FAZER LOGINAuritz sonrió, radiante.
―¡Perfecto! Entonces... ―él se levantó con su elegancia natural. ―Permíteme ―dijo extendiendo la mano para ayudarla a salir del café.
Ana aceptó su ayuda, sintiendo una extraña sensación recorrerle su cuerpo.
Auritz tomó la maleta y juntos salieron del café.
Lo había conocido la noche anterior en una batalla intelectual que había sido feroz; luego, se había quedado conversando con él en un intercambio de ideas y argumentos que la había dejado exhausta, pero curiosamente, satisfecha. Ahora, caminando por las calles adoquinadas de Valencia, bajo la luz dorada del sol de la tarde, se sentía extrañamente vulnerable.
Su maleta, rodando torpemente sobre la acera, era un recordatorio constante de su precaria situación.
—¿Y bien? —preguntó Auritz caminando a su lado con una sonrisa amable. —¿Qué te ha hecho el hotel para dejarte en la calle? No me digas que te has peleado con la recepción por la almohada.
Ana sonrió avergonzada. La almohada, aunque a veces lo merecía, no era el problema.
—No, no. Es complicado. Me han dicho que no pueden extender mi estancia por las fiestas de San Juan. Parece que están completamente llenos.
Auritz arqueó una ceja, genuinamente interesado.
—Sí, la temporada es complicada; pero, ¿eso es todo? ¿Te echan a la calle sin más? ¿No hay un poco más de historia detrás?
Ana suspiró, sintiendo el rubor subir por sus mejillas. Era difícil hablar de ello, de su situación, de la notaría, de la lentitud exasperante de los trámites.
—Verás, mi padre ha comprado un hotel hace unos meses aquí, en Valencia. Todo parecía ir bien, pero la notaría no han hecho su trabajo correctamente. El papeleo, las firmas; todo se ha retrasado. Tenía que estar aquí para firmar ayer, pero ahora necesito quedarme más tiempo. Y claro, el hotel…
Auritz detuvo su andar, mirándola con atención.
—¿Un hotel? ¿En Valencia? Vaya, eso sí que es inesperado. ¿Así que te vas a quedar por aquí una temporada larga o sólo tus padres se van a mudar?
Ana se quedó petrificada.
La idea de vivir en Valencia, de mudarse, de establecerse, no la había considerado. Su mente, siempre enfocada en los detalles prácticos, en los contratos, en las fechas límite, no había tenido tiempo para soñar.
—No, no lo había pensado —admitió, su voz apenas un susurro. —Solo quería firmar los papeles y volver a México.
Auritz asintió pareciendo comprender, entonces, ambos retomaron el paso. —Ya. Pero ahora, con este contratiempo, ¿qué vas a hacer? ¿Tienes algo planeado?
Ana negó con la cabeza. ―No exactamente ―aunque con las tragedias que estaba viviendo, no había ido a visitar el hotel que pronto pasaría a ser de su propiedad, así que tenía esa tarea pendiente.
—Bueno, al menos tienes un techo para hoy —dijo Auritz sonriendo, dándolo ya por hecho. —Y espero que mi casa sea lo suficientemente cómoda. No es un palacio, pero es habitable.
Continuaron caminando en silencio, el sonido de sus pasos resonando en la calle. Ana se sentía extrañamente aliviada. La honestidad de Auritz, su genuino interés, era un bálsamo para sus nervios.
Llegaron a un edificio de tres pisos, pintado de un color crema cálido. En la planta baja, un local con grandes ventanales de cristal y una puerta elegante, exhibía una gran variedad de botellas de vino. El aroma a uvas fermentadas flotaba en el aire, invitándola a entrar.
Al lado, una puerta de madera obscura, sin ninguna indicación, conducía a los pisos superiores. Auritz abrió dicha puerta, indicándole que pasara.
—Espera, yo subo tu maleta —se ofreció antes de que Ana pudiera siquiera protestar.
Lo vio subir la maleta con su porte elegante y su andar firme, para después observar el edificio con curiosidad. ¿Qué tipo de lugar era ese? ¿Qué clase de vida llevaba Auritz?
Subieron por una escalera recta, estrecha y silenciosa, hasta que llegaron al último piso. El único sonido había sido el de los pasos de Auritz y el suave roce de su maleta contra el piso.
—Aquí es —abrió la única puerta del piso. —Pasa, por favor.
