FAZER LOGINEn el interior del carruaje, Tess se mantenía en silencio, con la mirada fija en el paisaje que cambiaba más allá de la ventana, alejándose del hogar que conocía y de sus amigos. Cada tanto, sus ojos se encontraban con los de Alexander de la Poer, el conde que ahora era su “esposo”. La tensión entre ambos era palpable, casi tangible, como si el aire dentro del vehículo se hubiera vuelto denso e irrespirable.
Él la miraba con un rencor helado, sus ojos grises estaban cargados de un desprecio que no se molestaba en ocultar. Tess sabía que lo había arruinado, y aunque no podía negar su culpa, tampoco podía evitar preguntarse cómo habían llegado a este punto.
El carruaje se detuvo de repente, con un brusco chirrido de las ruedas sobre el camino empedrado. La voz autoritaria del conde resonó en el aire:
—¡Detente!
Sin darle tiempo a reaccionar, Alexander abrió la puerta del carruaje y la tomó del brazo, obligándola a descender. Frente a ellos se alzaba Anchester Hall, una mansión imponente que parecía desafiar al cielo con sus torres góticas y su fachada de piedra gris. El lugar tenía un aire solemne y sombrío, rodeado de robles centenarios y jardines meticulosamente cuidados.
Tess tragó saliva mientras lo contemplaba; nunca había estado tan cerca de aquella propiedad que solo había visto desde lejos, y que había estado deshabitada por 3 años.
—Bienvenida a casa —dijo Alexander con un tono cargado de ironía y una sonrisa cruel curvando sus labios—. Hace tres años te prometí que algún día te traería a mis dominios para vivir como mi esposa. Hoy he cumplido mi promesa. ¿Te satisface lo que ves?
Tess apretó los labios y los puños, recordando aquella promesa hecha en un momento de pasión insensata. Nunca creyó que esas palabras se convertirían en realidad. Pero ahí estaba, frente a la residencia de los de la Poer, con el hombre al que había arruinado y sus dos hijos durmiendo en el interior del carruaje.
Miró con desconfianza los detalles de la mansión: los jardines meticulosamente recortados, los robles centenarios y las ventanas arqueadas que parecían observarla como ojos vigilantes.
—¿Ya lo recordaste? —la atrajo por la cintura y plantó un beso seco en su mejilla—. Prometí traerte a vivir conmigo. Hace 3 años, cuando me tenías hechizado y ansioso de ti, dije tantas barbaridades que hoy pienso cumplir.
Su garganta se cerró, y no respondió. Apretó los puños hasta enterrarse las uñas en las palmas, conteniendo una mezcla de rabia y resignación.
Las grandes puertas dobles de la mansión se abrieron para dejar paso a una docena de sirvientes. Un hombre mayor, que debía ser el mayordomo, se acercó rápidamente y saludó al conde con una leve inclinación.
—Mi señor, bienvenido a Anchester Hall —dijo con formalidad, aunque sus ojos no pudieron evitar posarse sobre Tess con curiosidad e intriga.
Alexander le entregó las riendas del negro caballo y no se molestó en dar explicaciones sobre quién era ella. En cambio, señaló al carruaje donde los dos pequeños dormían abrazados.
—Hay dos niños dentro —indicó con frialdad—. Instálalos en la habitación junto a la mía.
El mayordomo parpadeó sorprendido y se acercó al carruaje para echar un vistazo al interior. Al ver a los niños, su expresión se tensó y miró al conde como si esperara una aclaración.
—Se puede saber… ¿quiénes son, mi señor?
Tess sintió cómo el calor subía a su rostro y apartó la mirada, deseando desaparecer en ese mismo instante. Pero el conde no mostró ni rastro de incomodidad; al contrario, parecía disfrutar de la situación.
—Son mis hijos —declaró con voz firme, mirando a Tess con una mezcla de desafío y satisfacción—. Nacidos de esta mujer que ves aquí.
El asombro fue evidente en los rostros de los sirvientes. Tess sintió el peso de sus miradas inquisitivas y bajó la cabeza. El calor le sonrojó la piel.
Con una mano firme en la espalda baja de Tess, Alexander de la Poer la obligó a caminar hacia el interior de la mansión.
—Vamos, cariño mío —murmuró con burlona confidencia—. Hay asuntos pendientes entre nosotros.
Tess sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, la mano del conde era firme y posesiva, como sí supiera que ella estaba tentada de darse la vuelta, tomar a sus hijos y huir. El vestíbulo principal de Anchester Hall era un espectáculo en sí mismo: suelos de mármol reluciente reflejaban la luz tenue de los candelabros, mientras una majestuosa escalera doble conducía al piso superior. Las paredes estaban adornadas con retratos de generaciones pasadas de los de la Poer, figuras imponentes que parecían observarla desde sus marcos dorados.
Tess apenas pudo detenerse a admirar el espacio, el conde seguía empujándola con determinación hacia el ala oriental de la mansión. Sus zancadas eran largas y decididas, tanto que apenas ella podía seguirle el ritmo.
