ログイン―¿A qué hora debo dejar la habitación? ―preguntó tratando de mantener la compostura.
―A más tardar, a las dos de la tarde ―la recepcionista le dijo con una mirada de lástima.
Ana asintió, agradeció la información y regresó a su habitación arrastrando los pies, sintiendo el peso de la decepción en cada paso. Cerró la puerta tras de sí y se dejó caer en la cama, derrotada, con la maleta observándola silenciosamente.
Se obligó a levantarse, así que se sentó con las lágrimas amenazando con desbordarse, incapaz de procesar la situación.
Tenía que hacer la maleta, encontrar un lugar donde alojarse, y todo eso con la presión del tiempo encima, porque era oficial: estaba sola, sin un lugar a donde ir, y con la certeza de que no llamaría a nadie.
Con resignación se puso manos a la obra. Con movimientos mecánicos dobló la ropa y guardó sus pertenencias. Cada objeto, cada prenda le recordaba su fracaso. Todo parecía burlarse de ella.
Terminó de cerrar la maleta, la dejó en el suelo y respiró hondo.
Se sentó en el borde de la cama, sin saber con exactitud qué hacer, a dónde ir; entonces, el teléfono sonó. Su corazón se aceleró, ¿sería Félix?
Contestó apresurada, sólo para descubrir que era su madre.
La conversación fue breve, superficial. Ana se limitó a responder con monosílabos, evitando mencionar su situación, porque no quería preocuparlos, pero lo único que provocó, fue que se sintiera aún más sola.
Decidió que necesitaba despejarse. Necesitaba pensar. Tal vez un cambio de escenario, una taza de café la ayudarían a aclarar sus ideas.
Se puso los zapatos, con nerviosismo tomó su bolso, así como su maleta y salió de la habitación. En el ascensor, tragó saliva. ¿Qué iba a ser de ella?
El sol valenciano la recibió en la calle, implacable y brillante. Caminó con paso firme hasta el café, el mismo de la noche anterior, donde la luz del exterior se filtraba a través de las ventanas, iluminando el lugar con una calidez y confortabilidad.
Ana respiró hondo, agradecida porque ese lugar estuviera abierto las 24 horas del día, y además, porque el aroma a café recién hecho y a pan recién horneado le otorgaban una inexplicable paz.
Se alegró de no ver a Valeria, al menos, no tendría que lidiar con miradas inquisitivas, ni con la incomodidad de una posible rivalidad ante su evidente interés en Auritz. Se acercó a la barra y pidió un café con leche, luego pagó y se dirigió a una mesa junto a la ventana, desde donde podía observar la calle y la plaza para perderse en el ajetreo de la ciudad.
Mientras el aroma del café inundaba sus sentidos, Ana abrió el libro. Las palabras fluyeron ante sus ojos transportándola a otro mundo, perdiéndose en las reflexiones de Nietzsche, sobre la moral, la voluntad y el eterno retorno. Un mundo donde la búsqueda de la verdad era un viaje y no una obligación.
Con el café humeante en la mano, Ana sonrió por primera vez en todo el día. Al menos, por un rato, pudo olvidarse de la notaría, del hotel, de Félix, del futuro incierto. Al menos, por un rato, pudo ser ella misma.
Una sombra se proyectó sobre su mesa. Ana levantó la vista y se encontró con la mirada intensa de Auritz.
―Buenos tardes, señorita ―la saludó con esa sonrisa amplia que ya estaba comenzando a conocer.
—Auritz —ella respondió intentando sonar casual, aunque su corazón latía con fuerza ante la sorpresa.
―¿Puedo? ―preguntó señalando la silla vacía frente a ella, con su voz suave, casi un susurro.
Ana asintió y observó a Auritz sentarse con una elegancia natural, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio. ―¿Cómo supiste que estaba aquí? ―cuestionó ella sin poder evitar una sonrisa.
Auritz se encogió de hombros, con un gesto de inocencia. ―Te vi desde la calle. La ventana es tentadora ―dijo con una mirada que denotaba complicidad. ―Además, no pude resistirme a la idea de ver a una mujer leyendo como si el tiempo no importara ―el cumplido fue sencillo, pero sincero.
―Ya veo ―Ana intentó no ruborizarse. ―Supongo que te gusta este café ―cambió con rapidez el tema.
