algo adecuado. Me quedé mirando la tarjeta, luego lo miré a él, luego otra vez la tarjeta. En teoría hablaba inglés perfectamente. En teoría podía moverme por la ciudad. Pero una cosa era pedir comida o tomar un taxi, y otra muy distinta era ir sola de compras en un país extranjero donde no conocía absolutamente nada. Debí quedarme mirándolo más tiempo del normal, porque frunció ligeramente el ceño. —¿Por qué me mira así? —preguntó. Bebí otro sorbo de mi piña colada antes de responder. —Porque no tengo idea de qué comprar. Él levantó una ceja. —Un vestido. —Sí, pero… uno apropiado para una fiesta en el yate de un multimillonario misterioso en Bali. —Correcto. Suspiré. —Nunca he comprado un vestido para un evento así. Adrián me observó unos segundos más, como si estuviera recalculando algo. Luego extendió la mano y tomó de nuevo la tarjeta. —Olvídelo. Parpadeé. —¿Olvidarlo? —Sí. Guardó la billetera. —La acompañaré a comprar uno. Me quedé mirándolo completamente sorprendida. —¿Usted? —¿Tiene otra opción mejor? —preguntó con calma. Abrí la boca para responder. La cerré. —No —admití. Adrián asintió con tranquilidad. —Entonces terminaremos su bebida y saldremos en una hora. Miré mi piña colada. Luego lo miré a él. —Mi jefe va a llevarme de compras. Adrián volvió a ponerse las gafas de sol. —Considérelo parte de su trabajo. El sentimiento en mi pecho era extraño, porque en la oficina nuestras conversaciones siempre habían sido breves y estrictamente profesionales, pero allí, bajo el sol y junto a la piscina, todo parecía casi normal. Por un momento incluso logré olvidar que apenas dos noches atrás habíamos cruzado una línea que ahora ambos fingíamos no recordar.(Adrián) Nunca me gustaron los hospitales. Hay algo en sus pasillos que me revuelve el estómago: el olor a antiséptico, el zumbido monótono de las máquinas, esas luces fluorescentes que exponen cada una de tus debilidades. En ese entorno, la ilusión de control que tanto me esfuerzo por mantener se desmorona. Todo depende de variables que no puedo meter en una hoja de cálculo. Y yo odio no tener el control. Pero esa noche no era una empresa lo que estaba en juego. Era ella. Por eso, cuando los médicos anunciaron que era hora de trasladarla a la sala de partos, ni se me pasó por la cabeza quedarme en el pasillo con el resto del grupo. Dejé atrás a Eduardo con su traje de gala arrugado, a Sandra con el maquillaje corrido, a Laura llorando de los nervios y a Alex intentando mantener la calma. Me puse la bata estéril, el gorro y los patucos con las manos temblorosas, sintiendo que el aire se me escapaba del pecho. Cuando entré a la sala, el ambiente era una mezcla de calma profesion
( Clara) Si alguien me hubiera dicho un año atrás que terminaría sentada en la boda de Eduardo y Sandra, embarazada de gemelos, casada con el jefe que una vez me aterrorizaba, me habría reído en su cara. Y sin embargo ahí estaba. Con los pies hinchados, un vestido que había dejado de ser cómodo hacía aproximadamente tres horas y un esposo que llevaba toda la noche actuando como si estuviera transportando cristal en lugar de una mujer embarazada. —¿Estás bien? —preguntó Adrián por quinta vez en menos de diez minutos. Lo miré. —Sí. Dos minutos después. —¿Segura? Levanté la empanadita que tenía en la mano. —Estoy comiendo. Claramente estoy bien. Él no pareció convencido. Sandra pasó corriendo frente a nosotros riéndose mientras Eduardo la seguía con una expresión completamente derrotada y enamorada al mismo tiempo. Ella llevaba los zapatos en la mano porque ya no soportaba los tacones y él sostenía el velo doblado sobre el brazo como si fuera el asistente personal de su prop
