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Autor: Susan
last update Data de publicação: 2026-02-03 00:46:29

—Bueno, señor Meléndez —respondió ella, forzando una sonrisa profesional y gélida—, no soy la única Rivera en el mundo. Es un apellido común, después de todo.

​Daniel la miró fijamente, escrutando cada rasgo de su rostro. Sus ojos se detuvieron en la firmeza de su mirada. Tiene razón, pensó él. La hija de Gael Rivera, la princesa de una de las familias más poderosas de Valemont, jamás estaría trabajando en una oficina bajo las órdenes de un Meléndez. Su orgullo familiar era demasiado grande para permitir tal "humillación", incluso en la decadencia.

​Daniel rompió la distancia, pero no la tensión. Se acercó a su oído, lo suficiente para que su aliento rozara su piel.

​—Entonces, Rivera… espero que tu talento sea tan grande como tu arrogancia en el ascensor.

​Se alejó un paso, recuperando su frialdad ejecutiva.

—Necesito que mejores lo que presentaste hoy. Hay puntos débiles en tu proyección de riesgos. Arréglalo y preséntame un nuevo informe aquí mismo, mañana a primera hora.

​Victoria apretó los puños. Sabía que su informe era impecable; él solo estaba marcando territorio, recordándole quién tenía el poder de su tiempo y de su carrera.

​—¿Alguna objeción? —preguntó Daniel, levantando una ceja con desafío.

​—Ninguna, señor Meléndez —dijo ella con los dientes apretados—. Tendrá su informe mañana.

​Victoria giró sobre sus talones y caminó hacia la salida. Sabía que los ojos de Daniel estaban clavados en su espalda. Al salir y escuchar el clic de la puerta cerrarse, soltó un suspiro tembloroso. Estaba a salvo por ahora, pero sabía que acababa de entrar en un juego de fuego.

​Daniel, por su parte, regresó a su ventanal. La imagen de Victoria bajo las luces del club y su actitud desafiante en la oficina no dejaban de dar vueltas en su cabeza.

—Victoria Rivera… —susurró para la ciudad a sus pies—. Vamos a ver cuánto tiempo tardas en romperte.

El aire fresco de la tarde no logró calmar los nervios de Victoria mientras cruzaba el vestíbulo de cristal. Su mente seguía en el piso sesenta, repasando cada palabra del hombre que ahora sostenía su futuro en sus manos. Sin embargo, al poner un pie fuera del edificio, el destino le tenía preparada otra emboscada.

—¿Victoria?

Ella se detuvo en seco. Mateo Villalba estaba recargado contra un deportivo plateado, luciendo como si el mundo le perteneciera.

—¿Qué haces aquí, Mateo? —preguntó ella, sorprendida.

—Pasaba por aquí. Pero la pregunta es: ¿qué haces tú saliendo de este edificio a estas horas? —Mateo entornó los ojos, analizando el carnet que colgaba del cuello de Victoria—. No me digas que... ¿trabajas aquí?

—Soy la Directora de Estrategia Internacional —respondió ella con una pizca de orgullo, a pesar de todo.

Mateo soltó una carcajada incrédula, aunque sus ojos reflejaban una sombra de preocupación.

—¿Trabajas para Meléndez? Vaya infierno, Vic. No tienes idea de en qué nido de víboras te has metido.

Victoria frunció el ceño. La mención de Daniel en labios de Mateo sonaba a algo más que una simple rivalidad profesional. Había un rastro de veneno antiguo en su voz.

—Recién conozco al señor Meléndez —respondió ella, midiendo cada palabra para no sonar defensiva—. Tiene el ego inflado, es cierto, pero es el jefe y...

—¿Eso es lo que piensas de mí, Rivera?

La voz, profunda y gélida como el granito, llegó desde sus espaldas. Victoria sintió que la sangre se le congelaba. Giró lentamente y se encontró con Daniel Meléndez, que caminaba hacia ellos con las manos en los bolsillos de su abrigo oscuro, escoltado por la imponente presencia de Julián. Sus ojos no estaban en ella, sino clavados en Mateo con una ferocidad asesina.

