Mag-log inMARIANADos años después, volví a subirme a un avión rumbo a Dubái.Pero nada era como la primera vez.Aquella primera vez iba sola, tensa, con una carpeta de trabajo sobre las piernas y el estómago hecho un nudo, jugándome la boda más importante de mi carrera, sin imaginar —porque una nunca imagina— que ese viaje me iba a cambiar la vida entera.Esta vez no viajaba sola. A mi lado, Zayed dormía con Amir despatarrado sobre su pecho, los dos con la boca abierta, roncando igualito, tan parecidos que me daba risa. Del otro lado del pasillo, Valentina —más grande ya, toda una señorita de seis años— veía una película con audífonos, meciendo los pies que todavía no le llegaban al piso. Y en la fila de atrás, Gabi y Khalid discutían de cariño sobre qué le iban a enseñar primero a su hija, que Gabi llevaba en la panza de cinco meses.Íbamos a Dubái, pero de visita. A que Amir y Valentina conocieran la otra mitad de sus raíces. A caminar por donde Zayed creció, a que vieran el desierto, a que e
MARIANALos meses que siguieron a la boda de Gabi fueron los más tranquilos que recuerdo.Y qué raro se sentía, después de tanto. Después de Dubái, de los destierros, de las cárceles, de las amenazas, de Mansour, de Yasmín. Por primera vez en años, la vida transcurría sin sobresaltos, sin sombras acechando en cada esquina. Solo días normales. Comidas en familia. Amir creciendo. Valentina llenando la casa de dibujos. La empresa prosperando, ahora sí, limpia, sólida, sin trampas.Y a mi alrededor, poco a poco, todos los que quería fueron encontrando su lugar.Empezó con mi madre.Doña Carmen y Hassan llevaban meses en esa danza de miradas y pañuelos y "no es nada, solo somos amigos" que ya no le creía nadie. Hasta que una tarde, Hassan, con su seriedad de siempre y las manos temblándole como a un muchacho, le pidió a mi madre que se casara con él.—A mis años. —Se reía mi madre, contándomelo, colorada como quinceañera—. ¿Tú crees, mija? Casarme otra vez, a mis años.—El amor no tiene eda
GABIEl día de mi boda amaneció despejado, con ese cielo azul intenso que solo tiene mi país.Me miré al espejo, ya con el vestido puesto, y por un momento no me reconocí. No por el maquillaje ni por el peinado. Sino por la cara. La cara de una mujer que, después de tanto lío, tanta duda, tanta sombra, por fin estaba exactamente donde quería estar.—Estás preciosa, amiga. —Mariana entró, con Amir en brazos, y se le llenaron los ojos—. Preciosa. Khalid se va a caer de espaldas cuando te vea.—Otra vez. —Me reí—. La última vez que me vio caminar hacia un altar se desmayó Zayed, no él.Las dos soltamos la carcajada, recordando el parto, y por un segundo fui la mujer más feliz del mundo.—La boda fue todo lo que soñé, y más.Decidimos hacerla a nuestra manera: una mezcla de los dos mundos. Hubo flores mexicanas y hubo detalles árabes. Hubo mariachi y hubo música del desierto. Doña Carmen lloró desde que empezó hasta que terminó, y a su lado, muy elegante, muy serio, Hassan le pasaba pañu
MARIANAEncontré a Zayed en su oficina, de pie frente al ventanal, con la mirada perdida en el horizonte de la ciudad.No me oyó entrar. Se quedó ahí, quieto. Llevaba así desde que volvió de Dubái. Y yo lo entendía, aunque nadie más pareciera entenderlo. Porque sí, Mansour había sido un monstruo, capaz de mandar secuestrar a su propio nieto. Nadie iba a llorar su muerte.Nadie, excepto quizá el niño que alguna vez fue su hijo, y que en algún rincón todavía guardaba la esperanza imposible de tener un padre.Me acerqué despacio y le puse las manos en los hombros.Zayed se giró. Y en cuanto me vio, me besó. Un beso lento, hondo, de esos que buscan refugio más que pasión.—No te voy a mentir. —Me dijo, con la frente pegada a la mía—. Me afectó. Sé que ese hombre no merece una lágrima mía después de todo lo que hizo. Pero era mi padre. El único que tuve. Y una parte de mí, la de niño, todavía esperaba que algún día cambiara, que me mirara con orgullo. —Tragó—. Y ahora ya nunca va a pasar.—
ZAYEDEl vuelo a Dubái se me hizo eterno.No había pensado volver en años. Quizá nunca. Había cruzado medio mundo justamente para no tener que respirar el mismo aire que mi padre, para que mi hijo creciera lejos de su sombra. Y sin embargo, ahí estaba, de vuelta sobre el desierto, con el corazón apretado, porque ese hombre, encerrado y arruinado, todavía había encontrado la forma de estirar la mano hasta mi casa y arrancarme a mi hijo de los brazos.No iba a Dubái por negocios. No iba por la familia. Iba por una sola cosa.Una charla. De padre a hijo. La última.La cárcel se veía más gris de como la recordaba.Cuando entré a la sala de visitas, mi padre ya estaba ahí, sentado, con el uniforme de preso, más viejo, más flaco, más consumido. Pero en cuanto me vio, sonrió.No fue una sonrisa de padre. Fue una sonrisa de burla. Esa mueca de suficiencia que le conozco desde niño.—Vaya, vaya. —Se recostó en la silla—. Es un milagro. El hijo pródigo, de vuelta en Dubái. Y yo que pensé que nu
MARIANA Las horas más largas de mi vida las pasé sentada en ese sillón, con Gabi a mi lado, esperando noticias de mi hijo. No podía llorar. Ya no me quedaban lágrimas. Solo un hueco enorme en los brazos, en el lugar exacto donde debería estar Amir y no estaba. Me sentía la peor madre del mundo. Un solo momento de descuido, y alguien se lo había llevado. —Es mi culpa. —Susurré, con la mirada perdida—. Lo dejé dormido y salí. Si me hubiera quedado con él… —No, amiga. —Gabi me tomó la mano, y le temblaba tanto como a mí—. Si alguien tiene la culpa soy yo. La pelea fue por mí. Todo este caos empezó por mis problemas con Khalid. Yo metí a Yasmín en esta familia. Yo— —Ya, las dos. —Layla, sentada enfrente con Karim, nos interrumpió con firmeza, aunque tenía los ojos rojos—. La única culpable es la mujer que se llevó al bebé. Nadie más. —Se sentó entre nosotras, abrazándonos—. Y lo van a encontrar. Zayed no va a volver a esta casa sin su hijo. Sería capaz de mover el mundo entero. Karim