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Capítulo 4

Autor: Katia Parra
last update Data de publicação: 2026-05-20 09:50:37

Lorenzo

—¡Sé perfectamente que no lo soy! —grito completamente exasperado a poco de perder el control—. ¡Que Dios me libre de tener una hija como usted! No entiendo por qué m****a todas las mujeres deben pronunciar las mismas palabras ¡estoy harto, maldita sea!

No me había dado cuenta de que tenía los ojos cerrados. Pero al abrirlos, la veo con una mala cara monumental y pegada a la pared del otro extremo de la sala. Parece que no le gustan los gritos ¡bien, que sea para que me obedezca!

Su pecho sube y baja rápidamente por la agitación, pero esos ojos verdes suyos no bajan la guardia; me sostienen la mirada con un descaro que ningún hombre en mi junta de accionistas se atrevería a sostener. Esta mujer tiene gallas, tengo que admitirlo, pero en mi mundo las agallas no pagan las deudas pendientes.

Exhalo una larga bocanada de aire, obligándome a recuperar la cordura. Me acomodo los gemelos de la camisa, aliso las solapas de mi traje y camino con parsimonia hacia la cabecera de la mesa de juntas. El pánico de hace unos días con María de los Ángeles no va a repetirse aquí. Yo controlo este sitio.

Estos son mis dominios.

—Siéntese, señorita Buendía —digo, usando mi voz más fría y corporativa, esa que hace temblar a mis rivales—. Se nos acabó el tiempo de los berrinches.

Ella camina despacio, arrastrando los pies con desconfianza, y se sienta en el borde de la silla, como lista para salir corriendo en cualquier segundo.

Abro la carpeta de piel negra que tengo sobre la mesa y deslizo los estados financieros de la empresa de su padre hacia ella. Su mirada detecta los números rojos, es demasiado inteligente para no darse cuenta que están en la ruina. Noto el momento exacto en el que su rostro pierde el color por segunda vez, hoy.

—¿Qué? ¿qué es esto? No —su voz es un gemido —. No entiendo por que me ensena esto —su voz se apaga poco a poco.

Bien, tengo su atención.

—No soy su padre, Liliana —le suelto sin una gota de anestesia—. Soy el hombre que compró pagaré por pagaré cada una de las deudas de su familia. Su padre está en la quiebra absoluta. Si yo quiero, mañana mismo firmo el documento que lo envía a prisión por fraude y los deja a usted, a él y a su hermanita durmiendo en una plaza de Madrid.

Liliana abre la boca para protestar, pero las palabras se le atoran en la garganta. La verdad le acaba de dar un golpe limpio en la mandíbula. Ya no soy el "ricachón idiota"; ahora sabe perfectamente el tamaño del monstruo que tiene enfrente.

—Esto, no puede ser —lee y escucha al mismo tiempo.

—Usted me llamó ¿cómo fue la palabra? “idiota suntuoso” —continúo, apoyando los codos en la mesa —. Quizás lo sea. Pero también soy un hombre práctico. No quiero el dinero de su padre porque sé que no lo tiene. Quiero una garantía. Y la garantía es usted.

—Una garantía, es… es una locura ¿no lo entiende? —sonrío negando con la cabeza.

Deslizo un documento de diez páginas engrapadas. El contrato de matrimonio.

—Un año —sentencio—. Vivirá conmigo en mi casa de La Finca. Será la madre perfecta ante el juez de familia y se encargará de domar el caos que tengo por hija. A cambio, el día que se firme el divorcio, la deuda de su padre se borra del mapa y él recupera su empresa. Nada de lazos, nada de romance, nada de corazones rotos. Un simple negocio.

—Y ¿mientras tanto? Mi padre será su perro faldero ¿verdad? —exhalo el aire con fastidio.

—No. Su padre puede tranquilamente gerenciar su empresa. No me interesa administrar mas que lo mío —resoplo —. Me interesa usted porque hay una audiencia en tres meses que estudiaremos juntos, ese será el primer round.

—Entonces si ganamos la audiencia quiero que le devuelva la empresa a mi padre —levanta el mentón y sonrío.

Me levanto y rodeo la esquina de la mesa que nos separa, acortando la distancia entre los dos hasta invadir por completo su espacio personal. El olor de su perfume floral se mezcla con el mío. Le tiendo un bolígrafo que lleva grabadas mis iniciales en oro, mirándola fijamente a esos ojos verdes que ahora brillan con una mezcla de odio puro y lágrimas contenidas que se niega a soltar.

—¡Hecho! Es usted una excelente negociante Liliana Margarita, pero ahora está en juego el bienestar de su familia o ¿va a preferir su libertad? Usted decide —mira el bolígrafo como si estuviera prendido en fuego, pero lo arrebata de mi mano.

Le tiembla la suya. Lo veo. Veo cómo traga grueso, cómo mira el papel como si fuera su sentencia de muerte, pero el amor por los suyos es más grande que su orgullo. Toma el bolígrafo con los dedos rígidos y estampa su firma en la última línea.

Le quito el documento de las manos de inmediato, soplando la tinta fresca mientras una sonrisa de medio lado, cargada de cinismo, se dibuja en mis labios mientras le extiendo el Convenio de discreción, necesito su silencio porque debemos parecer la pareja perfecta para el mundo y la boda debe ser por todo lo alto.

—Felicidades, futura señora Fernández. Bienvenida al infierno. Prepare sus maletas, nos casamos mañana.

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