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Capítulo 8

Autor: Leslie g
last update Fecha de publicación: 2026-03-06 19:16:02

Sus manos se movieron con seguridad, pero sin prisa, recorriéndome como si quisiera memorizar cada detalle. Yo respondí sin pensar, dejándome llevar, olvidando por completo quién era él allá afuera… y quién se suponía que debía ser yo.

Nos acercamos más, como si la distancia ya no fuera una opción, como si ambos hubiéramos llegado al mismo punto sin necesidad de decirlo.

El tiempo dejó de importar.

Solo quedó la forma en que me miraba, la manera en que me sostenía, y esa sensación intensa de estar, por fin, en el lugar exacto donde quería estar.

Nos desnudamos con urgencia, como si la ropa se hubiera convertido en un obstáculo entre lo que sentíamos y lo que ya no podíamos ignorar.

Cuando su cuerpo quedó frente al mío, por un segundo olvidé cómo respirar.

Era… perfecto.

Cada línea marcada con precisión, cada músculo definido bajo la piel pálida que contrastaba con el calor del ambiente, como si hubiera sido esculpido con el mismo cuidado con el que él construía todo en su vida. Pero no era solo eso. No era solo lo que veía. Era la forma en que se movía, la seguridad natural en cada gesto, la manera en que su presencia llenaba el espacio sin esfuerzo.

Y yo… no podía apartar la mirada.

Quería tocarlo, recorrer cada parte de él, confirmar que era real, que no era solo una ilusión creada por el vino y el momento.

Pero no hizo falta que supiera qué hacer.

Él me guió.

Sus manos encontraron las mías, luego mi cintura, acercándome con una firmeza que no pedía permiso, pero tampoco lo necesitaba. Me hizo sentir pequeña de la mejor manera posible, contenida, deseada, como si en ese instante yo fuera lo único que importaba.

Sus labios recorrieron mi piel con lentitud al principio, despertando sensaciones nuevas, inesperadas, haciendo que mi cuerpo reaccionara sin control. Cada roce era preciso, cada caricia parecía pensada para provocar algo más profundo, algo que no sabía cómo nombrar pero que no quería que se detuviera.

Me aferré a él, sintiendo su calor, su respiración cerca, la forma en que su control comenzaba a mezclarse con algo más intenso, más difícil de contener.

Porque él no era suave por naturaleza.

Pero conmigo… lo era.

Al principio.

Luego todo cambió.

La intensidad creció, sus movimientos se volvieron más firmes, más cargados de esa tensión que había estado contenida desde mucho antes de ese momento. Su forma de mirarme, de sostenerme, de acercarme más… hacía imposible pensar en nada más.

No sabía qué decía cuando su voz rozaba mi oído, pero su tono, bajo, cercano, hizo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.

Y su mirada…

Esa mirada que en la oficina siempre era fría, distante, calculadora… ahora estaba llena de algo completamente distinto.

Deseo real e innegable.

Dirigido solo a mí.

Y eso fue lo que terminó de romper todo lo que quedaba de control.

Porque en ese instante, con su cuerpo sobre mi, con esa forma en que me miraba como si no existiera nada más, lo único que quería…

era no detenerme nunca.

Después de todo lo que había pasado, no quería volver a contenerme, no quería analizar, no quería pensar en consecuencias.

Solo quería sentir.

Algo que no fuera pérdida.

Y con él…

lo hice.

Fue una mezcla extraña entre control y entrega, entre su forma medida de moverse y mi necesidad de dejar de pensar por una vez. Él no dejó de ser él, pero tampoco fue el hombre distante de la oficina, y yo dejé de ser la versión ordenada de mí misma que siempre mantenía todo bajo control.

Por un momento, solo fuimos dos personas que necesitaban olvidarse de todo lo demás.

Y eso lo hizo más peligroso.

Desperté con la luz filtrándose suavemente por las cortinas, dejándome unos segundos suspendida entre el sueño y la realidad. No me moví de inmediato, porque había algo cálido a mi lado, una presencia que no encajaba del todo con la idea que tenía de ese viaje.

No necesitaba abrir los ojos para saber qué era, pero aun así lo hice, despacio, como si retrasar ese momento pudiera cambiar algo.

Y entonces lo confirmé.

Adrián Castellanos estaba en mi cama, dormido, tranquilo, con una expresión relajada que no tenía nada que ver con el hombre que conocía en la oficina, ese que siempre parecía perfectamente controlado, distante, inalcanzable.

Su expresión estaba relajada, su respiración era constante y su mano descansaba sobre mí con una naturalidad que no coincidía con nada de lo que sabía de él.

Me quedé quieta, mirando el techo, intentando procesar en qué momento mi vida había tomado este giro tan poco lógico.

Había venido a Bali para no sentirme derrotada.

Y ahora estaba ahí.

Con él.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que se moviera.

Su brazo se apartó de mi cintura y se incorporó lentamente, todavía medio dormido.

—Agua —murmuró.

Y, de alguna forma, eso me devolvió a la realidad.

—Sí.

Me levanté, envolviéndome en la sábana como si eso pudiera devolverme algo de control, y le serví un vaso de agua. Cuando se lo entregué, lo notó todo.

Se pasó una mano por el cabello, rompiendo esa imagen impecable que siempre tenía.

—Maldición.

Esta vez no sonó controlado.

Se levantó, caminando unos pasos, como si intentara reorganizar algo más que la situación.

—Tengo una política muy clara de no acostarme con empleados.

Lo miré, y supe de inmediato que había vuelto.

El Adrián que conocía, el hombre controlado, preciso, el que no dejaba espacio para errores ni emociones innecesarias, estaba otra vez frente a mí… pero no del todo, porque aún quedaban rastros de la noche anterior en su expresión, en la forma en que evitaba mi mirada por un segundo más de lo habitual, como si tampoco supiera cómo encajar lo que había pasado dentro de su mundo perfectamente ordenado.

—¿Su esposo? —preguntó entonces.

Respiré hondo.

—No soy una mujer infiel.

Frunció el ceño.

—No sé cómo más llamarle a esto. —dijo.

—Mentí —admití—. No tengo esposo.

Me miró con las cejas juntas.

—Mi prometido me engañó —añadí—. Todo se canceló. Vine porque no podía recuperar el dinero.

Solo me observó, como si estuviera viendo algo distinto por primera vez.

Finalmente suspiró y recogió su camisa.

—Vístase —dijo.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—Vístase —repitió, con calma—. Y regrese a su habitación.

Hizo una pausa breve.

—Hablaremos en el desayuno.

Asentí, aunque por dentro todo seguía girando demasiado rápido, como si mi mente intentara alcanzar algo que ya había ocurrido sin darme tiempo a procesarlo. Mientras me vestía, cada movimiento se sentía automático, pero mis pensamientos no se detenían, regresando una y otra vez al mismo punto inevitable.

No solo había cruzado una línea.

La había borrado por completo, y ahora no había forma de fingir que todavía existía.

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