FAZER LOGINLayla miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero y apenas reconoció a la mujer que le devolvía la mirada.
El vestido rojo que Dante había elegido no era una simple prenda; era una declaración de guerra. De seda carmesí, se ceñía a cada curva de su cuerpo como una segunda piel, con un escote en V profundo que desafiaba la gravedad y una abertura en la pierna que subía peligrosamente alto.
Era elegante, sí, pero también era increíblemente provocativo. Era el vestido de una mujer que sabe que es dueña de la habitación. O, en su caso, de una mujer que ha sido comprada para ser exhibida.
—Si quiere jugar a que soy su trofeo, seré el trofeo más caro que haya tenido jamás —murmuró Layla, aplicándose un labial rojo sangre que hacía juego con la seda.
Se recogió el cabello en un moño alto, dejando su cuello expuesto, vulnerable y elegante a la vez. Se colocó los pendientes de diamantes que la señora Danvers le había traído en una bandeja de terciopelo. Pesaban. Todo en esa vida pesaba.
A las siete en punto, llamaron a la puerta.
Layla respiró hondo, irguió la espalda y abrió.
Dante estaba al otro lado. Y por un segundo, el mundo se detuvo.
Llevaba un esmoquin negro clásico, con la camisa blanca inmaculada y una pajarita de seda negra. El corte del traje acentuaba la anchura de sus hombros y su altura imponente. Se había peinado el cabello hacia atrás, dejando al descubierto ese rostro duro y aristocrático que parecía tallado en granito.
Los ojos de Dante recorrieron a Layla desde los tacones de aguja hasta los ojos, deteniéndose descaradamente en el escote y en la abertura del vestido. No hubo suavidad en su mirada, solo un fuego oscuro y posesivo que la hizo sentir desnuda.
—Adecuado —dijo él con voz ronca.
—¿Solo "adecuado"? —replicó Layla, alzando la barbilla—. Pensé que por el precio que pagaste, esperarías perfección.
Dante dio un paso adelante, invadiendo su espacio, y la acorraló suavemente contra el marco de la puerta.
—Eres perfecta, Layla. Ese es el problema. Eres tan perfecta que me dan ganas de arruinarte el pintalabios antes de salir de esta casa.
Layla contuvo el aliento, su corazón traicionero acelerándose ante la amenaza velada.
—Llegaremos tarde —logró decir, desviando la mirada.
Dante sonrió de medio lado, una sonrisa de lobo, y le ofreció el brazo.
—Vamos. Tenemos un espectáculo que dar.
El salón de baile del Hotel Savoy estaba repleto de la élite de Londres. Había champán, joyas que costaban más que casas pequeñas y risas falsas que llenaban el aire.
Cuando Dante y Layla entraron, el silencio se propagó como una onda expansiva. Todas las miradas se clavaron en ellos. El magnate despiadado y la hija de la familia arruinada. El escándalo de la boda cancelada de los Vance y el matrimonio sorpresa con los Lombardi era la comidilla de la ciudad, y Dante lo sabía.
Él colocó una mano en la cintura de Layla, marcando su posesión con un agarre firme y cálido.
—Sonríe —le susurró al oído—. Que vean que no estás sufriendo. Que vean que has ganado.
Layla entendió de golpe lo que él estaba haciendo. No la estaba exhibiendo para humillarla. La estaba exhibiendo para proteger su reputación... y destruir la de sus enemigos.
Esbozó una sonrisa brillante, falsa pero deslumbrante, y se pegó más a él.
—¿Así, querido esposo?
—Perfecta.
Avanzaron entre la multitud. Dante saludaba con frialdad, presentando a Layla como "mi esposa" con un tono que advertía a cualquier hombre que ni se le ocurriera mirarla demasiado.
Y entonces, los vieron.
Cerca de la barra de hielo, riendo con una copa en la mano, estaba Liam Vance. Y aferrada a su brazo, vestida de un rosa pálido que la hacía parecer inocente, estaba Chloe, la hermanastra de Layla.
La sangre de Layla hirvió. El dolor de la traición, que había estado adormecido por el shock, despertó con furia.
Liam se giró y los vio. Su sonrisa se congeló. Palideció visiblemente al ver a Layla, radiante y poderosa en rojo, del brazo del hombre más temido de los negocios.
—Vaya, vaya —dijo Dante, guiando a Layla directamente hacia ellos—. Si son los felices amantes.
Liam tragó saliva, pero intentó recuperar su compostura arrogante.
