INICIAR SESIÓNLorenzo
—¡Sé perfectamente que no lo soy! —grito completamente exasperado a poco de perder el control—. ¡Que Dios me libre de tener una hija como usted! No entiendo por qué m****a todas las mujeres deben pronunciar las mismas palabras ¡estoy harto, maldita sea!
No me había dado cuenta de que tenía los ojos cerrados. Pero al abrirlos, la veo con una mala cara monumental y pegada a la pared del otro extremo de la sala. Parece que no le gustan los gritos ¡bien, que sea para que me obedezca!
Su pecho sube y baja rápidamente por la agitación, pero esos ojos verdes suyos no bajan la guardia; me sostienen la mirada con un descaro que ningún hombre en mi junta de accionistas se atrevería a sostener. Esta mujer tiene gallas, tengo que admitirlo, pero en mi mundo las agallas no pagan las deudas pendientes.
Exhalo una larga bocanada de aire, obligándome a recuperar la cordura. Me acomodo los gemelos de la camisa, aliso las solapas de mi traje y camino con parsimonia hacia la cabecera de la mesa de juntas. El pánico de hace unos días con María de los Ángeles no va a repetirse aquí. Yo controlo este sitio.
Estos son mis dominios.
—Siéntese, señorita Buendía —digo, usando mi voz más fría y corporativa, esa que hace temblar a mis rivales—. Se nos acabó el tiempo de los berrinches.
Ella camina despacio, arrastrando los pies con desconfianza, y se sienta en el borde de la silla, como lista para salir corriendo en cualquier segundo.
Abro la carpeta de piel negra que tengo sobre la mesa y deslizo los estados financieros de la empresa de su padre hacia ella. Su mirada detecta los números rojos, es demasiado inteligente para no darse cuenta que están en la ruina. Noto el momento exacto en el que su rostro pierde el color por segunda vez, hoy.
—¿Qué? ¿qué es esto? No —su voz es un gemido —. No entiendo por que me ensena esto —su voz se apaga poco a poco.
Bien, tengo su atención.
—No soy su padre, Liliana —le suelto sin una gota de anestesia—. Soy el hombre que compró pagaré por pagaré cada una de las deudas de su familia. Su padre está en la quiebra absoluta. Si yo quiero, mañana mismo firmo el documento que lo envía a prisión por fraude y los deja a usted, a él y a su hermanita durmiendo en una plaza de Madrid.
Liliana abre la boca para protestar, pero las palabras se le atoran en la garganta. La verdad le acaba de dar un golpe limpio en la mandíbula. Ya no soy el "ricachón idiota"; ahora sabe perfectamente el tamaño del monstruo que tiene enfrente.
—Esto, no puede ser —lee y escucha al mismo tiempo.
—Usted me llamó ¿cómo fue la palabra? “idiota suntuoso” —continúo, apoyando los codos en la mesa —. Quizás lo sea. Pero también soy un hombre práctico. No quiero el dinero de su padre porque sé que no lo tiene. Quiero una garantía. Y la garantía es usted.
—Una garantía, es… es una locura ¿no lo entiende? —sonrío negando con la cabeza.
Deslizo un documento de diez páginas engrapadas. El contrato de matrimonio.
—Un año —sentencio—. Vivirá conmigo en mi casa de La Finca. Será la madre perfecta ante el juez de familia y se encargará de domar el caos que tengo por hija. A cambio, el día que se firme el divorcio, la deuda de su padre se borra del mapa y él recupera su empresa. Nada de lazos, nada de romance, nada de corazones rotos. Un simple negocio.
—Y ¿mientras tanto? Mi padre será su perro faldero ¿verdad? —exhalo el aire con fastidio.
—No. Su padre puede tranquilamente gerenciar su empresa. No me interesa administrar mas que lo mío —resoplo —. Me interesa usted porque hay una audiencia en tres meses que estudiaremos juntos, ese será el primer round.
—Entonces si ganamos la audiencia quiero que le devuelva la empresa a mi padre —levanta el mentón y sonrío.
Me levanto y rodeo la esquina de la mesa que nos separa, acortando la distancia entre los dos hasta invadir por completo su espacio personal. El olor de su perfume floral se mezcla con el mío. Le tiendo un bolígrafo que lleva grabadas mis iniciales en oro, mirándola fijamente a esos ojos verdes que ahora brillan con una mezcla de odio puro y lágrimas contenidas que se niega a soltar.
—¡Hecho! Es usted una excelente negociante Liliana Margarita, pero ahora está en juego el bienestar de su familia o ¿va a preferir su libertad? Usted decide —mira el bolígrafo como si estuviera prendido en fuego, pero lo arrebata de mi mano.
Le tiembla la suya. Lo veo. Veo cómo traga grueso, cómo mira el papel como si fuera su sentencia de muerte, pero el amor por los suyos es más grande que su orgullo. Toma el bolígrafo con los dedos rígidos y estampa su firma en la última línea.
Le quito el documento de las manos de inmediato, soplando la tinta fresca mientras una sonrisa de medio lado, cargada de cinismo, se dibuja en mis labios mientras le extiendo el Convenio de discreción, necesito su silencio porque debemos parecer la pareja perfecta para el mundo y la boda debe ser por todo lo alto.
—Felicidades, futura señora Fernández. Bienvenida al infierno. Prepare sus maletas, nos casamos mañana.
