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Autor: Susan
last update Data de publicação: 2026-02-03 00:46:24

En el piso veintitrés, el aire se sentía pesado. Victoria apenas intentaba concentrarse en un reporte de logística cuando un hombre de rostro serio y postura impecable se detuvo frente a su escritorio. Era Julián, el chofer y hombre de confianza de la familia Meléndez.

—Señorita, el señor Meléndez quiere verla en su oficina en una hora —dijo él, con una cortesía mecánica.

Victoria frunció el ceño, dejando caer la pluma sobre el escritorio.

—¿Meléndez? —repitió, sintiendo un extraño escalofrío—. ¿El Director General ha regresado?

Julián asintió levemente, sin dar más detalles.

—La espera en el piso sesenta.

—Estaré ahí —respondió ella, tratando de que su voz no temblara.

Cuando Julián se marchó, Victoria se quedó inmóvil. Meléndez. El apellido resonó en su mente como una campana fúnebre. Recordaba las historias que su padre contaba entre suspiros de amargura en Valemont. Los Rivera y los Meléndez habían sido fuerzas opuestas mucho antes de que ella naciera. Su padre siempre decía que una traición, real o imaginaria, había cavado una fosa entre ambas familias.

"Él no sabe quién soy", se dijo a sí misma, mientras se levantaba para retocar su labial frente al espejo. "Para él, solo soy una empleada eficiente. Si confieso que soy la hija de Gael Rivera, me echará a la calle antes de que pueda salvar la casa".

Exactamente una hora después, Victoria entró al ascensor privado que subía al piso sesenta. Mientras los números digitales ascendían, su pulso hacía lo mismo. Las puertas se abrieron con un siseo elegante, revelando una oficina que gritaba poder y frialdad. El diseño era minimalista: mármol negro, cristales de piso a techo y una vista que dominaba toda la ciudad.

La secretaria de Daniel, una mujer de aspecto impecable, le dedicó una sonrisa profesional.

—Señorita, el señor Meléndez la recibirá en unos momentos. Por favor, tome asiento.

Victoria asintió y se sentó en uno de los sofás de cuero. Sus manos estaban entrelazadas con fuerza sobre su regazo. Estaba en el corazón del imperio del hombre que, por derecho de sangre, debería ser su enemigo.

Lo que Victoria no sabía era que, tras las puertas dobles de caoba, Daniel Meléndez estaba de pie frente al ventanal, observando su reflejo. Tenía su expediente sobre el escritorio, pero solo lo había abierto por la primera página. Para él, ella seguía siendo la mujer desafiante del ascensor y la chica que Mateo Villalba deseaba.

Y Daniel estaba a punto de descubrir que tenerla cerca era mucho más peligroso de lo que había imaginado.

—Puede pasar, señorita —anunció la secretaria, interrumpiendo sus pensamientos.

Victoria se puso de pie, ajustó su saco y empujó las pesadas puertas de caoba. Al entrar, el aroma a cedro y tabaco caro la envolvió. Pero su cuerpo se congeló a mitad del despacho al ver al hombre sentado tras el escritorio de mármol.

Sus ojos se abrieron con sorpresa y un nudo se formó en su garganta. No puede ser.

—¿Usted? —el susurro escapó de sus labios antes de que pudiera evitarlo.

Daniel, al notar el impacto de ella, no se inmutó. En lugar de eso, se reclinó en su silla de cuero, entrelazando los dedos sobre su regazo. Su postura era la de un rey que observa a un súbdito rebelde; era una mezcla peligrosa de dominio y seducción que parecía llenar toda la habitación. Disfrutaba verla así, vulnerable y descolocada.

—Dime tu nombre y tu puesto exacto —ordenó Daniel con una voz que era puro terciopelo y acero.

Victoria tragó saliva, recuperando la compostura con un esfuerzo sobrehumano. No podía permitirse flaquear.

—Victoria Rivera, señor. Directora de Estrategia Internacional —respondió, manteniendo la barbilla en alto.

Daniel se puso de pie con una lentitud calculada y rodeó el escritorio. Sus pasos eran silenciosos, como los de un depredador. Se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio personal hasta que Victoria pudo sentir el calor de su cuerpo.

—Rivera… —repitió él, saboreando el apellido como si fuera un vino añejo—. Interesante. Tu apellido me es extrañamente conocido.

El corazón de Victoria dio un vuelco. ¿Acaso ya lo sabía? ¿Sabía que era la hija de Gael Rivera?

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Último capítulo

  • Una Heredera en Garantía    418

    Victoria dejó lentamente el teléfono sobre el escritorio, todavía procesando todo lo que acababa de decidir en las últimos días. Carlos la observó desde el otro lado de la oficina, con los brazos cruzados. —¿De verdad quieres hacer esto? Ella levantó la vista. —No tengo otra opción. No una que pueda vivir tranquila, al menos. Carlos guardó silencio unos segundos, sopesando sus propias palabras antes de hablar. Después respiró hondo. —Puedo hacerme cargo de Grupo Rivera unos días. No es ningún problema. Victoria sonrió con gratitud genuina. —¿En serio? —Claro que sí. Aunque... —hizo una pequeña mueca, anticipando algo— mi padre probablemente quiera decir algo al respecto antes de que yo me apropie de tu escritorio. Victoria asintió, comprendiendo de inmediato. —Y tiene todo el derecho de opinar. Lo mejor será que hablemos con él directamente. Carlos sacó el teléfono y marcó sin dudarlo. La llamada fue contestada después de unos segundos. —¿Qué pasó? —La voz d

