FAZER LOGINTess había soñado con la palabra "esposa" desde que era una niña. Para ella, el matrimonio significaba amor, estabilidad y una familia que pudiera llevar cada domingo a la iglesia. Pero ahora, esa misma palabra, pronunciada por los labios del conde de la Poer, le resultaba amarga. La idea de casarse con él era como un veneno que no estaba dispuesta a tragar.
De pie bajo la lluvia persistente, sostuvo a sus gemelos con fuerza bajo la manta, mientras él la observaba con esos ojos grises que parecían perforar su alma. Su cabello oscuro estaba empapado, pero su porte altivo permanecía intacto, como si la tormenta no pudiera afectarlo.
Debería estar loca para rechazarlo, pensó. Debería ser una insensata para negarse al padre de sus hijos. Pero la cordura no coincidía con su deseo de sobrevivir intacta.
—No quiero —dijo finalmente, con una firmeza que no sabía que poseía.
El conde alzó una ceja, incrédulo. Una risa seca escapó de sus labios.
—¿Qué dices, Tessa?
Ella levantó la barbilla, enfrentando su mirada desafiante. Ajustó la manta alrededor de sus pequeños y reunió toda la valentía que le quedaba. Aunque el miedo le carcomía por dentro, no lo dejaría ver su debilidad.
—Que nunca, jamás, ni en mil años, aunque mi vida dependiera de ello… me casaría con un hombre como usted.
Alexander dejó escapar otra risa, esta vez más profunda, casi burlona. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos, y la observó con una mezcla de diversión y desdén. Tess no se había dado cuenta de lo cerca que estaba hasta que el aroma a sándalo y cítricos llenó sus sentidos. Era un olor sofisticado, propio de alguien como él, un hombre que podía permitirse los lujos que ella solo podía imaginar.
—No es común escuchar algo como esto —dijo él con voz grave.
Tess retrocedió instintivamente, sin apartar la mirada de ese rostro. Pero antes de que pudiera responder, él continuó:
—Es fascinante —comentó el conde con una voz cargada de sarcasmo—, cómo las palabras más altivas suelen salir de labios tan humildes.
Alargó un brazo y rozó los gruesos labios de Tess. Ella se apartó de inmediato.
—Antes de soltar palabras tan dignas y orgullosas, deberías recordar que lo que llevas en brazos es algo de mi sangre y mi propiedad. ¿De verdad crees que serás capaz de criarlos sola hasta la adultez?
Los pequeños se removieron bajo la manta, ajenos a la tensión que se respiraba en el aire. Tess los sostuvo con más fuerza, intentado protegerlos del hombre que reclamaba su sangre como propiedad.
—No me importa vivir cosiendo ropa toda mi vida si con eso puedo alimentarlos —respondió con voz firme—. Si eso significa que puedo mantenerlos lejos de usted.
El conde inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando sus palabras. Frunció el ceño y replicó con una insensibilidad que hizo que Tess recordará cómo se habían conocido.
—Siendo hijos míos, ¿hay verdadera necesidad de crecer en una choza, comiendo avena y vistiendo harapos? —preguntó él con desdén.
Fue en Londres, en una casa de citas frecuentada por nobles y comerciantes adinerados, donde lo había visto por primera vez: atractivo, joven e hijo de un vizconde. Su presencia había captado la atención de todas las mujeres presentes. Pero Tess se había atrevido a sostenerle la mirada, un acto que ahora lamentaba profundamente.
—Nadie sabe que mis hijos son suyos —dijo finalmente, aferrándose al último resquicio de control que creía tener—. Y nadie tiene por qué saberlo. Puede ser nuestro secreto.
Levantó la mirada hacia él, suplicante, mientras la lluvia corría por su rostro.
—Solo… déjeme seguir mi camino. No diré nada sobre ellos ni sobre usted. Podrá casarse con alguien de su misma clase y tener más hijos… Yo haré lo mismo…
El semblante del conde cambió al instante. Su rostro se endureció; sus labios se apretaron en una línea fina y peligrosa, a la vez que su mandíbula se tensaba y los grises ojos se oscurecían como el cielo sobre ellos.
—¿Qué has dicho? —preguntó en un susurro afilado.
Se inclinó hacia ella, reduciendo aún más la distancia entre ambos, hasta que sus rostros estuvieron a meros centímetros.
—¿Pretendes decirme que quieres criar a mis hijos como si no fueran míos? ¿Qué te irás para casarte con otro hombre? —Su tono era cada vez más gélido y cortante—. ¿Y quién sería ese afortunado? ¿Un campesino? ¿Un pobre diablo que los pondrá a trabajar en fábricas y te hará parir a sus hijos miserables? ¿Me sugieres que busque a una mujer de mi clase, para qué? ¿Para qué tú puedas irte libremente y llenarte de la progenie de un bastardo?
