FAZER LOGINLilianaLa cabeza me retumba como si me estuvieran clavando un martillo directamente en la frente. Siento la boca seca, como si hubiera tragado arena de playa, y cada músculo del cuerpo me pesa toneladas. Pero todo el malestar físico se pasa a un segundo plano cuando enfoco la mirada y encuentro a Lorenzo sentado a mi lado.Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, apoyados en las rodillas, y me mira con una intensidad que me eriza la piel. No hay burla en su rostro, tampoco enojo. Hay una seriedad profunda, curiosa, cargada de una preocupación que me descoloca.Trato de incorporarme rápidamente, pero el techo me da tres vueltas de un solo golpe.—Uff... hola —murmuro, llevándome las manos a la cara.—No te muevas tan rápido —su voz suena grave, madura, demasiado clara para la hora que debe ser—. Te vas a marear más.—¿Qué... qué horas son? —alcanzo a preguntar, intentando acomodarme el pelo que debe parecer un nido de pájaros.—Las ocho de la mañana —responde sin quitarme los ojos de
LorenzoSon casi las ocho de la mañana y el silencio en la mansión solo se interrumpe con los ronquidos escandalosos de mi esposa que parece un camionero ebrio después de una juerga de toda la noche. Es usual que parezca un cuerpo inerte apenas vivo porque no acostumbra a beber de ese modo. Pero por las palabras que Elena dijo anoche, lo necesitaba mas que respirar. La observo insistentemente, tirada boca abajo en la montaña de almohadones que montamos unas horas antes para la noche de películas de María. Su vestido, arrugado y manchado en el dobladillo, contrasta de una forma extraña con el lujo pulcro de esta sala. Me siento en el borde del sofá, con una manta entre las manos, y se la coloco encima con la delicadeza de quien manipula una pieza de cristal que teme romper.Me quedo ahí, en la oscuridad, mirándola.La cabeza me viaja atrás sin poder evitarlo. Me veo a mí mismo casi seis años atrás, en esta misma casa, en un silencio aplastante pero completamente distinto. Aquella noc
GiacomoLas mujeres cantan horrible y a todo pulmón dentro de la limusina.Hortensia, desde el asiento del copiloto, gira el switch y cierra el vidrio que separa la cabina del resto del vehículo. Apenas lo hace, el volumen de las voces se vuelve un poco más soportable… pero solo un poco.—¡Tú no te sabes esa canción, perra! —grita Elena entre risas.—¡Claro que me la sé! —responde Liliana, casi cayéndose del asiento—. Lo que pasa es que tú le cambias la letra a todas las canciones, perra.Las dos estallan en carcajadas otra vez. Están demasiado borrachas para darse cuenta de lo ridículas que se ven con el maquillaje corrido, el pelo alborotado y la ropa manchada de quién sabe qué. Siguen vociferando la canción de Carlos Baute y Marta Sánchez como si estuvieran en el karaoke del mejor antro de Madrid:“Te envío poemas de mi puño y letra…te envío canciones de 440…te envío las fotos cenando en Marbella…cuando estábamos en Venezuela…”Miro por el retrovisor y niego con la cabeza, conte
LilianaLlegamos a la mansión y ni siquiera nos molestamos en preguntar qué baño está listo. Yo entro directo al de invitados, Elena desaparece escaleras arriba buscando el suyo, y media hora después bajamos las escaleras con el pelo todavía húmedo, listas para lo que sea que nos espera en algún antro, pero no para lo que Lorenzo ha planeado.Lo que encontramos en la sala nos deja mudas a las dos.Hay almohadones desperdigados por todo el suelo, decenas de ellos, formando una especie de nido gigante frente a la pantalla. Una mesita baja cargada con palomitas de maíz, trufas, galletas, chocolate derretido en un pocillo pequeño con fresas y rueditas de cambur listas para bañar.¡Y un bote de helado gigante!—Me quiero quedar a ver la película con ustedes —anuncio, dejándome caer en uno de los almohadones antes de que nadie pueda opinar y secuestrando el helado de dulce de leche.—Yo también me quedo —dice Elena, asomándose desde el marco de la puerta, corroborando mi decisión con la aut
LilianaFernando nos acompaña hasta la entrada principal de su casa, tan caballeroso como siempre, repartiendo abrazos y palmadas en la espalda como si despidiera a su propia familia en lugar de a un grupo de refugiados temporales que invadieron su casa por más de dos días. Cuando llega el turno de Elena, algo en su postura cambia. Se endereza, se acomoda el cuello de la camisa por segunda vez en menos de un minuto, y le toma la mano con una delicadeza que no le había visto usar con nadie más.—Sé que me rechazaste, y lo acepto con toda la elegancia que puedo reunir —le dice, con esa media sonrisa que en cualquier otro hombre resultaría ridícula, pero que, en él, extrañamente, funciona—. Pero quiero que sepas algo: no voy a dejar de cortejarte, Elena. Eres una mujer preciosa, inteligente, con un carácter que no cualquiera se atreve a plantarle cara, y eso, para mí, es irresistible.Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me duele.—Fernando...—Déjame terminar mi discurso,
Liliana—Esta noche partimos hacia la mansión en Manhattan —anuncia Lorenzo, entrando a la sala con el teléfono todavía en la mano y esa expresión de hombre que acaba de tomar diez decisiones antes del desayuno—. Ya avisé a seguridad. Es más fácil si viajamos de noche para evitar que nos encontremos con los paparazzi.Elena, que hasta hace un minuto estaba tirada en el sofá con María repasando las tablas de suma y resta como si fuera un juego, se levanta de golpe.—Entonces yo debería volver a mi apartamento —dice, ya buscando su bolso con la mirada—. Alberto sale hoy, ¿no? Debería estar ahí cuando llegue.El nombre me cae encima como agua fría. Alberto, el que terminó en la cárcel por cosas que preferimos no repetir en voz alta delante de María sale hoy bajo fianza y por sobre mi cadáver Elena va a verlo de nuevo. La sola idea de que vuelva a ese apartamento, sola, a recibirlo como si nada hubiera pasado, me revuelve el estómago de una forma que no tiene nada que ver con todo lo que







