Se connecter«Devuélveme el anillo. Mi nueva prometida ocupará tu lugar», fueron las palabras de Dereck al regresar tras dos años de abandono. Dos años atrás, en su noche de compromiso, Dereck la tomó con crueldad bajo los efectos del alcohol para después despreciar su cuerpo curvy y marcharse al extranjero. Alessia canalizó su dolor en transformarse: aceptó sus curvas con orgullo y pulió su mente como auditora. Pero cuando Dereck regresa de la mano de una supermodelo Barbie, Alessia le arroja el anillo a la cara y huye a un bar. Buscando ahogar su despecho, se entrega a una noche de pasión salvaje con un hombre de aspecto peligroso y atractivo al que confunde con un gigoló de élite. Lo que Alessia no sospecha es que, a la mañana siguiente, Dereck la chantajeará con una cláusula contractual para obligarla a casarse por dos años mientras exhibe a su amante. Pero la verdadera pesadilla comienza en la cena familiar: el ardiente "gigoló" de esa noche cruza la puerta vistiendo un traje multimillonario. Su nombre es Aidan Thorne, el poderoso hermano mayor de su prometido, el heredero de la dinastía... y el padre del bebé que acaba de empezar a crecer en su vientre
Voir plusAlessia
Sostengo el borde del lavabo de mármol con los dedos temblorosos, sintiendo cómo el estómago se me revuelve en una ola helada de náuseas.
Y no, esta vez no se debe a mi odio por mi físico, mi peso o dsas curvas demasiado grandes que han vuelto la burla de todos. Y que me pusieron justo en esta situación… Esta vez se debe al pequeño palito que tengo en la mano y que me mira como si se estuviera burlando de mis desgracias.
Todo es por la prueba de embarazo depositada sobre el tocador de la suite, dos líneas rojas efervescentes brillan con la crueldad de una sentencia de muerte.
Estoy embarazada.
Un escalofrío de pánico me recorre la columna, quemándome las entrañas. Fuera de este baño, en el gran salón de la mansión, la música clásica resuena entre copas de cristal y risas de la alta sociedad. Todos celebran el anuncio oficial de mi boda con Dereck Vance, el hombre que me ha despreciado durante años y que ahora me chantajea para salvar el imperio de mi padre.
Pero el bebé que crece dentro de mí no es de mi prometido.
Cierro los ojos, tratando de sofocar el recuerdo de aquella noche de borrachera y venganza en el bar; una noche de fuego devorador en los brazos de un desconocido al que creí un acompañante pago. Un hombre que me tomó con una devoción salvaje, venerando cada una de mis curvas demasiado grandes, esas que otros siempre han repudiado, que yo misma he odiado, como si fuera su única religión.
Me miro al espejo y trato de ver lo que el salvaje vio en mí esa noche, pero no lo consigo, veo el escote de mi vestido esmeralda y solo puedo v er como mis pechos demasiado grandes cadi se salen, como mis caderas sobresalen haciendo que mi cintura se vea demasiado pequeña todas mis otras curvas demasiado grandes… trago saliva ya aparto la mirada.
No puedo seguir viendo. Tengo que salir ahí fuera y actuar como la prometida perfecta.
Abro la puerta del baño y me adentro en el vestíbulo. Sin embargo, no alcanzo a dar tres pasos cuando una sombra imponente se interpone en mi camino, bloqueándome el paso con una presencia cargada de peligro y opulencia.
Alzo la mirada y el corazón se me detiene en el pecho.
Es él. El hombre del bar. Mi salvaje… digo, EL salvaje, porque no es mio.
Lleva un traje de tres piezas hecho a la medida que enmarca sus hombros anchos, y esos mismos ojos oscuros y penetrantes con los que me miró en la penumbra de la suite me observan ahora con un magnetismo dominante.
—¿Te sientes bien, preciosa? —pregunta con esa voz grave y aterciopelada que me eriza la piel, bajando la mirada apenas un segundo hacia mi vientre.
—Tú... ¿qué haces aquí? —susurro, sintiendo que el aire se me escapa de los pulmones—. Si Dereck te ve...
Una sonrisa ladina, lenta y peligrosamente sexy se dibuja en sus labios. Da un paso hacia mí, acorralándome contra la pared sutilmente, y se inclina hasta que su aliento a madera y ámbar me roza la oreja.
—Tranquila. Mi hermano menor está demasiado ocupado presumiendo a su nueva amante como para notar que la mujer que lleva su anillo aún huele a mí.