Tess sintió cómo las palabras del conde se clavaban en su pecho como cuchillos. Su voz tembló cuando intentó responder:
—¡No quiero casarme…!
Alexander suspiró profundamente y levantó una mano frente a ella, extendiendo dos dedos.
—Creo que hay una confusión entre nosotros, querida —dijo con calma artificial—. Tal vez no me expresé con claridad. Permíteme corregirlo.
Bajó un dedo mientras sus ojos seguían fijos en los de ella.
—Uno: vendrás conmigo y vivirás como mi mujer. Compartirás mi lecho cada noche y mis hijos serán criados como corresponde a los herederos de un conde. ¿Está claro?
Tess miró aquella mano alzada como si fuera un arma apuntándole directamente al pecho.
—¿Dice… dice usted que me llevará para vivir como su amante? —logró articular finalmente.
El conde arqueó una ceja ante su pregunta.
—No quieres matrimonio. Lo acabas de decir claramente. Y yo no tengo inconveniente alguno. Te tendré igual. Elige: esposa o amante. Es la única elección que te permitiré tomar.
Antes de que Tess pudiera procesar ese ultimátum, él bajó el segundo dedo.
—Dos: no se te ocurra negarte. No he venido aquí para negociar ni para pedirte permiso. Si insistes en decirme que no… aceptaré tu negativa. Pero tendrás que dejar algo atrás.
La voz del conde fue un látigo que le arrancó un hilo de vida. Tess sintió cómo se le helaba la sangre mientras sus labios se entreabrían en una pregunta temblorosa:
—¿Qué es eso suyo que debería dejar atrás si quiero irme?
Con una calma inquietante, Alexander extendió una mano y apartó la manta que cubría a los gemelos. Los pequeños alzaron sus caritas hacia él, sus ojos grises reflejando la misma intensidad que los de su padre.
—Si decides irte —dijo Alexander con frialdad, observándolos por primera vez con detenimiento—, puedes hacerlo. Pero ellos no te seguirán. Mis hijos se quedarán conmigo para ser criados como corresponde: bajo mi protección.
Tess retrocedió dos pasos instintivamente, mirándolo como si acabara de transformarse en una bestia salvaje dispuesta a devorarla.
—Usted no los ama —dijo ella con voz rota, antes de enfadarse—. ¡No puede amarlos como yo…! ¡Apenas los conoce!
El conde soltó una carcajada seca mientras volvía junto a su caballo y lo montaba con la elegancia propia de su noble casta.
—¿Por qué, preguntas? —replicó desde las alturas de su montura—. Ellos son mis herederos, Tessa. Y aunque no lo desees aceptar, me has hecho un favor al traerlos al mundo. Sin quererlo, me has ahorrado el tedio de buscar una esposa adecuada para cumplir ese propósito. Ahora no tengo necesidad de casarme con alguna dama insípida cuyo único propósito sea darme hijos legítimos.
El sonido de ruedas acercándose rompió el tenso silencio entre ellos. Un carruaje elegante, con el escudo de armas de los de la Poer, apareció entre la bruma de la lluvia y se detuvo junto a Tess. Los caballos blancos resoplaban bajo las mantas empapadas mientras el cochero aguardaba en silencio.
—He enviado por este carruaje para ti y los niños —anunció Alexander—. Vendrán conmigo, está dicho.
Tess miró hacia el horizonte; más allá del camino embarrado y las gotas de lluvia cayendo sin cesar, aún podía distinguir su pequeña casa a lo lejos.
—No puede obligarme… —murmuró casi para sí misma mientras retrocedía otro paso.
El conde inclinó ligeramente la cabeza desde lo alto del caballo, sonrió con una mezcla de desafío y satisfacción.
—No necesito obligarte —respondió con una calma que le recordó a Tess los días y las noches que pasó con él—. Sin embargo, puedo hacerlo si es necesario. Dime, Tessa: ¿quieres que te obligue a subir al maldito carruaje?
El corazón de Tess latió desbocado mientras miraba al hombre frente a ella. Sabía que estaba atrapada entre el barro del camino bajo sus pies y el abismo al que el Conde parecía dispuesto a empujarla sin remordimientos.
