LOGINEn el piso veintitrés, el aire se sentía pesado. Victoria apenas intentaba concentrarse en un reporte de logística cuando un hombre de rostro serio y postura impecable se detuvo frente a su escritorio. Era Julián, el chofer y hombre de confianza de la familia Meléndez.
—Señorita, el señor Meléndez quiere verla en su oficina en una hora —dijo él, con una cortesía mecánica. Victoria frunció el ceño, dejando caer la pluma sobre el escritorio. —¿Meléndez? —repitió, sintiendo un extraño escalofrío—. ¿El Director General ha regresado? Julián asintió levemente, sin dar más detalles. —La espera en el piso sesenta. —Estaré ahí —respondió ella, tratando de que su voz no temblara. Cuando Julián se marchó, Victoria se quedó inmóvil. Meléndez. El apellido resonó en su mente como una campana fúnebre. Recordaba las historias que su padre contaba entre suspiros de amargura en Valemont. Los Rivera y los Meléndez habían sido fuerzas opuestas mucho antes de que ella naciera. Su padre siempre decía que una traición, real o imaginaria, había cavado una fosa entre ambas familias. "Él no sabe quién soy", se dijo a sí misma, mientras se levantaba para retocar su labial frente al espejo. "Para él, solo soy una empleada eficiente. Si confieso que soy la hija de Gael Rivera, me echará a la calle antes de que pueda salvar la casa". Exactamente una hora después, Victoria entró al ascensor privado que subía al piso sesenta. Mientras los números digitales ascendían, su pulso hacía lo mismo. Las puertas se abrieron con un siseo elegante, revelando una oficina que gritaba poder y frialdad. El diseño era minimalista: mármol negro, cristales de piso a techo y una vista que dominaba toda la ciudad. La secretaria de Daniel, una mujer de aspecto impecable, le dedicó una sonrisa profesional. —Señorita, el señor Meléndez la recibirá en unos momentos. Por favor, tome asiento. Victoria asintió y se sentó en uno de los sofás de cuero. Sus manos estaban entrelazadas con fuerza sobre su regazo. Estaba en el corazón del imperio del hombre que, por derecho de sangre, debería ser su enemigo. Lo que Victoria no sabía era que, tras las puertas dobles de caoba, Daniel Meléndez estaba de pie frente al ventanal, observando su reflejo. Tenía su expediente sobre el escritorio, pero solo lo había abierto por la primera página. Para él, ella seguía siendo la mujer desafiante del ascensor y la chica que Mateo Villalba deseaba. Y Daniel estaba a punto de descubrir que tenerla cerca era mucho más peligroso de lo que había imaginado. —Puede pasar, señorita —anunció la secretaria, interrumpiendo sus pensamientos. Victoria se puso de pie, ajustó su saco y empujó las pesadas puertas de caoba. Al entrar, el aroma a cedro y tabaco caro la envolvió. Pero su cuerpo se congeló a mitad del despacho al ver al hombre sentado tras el escritorio de mármol. Sus ojos se abrieron con sorpresa y un nudo se formó en su garganta. No puede ser. —¿Usted? —el susurro escapó de sus labios antes de que pudiera evitarlo. Daniel, al notar el impacto de ella, no se inmutó. En lugar de eso, se reclinó en su silla de cuero, entrelazando los dedos sobre su regazo. Su postura era la de un rey que observa a un súbdito rebelde; era una mezcla peligrosa de dominio y seducción que parecía llenar toda la habitación. Disfrutaba verla así, vulnerable y descolocada. —Dime tu nombre y tu puesto exacto —ordenó Daniel con una voz que era puro terciopelo y acero. Victoria tragó saliva, recuperando la compostura con un esfuerzo sobrehumano. No podía permitirse flaquear. —Victoria Rivera, señor. Directora de Estrategia Internacional —respondió, manteniendo la barbilla en alto. Daniel se puso de pie con una lentitud calculada y rodeó el escritorio. Sus pasos eran silenciosos, como los de un depredador. Se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio personal hasta que Victoria pudo sentir el calor de su cuerpo. —Rivera… —repitió él, saboreando el apellido como si fuera un vino añejo—. Interesante. Tu apellido me es extrañamente conocido. El corazón de Victoria dio un vuelco. ¿Acaso ya lo sabía? ¿Sabía que era la hija de Gael Rivera?Habían pasado siete días de catorce. La mitad exacta de un viaje que había resultado ser considerablemente más complicado de lo que cualquiera había anticipado cuando había subido a ese barco, aunque las complicaciones no hubieran tenido nada que ver con el mar ni con ningún itinerario. La fiesta que Eduardo había organizado en honor al cumpleaños de Daniel ocupaba el salón principal con esa energía específica de los eventos que han sido planeados con suficiente anticipación como para que todo funcione exactamente como debe funcionar, y que aun así tienen ese elemento de espontaneidad que los hace sentir genuinos. La música llenaba el espacio con esa presencia que no obligaba a nadie a dejar de conversar pero que hacía que todas las conversaciones tuvieran un ritmo ligeramente diferente al habitual. Las copas de champán circulaban con esa frecuencia de las noches que no tienen ningún horario de cierre oficial. El humo fino de los puros flotaba sobre las mesas de juego donde vari
