FAZER LOGIN"Ella necesitaba salvar su legado. Él buscaba venganza. El precio fue un contrato de tres meses que lo cambiaría todo". Victoria Rivera lo perdió todo: su madre, la fortuna familiar y la protección de su apellido. Ahora, como la mente más brillante de Obsidian Global lucha por mantener a flote lo poco que le queda a su padre. Pero su mundo se detiene cuando Daniel Meléndez, el hombre más poderoso y frío del país, regresa tras dos años de ausencia para reclamar su trono. Daniel no cree en el amor. Tras ser traicionado por su mejor amigo, Mateo Villalba, y la mujer que amaba, su corazón se volvió de piedra. Sin embargo, al ver a Victoria en una fiesta junto a su mayor enemigo, un oscuro deseo de posesión despierta en él. Sin saber que ella es la heredera de los Rivera, Daniel le hace una oferta que Victoria no puede rechazar: Un contrato: Una entrega total. Una cifra millonaria. Victoria acepta el trato para salvar a su padre, sin saber que es una pieza en un juego de venganza. Mientras Mateo Villalba intenta conquistarla y antiguos secretos familiares salen a la luz, Victoria y Daniel se hunden en una pasión prohibida que rompe todas las reglas del contrato. Cuando el pasado regrese reclamando promesas antiguas y los matrimonios arreglados acechen, ¿podrá el amor sobrevivir a la traición? O peor aún... ¿Qué pasará cuando Victoria descubra que el hombre al que entregó su cuerpo solo la usó para vengarse de su pasado?
Ver maisEl humo de la discoteca y el bajo retumbando en las paredes eran el último lugar donde Victoria quería estar. Mientras Estefany la arrastraba hacia la barra, Victoria se ajustó el vestido negro que, aunque sencillo, se pegaba a sus curvas con una elegancia que su situación económica actual no podía ocultar.
—¡Solo una noche, Vic! —gritó Estefany sobre la música—. ¡Obsidian Global no se va a hundir porque su Directora de Estrategia se tome un tequila! Victoria sonrió a medias. Nadie en ese club sabía que la mujer que movía los hilos internacionales de la empresa más poderosa del país era la misma que esa mañana había tenido que contar cada peso para pagar las deudas de la mansión en ruinas de su padre. Entonces, lo vio. En un reservado VIP, rodeado de modelos y botellas de cristal tallado, estaba Mateo Villalba. El hombre que había protagonizado sus sueños de universitaria y sus peores pesadillas de adulta. Mateo se dio la vuelta y, por un segundo, el tiempo se detuvo. Él la reconoció al instante. Una sonrisa depredadora cruzó su rostro; sabía exactamente quién era ella: la princesa caída del imperio Rivera. —Victoria… —murmuró Mateo cuando llegó a su lado, ignorando por completo a Estefany. Su voz era seda y veneno—. No sabía que las herederas frecuentaban estos sitios. Victoria sintió el viejo y conocido vuelco en el corazón. Mateo la atrajo hacia él, iniciando una charla cargada de una falsa nostalgia que ella quería creer desesperadamente. No se dio cuenta de que, desde la zona más alta y oscura del club, un par de ojos gélidos los observaban. Daniel Meléndez apretó el vaso de whisky en su mano hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Acababa de aterrizar en el país hacía apenas tres horas y lo primero que veía era a Mateo Villalba, el hombre que le arrebató su pasado, intentando seducir a una mujer que parecía demasiado brillante para un tipo como él. Daniel no sabía el nombre de la chica. Solo sabía que era hermosa, que miraba a Mateo con una mezcla de anhelo y dolor, y que por alguna razón, verla con su enemigo le provocaba una furia irracional. —¿Quién es ella? —preguntó Daniel con voz ronca a su asistente. —No lo sé, señor Meléndez. ¿Quiere que lo averigüe? —No hace falta —respondió Daniel, sin apartar la vista de la nuca de Victoria—. Si Mateo la quiere, yo la tendré primero. Mañana quiero su perfil en mi escritorio. Abajo, Mateo se acercó lo suficiente para que Victoria pudiera oler su perfume, una fragancia amaderada que la transportó directamente a los pasillos de la universidad. Él la tomó suavemente del brazo, apartándola un poco del ruido de la barra donde Estefany ya pedía la segunda ronda. —Mírate, Victoria. Los años te han sentado de maravilla, aunque pareces haber cambiado las perlas por algo un poco más... afilado —dijo Mateo, recorriéndola con una mirada que ella sintió como una caricia y una advertencia al mismo tiempo. Victoria se obligó a no retroceder. Su corazón latía con una fuerza traicionera. —El mundo no se detiene, Mateo. Ni siquiera para los Rivera —respondió ella, tratando de mantener la voz firme—. Escuché que ahora llevas las riendas de la constructora Villalba. Felicidades. Mateo soltó una risa seca, sin soltar su brazo. —Alguien tiene que mantener el orden. Pero hablemos de ti. Desapareciste. Algunos decían que seguías en el extranjero, otros que te habías escondido tras la quiebra de tu padre. Me decepcionó que no me buscaras, Vic. Sabes que siempre tuve una debilidad por ti. Victoria sintió un nudo en la garganta. Recordaba perfectamente cómo él la ignoraba cuando ella era una estudiante ilusionada, y cómo esa "debilidad" solo aparecía cuando él quería algo. —No me escondo de nadie, Mateo. Trabajo duro —dijo ella, omitiendo deliberadamente el nombre de Obsidian Global. —Mi padre está pasando por un momento difícil, eso es todo. —Lo sé. El viejo Rivera perdió el