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Capítulo 7

Autor: Leslie g
last update Fecha de publicación: 2026-03-02 22:48:25

El vuelo fue incómodo.

No por turbulencia, sino por la cercanía constante, por esas horas compartiendo un espacio demasiado pequeño con alguien que, en cualquier otro contexto, mantenía una distancia perfectamente calculada. Adrián Castellanos no era un hombre que invadiera espacios… pero tampoco era uno que los compartiera así.

Aun así, ahí estábamos.

Silencios largos, miradas que yo fingía no notar y una tensión sutil que no sabía exactamente de dónde venía, pero que no desaparecía.

Cuando aterrizamos, pensé que lo peor había pasado.

Claramente, no tenía idea.

No había taxis disponibles. La fila era absurda, el calor húmedo de Bali se pegaba a la piel y mi paciencia estaba peligrosamente cerca de agotarse. Adrián observó la escena con esa calma imperturbable que siempre tenía, como si el caos fuera solo otra variable a resolver.

Hizo una llamada breve.

Cinco minutos después, un vehículo negro se detuvo frente a nosotros.

—Compartiremos —dijo.

No discutí.

Ni siquiera cuando tomó mi maleta antes de que pudiera hacerlo.

—No es necesario —intenté.

Me miró apenas, con esa expresión que no era dura, pero tampoco completamente distante.

—Aquí no es mi secretaria.

La frase fue simple, pero algo en su tono la hizo distinta.

No supe qué responder de inmediato, así que solo asentí.

El hotel fue el siguiente problema.

Era demasiado perfecto, demasiado romántico, como si todo estuviera diseñado para recordarme exactamente lo que había perdido. Luces cálidas, detalles delicados, un lugar pensado para historias que no eran la mía.

—Qué coincidencia —murmuré cuando descubrimos que estábamos en el mismo hotel.

Y luego en el mismo piso.

Y luego… frente a frente.

El universo tenía un extraño sentido del humor.

Entré a mi habitación y me detuve en seco, recorriendo el espacio con la mirada mientras cada detalle terminaba de confirmar lo evidente: pétalos de rosa esparcidos sobre la cama, una botella de champán enfriándose en hielo y velas cuidadosamente colocadas como si alguien hubiera preparado la escena para una historia perfecta.

Era la suite de luna de miel.

Mi luna de miel.

Solo que sin esposo.

Respiré hondo, sintiendo esa mezcla incómoda entre ironía y algo más profundo que no quería analizar. Antes de que el peso de todo volviera a caer sobre mí, decidí salir. Necesitaba aire, movimiento… cualquier cosa que no fuera quedarme pensando.

Y entonces lo vi.

Adrián.

En el restaurante.

Sin saco, con la camisa ligeramente abierta, como si incluso él se hubiera permitido bajar la guardia un poco. No estaba rodeado de gente ni revisando documentos, solo… ahí.

Por primera vez, no parecía inalcanzable.

Levantó la vista y me encontró casi de inmediato, como si ya supiera que estaba ahí, y en lugar de apartarla, sostuvo mi mirada un segundo más de lo habitual. Luego, con un gesto leve, apenas una inclinación de cabeza hacia la silla frente a él, me invitó a sentarme.

No había presión en ese gesto, ni obligación alguna.

Pero aun así… fui.

—¿Su inversionista apareció? —pregunté.

—Aún no —respondió—. Parece que disfruta hacer esperar a la gente.

Su voz era la misma de siempre, pero había algo diferente en el ritmo, menos rígido.

Señaló la copa.

—¿Quiere una?

Debí decir que no.

—Solo una.

No fue solo una.

La conversación fluyó de una forma inesperada, natural, como si no estuviéramos en el mismo mundo donde él era mi jefe y yo organizaba cada minuto de su agenda. No habló de trabajo. No me miró como si fuera parte del sistema.

Me miró como si… estuviera ahí.

—No parece feliz —dijo en voz baja.

Lo miré.

—No es una luna de miel tradicional.

Una pequeña curva apareció en su expresión, casi imperceptible, pero suficiente para cambiar algo en el ambiente.

Y en ese silencio, la distancia que siempre había existido entre nosotros empezó a sentirse… innecesaria.

No sabría decir en qué momento ocurrió exactamente, solo sé que una copa llevó a otra y luego a otra más, y que con cada sorbo la distancia entre nosotros se volvía menos rígida, más difusa, como si todo lo que nos definía allá afuera dejara de importar poco a poco.

En algún punto, sus dedos rozaron los míos y no los aparté, y cuando nuestras miradas se encontraron otra vez, ya no había una línea clara entre lo correcto y lo que no lo era, solo esa tensión silenciosa que ninguno parecía dispuesto a ignorar.

Cuando me besó, no fue impulsivo, fue decidido, como él, pero también inesperadamente suave, como si detrás de toda esa precisión hubiera algo que rara vez dejaba ver, y yo… simplemente no retrocedí.

Una copa llevó a otra, y en algún momento dejamos de pensar demasiado. Todo se volvió más ligero, más cercano, como si la distancia entre nosotros hubiera desaparecido sin que nos diéramos cuenta.

Salimos del restaurante sin decir mucho. No hacía falta.

En el ascensor, el silencio estaba cargado de algo que se sentía en la piel. Pero esa quietud duró apenas un instante, porque cuando las puertas se cerraron, volvió a besarme, esta vez sin contenerse. Sus labios encontraron los míos con una intensidad que me hizo olvidar todo lo demás, mientras sus manos recorrían mi cuerpo con firmeza, atrayéndome más hacia él, marcando el ritmo de un momento que ya no tenía vuelta atrás.

Me sostuvo con seguridad, acercándome como si no existiera espacio entre nosotros, y yo respondí sin dudar, dejándome llevar por esa mezcla de urgencia y deseo que crecía con cada segundo. El ascensor seguía avanzando, pero nada de eso importaba; lo único real era la forma en que me besaba, como si quisiera borrar cualquier distancia que alguna vez existió entre nosotros.

El pasillo pasó casi sin notarlo.

La puerta se cerró detrás de nosotros… y con ella, cualquier intento de hacer lo correcto.

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