Sí el florero no fuera tan desmesuradamente grande y ostentoso, y no estuviera ubicado justo delante de ellos, todos esos aristócratas habrían podido ver cómo el conde, el invitado más destacado de aquella velada, tomaba a su esposa en el alféizar de uno de los ventanales principales.—E-espere… ¡Aquí no…! —la voz de Tess salió temblorosa, casi transformándose en un gemido.Pero Alexander de la Poer ignoró las palabras de su esposa y, con una mano apoyada en el cristal y la otra sujetando el muslo suave de Tess, arremetió contra ella sin dar tregua.Tess apenas pudo contener el grito que se formaba en su garganta. De repente se sintió invadida por él, más profundamente que en otras ocasiones. Mientras su cuerpo se acostumbraba a la intensidad de la sensación, el conde subió una pierna al alféizar para mejorar su posición y se inclinó para cubrir el escote de su mujer con besos apasionados.Un escalofrío recorrió el cuerpo de Tess cuando Alexander deslizó su lengua sobre sus pechos. Con
La atmósfera del banquete cambió drásticamente para Tess después de las imprudentes palabras de la duquesa, que guardó silencio durante el resto de la cena tras la advertencia silenciosa del conde. Sin embargo, Tess notó que esa “metida de pata” había transformado la velada; empezó a percibir detalles que antes le habrían pasado desapercibidos. La extraña rigidez de Alexander de la Poer al hablar de su esposa, los cuchicheos que recorrían la mesa en murmullos apenas audibles, y las miradas que algunas damas compartían, que parecían contener conversaciones intrigantes.Y cuando, desde el fondo, alguien dejó escapar una frase, Tess la atrapó como si fuera un pez en el agua.—¿Quién diría que Alexander de la Poer volvería a interesarse en las relaciones serias, cuando juró que llevaría una vida entre el juego y las mujeres de una noche?La pregunta resonó en su mente: ¿Alexander ya había estado en una relación formal antes? Esa inquietud se repitió en su cabeza mientras en la mesa desfil
Durante los días previos al esperado banquete, Tess se esforzó por ocultar su entusiasmo y los planes que había trazado con meticulosidad en su mente. Se dedicó a fingir resignación frente al conde, mostrando obediencia en la cama y evitando mencionar el pasado que tanto enfurecía a Alexander. Endulzó su comportamiento para que él no sospechara de sus verdaderas intenciones. Se mostró amable y hasta cariñosa, todo con el fin de no despertar el recelo del padre de sus hijos.Y funcionó. Alexander bajó la guardia, convencido de que Tess finalmente había aceptado su destino.Horas antes de partir en carruaje hacia la residencia del duque, media docena de criadas se encargaron de preparar a la esposa del conde. La vistieron con un elaborado vestido de satén color marfil, que reflejaba delicadamente la luz con ligeros destellos dorados. El corsé, ajustado a medio busto, le comprimió las costillas, mientras que las mangas caídas dejaban al descubierto la piel pálida de sus hombros. La falda
“>>DÍGAME QUE SE QUEDARÁ CONMIGO>Ya viene el médico…>No deseo morir solo. Usted, por favor, quédese conmigo
—Acudirás... ¿acompañado? —preguntó la mujer a los pies del conde, evidentemente perpleja—. ¿Por quién?El conde miró hacia lo alto de las escalinatas, y Sarah siguió su mirada. Pero antes de que la mujer pudiera verla, Tess se ocultó tras una columna, conteniendo el aliento. Cuantas menos personas supieran de ella, ¿no sería más sencillo huir?—¿Entonces es cierto que volviste con una mujer? —la voz de Sarah sonó alterada, como si se sintiera traicionada—. ¿Todos esos absurdos rumores sobre la heredera francesa son ciertos? ¡¿En verdad tú...?!—Es tarde. Será mejor que regreses a casa. Nos vemos en el banquete.Tess oyó cómo él caminaba y luego abría la gruesa puerta principal. Se asomó un poco para ver y se encontró con la imagen de la mujer saliendo de la casa.—Debes estar jugando conmigo, ¿no? —se detuvo al lado de Alexander, mirándolo con ojos inquisitivos—. Es imposible que tengas una relación de la que yo no esté al tanto. No, más bien, es imposible que estés con una mujer. La
Con sus hojas de un verde vibrante, sus fragantes flores blancas que surgen en grupos de tallos largos en primavera, y las tentadoras bayas de color rojo anaranjado que aparecen en otoño, los lirios del valle tienen una hermosa apariencia delicada. Pero esa apariencia, al igual que Tess misma, es engañosa.En realidad, los lirios del valle son extremadamente tóxicos, y Tess lo sabía. Sus padres solían ser comerciantes de plantas, especializados en vender flores exóticas para embellecer los hogares y jardines de la alta sociedad inglesa. Ingerir la flor, el tallo e incluso las bayas puede causar enfermedades graves, e incluso la muerte. Su toxicidad es tal que hasta los animales salvajes suelen evitar comerlas.Sin embargo, hacía tres años, Tess había preparado infusión tras infusión con ellas y se las había dado a beber al entonces hijo del vizconde de la Poer, con la esperanza de envenenarlo y matarlo.—¿Estás decepcionada de que mi corazón siga latiendo? —El ahora conde tomó una man