toque —Mateo se inclinó más, rozando su oído—. Pero tú... tú siempre fuiste el verdadero diamante de esa familia. Si alguna vez necesitas que alguien te recuerde lo que se siente estar en la cima, solo tienes que llamarme. Mi número no ha cambiado. Victoria lo miró a los ojos, sintiendo esa mezcla de atracción y desconfianza que siempre la había confundido. —¿Por qué me ayudas ahora, Mateo? Antes ni siquiera me dabas la hora. Mateo sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos. —Porque antes eras una niña protegida. Ahora eres una mujer que sabe lo que es perder. Y eso te hace mucho más... interesante. Mientras tanto, en la penumbra del reservado superior, Daniel Meléndez observaba la escena como un halcón. No podía escuchar lo que decían, pero veía la mano de Mateo en el brazo de Victoria y la forma en que ella bajaba la guardia. —Míralo —gruñó Daniel a su asistente—. Villalba cree que puede cazar en mi territorio. —Señor, esa mujer no parece ser una de las habituales de Mateo —comentó el asistente. —No me importa quién sea —sentenció Daniel, dejando el vaso vacío con un golpe seco—. Mañana regresa a su realidad, sea cual sea. Y si Mateo puso sus ojos en ella, yo me encargaré de que se arrepienta. Ninguna mujer vuelve a mirar a un Villalba después de haber probado lo que yo puedo ofrecer.Habían pasado siete días de catorce. La mitad exacta de un viaje que había resultado ser considerablemente más complicado de lo que cualquiera había anticipado cuando había subido a ese barco, aunque las complicaciones no hubieran tenido nada que ver con el mar ni con ningún itinerario. La fiesta que Eduardo había organizado en honor al cumpleaños de Daniel ocupaba el salón principal con esa energía específica de los eventos que han sido planeados con suficiente anticipación como para que todo funcione exactamente como debe funcionar, y que aun así tienen ese elemento de espontaneidad que los hace sentir genuinos. La música llenaba el espacio con esa presencia que no obligaba a nadie a dejar de conversar pero que hacía que todas las conversaciones tuvieran un ritmo ligeramente diferente al habitual. Las copas de champán circulaban con esa frecuencia de las noches que no tienen ningún horario de cierre oficial. El humo fino de los puros flotaba sobre las mesas de juego donde vari
El sendero había terminado de manera casi inesperada, abriendo de pronto hacia una pequeña ensenada escondida entre formaciones de roca que el mar había tallado durante suficiente tiempo como para que el resultado tuviera esa suavidad específica de las cosas que fueron hechas sin ninguna prisa. No era exactamente una playa privada. Pero sí lo bastante apartada para que apenas hubiera un par de personas a la distancia, sentadas bajo una sombrilla con esa tranquilidad de quien ha encontrado exactamente lo que buscaba sin haberlo buscado del todo. Las olas llegaban con menos fuerza allí, amortiguadas por las rocas que cerraban la ensenada por los lados, con esa suavidad específica del agua que ha perdido algo de su urgencia antes de llegar. El ruido del puerto había desaparecido completamente. Solo quedaba el mar. Victoria respiró hondo, con esa respiración de quien está recibiendo algo que no sabía que necesitaba hasta exactamente ese momento. —Creo que este lugar no venía en el
Victoria esperó a que Julián desapareciera completamente entre la gente antes de volver la vista hacia Daniel. —Julián es peligrosamente inteligente. Daniel soltó una pequeña risa. —Demasiado. —Creo que nos dejó solos a propósito. —No tengo pruebas. Hizo una pausa breve. —Pero no tengo dudas tampoco. Victoria negó con la cabeza, divertida. —Definitivamente. El silencio volvió a instalarse entre los dos, aunque era completamente distinto al de la noche anterior y al de todos los silencios que habían existido entre ellos desde que habían subido a ese barco. Era uno de esos silencios que solo aparecen cuando dos personas descubren que ya no necesitan llenar cada segundo con ninguna palabra porque el espacio entre ellos ya tiene suficiente contenido propio. Comenzaron a caminar. Sin decidir realmente hacia dónde. Sin ninguna agenda ni ningún punto de destino que consultarle a nadie. La arena húmeda de la orilla cedía levemente bajo sus pasos con esa suavidad específica de las
Media hora después, el vestíbulo principal del Ocean Crown era un constante ir y venir de invitados con sombreros, bolsas de playa y esa energía específica de los grupos que están a punto de tener tiempo libre y que ya lo sienten antes de que oficialmente comience. Eduardo sostenía un micrófono portátil en el centro del espacio, con esa postura de quien ha hecho ese mismo gesto suficientes veces como para que le resulte completamente natural, mientras el personal terminaba de organizar el orden del descenso con una eficiencia que no dejaba ningún espacio muerto entre una cosa y la siguiente. —Buenos días a todos. Las conversaciones se fueron apagando con esa cadencia gradual de los grupos que responden a una voz amplificada. —Bienvenidos a Santa Aurelia. —Eduardo sonrió con esa amplitud que era completamente suya. —Espero que aprovechen cada hora del día. El barco permanecerá atracado hasta las seis de la tarde y el último llamado será a las cinco y media. Levantó un dedo.






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