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Capítulo 3

Autor: Katia Parra
last update Fecha de publicación: 2026-05-20 07:04:28

Liliana

—¡Esto tiene que ser una maldita broma! —digo cuando veo al idiota ricachón.

—Liliana Margarita —el hombre se asombra al escuchar a mi padre retarme —. Ese no es un vocabulario adecuado para una señorita de clase como tu —miro a mi hermanita y luego al hombre trajeado y se que sucede algo bastante malo —. Discúlpate con el Sr. Fernández por favor —levanto una ceja.

El imbécil me llama irresponsable en plena vía y soy yo quien debo disculparme. Ironías de la vida ¿verdad? No tengo idea de lo que sucede, pero sospecho que en este preciso momento lo voy a saber y definitivamente no me va a gustar. Sin embargo, sonrío lo mas falso que puedo y guardo la compostura. Lucho a diario con personas que como el sujeto frente a mi compran todo con su cochino dinero y sus hijos son un desastre.

Tristes. Solitarios. Rotos por dentro.

—Me disculpo con usted, caballero —miro a mi padre con expresión seria.

No sin dejarle claro que no entiendo nadade esto. Tampoco que es lo que tiene que ver este tipo con Luciana y por que no fue a clases hoy.

—Aceptadas las disculpas Srta. Buendía —sonríe como si se hubiese ganado la lotería y yo sigo esperando que alguien me explique lo que sucede aquí —. Como verá mi socio y yo tenemos un leve conflicto de intereses, represento a la empresa que es de su familia y bueno, lamentablemente los números en los últimos seis meses han bajado considerablemente —lo dice como si me interesara. Miro a mi padre de nuevo.

—Y ¿esto que tiene que ver con mi hermana y conmigo?

—¡Oh no, no su hermana no es la adecuada para lo que quiero! —¿qué? —. Es con usted, si me permite que necesito negociar —lo miro como si fuese un pequeño gusanito en la hoja del gran árbol del jardín de Infancia.

—¡No!

—¿Disculpe?

—Lo que sea… no. No tengo intención de negociar con usted, ni con nadie porque yo soy maestra de jardín y atiendo a niños entre tres y cinco o seis años, no soy administradora, en todo caso es algo que debe hacer con mi padre por ser el dueño de la empresa —miro a mi padre que cubre su rostro con la mano —. Con todo respeto —digo para suavizar la situación que ya me tiene los pelos de punta.

El hombre aprieta los puños. Soy buena observando, desde aquí pudo ver perfectamente su tic nervioso en la mandíbula, cierra los ojos y toma una gran bocanada de aire para tranquilizarse porque al parecer es otro megalómano, misógino y presumido que odia le lleven la contraria.

—Arturo…

—Si Sr. Fernández —mi padre parece un sirviente.

Ya me hartó con su “si, señor. No señor”, pero cuando voy a intervenir soy interrumpida por una voz temblorosa, cortante y que evidentemente lucha por contenerse.

—¿Sería usted tan amable de dejarme a solas con Liliana Margarita? —no me quita la mirada de encima.

—Pero Sr. Fernández déjeme hablar con la niña por favor…

—¡Ahora!

Doy un respingo. Mi padre sale casi corriendo de la sala, arrastrando a Luciana del brazo. Ella va pataleando y volteando la cabeza, muriéndose por quedarse a enterarse del chisme, pero mi papá tiene una cara de terror que da lástima. Verlo humillarse así, tragándose el orgullo y corriendo como un cachorrito regañado ante el grito de este tipo, me revuelve el estómago. Siento una mezcla de rabia y una vergüenza ajena que me quema por dentro. Me quedo sola en el ojo del huracán, pero ni loca voy a salir corriendo como ellos.

—Muy bien —doy unos pasos hacia atrás sentándome elegantemente en una de las lujosas sillas que se encuentran alrededor de la mesa de lo que imagino es la sala de juntas —. Usted dirá Sr. Fernández.

El silencio que se traga la enorme oficina es asfixiante, de esos que te tapan los oídos. El ambiente huele a madera cara, a alfombra millonaria y a ese perfume de hombre imponente que el hombre usa como si fuera su marca registrada para marcar territorio. Me clava esos ojos oscuros que parecen un par de pozos de noche, escaneándome la cara milímetro a milímetro, como si estuviera buscando dónde tengo un defecto o leyendo las cláusulas de uno de sus malditos contratos. Es un tipo guapísimo, no se puede negar, pero tiene un porte de rey escandaloso y pomposo que me cae bastante mal. Se nota a leguas que está acostumbrado a que la gente deje de respirar cuando él pasa por el frente. Pero conmigo se equivocó porque no le temo a nada.

—¿Qué edad tiene? —pestañeo muchas veces...

Me mira por un momento mas largo de lo que me habría gustado. Sus ojos oscuros son como un par de pozos de noche. No se puede negar el atractivo que tiene el cual se ve eclipsado por su porte de rey escandaloso y pomposo.

—¿Qué edad tiene? —pestañeo muchas veces, quizás mas de la cuenta ya que aprieta los labios, inconforme.

—Veinticinco ¿Qué?

—Es maestra de jardín, dijo —dice cortante.

—Así es, pero…

—¿Quiere callarse y dejar de interrumpirme, maldita sea?

—¡No me grite, grosero! Necesito saber que hago aquí porque no entiendo una m****a y usted gasta mi valioso tiempo en preguntas banales y vacías ¡qué no me interesan para nada! —respira como un toro.

Se gira aparentemente exasperado, con muchas mas ganas de gritar, pero no lo hace. Contrario a ello parece que cuenta o dice algo como una oración.

—Lo… siento —se que es mentira, pero al menos se está esforzando —¿le molestaría no interrumpirme por favor? Tengo un punto y una propuesta que hacerle —su voz tiembla. Esta verdaderamente molesto o urgido.

—Bien, continue —cruzo una pierna sobre la otra a nivel de la rodilla. Fernández sigue atentamente el movimiento.

—Tengo una niña de cinco años incontrolable y necesito… necesito una esposa —quedo paralizada.

¿Una qué? El cerebro se me detiene por un segundo. Por mi mente pasan mil cosas: pensé que el hombre me iba a ofrecer un puesto de niñera bilingüe, una tutoría privada de esas que pagan los ricos o un trabajo en la fundación de su empresa.

Pero ¿esposa?

—¿En serio? —respondo sin siquiera parpadear —. Usted tiene que estar completamente desquiciado.

Siento cómo la sangre me sube a las mejillas de golpe y el corazón me empieza a mandar alertas de que esto está muy, pero muy mal. No soy mercancía que se ofrece en una sala de juntas.

—Y usted es la correcta y ahora que sé que es maestra de jardín mucho más…

—No —me levanto de la silla con un impulso que casi me hace desplomarme en el piso.

—Siéntese en la maldita silla, Liliana Margarita.

—No.

—¡Que se siente! —se acerca peligrosamente y doy dos pasos hacia atrás —¿Por qué m****a no obedece?

—¡Porque usted no es mi padre!

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