—Lombardi —saludó Liam con un asentimiento tenso—. Y... Layla. Veo que no perdiste el tiempo en encontrar un consuelo... financiero.
Layla sintió el impulso de abofetearlo, pero la mano de Dante en su cintura se apretó, anclándola.
—Cuidado con tus palabras, Vance —dijo Dante con un tono suave y letal—. Estás hablando de mi esposa. Y sabes que no tengo mucha paciencia con los insultos a mi propiedad.
—¿Esposa? —chilló Chloe, mirando el anillo de diamantes (mucho más grande que el que Liam le había dado a Layla) en su dedo—. ¡Es imposible! ¡La boda fue ayer!
—Dante es un hombre muy... persuasivo —dijo Layla, encontrando su voz. Miró a su hermanastra con desdén—. Y muy eficiente. A diferencia de otros, él sabe lo que vale una mujer de verdad.
Dante la miró, sorprendido y complacido por su veneno.
Liam soltó una risa nerviosa.
—Por favor, Layla. Todos sabemos que esto es un trato comercial. Tu padre estaba desesperado. Lombardi solo te compró para fastidiarme.
Dante soltó a Layla y dio un paso hacia Liam. El aire alrededor de ellos pareció vibrar. Liam retrocedió instintivamente.
—Te equivocas en dos cosas, niño —dijo Dante, bajando la voz para que solo ellos cuatro pudieran oírlo—. Uno: no la compré para fastidiarte. La compré porque es demasiado mujer para un cobarde como tú. Y dos...
Dante se giró hacia Layla, la tomó del rostro con una mano y, sin previo aviso, estampó sus labios contra los de ella.
No fue un beso suave. Fue un beso voraz, dominante, una marca de propiedad en público. Layla se quedó rígida un instante, pero el sabor de Dante, mezcla de menta y peligro, la invadió. Sus labios eran expertos, exigentes. Ante la mirada atónita de su ex, Layla cerró los ojos y, por puro despecho (o eso se dijo a sí misma), le devolvió el beso, enredando sus dedos en la solapa del esmoquin de Dante.
El salón entero pareció contener la respiración.
Cuando Dante se separó, Layla estaba jadeando, con los labios hinchados y rojos.
Dante volvió a mirar a Liam, quien estaba rojo de ira y humillación.
—Dos: Ella ya no recuerda tu nombre cuando está en mi cama.
Dante tomó la mano de Layla y le dio la espalda a la pareja boquiabierta.
—Vámonos —dijo Dante—. Me he aburrido de la basura.
Mientras se alejaban, Layla sentía las piernas temblorosas. No sabía si era por la adrenalina de haber enfrentado a Liam... o por el beso que todavía le quemaba en la boca.
—Lo hiciste bien —dijo Dante sin mirarla, pero su pulgar acariciaba distraídamente el dorso de la mano de ella.
—Solo fue actuación —replicó Layla rápidamente.
Dante se detuvo y la miró, con esa intensidad oscura.
—Sigue diciéndote eso, Layla. Quizás algún día te lo creas.
El poder siempre había sido mi único idioma.Durante las primeras tres décadas de mi vida, el mundo no era más que un tablero de ajedrez donde las personas eran piezas desechables y los sentimientos, una vulnerabilidad que te costaba la partida. Fui forjado en el hielo del abandono de mi padre y en la tragedia del suicidio de mi madre. Aprendí a no sentir, a no necesitar y, sobre todo, a no confiar. Me convertí en el monstruo que Londres temía, un rey en una torre de cristal, rodeado de billones de libras y de una soledad tan absoluta que me asfixiaba sin que yo mismo me diera cuenta.Y entonces, llegó ella.Apoyado en la balaustrada de piedra de la terraza de la Villa Lombardi, con la brisa nocturna de la Toscana acariciándome el rostro, bajé la mirada hacia los jardines iluminados.La música de cuerdas llenaba el aire, entrelazándose con el tintineo de las copas de champán y las risas genuinas de los invitados.Allí abajo, girando en el centro de la pista de baile improvisada bajo l
El sol de la Toscana no quemaba; acariciaba. Bañaba las colinas ondulantes y los interminables viñedos de la Villa Lombardi con una luz de oro líquido, un resplandor tan puro y cálido que parecía diseñado específicamente para desterrar cualquier sombra del pasado.Habían pasado dos años.Dos años desde la noche en que Julian cruzó la tormenta para arrodillarse en el estudio de pintura. Dos años desde que Dante Lombardi, contra todo su instinto de depredador, decidió abrir los pesados portones de hierro de su fortaleza y de su familia, permitiendo que el perdón echara raíces donde antes solo había tierra arrasada.Hoy, la villa estaba de fiesta.No era una reunión corporativa fría ni una gala para impresionar a la prensa británica. La finca entera había sido transformada en un sueño renacentista para celebrar el evento más importante en la historia reciente de los Lombardi: la boda de Isabella y Julian.En una de las habitaciones de la planta superior, con los ventanales abiertos dejan