Trago en seco mientras el mundo se desmorona bajo mis pies. El gigoló al que le entreguémi cuerpo en una noche de despecho... es Aidan Thorne. El hermano mayor de mi prometido, el heredero principal de la dinastía y el verdadero dueño de mi destino.
AlessiaViste un traje de tres piezas perfectamente entallado que remarca sus hombros anchos y su figura imponente. Al verme, sus labios se curvan en una sonrisa lenta y sus ojos oscuros me detallan sin el menor pudor, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, desde mis tacones hasta mi rostro.—Bienvenida, preciosa —saluda con una voz terciopelo que me hace temblar la rodilla.Salgo del ascensor sintiendo que las piernas se me han convertido en pura gelatina. Intento mantener la compostura.—No tenías que bajar a esperarme aquí —digo, acomodándome la tira del bolso.—Oh, pero soy todo un caballero —responde, dando un paso hacia mí con elegancia descarada.No puedo evitar dejar escapar un resoplo cargado de sarcasmo.—Sí, claro.Aiden eleva una ceja, divertido por mi actitud.—¿Es acaso una queja eso que acabo de oír? Pensé que había sido todo un caballero contigo la noche que nos conocimos... consiguiendo que te corrieras tres veces antes de...—¡Detente! —lo interrumpo en un grito s
AlessiaEl pulso me retumba en los oídos con la violencia de un tambor de guerra. Sostengo el teléfono contra mi oreja con tanta fuerza que me duelen los nudillos, mientras el eco de su voz grave y dominante todavía vibra en el aire de mi pequeña habitación.—Estaba esperando tu llamada, preciosa.Trago saliva con dificultad, sintiendo que la garganta se me seca por completo. Intento recomponer la postura y disimular el temblor de mi voz, aunque sé que con él es una batalla perdida.—¿C-cómo sabías que iba a llamar? —pregunto, apretando los párpados con frustración por haberme delatado con ese maldito tartamudeo.—Simplemente lo sabía —responde Aiden con una seguridad tan aplastante que me eriza los vellos del cuello.—Eso no tiene ningún sentido —murmuro, buscando desesperadamente un hilo de lógica al cual aferrarme.Al otro lado de la línea se escucha una risa baja, grave y profundamente sensual que me recorre la espina dorsal como una descarga eléctrica.—¿Estás acaso ganando tiemp
Humillado frente a toda la junta directiva, Derek aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cara tiemblan. Con movimientos rígidos y torpes, arrastra la silla y se deja caer en ella, echando chispas por los ojos.Recorro la mesa con la mirada, examinando cada rostro tenso, cada respiración contenida. Es momento de marcar la cancha y dejar claro quién tiene las riendas del imperio Thorne.—Para quienes no me conocen o creyeron que estaba muerto —empiezo a hablar, apoyando la espalda contra el respaldo y proyectando una voz que emana autoridad pura—, soy Aiden Thorne. El primogénito de la dinastía Thorne y el legítimo presidente de esta empresa.Hago una pausa para medir el impacto. Nadie parpadea.—Las cosas van a cambiar radicalmente de ahora en adelante —prosigo, fijando la vista en los directores de finanzas y operaciones—. Voy a revisar minuciosamente el trabajo de cada uno de ustedes, los resultados de sus áreas y, sobre todo, la administración contable. Me gust
AidenAcomodo los gemelos de mis mangas mientras camino a paso firme por el pasillo del piso ejecutivo. A apenas un metro detrás de mí, los pasos pesados y acelerados de Derek retumban contra el piso de porcelanato. Puedo sentir su furia caliente soplándome en la nuca, esa rabia ciega de quien ve cómo se le desmorona un imperio que nunca le perteneció por derecho.Me detengo un segundo frente a las puertas dobles de madera noble que conducen a la sala de juntas. Me ajusto la chaqueta del traje, esbozo una sonrisa fría y empujo la puerta con absoluta parsimonia.Al entrar, la conversación sofocada que mantenían los doce gerentes de área se corta de golpe. El silencio que se instala en la estancia es instantáneo, pesado y sofocante. Uno a uno, todos los directores se ponen de pie de forma casi instintiva, cruzando miradas nerviosas entre sí y alternando la vista entre mi figura erguida y la cara desencajada de Derek, que entra pisándome los talones como un perro rabioso. No saben a quié






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