Ana entró sintiendo una mezcla de esperanza, curiosidad y aprensión. El departamento era amplio, con techos altos y grandes ventanales que inundaban el espacio de luz. La decoración era sencilla pero elegante, con toques de madera obscura y muebles cómodos. En una esquina, una estantería repleta de libros revelaba la pasión de Auritz por la lectura.
—Es… muy bonito —admitió Ana sintiéndose impresionada.
Auritz sonrió, satisfecho.
—Es mi refugio —aceptó dejando la maleta en el recibidor. —Prepararé la cena, pero, ¿te apetece algo? ¿Un café? ¿Un vaso de agua? ¿Un poco de vino? Tengo una buena selección ―algo en la mirada de Auritz la hizo sentirse segura, protegida.
Ana asintió, sintiéndose repentinamente sedienta. —Un vaso de agua, por favor.
Auritz se dirigió a la cocina, y Ana se quedó explorando el departamento. La luz, la tranquilidad, la sensación de paz, era un contraste marcado con la agitación que había sentido en los últimos días.
El aroma a ajo y pimentón inundaba el pequeño departamento, un olor que Ana, con sus veintidós años y su licenciatura en Hotelería y Turismo, asociaba inmediatamente con la promesa de una buena comida. Tenía hambre y su estómago rugía.
Observó a Auritz moverse con gracia en la cocina, salpicando aceite sobre una paella que prometía ser espectacular y, sorprendida, se hizo consciente que estaba a merced de su hospitalidad. La situación en la que se encontraba era, cuanto menos, peculiar. Había pasado de la comodidad de un hotel a la hospitalidad inesperada de un hombre que apenas conocía.
Mientras Auritz se movía con destreza en la cocina, Ana decidió pasearse por la sala, para después explorar el estante de libros que ocupaba una pared entera.
La colección era eclécticamente impresionante, con títulos en español, inglés y francés; hasta clásicos, ensayos, novelas contemporáneas de ediciones antiguas en tapa dura. La curiosidad la impulsaba a tocar, a hojear, a sumergirse en ese universo de papel y tinta, porque era un festín para los ojos de cualquier lector voraz.
—¿Y a qué te dedicas, Auritz? —preguntó con discreción, intentando romper el hielo y demostrar que no era una simple huésped aprovechada.
La conversación no lo distrajo, él continuó moviendo el arroz. —Vendo cosas que a la gente le gusta consumir ―respondió con una sonrisa.
La respuesta imprecisa hizo que Ana detuviera su inspección, se giró intrigada a verlo con una ceja arqueada. —¿Cómo qué cosas?
—Vino. Vendo vino —finalmente contestó girándose hacia ella con una sonrisa ladeada. —Vinos exclusivos, de bodegas pequeñas, con mucha historia detrás.
La luz dorada del amanecer llegó junto a Alba, que con su habitual melena rebelde ondeando al viento, entró al departamento de su hermano Auritz. Sabía que lo encontraría allí, era un lunes por la mañana y él debía estar por preparar el desayuno.Abrió la puerta y entró sin preocuparse por evitar hacer ruido, el aroma del café recién hecho llenaba el aire, y tal como sospechaba, vislumbró a Auritz en la cocina aún con el cabello revuelto y una sonrisa cálida.―¡Alba! Justo estaba preparando café. Siéntate ―él tomó otra taza para compartir con su hermana.―Gracias, Auritz. Te juro que te adoro por esto ―caminó y dejó su bolso en el recibidor. ―Mi estómago te lo agradecerá. ¿Cómo va la vida del sibarita? ―preguntó divertida, recargándose en la barra desayunadora.Auritz rodó los ojos con cariño. ―Ya sabes, sobreviviendo. ¿Cómo va la vida de la reina del queso? ―Alba sonrió, mientras negaba en varias ocasiones―Ah, ya sabes, entre brie y camembert, siempre hay tiempo para alguna aventura
Dos días después, Ana llegó a casa de sus padres más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir.Entró y vio a Fernando en la sala con expresión tranquila, aunque sus ojos se iluminaron apenas la vio.―Pensé que ibas a venir hasta el domingo ―Ana sonrió con suavidad mientras caminaba hacia él.―También yo ―su padre frunció ligeramente el ceño, como si hubiera detectado algo en su tono, pero se puso de pie para acercarse y recibir el acostumbrado abrazo.La casa olía a café recién hecho y al perfume floral que Elsa llevaba usando desde hacía años. Todo estaba exactamente igual: las fotografías sobre el mueble, el reloj antiguo en la pared, los cojines perfectamente acomodados.Por un instante, Ana sintió algo extraño en el pecho: la sensación absurda de que estaba despidiéndose incluso antes de decirlo.―¿Y mamá? ―preguntó, dejando el bolso sobre el sillón.―En la cocina ―apuntó con rapidez hacia el lugar. ―Peleándose con una receta y perdiendo miserablemente ―ambos comenzaron a cami
