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Capítulo 2. El monstruo de la playa

Autor: Noemy Ruiz
last update Fecha de publicación: 2026-08-15 04:46:21

Lo primero que recuerdo después del dolor es el sabor.

Hierro.

Sal.

Arena.

Tenía la lengua pegada al paladar y la boca tan seca que tragar dolía.

Abrí los ojos.

Blanco.

Tardé varios segundos en entender que estaba mirando un techo.

Después llegó el olor.

Desinfectante.

Café.

Ropa limpia.

Y mi madre.

No sé cómo sabía que estaba allí antes de verla.

Simplemente lo sabía.

Giré la cabeza.

Elena estaba sentada junto a la cama.

No parecía haber dormido.

Llevaba el pelo castaño recogido de cualquier manera y todavía tenía puesta la misma blusa azul con la que había salido de casa la tarde anterior.

Tenía una mancha oscura cerca del hombro.

Sangre.

Mi estómago se contrajo.

—Mamá.

Levantó la cabeza de golpe.

—Cariño.

Se puso de pie.

Intenté incorporarme.

Todo mi cuerpo protestó.

Hombros.

Piernas.

Espalda.

Hasta los dedos de los pies me dolían.

—Despacio.

Mi madre me sujetó.

Su mano estaba fría.

La mía ardía.

—¿Dónde estoy?

—En casa.

Miré alrededor.

Mi habitación.

Las cortinas claras.

Las fotos de la playa.

La tabla vieja de surf apoyada junto al armario.

Todo estaba en su sitio.

Yo no.

—¿Qué pasó?

Mi madre se quedó callada.

El silencio me puso peor.

—Mamá.

—Necesitas beber.

Me ofreció agua.

Aparté el vaso.

—¿Qué pasó?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Sentí náuseas.

Entonces empezaron a volver imágenes.

Alex.

Los móviles.

El calor.

Mis manos.

Huesos.

Gritos.

Después...

Negro.

No.

No completamente.

Había cosas escondidas en aquel negro.

Olores.

Carrera.

Miedo.

Sangre.

Me tapé la boca.

—Dios mío.

—Amber...

—¿Qué hice?

Mi madre se sentó en la cama.

—Mírame.

—¿Qué hice?

—Amber.

—¡Dímelo!

El grito me raspó la garganta.

Algo vibró detrás de mis palabras.

Mi madre se quedó inmóvil.

Yo lo sentí también.

No era normal.

—Cariño, necesito que te calmes.

—No me pidas que me calme.

Me levanté demasiado rápido.

Las piernas cedieron.

Mi madre intentó sujetarme.

Me aparté.

—¿Dónde está Alex?

Elena cerró los ojos.

Eso bastó.

—No.

—Amber...

—No.

—No sobrevivió.

El cuarto dejó de moverse.

O quizá fui yo.

—¿Y las chicas?

Mi madre tardó demasiado en responder.

—Mamá.

—Dos están hospitalizadas.

—¿Y las demás?

Su cara me dio la respuesta.

Me senté en el suelo.

No sentí el golpe de mis rodillas contra la madera.

—Yo...

No pude terminar.

Mi respiración empezó a atascarse.

—Yo los maté.

—No eras tú.

La miré.

—¿Cómo puedes decirme eso?

—Porque sé lo que ocurrió.

—¡Yo no!

Mi voz volvió a sonar extraña.

Más grave.

Una presión apareció detrás de los ojos.

Mi madre se acercó.

—Escúchame.

—No me toques.

Se detuvo.

Eso me dolió todavía más.

Mi propia madre tenía miedo de acercarse.

—¿Qué soy?

La pregunta salió mucho más baja.

Elena se sentó en el borde de la cama.

Durante años había pensado que conocía perfectamente a mi madre.

Sabía cuándo mentía.

Sabía cómo colocaba la boca cuando estaba preocupada.

Sabía que se frotaba el dedo índice con el pulgar cuando intentaba decidir algo.

Lo estaba haciendo.

—Mamá.

Dejó de mover los dedos.

—Tu padre no era humano.

Me quedé mirándola.

—¿Qué?

—Tu padre era un hombre lobo.

Esperé.

Seguro que se reiría.

Que diría que era una metáfora.

Que había tomado algún medicamento demasiado fuerte.

No hizo ninguna de esas cosas.

—Eso no existe.

—Existe.

—Mamá.

—Lo de anoche fue tu primera transformación.

Me levanté otra vez.

—No.

—Amber...

—No.

Me alejé de ella.

—No me vengas con cuentos ahora. Vi mis manos. Sé que algo pasó, pero...

—Te transformaste en una loba.

Me reí.

No porque tuviera gracia.

Mi cerebro parecía incapaz de aceptar las palabras.

—Claro.

—Una loba enorme.

—Perfecto.

—De pelo castaño dorado.

—Ya.

—Tus ojos seguían siendo los mismos.

La risa desapareció.

Mi madre lloraba.

No estaba actuando.

—¿Tú lo sabías?

El silencio volvió.