( Eduardo) Nunca pensé que terminaría casándome en un jardín pequeño. De verdad no lo pensé. Durante años imaginé algo completamente distinto. Una boda enorme, llena de personas importantes, luces, fotógrafos, empresarios y sonrisas falsas. Algo elegante, impecable y vacío. El tipo de evento que parecía una fusión empresarial disfrazada de amor. Pero entonces apareció Sandra. Y de alguna manera ella tomó todas las ideas que tenía sobre la vida, las rompió una por una y me enseñó algo mejor. El jardín era pequeño, intimo, y hermoso. Había luces colgadas entre los árboles, flores blancas por todas partes y mesas decoradas con una mezcla extraña entre elegancia y caos porque Sandra y Clara habían pasado semanas organizándolo todo mientras Laura intervenía cada cinco minutos con ideas absurdas que, para desgracia de todos, a veces funcionaban. No había cientos de invitados ni mesas llenas de desconocidos. Solo estaban ellos, nuestra gente y nuestra familia. Miré alrededor
(Clara)Todavía seguía sonriendo cuando llegamos a casa esa noche. La propuesta había sido preciosa. Ridículamente preciosa.Sandra había llorado tanto que terminó arruinándose el maquillaje, Eduardo fingió que no estaba llorando aunque tenía los ojos completamente rojos, y Laura seguía insistiendo en que ella era la verdadera mente maestra detrás de todo porque había elegido «la iluminación». Alex, por su parte, la había amenazado con subir el video donde ella lloraba incluso más que la novia.Y en medio de todo eso estaba yo. Feliz. Muy feliz. Pero con una pequeña punzada escondida en el pecho que no terminaba de desaparecer.Entré al apartamento mientras Adrián cerraba la puerta detrás de nosotros. El silencio de la casa se sintió extraño, casi denso, después de tantas risas. Me quité los zapatos con un suspiro y me dejé caer sobre el sofá. Adrián apareció inmediatamente frente a mí.—¿Cansada? —preguntó.Negué con la cabeza, esbozando una media sonrisa. —No.Él no respondió. Sol
( Eduardo)Me desperté con resaca. No por el alcohol, sino por las personas.Todavía no entendía cómo mi apartamento había pasado de parecer el refugio triste de un hombre recién independizado a convertirse en una fiesta improvisada llena de risas, comida, música y Laura criticando mi decoración durante casi toda la noche. Pero algo había cambiado; por primera vez, el silencio no me estaba esperando al despertar.Todavía quedaban vasos sobre la mesa, una bolsa de papas olvidada en la cocina y una manta rosa doblada sobre el sofá que definitivamente no me pertenecía.Sonreí apenas mientras preparaba el café, y entonces un pensamiento me obligó a detenerme en seco: quería casarme con ella.No porque ya estuviéramos comprometidos, ni porque su padre finalmente me hubiera aceptado, ni porque el futuro se hubiera vuelto más fácil. Quería hacerlo porque ella merecía una historia bonita. Una que realmente pudiera recordar.Tomé el teléfono y llamé a Adrián. El tono sonó varias veces hasta qu
(Eduardo) Nunca había estado tan incómodo dentro de mi propio apartamento. Ahora tenía a Laura invadiendo mi cocina como si fuera suya, a Clara discutiendo con Adrián porque él no la dejaba cargar ni una servilleta, a Alex acomodando bebidas sobre mi mesa y a Sandra caminando feliz por el apartamento como si hubiera cumplido exitosamente la misión de adoptar un hombre emocionalmente dañado. Ese hombre era yo. —¿Por qué sigues parado ahí? —preguntó Sandra acercándose. Miré alrededor. —Porque tengo miedo. Ella se rio. —Son personas, Eduardo. —Precisamente. Sandra soltó otra carcajada y me besó la mejilla antes de desaparecer otra vez hacia la cocina.Traidora.Y ahí me quedé. Solo. Con todos ellos alrededor y absolutamente ninguna idea de cómo se suponía que debía actuar en una situación así.Perfecto. Laura estaba vaciando bolsas sobre la mesa con una concentración absurda. Había comprado comida suficiente para alimentar un pequeño ejército. —¿Planeas alimentar a todo el e







