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Capítulo 3. Universidad Luna Roja

Author: Noemy Ruiz
last update publish date: 2026-08-15 04:47:14

La primera cosa que descubrí sobre Universidad Luna Roja fue que los hombres lobo no tenían ningún interés en construir universidades normales.

Aquello era enorme.

No grande.

Enorme.

Desde las puertas se abría una avenida rodeada de árboles que llevaba hasta varios edificios de cristal oscuro y piedra.

Al fondo se levantaban montañas.

Una capa fina de niebla se arrastraba entre los árboles.

A mi derecha había lo que parecía un edificio universitario moderno.

A mi izquierda, una construcción que habría encajado perfectamente en una película sobre vampiros ricos.

—Normal.

Tiré de la maleta.

Una rueda quedó atrapada entre dos piedras.

—Vamos.

Tiré otra vez.

Nada.

—No empieces.

La rueda no pareció intimidada.

Le di una patada.

—Genial.

—¿Hablas mucho con objetos?

Me giré.

Una chica estaba detrás de mí.

No la había oído acercarse.

Eso me molestó más de lo que debería.

Desde la transformación escuchaba cosas que nunca había escuchado antes.

Un pájaro moviéndose entre ramas.

Una conversación a decenas de metros.

El clic de un bolígrafo dentro del bolsillo de alguien.

Y esa chica había llegado hasta mí sin que la detectara.

Era baja.

Bastante más que yo.

Piel muy clara.

Pelo oscuro.

Ojos verdes.

Toda su ropa era negra.

Falda.

Medias.

Botas militares.

Jersey enorme.

Si Miércoles Addams hubiera decidido matricularse en la universidad, probablemente se vestiría así.

—Solo cuando no cooperan.

La chica miró mi maleta.

—Está enganchada.

—Gracias. No me había dado cuenta.

Levantó una ceja.

Vale.

Quizá mi tono había sido un poco borde.

—Perdón.

Se agachó.

Movió la maleta hacia un lado.

La rueda salió.

—Solucionado.

—Gracias.

Se incorporó.

Me miró directamente a los ojos.

Demasiado tiempo.

Mi espalda se puso rígida.

Todavía no llevaba bien que la gente me observara.

No después de la playa.

Busqué instintivamente teléfonos.

Nada.

—Amber Scott.

Me quedé congelada.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Todo el mundo sabe tu nombre.

Fantástico.

—¿Por qué?

La chica ladeó la cabeza.

—Te transformaste por primera vez y mataste a varias personas.

El estómago me dio un tirón.

—Ah.

—Y eres nueva.

—Eso parece bastante menos interesante.

—Depende.

La observé.

Ella seguía completamente seria.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras decidiendo dónde esconder mi cadáver.

Por primera vez su boca se curvó.

No fue una gran sonrisa, pero le cambió completamente la cara.

—Me llamo Clara.

—Amber.

—Ya lo sé.

—Sí. Eso empieza a preocuparme.

Clara cogió el asa de mi maleta.

—Ven.

—¿Adónde?

—Residencia.

—Puedo llevarla.

—No he dicho que no puedas.

Empezó a caminar.

La seguí.

—¿Eres siempre tan mandona?

—No.

Esperé.

—¿Y?

—Hoy estoy intentando ser simpática.

La miré.

—Ah.

—Sí.

—Pues sigue practicando.

Esta vez sí se rio.

Una risa pequeña, seca.

Me gustó.

Caminamos por el campus.

Había estudiantes por todas partes.

Y absolutamente todos parecían notar que yo estaba allí.

Algunos giraban la cabeza.

Otros me olían.

Literalmente.

Una chica pasó a nuestro lado, aspiró por la nariz y siguió caminando.

Me detuve.

—¿Me acaba de oler?

Clara ni siquiera giró.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque eres nueva.

—¿Aquí la gente se saluda oliéndose?

—Más o menos.

—Eso es horrible.

—Te acostumbrarás.

Seguimos.

Un grupo de chicos estaba sentado sobre un muro.

Todos eran enormes.

No altos.

Enormes.

Uno me miró.

Luego otro.

Después el tercero.

—¿Por qué todos los hombres de aquí parecen jugar en la NFL?

Clara se encogió de hombros.

—Genética.

Uno de ellos sonrió.

Tenía unos dientes demasiado blancos.

—Hola, nueva.

Seguí caminando.

—Hola.

—Hueles bien.

Me detuve.

Clara también.

Me giré.

—¿Perdón?