—Señor Meléndez... —murmuró Victoria, maldiciéndose internamente por su falta de filtro.

—Relájate, Meléndez —intervino Mateo, dando un paso al frente con una sonrisa burlona—. Ella no ha dicho nada que no sea verdad. Siempre has tenido el ego más grande que tus edificios.

Daniel se detuvo a escasos centímetros de ellos. La tensión era tan densa que los transeúntes instintivamente les daban espacio.

—Contigo no estoy hablando, Villalba —siseó Daniel, ignorándolo por completo para clavar su mirada en Victoria. Sus ojos oscuros prometían un castigo que no tenía nada que ver con el trabajo—. Mañana, en mi oficina, discutiremos largo y tendido sobre mi "ego". Asegúrate de que ese informe sea perfecto, o tu opinión será lo último que me importe de ti.

Mateo, percibiendo la posesividad en el tono de Daniel, soltó una risa seca y, en un movimiento calculado para provocar, tomó a Victoria del brazo con confianza.

—Vamos, Vic. Te invito a unos tragos. Trabajar en este lugar debe ser agotador, y claramente necesitas compañía que sepa apreciarte, no que te amenace —dijo Mateo, sosteniéndole la mirada a Daniel con un desafío descarado.

Victoria miró la mano de Mateo en su brazo y luego la expresión de Daniel. El rostro de su jefe se volvió una máscara de piedra, pero vio cómo sus mandíbulas se tensaban. En ese momento, ella no era Victoria; era el trofeo en medio de una guerra que apenas empezaba a comprender.

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Último capítulo

  • Una Heredera en Garantía    418

    Victoria dejó lentamente el teléfono sobre el escritorio, todavía procesando todo lo que acababa de decidir en las últimos días. Carlos la observó desde el otro lado de la oficina, con los brazos cruzados. —¿De verdad quieres hacer esto? Ella levantó la vista. —No tengo otra opción. No una que pueda vivir tranquila, al menos. Carlos guardó silencio unos segundos, sopesando sus propias palabras antes de hablar. Después respiró hondo. —Puedo hacerme cargo de Grupo Rivera unos días. No es ningún problema. Victoria sonrió con gratitud genuina. —¿En serio? —Claro que sí. Aunque... —hizo una pequeña mueca, anticipando algo— mi padre probablemente quiera decir algo al respecto antes de que yo me apropie de tu escritorio. Victoria asintió, comprendiendo de inmediato. —Y tiene todo el derecho de opinar. Lo mejor será que hablemos con él directamente. Carlos sacó el teléfono y marcó sin dudarlo. La llamada fue contestada después de unos segundos. —¿Qué pasó? —La voz d

  • Una Heredera en Garantía    417

    Victoria permaneció unos segundos más junto a la cama, sin moverse. Observó el rostro de Daniel, tan distinto al hombre que siempre caminaba con esa seguridad casi arrogante, que rara vez mostraba cansancio frente a nadie y que parecía tener, para cualquier situación posible, una respuesta preparada de antemano. Ahora permanecía inmóvil. En silencio. Como si el tiempo hubiera decidido detenerse exclusivamente para él, dejando todo lo demás girar a su alrededor sin permitirle participar. Victoria levantó lentamente una mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello que caía sobre su frente, justo al borde del vendaje. Después secó las lágrimas que aún humedecían sus propias mejillas, con un gesto rápido, casi automático. Respiró hondo. Se inclinó apenas sobre la cama. Y depositó un beso suave sobre la mejilla de Daniel, sintiendo bajo los labios la piel fría que tanto le había costado aceptar. —Voy a esperarte... —susurró, la voz apenas un hilo. —Así que no tardes demasiado.

