FAZER LOGINLiliana
—¡Esto tiene que ser una maldita broma! —digo cuando veo al idiota ricachón.
—Liliana Margarita —el hombre se asombra al escuchar a mi padre retarme —. Ese no es un vocabulario adecuado para una señorita de clase como tu —miro a mi hermanita y luego al hombre trajeado y se que sucede algo bastante malo —. Discúlpate con el Sr. Fernández por favor —levanto una ceja.
El imbécil me llama irresponsable en plena vía y soy yo quien debo disculparme. Ironías de la vida ¿verdad? No tengo idea de lo que sucede, pero sospecho que en este preciso momento lo voy a saber y definitivamente no me va a gustar. Sin embargo, sonrío lo mas falso que puedo y guardo la compostura. Lucho a diario con personas que como el sujeto frente a mi compran todo con su cochino dinero y sus hijos son un desastre.
Tristes. Solitarios. Rotos por dentro.
—Me disculpo con usted, caballero —miro a mi padre con expresión seria.
No sin dejarle claro que no entiendo nadade esto. Tampoco que es lo que tiene que ver este tipo con Luciana y por que no fue a clases hoy.
—Aceptadas las disculpas Srta. Buendía —sonríe como si se hubiese ganado la lotería y yo sigo esperando que alguien me explique lo que sucede aquí —. Como verá mi socio y yo tenemos un leve conflicto de intereses, represento a la empresa que es de su familia y bueno, lamentablemente los números en los últimos seis meses han bajado considerablemente —lo dice como si me interesara. Miro a mi padre de nuevo.
—Y ¿esto que tiene que ver con mi hermana y conmigo?
—¡Oh no, no su hermana no es la adecuada para lo que quiero! —¿qué? —. Es con usted, si me permite que necesito negociar —lo miro como si fuese un pequeño gusanito en la hoja del gran árbol del jardín de Infancia.
—¡No!
—¿Disculpe?
—Lo que sea… no. No tengo intención de negociar con usted, ni con nadie porque yo soy maestra de jardín y atiendo a niños entre tres y cinco o seis años, no soy administradora, en todo caso es algo que debe hacer con mi padre por ser el dueño de la empresa —miro a mi padre que cubre su rostro con la mano —. Con todo respeto —digo para suavizar la situación que ya me tiene los pelos de punta.
El hombre aprieta los puños. Soy buena observando, desde aquí pudo ver perfectamente su tic nervioso en la mandíbula, cierra los ojos y toma una gran bocanada de aire para tranquilizarse porque al parecer es otro megalómano, misógino y presumido que odia le lleven la contraria.
—Arturo…
—Si Sr. Fernández —mi padre parece un sirviente.
Ya me hartó con su “si, señor. No señor”, pero cuando voy a intervenir soy interrumpida por una voz temblorosa, cortante y que evidentemente lucha por contenerse.
—¿Sería usted tan amable de dejarme a solas con Liliana Margarita? —no me quita la mirada de encima.
—Pero Sr. Fernández déjeme hablar con la niña por favor…
—¡Ahora!
Doy un respingo. Mi padre sale casi corriendo de la sala, arrastrando a Luciana del brazo. Ella va pataleando y volteando la cabeza, muriéndose por quedarse a enterarse del chisme, pero mi papá tiene una cara de terror que da lástima. Verlo humillarse así, tragándose el orgullo y corriendo como un cachorrito regañado ante el grito de este tipo, me revuelve el estómago. Siento una mezcla de rabia y una vergüenza ajena que me quema por dentro. Me quedo sola en el ojo del huracán, pero ni loca voy a salir corriendo como ellos.
—Muy bien —doy unos pasos hacia atrás sentándome elegantemente en una de las lujosas sillas que se encuentran alrededor de la mesa de lo que imagino es la sala de juntas —. Usted dirá Sr. Fernández.
El silencio que se traga la enorme oficina es asfixiante, de esos que te tapan los oídos. El ambiente huele a madera cara, a alfombra millonaria y a ese perfume de hombre imponente que el hombre usa como si fuera su marca registrada para marcar territorio. Me clava esos ojos oscuros que parecen un par de pozos de noche, escaneándome la cara milímetro a milímetro, como si estuviera buscando dónde tengo un defecto o leyendo las cláusulas de uno de sus malditos contratos. Es un tipo guapísimo, no se puede negar, pero tiene un porte de rey escandaloso y pomposo que me cae bastante mal. Se nota a leguas que está acostumbrado a que la gente deje de respirar cuando él pasa por el frente. Pero conmigo se equivocó porque no le temo a nada.