Un año se había escurrido como arena entre los dedos.Un año lleno de vuelos, de reencuentros furtivos, de conversaciones susurradas al oído y miradas cómplices.Auritz comenzó a viajar a México con frecuencia usando la excusa de los negocios del viñedo; y Ana, a su vez, encontraba cualquier pretexto para regresar a Valencia. Cada encuentro era un festín para el alma y un deleite para los sentidos.Las semanas se convertían en un torbellino de risas, discusiones filosóficas, paseos por la playa o la ciudad, y cenas a la luz de las velas.Una semana en la que Ana había viajado a Valencia, Auritz la invitó al viñedo familiar, que estaba rodeado de vides y del aroma embriagador del vino. Los padres de Auritz, con sus arrugas curtidas por el sol y sus ojos que transmitían una profunda calidez, la habían recibido con los brazos abiertos. Las cenas habían sido un despliegue de sabores y una danza de conversaciones.El último atardecer de su estadía en el viñedo, Ana y Auritz se alejaron de
Después de ordenar, Auritz y Ana eligieron una pequeña mesa que les daba cierta privacidad dentro del local. El ambiente estaba lleno de incomodidad, pero también de expectativas.―Valeria ha sido una amiga cercana desde hace mucho tiempo… ―bajó la vista por un segundo. ―Me di cuenta que sus sentimientos por mí se intensificaron en las últimas semanas ―sus ojos viajaron de nuevo a Ana, ―pero yo nunca he sentido lo mismo ―la intensidad de su mirada le transmitió veracidad, ―simplemente la situación se complicó, porque Valeria… ―respiró hondo ―fue un intento por llenar el vacío que dejaste con tu partida ―Auritz, a pesar del nerviosismo, le dijo la verdad… aunque no le contó de su viaje a México.Ana lo escuchó atenta, sintiendo un extraño alivio e ilusión, pero también tristeza; porque descubrir que ella era el motivo le dio esperanza, así como saber que era una relación pasajera aligeró la situación, no obstante, le dolía la idea de que él hubiera estado con alguien más. ¿Y ella?Lo m
—¿Qué te pasa? ¿Por qué estabas llorando? —su voz era suave, aunque seguía siendo firme.Ana, que sostuvo la mirada de Auritz, se sintió abrumada por la mezcla de emociones: dolor, rabia, pero también un extraño alivio. La había perseguido y se había deshecho de Valeria, eso debía significar algo.Y es que necesitaba explicaciones, necesitaba saber la verdad.—Yo… —comenzó, luchando por controlar las lágrimas —…yo te vi…Auritz asintió, como si esperara esa respuesta. —Sí, ya veo; pero, ¿por qué lloras? ¿Por qué te importa?Ana no esperaba esa pregunta. —Porque yo… yo… ―su voz se entrecortó. Luego, la verdad, como un torrente imparable, se desbordó. —Te… te estaba buscando —confesó con la voz apenas audible. El color se le subió a las mejillas, avergonzada de su propia vulnerabilidad.Auritz parpadeó desconcertado. Su vista se fijó aún más en la de Ana, buscando una explicación, una pista. —¿Me estabas buscando? —repitió sin poder creer lo que oía. Sus ojos se abrieron demasiado a cau
Necesitaba tranquilizarse, respiró hondo en repetidas ocasiones, pero la ansiedad seguía creciendo con cada paso.Continuó caminando por las calles valencianas, sintiendo la brisa cálida en su rostro. La ciudad parecía diferente, llena de posibilidades.Cuando finalmente se acercó al edificio de Auritz, lo vislumbró a unos metros de distancia, caminando despreocupadamente. El corazón le latió aún más rápido, sus ojos se abrieron un poco más y su boca se abrió ligeramente.Ahí estaba, caminando con una mujer pegada a él, agarrada de su brazo con una familiaridad que la congeló en su lugar. La mujer alta, de cabello rubio y labios pintados de rojo era Valeria.La rabia y los celos se apoderaron de ella, una sensación nueva y desconocida.¿Cómo podía estar tan tranquilo, tan normal?Ahí, en medio de la calle y con el corazón amenazando con salirse de su pecho, una ola de sorpresa y confusión la inundó. El sol se oscureció por un instante, ¿por qué estaba así con ella? Era sólo una amiga,