―Es un buen rincón secreto ―admitió Auritz mientras se acomodaba en la silla. ―¿Y a ti, te gusta?
―Mucho ―aceptó con rapidez, dándole una rápida vista a su libro. ―Es perfecto para huir del mundo ―añadió con sinceridad.
Auritz la observó un momento en silencio, con una expresión que Ana no pudo descifrar.
―¿Y cómo te fue con la búsqueda de hotel? ¿Encontraste algo? ―preguntó con una curiosidad genuina.
Ana soltó una risita amarga. ―No ―intentó escucharse ligera. ―De hecho, creo que voy a dormir en la plaza. Bajo las estrellas ―trató de bromear.
Auritz no pareció tomarlo a broma. Frunció el ceño ligeramente, con una expresión de preocupación. ―¿En serio? ¿No encontraste nada? ―ladeó la cabeza con incredulidad.
―Bueno, en realidad no he buscado nada aún ―se sintió un poco avergonzada al confesarlo.
―Entiendo ―dijo finalmente. ―Entonces, ¿qué te parece si vienes a cenar a mi casa? Podemos buscar un hotel después, y si no lo encuentras, siempre puedes quedarte a dormir ―le propuso sin dudarlo.
Ana se quedó sin habla. De nuevo la había tomado por sorpresa. No era algo que ella esperara, ni algo que estuviera en su zona de confort. Debía negarse, por supuesto. Era lo correcto.
–¿Qué…? –murmuró sintiendo un nudo en la garganta.
―No tienes una mejor opción, y no quisiera que pases la noche en la calle. No te preocupes, no intentaré hacer nada extraño ―insistió con una mirada comprensiva y una sonrisa tranquilizadora.
Ana respiró hondo.
La idea de pasar la noche sola en la calle, o incluso en un hotel desconocido, le parecía peor que la idea de aceptar la invitación de Auritz. Además, la fatiga, la desesperación, la abrumadora soledad, la empujaban en otra dirección. Una que le diera un respiro, un poco de ayuda y, la amabilidad y la sinceridad de Auritz, por alguna razón, le infundieron confianza.
―Está bien ―dijo con la voz temblorosa. ―Acepto.
La luz dorada del amanecer llegó junto a Alba, que con su habitual melena rebelde ondeando al viento, entró al departamento de su hermano Auritz. Sabía que lo encontraría allí, era un lunes por la mañana y él debía estar por preparar el desayuno.Abrió la puerta y entró sin preocuparse por evitar hacer ruido, el aroma del café recién hecho llenaba el aire, y tal como sospechaba, vislumbró a Auritz en la cocina aún con el cabello revuelto y una sonrisa cálida.―¡Alba! Justo estaba preparando café. Siéntate ―él tomó otra taza para compartir con su hermana.―Gracias, Auritz. Te juro que te adoro por esto ―caminó y dejó su bolso en el recibidor. ―Mi estómago te lo agradecerá. ¿Cómo va la vida del sibarita? ―preguntó divertida, recargándose en la barra desayunadora.Auritz rodó los ojos con cariño. ―Ya sabes, sobreviviendo. ¿Cómo va la vida de la reina del queso? ―Alba sonrió, mientras negaba en varias ocasiones―Ah, ya sabes, entre brie y camembert, siempre hay tiempo para alguna aventura
Dos días después, Ana llegó a casa de sus padres más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir.Entró y vio a Fernando en la sala con expresión tranquila, aunque sus ojos se iluminaron apenas la vio.―Pensé que ibas a venir hasta el domingo ―Ana sonrió con suavidad mientras caminaba hacia él.―También yo ―su padre frunció ligeramente el ceño, como si hubiera detectado algo en su tono, pero se puso de pie para acercarse y recibir el acostumbrado abrazo.La casa olía a café recién hecho y al perfume floral que Elsa llevaba usando desde hacía años. Todo estaba exactamente igual: las fotografías sobre el mueble, el reloj antiguo en la pared, los cojines perfectamente acomodados.Por un instante, Ana sintió algo extraño en el pecho: la sensación absurda de que estaba despidiéndose incluso antes de decirlo.―¿Y mamá? ―preguntó, dejando el bolso sobre el sillón.―En la cocina ―apuntó con rapidez hacia el lugar. ―Peleándose con una receta y perdiendo miserablemente ―ambos comenzaron a cami