  • Una Heredera en Garantía    417

    Victoria permaneció unos segundos más junto a la cama, sin moverse. Observó el rostro de Daniel, tan distinto al hombre que siempre caminaba con esa seguridad casi arrogante, que rara vez mostraba cansancio frente a nadie y que parecía tener, para cualquier situación posible, una respuesta preparada de antemano. Ahora permanecía inmóvil. En silencio. Como si el tiempo hubiera decidido detenerse exclusivamente para él, dejando todo lo demás girar a su alrededor sin permitirle participar. Victoria levantó lentamente una mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello que caía sobre su frente, justo al borde del vendaje. Después secó las lágrimas que aún humedecían sus propias mejillas, con un gesto rápido, casi automático. Respiró hondo. Se inclinó apenas sobre la cama. Y depositó un beso suave sobre la mejilla de Daniel, sintiendo bajo los labios la piel fría que tanto le había costado aceptar. —Voy a esperarte... —susurró, la voz apenas un hilo. —Así que no tardes demasiado.

  • Una Heredera en Garantía    416

    Llegaron al hospital poco después del mediodía, el sol cayendo sobre el estacionamiento con una indiferencia que a Victoria le resultó casi ofensiva. Bajó del automóvil despacio. Respiró hondo antes de mirar hacia el edificio, las ventanas reflejando la luz en ángulos que no le decían nada, que no le ofrecían ninguna pista de lo que encontraría adentro. Nunca imaginó que volvería a entrar a ese mismo hospital por Daniel. No de esa manera. No con ese miedo instalado en el pecho como una piedra que no terminaba de asentarse. Los tres avanzaron por el pasillo principal en silencio, sus pasos resonando contra el piso pulido. Al llegar al área de cuidados intensivos, encontraron a Adele sentada sola en una de las sillas de espera, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada perdida en algún punto del suelo que no parecía tener nada de especial. Cuando escuchó los pasos, levantó lentamente la cabeza. Y se quedó inmóvil. Victoria también. Era la primera vez que se veían des

  • Una Heredera en Garantía    415

    Pasaron varios segundos antes de que Victoria lograra volver a hablar, el silencio extendiéndose como una membrana a punto de romperse. —¿Desde cuándo? —preguntó finalmente, con la voz apenas sostenida. —Desde anoche. Victoria levantó la vista de golpe, la incredulidad mezclándose con algo mucho más oscuro. —¿Desde anoche? Julián asintió. —Sí. Ella respiró hondo, intentando contener algo que ya empezaba a escaparse de su control, una marea que le subía desde el estómago hasta la garganta. —¿Y por qué me entero hasta ahora? Hasta esta mañana, después de... —Se detuvo, sin terminar la frase, porque no había forma de terminarla que tuviera algún sentido. Lex fue quien respondió esta vez, con cierta reticencia en la voz. —Arturo no quería que nadie fuera de la familia lo supiera todavía. Victoria cerró los ojos un instante, procesando el peso completo de esa frase. Después volvió a abrirlos, ya con una determinación distinta asomando bajo el shock. —¿Tiene riesgo d

  • Una Heredera en Garantía    414

    La mañana transcurría con la misma actividad frenética de siempre en Grupo Rivera. Teléfonos sonando en cadena, asistentes moviéndose de un piso a otro con carpetas bajo el brazo, el zumbido constante de una empresa que no se detenía nunca, sin importar lo que ocurriera en la vida privada de quienes la dirigían. Sobre el escritorio de Victoria descansaban dos folders. Uno llevaba el logotipo del nuevo proyecto del aeropuerto, las letras doradas brillando bajo la luz de la mañana. El otro, mucho más discreto, llevaba el sello oficial del juzgado. Victoria sostenía este último entre las manos. Lo abrió una vez más, aunque ya conocía perfectamente cada línea de su contenido, cada cláusula memorizada a fuerza de leerla demasiadas veces durante las últimas semanas. Carlos llamó suavemente a la puerta antes de entrar, sin esperar respuesta. —¿Interrumpo? Victoria levantó la vista. —Nunca. Carlos se acercó con una sonrisa amplia, llevando otro folder bajo el brazo. —Antes

  • Una Heredera en Garantía    413

    Tras varias horas de espera, Daniel fue trasladado a una habitación privada en el área de cuidados intensivos. El respirador ya no era necesario. Pero los monitores seguían marcando un ritmo constante que llenaba el silencio de la habitación con su pitido regular, casi hipnótico, el único recordatorio audible de que la vida seguía sosteniéndose dentro de ese cuerpo inmóvil. El vendaje alrededor de su cabeza era imposible de ignorar. Su rostro, habitualmente sereno e imponente, capaz de intimidar salas de juntas enteras con un solo gesto, ahora lucía pálido. Demasiado quieto. Despojado de toda esa autoridad que siempre lo había acompañado como una segunda piel. El médico abrió la puerta con cuidado. —Pueden pasar unos minutos. Solo les pido que no lo alteren ni intenten despertarlo a la fuerza. Adele fue la primera en entrar. Se acercó lentamente a la cama, cada paso pesando más que el anterior, y le acarició el cabello con una ternura que solo una abuela podía sostener intacta in

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