  • Una Heredera en Garantía    416

    Llegaron al hospital poco después del mediodía, el sol cayendo sobre el estacionamiento con una indiferencia que a Victoria le resultó casi ofensiva. Bajó del automóvil despacio. Respiró hondo antes de mirar hacia el edificio, las ventanas reflejando la luz en ángulos que no le decían nada, que no le ofrecían ninguna pista de lo que encontraría adentro. Nunca imaginó que volvería a entrar a ese mismo hospital por Daniel. No de esa manera. No con ese miedo instalado en el pecho como una piedra que no terminaba de asentarse. Los tres avanzaron por el pasillo principal en silencio, sus pasos resonando contra el piso pulido. Al llegar al área de cuidados intensivos, encontraron a Adele sentada sola en una de las sillas de espera, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada perdida en algún punto del suelo que no parecía tener nada de especial. Cuando escuchó los pasos, levantó lentamente la cabeza. Y se quedó inmóvil. Victoria también. Era la primera vez que se veían des

  • Una Heredera en Garantía    415

    Pasaron varios segundos antes de que Victoria lograra volver a hablar, el silencio extendiéndose como una membrana a punto de romperse. —¿Desde cuándo? —preguntó finalmente, con la voz apenas sostenida. —Desde anoche. Victoria levantó la vista de golpe, la incredulidad mezclándose con algo mucho más oscuro. —¿Desde anoche? Julián asintió. —Sí. Ella respiró hondo, intentando contener algo que ya empezaba a escaparse de su control, una marea que le subía desde el estómago hasta la garganta. —¿Y por qué me entero hasta ahora? Hasta esta mañana, después de... —Se detuvo, sin terminar la frase, porque no había forma de terminarla que tuviera algún sentido. Lex fue quien respondió esta vez, con cierta reticencia en la voz. —Arturo no quería que nadie fuera de la familia lo supiera todavía. Victoria cerró los ojos un instante, procesando el peso completo de esa frase. Después volvió a abrirlos, ya con una determinación distinta asomando bajo el shock. —¿Tiene riesgo d

  • Una Heredera en Garantía    414

    La mañana transcurría con la misma actividad frenética de siempre en Grupo Rivera. Teléfonos sonando en cadena, asistentes moviéndose de un piso a otro con carpetas bajo el brazo, el zumbido constante de una empresa que no se detenía nunca, sin importar lo que ocurriera en la vida privada de quienes la dirigían. Sobre el escritorio de Victoria descansaban dos folders. Uno llevaba el logotipo del nuevo proyecto del aeropuerto, las letras doradas brillando bajo la luz de la mañana. El otro, mucho más discreto, llevaba el sello oficial del juzgado. Victoria sostenía este último entre las manos. Lo abrió una vez más, aunque ya conocía perfectamente cada línea de su contenido, cada cláusula memorizada a fuerza de leerla demasiadas veces durante las últimas semanas. Carlos llamó suavemente a la puerta antes de entrar, sin esperar respuesta. —¿Interrumpo? Victoria levantó la vista. —Nunca. Carlos se acercó con una sonrisa amplia, llevando otro folder bajo el brazo. —Antes

  • Una Heredera en Garantía    413

    Tras varias horas de espera, Daniel fue trasladado a una habitación privada en el área de cuidados intensivos. El respirador ya no era necesario. Pero los monitores seguían marcando un ritmo constante que llenaba el silencio de la habitación con su pitido regular, casi hipnótico, el único recordatorio audible de que la vida seguía sosteniéndose dentro de ese cuerpo inmóvil. El vendaje alrededor de su cabeza era imposible de ignorar. Su rostro, habitualmente sereno e imponente, capaz de intimidar salas de juntas enteras con un solo gesto, ahora lucía pálido. Demasiado quieto. Despojado de toda esa autoridad que siempre lo había acompañado como una segunda piel. El médico abrió la puerta con cuidado. —Pueden pasar unos minutos. Solo les pido que no lo alteren ni intenten despertarlo a la fuerza. Adele fue la primera en entrar. Se acercó lentamente a la cama, cada paso pesando más que el anterior, y le acarició el cabello con una ternura que solo una abuela podía sostener intacta in

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