Noté cómo la temperatura del cuarto parecía subir.

—¿Lo sabías?

—No sabía si habías heredado su naturaleza.

—Eso no es lo que he preguntado.

Elena tragó saliva.

—Sabía que era posible.

Me quedé quieta.

—Dieciocho años.

—Amber...

—Dieciocho putos años y no pensaste que igual estaría bien avisarme de que podía convertirme en un animal gigante.

—Tenía miedo.

—Pues funcionó de maravilla.

—Tu padre me explicó que algunos hijos mestizos nunca despiertan.

—¿Mestizos?

—Hijos de humano y lobo.

La palabra me dio ganas de vomitar.

—¿Y mi padre dónde está?

Elena miró hacia la ventana.

—No forma parte de nuestra vida.

—Eso ya lo sé. Llevo dieciocho años sin verlo.

—Es complicado.

—Hoy no tengo paciencia para «es complicado».

Mi madre se levantó.

—Nos conocimos cuando yo tenía veinte años.

No dije nada.

—Él estaba en California temporalmente. Nos enamoramos muy rápido.

—¿Y?

—Después tuvo que marcharse.

—Qué romántico.

—Amber.

—¿Sabía que estabas embarazada?

Su boca se cerró.

Otra respuesta sin palabras.

—Sabía que existía.

Eso dolió más de lo que debería.

Yo nunca había conocido a aquel hombre.

¿Por qué me importaba?

—Fantástico.

—Las cosas no fueron sencillas.

—Claro.

Me pasé ambas manos por el pelo.

Todo olía demasiado.

El detergente de las sábanas.

El café frío de mi madre.

La madera del armario.

Incluso podía distinguir el perfume de la vecina entrando por la ventana abierta.

Me llevé dos dedos a la nariz.

—Esto es horrible.

Elena pareció comprender.

—Tu olfato.

—Huele todo.

—Aprenderás a bloquear parte.

—¿Cómo?

Mi madre dudó.

—Yo no puedo enseñarte.

La miré.

—Entonces ¿quién?

—Hay gente preparada para hacerlo.

No me gustó cómo sonó aquello.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Con esa cara, nada bueno.

Mi madre respiró hondo.

—Existe una universidad.

Me quedé mirando.

—No.

—Amber...

—Acabo de matar a varias personas, descubro que soy una especie de perro gigante y tú quieres hablarme de universidad.

—Es para personas como tú.

—¿Personas que matan a sus compañeros de clase?

—Hombres lobo.

Sentí ganas de volver a reír.

—Dios.

—Universidad Luna Roja.

El nombre no ayudaba.

—Eso parece el nombre de una secta.

—Es una institución muy antigua.

—Muchísimo mejor.

Mi madre me miró con cansancio.

—Necesitas aprender a controlar la transformación.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Normales.

Cinco dedos.

Uñas cortas.

Pero ya sabía lo que podían convertirse.

—No quiero volver a hacerlo.

—No depende de querer.

Aquello me enfadó.

—Pues aprenderé a impedirlo.

—Precisamente.

Me quedé callada.

No quería ir.

No quería hombres lobo.

No quería universidades secretas.

Quería retroceder veinticuatro horas.

Quería no haber ido a aquella fiesta.

Quería no haber conocido nunca a Alex.

Pero cuando cerré los ojos vi sus teléfonos.

Sus caras.

Después sangre.

Abrí los ojos.

—¿Cuándo?

Mi madre bajó la mirada.

—Mañana.

—¿Mañana?

—Ya están esperándote.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que ya?

Durante un segundo volvió a aparecer aquella expresión rara.

La misma de antes.

Mi madre sabía más.

Mucho más.

—Mamá.

—Hablaremos.

—Estamos hablando.

—No esta noche.

Quise discutir.

Pero estaba agotada.

Dos días más tarde estaba sentada en un coche mirando cómo California desaparecía detrás de mí.

El viaje fue interminable.

Aviones.

Carreteras.

Bosques.

Montañas.

El sol se convirtió en nubes.

Las palmeras desaparecieron.

La humedad cambió.

Cuando finalmente el coche se detuvo, levanté la cabeza.

Dos enormes puertas negras bloqueaban el camino.

Hierro forjado.

Piedra.

Bosque a ambos lados.

Sobre el arco central había letras plateadas.

UNIVERSIDAD LUNA ROJA

Me quedé mirándolas.

El conductor sacó mi maleta.

—Hemos llegado.

Bajé del coche.

El aire frío me golpeó la cara.

Olía a tierra húmeda, pino y lluvia.

Nada que ver con casa.

Miré las puertas.

Después la carretera por la que acabábamos de llegar.

Todavía estaba a tiempo de correr.

Una presión cálida apareció en mi pecho.

La misma presencia de la playa.

Pero esta vez no sentí rabia.

Sentí curiosidad.

Y una voz breve.

Casa.

Fruncí el ceño.

—Ni de coña.

El conductor me miró.

—¿Perdón?

Agarré mi maleta.

—Nada.

Perfecto.

Ahora también hablaba sola.

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