LorenzoLa veo caer de espaldas encima de los cojines y suelto una carcajada que contagia al instante a mi hija que viene corriendo con el cuento de que la inscriba en el colegio porque se lo prometí.¿Lo hice anoche en verdad?Bueno, la realidad es que como no lo recuerdo no puedo refutarle absolutamente nada. La veo llegar uy pone los brazos en jarra al escuchar las últimas palabras de Liliana. Me mira con carita asombrada y yo me encojo de hombros sin decir nada para que sepa que… no sé nada.—¡Cosquillas! —grita María de los Ángeles y Liliana abre un ojo.María de los Ángeles se lanza encima de Liliana y a esta no le da tiempo a voltearse o por lo menos retirarse. La niña comienza a hacerle cosquillas y parece que la susodicha es bastante cosquilluda porque grita se retuerce y se ríe a carcajada limpia cuando la cría se ensaña en contra de sus costillas.—¡Basta! —se retuerce un poco más y yo disfruto del espectáculo como un acosador mirándole las piernas ¡uf! —. María de los Ánge
LilianaLa cabeza me retumba como si me estuvieran clavando un martillo directamente en la frente. Siento la boca seca, como si hubiera tragado arena de playa, y cada músculo del cuerpo me pesa toneladas. Pero todo el malestar físico se pasa a un segundo plano cuando enfoco la mirada y encuentro a Lorenzo sentado a mi lado.Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, apoyados en las rodillas, y me mira con una intensidad que me eriza la piel. No hay burla en su rostro, tampoco enojo. Hay una seriedad profunda, curiosa, cargada de una preocupación que me descoloca.Trato de incorporarme rápidamente, pero el techo me da tres vueltas de un solo golpe.—Uff... hola —murmuro, llevándome las manos a la cara.—No te muevas tan rápido —su voz suena grave, madura, demasiado clara para la hora que debe ser—. Te vas a marear más.—¿Qué... qué horas son? —alcanzo a preguntar, intentando acomodarme el pelo que debe parecer un nido de pájaros.—Las ocho de la mañana —responde sin quitarme los ojos de
LorenzoSon casi las ocho de la mañana y el silencio en la mansión solo se interrumpe con los ronquidos escandalosos de mi esposa que parece un camionero ebrio después de una juerga de toda la noche. Es usual que parezca un cuerpo inerte apenas vivo porque no acostumbra a beber de ese modo. Pero por las palabras que Elena dijo anoche, lo necesitaba mas que respirar. La observo insistentemente, tirada boca abajo en la montaña de almohadones que montamos unas horas antes para la noche de películas de María. Su vestido, arrugado y manchado en el dobladillo, contrasta de una forma extraña con el lujo pulcro de esta sala. Me siento en el borde del sofá, con una manta entre las manos, y se la coloco encima con la delicadeza de quien manipula una pieza de cristal que teme romper.Me quedo ahí, en la oscuridad, mirándola.La cabeza me viaja atrás sin poder evitarlo. Me veo a mí mismo casi seis años atrás, en esta misma casa, en un silencio aplastante pero completamente distinto. Aquella noc
GiacomoLas mujeres cantan horrible y a todo pulmón dentro de la limusina.Hortensia, desde el asiento del copiloto, gira el switch y cierra el vidrio que separa la cabina del resto del vehículo. Apenas lo hace, el volumen de las voces se vuelve un poco más soportable… pero solo un poco.—¡Tú no te sabes esa canción, perra! —grita Elena entre risas.—¡Claro que me la sé! —responde Liliana, casi cayéndose del asiento—. Lo que pasa es que tú le cambias la letra a todas las canciones, perra.Las dos estallan en carcajadas otra vez. Están demasiado borrachas para darse cuenta de lo ridículas que se ven con el maquillaje corrido, el pelo alborotado y la ropa manchada de quién sabe qué. Siguen vociferando la canción de Carlos Baute y Marta Sánchez como si estuvieran en el karaoke del mejor antro de Madrid:“Te envío poemas de mi puño y letra…te envío canciones de 440…te envío las fotos cenando en Marbella…cuando estábamos en Venezuela…”Miro por el retrovisor y niego con la cabeza, conte
LilianaLlegamos a la mansión y ni siquiera nos molestamos en preguntar qué baño está listo. Yo entro directo al de invitados, Elena desaparece escaleras arriba buscando el suyo, y media hora después bajamos las escaleras con el pelo todavía húmedo, listas para lo que sea que nos espera en algún antro, pero no para lo que Lorenzo ha planeado.Lo que encontramos en la sala nos deja mudas a las dos.Hay almohadones desperdigados por todo el suelo, decenas de ellos, formando una especie de nido gigante frente a la pantalla. Una mesita baja cargada con palomitas de maíz, trufas, galletas, chocolate derretido en un pocillo pequeño con fresas y rueditas de cambur listas para bañar.¡Y un bote de helado gigante!—Me quiero quedar a ver la película con ustedes —anuncio, dejándome caer en uno de los almohadones antes de que nadie pueda opinar y secuestrando el helado de dulce de leche.—Yo también me quedo —dice Elena, asomándose desde el marco de la puerta, corroborando mi decisión con la aut
LilianaFernando nos acompaña hasta la entrada principal de su casa, tan caballeroso como siempre, repartiendo abrazos y palmadas en la espalda como si despidiera a su propia familia en lugar de a un grupo de refugiados temporales que invadieron su casa por más de dos días. Cuando llega el turno de Elena, algo en su postura cambia. Se endereza, se acomoda el cuello de la camisa por segunda vez en menos de un minuto, y le toma la mano con una delicadeza que no le había visto usar con nadie más.—Sé que me rechazaste, y lo acepto con toda la elegancia que puedo reunir —le dice, con esa media sonrisa que en cualquier otro hombre resultaría ridícula, pero que, en él, extrañamente, funciona—. Pero quiero que sepas algo: no voy a dejar de cortejarte, Elena. Eres una mujer preciosa, inteligente, con un carácter que no cualquiera se atreve a plantarle cara, y eso, para mí, es irresistible.Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me duele.—Fernando...—Déjame terminar mi discurso,