Un año se había escurrido como arena entre los dedos.Un año lleno de vuelos, de reencuentros furtivos, de conversaciones susurradas al oído y miradas cómplices.Auritz comenzó a viajar a México con frecuencia usando la excusa de los negocios del viñedo; y Ana, a su vez, encontraba cualquier pretexto para regresar a Valencia. Cada encuentro era un festín para el alma y un deleite para los sentidos.Las semanas se convertían en un torbellino de risas, discusiones filosóficas, paseos por la playa o la ciudad, y cenas a la luz de las velas.Una semana en la que Ana había viajado a Valencia, Auritz la invitó al viñedo familiar, que estaba rodeado de vides y del aroma embriagador del vino. Los padres de Auritz, con sus arrugas curtidas por el sol y sus ojos que transmitían una profunda calidez, la habían recibido con los brazos abiertos. Las cenas habían sido un despliegue de sabores y una danza de conversaciones.El último atardecer de su estadía en el viñedo, Ana y Auritz se alejaron de
Después de ordenar, Auritz y Ana eligieron una pequeña mesa que les daba cierta privacidad dentro del local. El ambiente estaba lleno de incomodidad, pero también de expectativas.―Valeria ha sido una amiga cercana desde hace mucho tiempo… ―bajó la vista por un segundo. ―Me di cuenta que sus sentimientos por mí se intensificaron en las últimas semanas ―sus ojos viajaron de nuevo a Ana, ―pero yo nunca he sentido lo mismo ―la intensidad de su mirada le transmitió veracidad, ―simplemente la situación se complicó, porque Valeria… ―respiró hondo ―fue un intento por llenar el vacío que dejaste con tu partida ―Auritz, a pesar del nerviosismo, le dijo la verdad… aunque no le contó de su viaje a México.Ana lo escuchó atenta, sintiendo un extraño alivio e ilusión, pero también tristeza; porque descubrir que ella era el motivo le dio esperanza, así como saber que era una relación pasajera aligeró la situación, no obstante, le dolía la idea de que él hubiera estado con alguien más. ¿Y ella?Lo m
—¿Qué te pasa? ¿Por qué estabas llorando? —su voz era suave, aunque seguía siendo firme.Ana, que sostuvo la mirada de Auritz, se sintió abrumada por la mezcla de emociones: dolor, rabia, pero también un extraño alivio. La había perseguido y se había deshecho de Valeria, eso debía significar algo.Y es que necesitaba explicaciones, necesitaba saber la verdad.—Yo… —comenzó, luchando por controlar las lágrimas —…yo te vi…Auritz asintió, como si esperara esa respuesta. —Sí, ya veo; pero, ¿por qué lloras? ¿Por qué te importa?Ana no esperaba esa pregunta. —Porque yo… yo… ―su voz se entrecortó. Luego, la verdad, como un torrente imparable, se desbordó. —Te… te estaba buscando —confesó con la voz apenas audible. El color se le subió a las mejillas, avergonzada de su propia vulnerabilidad.Auritz parpadeó desconcertado. Su vista se fijó aún más en la de Ana, buscando una explicación, una pista. —¿Me estabas buscando? —repitió sin poder creer lo que oía. Sus ojos se abrieron demasiado a cau
Necesitaba tranquilizarse, respiró hondo en repetidas ocasiones, pero la ansiedad seguía creciendo con cada paso.Continuó caminando por las calles valencianas, sintiendo la brisa cálida en su rostro. La ciudad parecía diferente, llena de posibilidades.Cuando finalmente se acercó al edificio de Auritz, lo vislumbró a unos metros de distancia, caminando despreocupadamente. El corazón le latió aún más rápido, sus ojos se abrieron un poco más y su boca se abrió ligeramente.Ahí estaba, caminando con una mujer pegada a él, agarrada de su brazo con una familiaridad que la congeló en su lugar. La mujer alta, de cabello rubio y labios pintados de rojo era Valeria.La rabia y los celos se apoderaron de ella, una sensación nueva y desconocida.¿Cómo podía estar tan tranquilo, tan normal?Ahí, en medio de la calle y con el corazón amenazando con salirse de su pecho, una ola de sorpresa y confusión la inundó. El sol se oscureció por un instante, ¿por qué estaba así con ella? Era sólo una amiga,