—¿Qué edad tiene? —pestañeo muchas veces...
Me mira por un momento mas largo de lo que me habría gustado. Sus ojos oscuros son como un par de pozos de noche. No se puede negar el atractivo que tiene el cual se ve eclipsado por su porte de rey escandaloso y pomposo.
—¿Qué edad tiene? —pestañeo muchas veces, quizás mas de la cuenta ya que aprieta los labios, inconforme.
—Veinticinco ¿Qué?
—Es maestra de jardín, dijo —dice cortante.
—Así es, pero…
—¿Quiere callarse y dejar de interrumpirme, maldita sea?
—¡No me grite, grosero! Necesito saber que hago aquí porque no entiendo una m****a y usted gasta mi valioso tiempo en preguntas banales y vacías ¡qué no me interesan para nada! —respira como un toro.
Se gira aparentemente exasperado, con muchas mas ganas de gritar, pero no lo hace. Contrario a ello parece que cuenta o dice algo como una oración.
—Lo… siento —se que es mentira, pero al menos se está esforzando —¿le molestaría no interrumpirme por favor? Tengo un punto y una propuesta que hacerle —su voz tiembla. Esta verdaderamente molesto o urgido.
—Bien, continue —cruzo una pierna sobre la otra a nivel de la rodilla. Fernández sigue atentamente el movimiento.
—Tengo una niña de cinco años incontrolable y necesito… necesito una esposa —quedo paralizada.
¿Una qué? El cerebro se me detiene por un segundo. Por mi mente pasan mil cosas: pensé que el hombre me iba a ofrecer un puesto de niñera bilingüe, una tutoría privada de esas que pagan los ricos o un trabajo en la fundación de su empresa.
Pero ¿esposa?
—¿En serio? —respondo sin siquiera parpadear —. Usted tiene que estar completamente desquiciado.
Siento cómo la sangre me sube a las mejillas de golpe y el corazón me empieza a mandar alertas de que esto está muy, pero muy mal. No soy mercancía que se ofrece en una sala de juntas.
—Y usted es la correcta y ahora que sé que es maestra de jardín mucho más…
—No —me levanto de la silla con un impulso que casi me hace desplomarme en el piso.
—Siéntese en la maldita silla, Liliana Margarita.
—No.
—¡Que se siente! —se acerca peligrosamente y doy dos pasos hacia atrás —¿Por qué m****a no obedece?
—¡Porque usted no es mi padre!
LorenzoEl sol de la tarde entra a través de los ventanales del gran salón de nuestra residencia de verano. Observo el jardín a través del cristal mientras disfruto de un vaso de whisky en mano.A lo lejos, en el césped, Giacomo camina supervisando la seguridad con la disciplina de siempre, aunque ahora sonríe al ver a María de los Ángeles, que a sus nueve años monta a su propio caballo con una elegancia, destreza y firmeza heredadas por completo de Liliana. Ver a mi primogénita cabalgar sin un solo temor, libre y sabiéndose plenamente amada y protegida, es el triunfo más grande de mi vida.Unas risas agudas y juguetonas retumban por los pasillos de mármol de la casa.—¡Mateo, devuelve eso ahora mismo! —grita la voz firme pero risueña de Liliana desde el pasillo.Me giro a tiempo para ver al pequeño Mateo, de tres años, corriendo a toda velocidad con el maletín de cuero de su madre en los brazos, seguido de cerca por su hermana Sofía, quien intenta quitarle una carpeta de documentos.