El sendero había terminado de manera casi inesperada, abriendo de pronto hacia una pequeña ensenada escondida entre formaciones de roca que el mar había tallado durante suficiente tiempo como para que el resultado tuviera esa suavidad específica de las cosas que fueron hechas sin ninguna prisa. No era exactamente una playa privada. Pero sí lo bastante apartada para que apenas hubiera un par de personas a la distancia, sentadas bajo una sombrilla con esa tranquilidad de quien ha encontrado exactamente lo que buscaba sin haberlo buscado del todo. Las olas llegaban con menos fuerza allí, amortiguadas por las rocas que cerraban la ensenada por los lados, con esa suavidad específica del agua que ha perdido algo de su urgencia antes de llegar. El ruido del puerto había desaparecido completamente. Solo quedaba el mar. Victoria respiró hondo, con esa respiración de quien está recibiendo algo que no sabía que necesitaba hasta exactamente ese momento. —Creo que este lugar no venía en el
Victoria esperó a que Julián desapareciera completamente entre la gente antes de volver la vista hacia Daniel. —Julián es peligrosamente inteligente. Daniel soltó una pequeña risa. —Demasiado. —Creo que nos dejó solos a propósito. —No tengo pruebas. Hizo una pausa breve. —Pero no tengo dudas tampoco. Victoria negó con la cabeza, divertida. —Definitivamente. El silencio volvió a instalarse entre los dos, aunque era completamente distinto al de la noche anterior y al de todos los silencios que habían existido entre ellos desde que habían subido a ese barco. Era uno de esos silencios que solo aparecen cuando dos personas descubren que ya no necesitan llenar cada segundo con ninguna palabra porque el espacio entre ellos ya tiene suficiente contenido propio. Comenzaron a caminar. Sin decidir realmente hacia dónde. Sin ninguna agenda ni ningún punto de destino que consultarle a nadie. La arena húmeda de la orilla cedía levemente bajo sus pasos con esa suavidad específica de las
Media hora después, el vestíbulo principal del Ocean Crown era un constante ir y venir de invitados con sombreros, bolsas de playa y esa energía específica de los grupos que están a punto de tener tiempo libre y que ya lo sienten antes de que oficialmente comience. Eduardo sostenía un micrófono portátil en el centro del espacio, con esa postura de quien ha hecho ese mismo gesto suficientes veces como para que le resulte completamente natural, mientras el personal terminaba de organizar el orden del descenso con una eficiencia que no dejaba ningún espacio muerto entre una cosa y la siguiente. —Buenos días a todos. Las conversaciones se fueron apagando con esa cadencia gradual de los grupos que responden a una voz amplificada. —Bienvenidos a Santa Aurelia. —Eduardo sonrió con esa amplitud que era completamente suya. —Espero que aprovechen cada hora del día. El barco permanecerá atracado hasta las seis de la tarde y el último llamado será a las cinco y media. Levantó un dedo.
Esta vez, Daniel no la detuvo. En el momento exacto en que sus labios se encontraron, soltó la botella sobre la mesa de teca con ese movimiento de quien ha dejado de necesitar tener las manos ocupadas con ninguna otra cosa, y la tomó por la cintura con un agarre que no pedía ningún permiso porque ya no había ningún permiso pendiente entre los dos. La pegó a su cuerpo. Fue un beso profundo y lento, del tipo que no tiene ninguna prisa porque ha esperado demasiado tiempo para llegar hasta ahí y que ahora que existe no tiene ninguna razón para apresurarse hacia ningún otro lugar. Cargado con todo lo que cuatro años de ausencia acumulan sin que nadie los invite a hacerlo, con todo lo que una cubierta iluminada por estrellas y media botella de whisky compartida y dos personas que se conocen demasiado bien pueden contener sin que ninguno de los dos haya planificado que ocurriera exactamente así. Cuando finalmente se separaron apenas un par de centímetros para tomar aire, sus miradas
Victoria se quedó mirando el vaso durante unos segundos, con esa expresión de quien está pensando en algo que todavía no ha decidido si va a decir o no. Después la chispa apareció en sus ojos. —Bueno. —Lo dijo con esa suavidad que precedía siempre a las cosas que iban a ser más de lo que parecían. —Ahora entiendo perfectamente las palabras de Isabel esa noche. Daniel alzó una ceja. —¿Qué palabras? —Cuando fui a comprobar si me decías la verdad sobre ella y Mateo. —Victoria se tomó la libertad de quitarle el vaso de la mano con esa naturalidad de quien ya ha cruzado cierta frontera sin anunciarlo. —Los escuché un momento antes de irme. Ella se estaba quejando con Mateo de que tú ni siquiera la tocas. Daniel no mostró ninguna vergüenza. Se recostó contra el respaldo de la banca con esa soltura que tenía para las situaciones que no le producían ninguna incomodidad real aunque cualquier otra persona habría encontrado incómoda. —Bueno. En eso no miente. No he sido precisamente un e