El chico se rio.

Sus amigos también.

—Te ha dicho que hueles bien.

—Sí, Clara. Esa parte la he oído.

El chico parecía divertido.

—No era un insulto.

—Pues procura que tampoco parezca una invitación a que me olfatees.

Las risas se apagaron.

El chico levantó las manos.

—Entendido.

Seguí caminando.

Clara me miró de reojo.

—Vas a encajar estupendamente.

—¿Eso era sarcasmo?

—Muchísimo.

Llegamos a un edificio alto.

Sobre la entrada había un nombre.

MONTGOMERY.

—¿Quién es Montgomery?

—Antiguo Alfa.

—Claro.

Entramos.

El vestíbulo olía a madera, detergente y demasiadas personas.

Subimos dos plantas.

Clara abrió una habitación.

—Nuestra.

Miré dentro.

Dos camas.

Dos escritorios.

Dos armarios.

Una ventana enorme con vistas al bosque.

—¿Somos compañeras?

—Sí.

Me quedé pensando.

—¿Eso lo sabías antes de venir a buscarme?

—Sí.

—¿Y por qué no lo dijiste?

—No preguntaste.

Cerré los ojos.

Iba a estrangularla.

Lo sabía.

Dejé la maleta sobre una cama.

Clara se sentó en la otra.

Empecé a sacar ropa.

Notaba sus ojos.

Primero intenté ignorarla.

Una camiseta.

Pantalones.

Ropa interior.

Otra camiseta.

Seguía mirando.

Me giré.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas cinco minutos observándome.

—Tengo curiosidad.

—Eso no tranquiliza.

Clara juntó las manos sobre las rodillas.

—¿Es verdad?

Mi estómago se endureció.

Sabía exactamente qué iba a preguntar.

—Depende.

—¿Mataste a tu novio y a tus amigas?

Me quedé mirando el cajón abierto.

—No era mi novio.

Clara esperó.

—Y no eran mis amigas.

Silencio.

Guardé otra camiseta.

—Pero sí.

Por primera vez desde que la conocía, Clara pareció no tener preparada una respuesta.

—No quería hacerlo.

Mi voz me salió más baja.

—Ni siquiera sabía qué estaba haciendo.

Noté presión detrás de los ojos.

Me negué a llorar.

No delante de una desconocida.

—Me traicionaron. Intentaron grabarme para chantajear a mi madre y yo...

Me miré las manos.

—Perdí el control.

Clara siguió callada.

—Así que sí. El rumor es básicamente cierto.

Cerré el cajón.

—Ahora ya sabes que tu compañera de habitación es una asesina. Si quieres pedir un cambio, probablemente este sea un buen momento.

Clara apoyó los codos sobre las rodillas.

—¿Te hicieron daño?

La pregunta me sorprendió.

—¿Qué?

—Ellos.

Tragué saliva.

—Lo intentaron.

Su cara cambió.

No demasiado.

Pero desapareció la curiosidad.

—Entonces fueron idiotas.

—Clara...

—¿Qué?

—Los maté.

—Ya.

—No se supone que contestes «ya».

—No he dicho que esté bien matar gente.

Se levantó.

—He dicho que fueron idiotas.

Abrió su armario.

—Y personalmente no intentaría chantajear a una loba durante su primera transformación.

Me quedé mirándola.

—No sabía que era loba.

—Ellos tampoco.

Sacó un vestido negro.

—Eso demuestra todavía más que eran idiotas.

No pude evitarlo.

Me reí.

Fue raro.

Dolió un poco.

Pero me reí.

Clara me lanzó el vestido.

Lo atrapé.

—¿Qué es esto?

—Ropa.

—Gracias, Sherlock.

—Póntelo.

Miré el vestido.

Luego a ella.

—No.

—Sí.

—¿Por qué?

—Esta noche hay fiesta de bienvenida.

El estómago me cayó hasta los pies.

—No.

—Amber.

—Ni de coña.

Le devolví el vestido.

—Mi última fiesta acabó con cadáveres.

Clara atrapó la prenda.

—Esta será diferente.

—Eso no me tranquiliza.

—Tienes que ir.

—No tengo que hacer nada.

Clara colgó el vestido otra vez.

—Es obligatoria.

Me quedé mirándola.

—¿Cómo puede ser obligatoria una fiesta?

—Bienvenida a Luna Roja.

Y por primera vez desde que había cruzado aquellas puertas, pensé que quizá convertirme en loba no iba a ser la parte más rara de mi nueva vida.

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