LilianaEl aroma a jazmines y rosas blancas inunda los jardines de la mansión. La tarde veraniega de Madrid tiñe el cielo de tonos dorados y rojizos. Me encuentro frente al espejo de mi tocador, observando mi reflejo. Llevo un vestido de novia de corte sirena en tono marfil, de hombros caídos y encaje delicado que abraza cada curva de mi cuerpo, rematado con una cola sobria y elegante.Ya no hay angustia en mis ojos. No hay mentiras que ocultar ni miedos que atenacen mi pecho.—Estás absolutamente deslumbrante, mi niña —la voz de Hortensia me saca de mis pensamientos. Viene entrando con una bandeja donde reposan las alianzas de oro blanco.—Gracias, Hortensia. Por estar siempre, por cuidar de esta casa en los peores momentos —le digo, tomando sus manos con afecto.—El mérito es suyo, señora Liliana. Usted trajo la luz de vuelta a la vida de Don Lorenzo —sonríe con sincera devoción.La puerta se abre de nuevo y entra Elena, luciendo un vestido verde esmeralda impecable, sosteniendo de
LilianaEl sol apenas comienza a despuntar sobre la Estación del Arte en el centro de Madrid. Alejandro camina a nuestro lado en el vestíbulo semivacío, sosteniendo un maletín de piel mientras Lorenzo mantiene un brazo firme alrededor de mis hombros.—El procedimiento que vamos a seguir debe ser impecable, Liliana —advierte Alejandro en tono bajo, deteniéndose frente a la hilera de casilleros metálicos—. La entrega voluntaria mediante documento notariado y las actas de nacimiento originales facilitan la guarda y custodia provisional de urgencia, pero la Fiscalía de Menores debe revisar la autenticidad de cada documento antes de iniciar el expediente de adopción formal.—Lo sé, Alejandro —respondo ajustándome el abrigo—. Queremos que todo sea inexpugnable. Ningún vacío legal, ninguna rendija por la que alguien pueda cuestionar la llegada de estos niños a nuestra casa.Lorenzo saca la pequeña llave metálica que venía adjunta en la nota y la introduce en la cerradura del casillero número
LilianaEl silencio de la mansión por la noche ya no pesa; se siente como un refugio. Después de haber dejado a María de los Ángeles dormida plácidamente en su habitación, Lorenzo me toma de la mano sin decir una sola palabra y me guía hacia el jardín trasero.El camino de piedra está iluminado por pequeñas luces cálidas que conducen hasta la pérgola. Sobre la mesa de teca hay dos copas de vino tinto y un pequeño estuche de terciopelo negro sobre un lecho de pétalos blancos.—¿Qué es todo esto, Lorenzo? —pregunto con una sonrisa suave, sintiendo cómo el corazón me da un vuelco en el pecho.Lorenzo se posiciona frente a mí. Se ajusta la camisa blanca con la mano vendada, mirándome con una devoción tan limpia, tan despojada de sombras y secretos, que siento que me vuelvo a enamorar como el primer día. Toma la cajita de terciopelo y la abre lentamente, revelando una sortija de platino con un diamante en corte esmeralda que destella bajo la luz de la luna.—Cuando nos casamos por la iglesi
LilianaEl olor característico a desinfectante y el pitido rítmico de los monitores nos reciben en la Unidad de Cuidados Intensivos. Aunque la batalla en los tribunales ha terminado con una victoria aplastante, mi corazón no encuentra la paz absoluta hasta no ver con mis propios ojos la recuperación del hombre que arriesgó su vida para salvarme en el asfalto.Lorenzo camina a mi lado, sujetándome con firmeza de la cintura. Su mano derecha aún lleva el vendaje protector, pero en su rostro ya no queda ni un solo rastro de la desesperación helada de los días anteriores.En la penumbra de la habitación de aislamiento, la figura masiva de Giacomo yace sobre la cama articulada. Las gasas que cubrían la mayor parte de su cabeza han sido retiradas, dejando ver la cicatriz que le cruza el cuero cabelludo hasta la sien. Cuando nos aproximamos al borde de la cama, los párpados pesados del italiano se mueven lentamente hasta abrirse. Sus ojos oscuros, habitualmente alertas y serios, nos enfocan c
LilianaEl mármol del Juzgado de Familia de Madrid está tan frío como el ambiente en la sala de audiencias. El silencio dentro del recinto resulta abrumador, interrumpido únicamente por el leve roce de los expedientes al acomodarse sobre las mesas de la fiscalía y la defensa.A mi lado, Lorenzo viste un traje impecable color noche. Mantiene la espalda erguida, la mandíbula apretada y la mano vendada descansando sobria sobre la madera. Puedo sentir la firmeza de su determinación, pero también la tensión palpitante de un padre que sabe que en las próximas dos horas se decide el destino y la tranquilidad de su hija.Al otro lado del pasillo central, Mariela Morales viste de un todo gris ceniza, sin maquillaje y con la postura calculada de quien intenta proyectar fragilidad. Sin embargo, tras la detención de Basilio Gallardo y la filtración masiva de las verdaderas pruebas en los medios, sus ojos reflejan acorralamiento y desesperación.El juez de familia, un hombre de sienes plateadas y