El interior de Blackthorn Manor era un santuario de calidez y silencio, un contraste tan brutal con la tormenta del exterior que a Julian le pareció estar cruzando el umbral hacia otro mundo.Sus botas empapadas dejaban huellas oscuras sobre el inmaculado mármol del vestíbulo. El agua escurría de su abrigo pesado, formando pequeños charcos a su paso. Estaba arruinando las alfombras persas invaluables y ensuciando el aire con el olor a lluvia helada y asfalto mojado, pero nadie lo detuvo.Los guardias de seguridad, que momentos antes habrían estado dispuestos a volarle la cabeza, se mantuvieron inmóviles como gárgolas en las sombras, obedeciendo la orden silenciosa de Dante Lombardi. Julian sabía que estaba caminando por un campo minado invisible. Sabía que las cámaras seguían cada uno de sus movimientos, y que el hombre que le había perdonado la vida estaba observando.Pero el frío que le entumecía los dedos y le hacía castañetear los dientes ya no importaba. Lo único que mantenía su
La lluvia en Londres no caía; castigaba.Era un aguacero denso, helado y cruel, impulsado por rachas de viento que hacían crujir las ramas de los árboles centenarios que rodeaban Blackthorn Manor. En el interior del despacho de la planta baja, la temperatura era perfecta, mantenida por el fuego silencioso de la chimenea.Dante Lombardi estaba de pie frente al inmenso ventanal de cristal blindado, con las manos entrelazadas a la espalda, completamente inmóvil. Sus ojos, oscuros e indescifrables, estaban fijos en las pantallas del panel de seguridad lateral, que mostraban la imagen infrarroja de la puerta sur de la propiedad.La mancha de calor humano seguía allí. Llevaba cuatro horas sin moverse de la base del muro de piedra.Julian Vance se estaba congelando.A cincuenta metros de distancia de la comodidad de la mansión, el joven estaba sentado en el asfalto inundado, con el abrigo empapado pegado al cuerpo, temblando visiblemente bajo la furia de la tormenta. No había intentado busca
El regreso a Blackthorn Manor fue como un cortejo fúnebre.El trayecto desde la universidad de Central Saint Martins hasta la mansión se había desarrollado en un silencio tan denso y asfixiante que parecía tener peso físico. Isabella iba sentada en la parte trasera del sedán blindado, flanqueada por su padre y su hermano. Estaba rígida, con la mirada clavada en el cristal tintado de la ventanilla, observando cómo las calles de Londres se difuminaban bajo una fina y persistente lluvia.No había derramado una sola lágrima desde que salieron del estudio. El shock absoluto había congelado su capacidad de llorar, dejando a su paso un vacío helado en el centro de su pecho. Su primer amor, el chico que había sabido leer las sombras de su pintura, el chico cuyos labios aún sentía como un fantasma sobre los suyos, no era más que un espejismo creado por el peor enemigo de su familia.Cuando los inmensos portones de hierro forjado de la mansión se abrieron y el coche se detuvo frente a la entrad
La lluvia caía sobre Londres con una furia implacable, azotando los inmensos ventanales de cristal del despacho de Leo Lombardi en la planta treinta y cinco de la Torre corporativa. El cielo plomizo de la ciudad parecía el reflejo perfecto de la tormenta que acababa de estallar en la pantalla de su ordenador.Leo estaba de pie, con las manos apoyadas sobre la superficie de su escritorio, los nudillos blancos por la tensión. Su respiración era pesada, controlada, pero sus ojos oscuros ardían con una mezcla letal de incredulidad y furia pura.El archivo encriptado que "V", su contacto en la Deep Web, le había enviado hacía diez minutos, estaba abierto frente a él.V no se había limitado a buscar en los registros médicos básicos; había rastreado un antiguo fideicomiso cerrado, vinculado a una cuenta en las Islas Caimán que había estado inactiva durante dos décadas. El titular original de esa cuenta era Chloe Scott. La hermanastra de su madre. La mujer que había ayudado a convertir la vid