Finalmente se detuvieron frente a una puerta maciza tallada en roble oscuro.
—Bienvenida a los aposentos privados que te prometí —le susurró al oído, su voz ronca y cargada de una emoción que Tess no supo descifrar—. A partir de hoy, dormirás cada noche junto a mí.
El rubor subió rápidamente por el cuello de Tess, hasta teñirle las mejillas. Antes de que pudiera procesar lo que significaba, el conde abrió la pesada puerta y la empujó al interior. La habitación era tan opulenta como todo lo demás en la mansión: paredes cubiertas de seda color marfil, molduras doradas que brillaban bajo la luz cálida de los candelabros, y una cama imponente con dosel adornado con cortinas de terciopelo azul oscuro y detalles en encaje francés.
Una lenta exhalación de admiración manó de sus labios. Pero apenas tuvo oportunidad de admirar el entorno antes de sentir como el vestido empapado se deslizaba por sus hombros. El frío aire nocturno acarició su piel desnuda, sin embargo, antes de que pudiera temblar, los brazos firmes del conde la rodearon desde atrás. El calor que manaba del hombre era abrasador.
Sí el florero no fuera tan desmesuradamente grande y ostentoso, y no estuviera ubicado justo delante de ellos, todos esos aristócratas habrían podido ver cómo el conde, el invitado más destacado de aquella velada, tomaba a su esposa en el alféizar de uno de los ventanales principales.—E-espere… ¡Aquí no…! —la voz de Tess salió temblorosa, casi transformándose en un gemido.Pero Alexander de la Poer ignoró las palabras de su esposa y, con una mano apoyada en el cristal y la otra sujetando el muslo suave de Tess, arremetió contra ella sin dar tregua.Tess apenas pudo contener el grito que se formaba en su garganta. De repente se sintió invadida por él, más profundamente que en otras ocasiones. Mientras su cuerpo se acostumbraba a la intensidad de la sensación, el conde subió una pierna al alféizar para mejorar su posición y se inclinó para cubrir el escote de su mujer con besos apasionados.Un escalofrío recorrió el cuerpo de Tess cuando Alexander deslizó su lengua sobre sus pechos. Con
La atmósfera del banquete cambió drásticamente para Tess después de las imprudentes palabras de la duquesa, que guardó silencio durante el resto de la cena tras la advertencia silenciosa del conde. Sin embargo, Tess notó que esa “metida de pata” había transformado la velada; empezó a percibir detalles que antes le habrían pasado desapercibidos. La extraña rigidez de Alexander de la Poer al hablar de su esposa, los cuchicheos que recorrían la mesa en murmullos apenas audibles, y las miradas que algunas damas compartían, que parecían contener conversaciones intrigantes.Y cuando, desde el fondo, alguien dejó escapar una frase, Tess la atrapó como si fuera un pez en el agua.—¿Quién diría que Alexander de la Poer volvería a interesarse en las relaciones serias, cuando juró que llevaría una vida entre el juego y las mujeres de una noche?La pregunta resonó en su mente: ¿Alexander ya había estado en una relación formal antes? Esa inquietud se repitió en su cabeza mientras en la mesa desfil
Durante los días previos al esperado banquete, Tess se esforzó por ocultar su entusiasmo y los planes que había trazado con meticulosidad en su mente. Se dedicó a fingir resignación frente al conde, mostrando obediencia en la cama y evitando mencionar el pasado que tanto enfurecía a Alexander. Endulzó su comportamiento para que él no sospechara de sus verdaderas intenciones. Se mostró amable y hasta cariñosa, todo con el fin de no despertar el recelo del padre de sus hijos.Y funcionó. Alexander bajó la guardia, convencido de que Tess finalmente había aceptado su destino.Horas antes de partir en carruaje hacia la residencia del duque, media docena de criadas se encargaron de preparar a la esposa del conde. La vistieron con un elaborado vestido de satén color marfil, que reflejaba delicadamente la luz con ligeros destellos dorados. El corsé, ajustado a medio busto, le comprimió las costillas, mientras que las mangas caídas dejaban al descubierto la piel pálida de sus hombros. La falda
“>>DÍGAME QUE SE QUEDARÁ CONMIGO>Ya viene el médico…>No deseo morir solo. Usted, por favor, quédese conmigo
—Acudirás... ¿acompañado? —preguntó la mujer a los pies del conde, evidentemente perpleja—. ¿Por quién?El conde miró hacia lo alto de las escalinatas, y Sarah siguió su mirada. Pero antes de que la mujer pudiera verla, Tess se ocultó tras una columna, conteniendo el aliento. Cuantas menos personas supieran de ella, ¿no sería más sencillo huir?—¿Entonces es cierto que volviste con una mujer? —la voz de Sarah sonó alterada, como si se sintiera traicionada—. ¿Todos esos absurdos rumores sobre la heredera francesa son ciertos? ¡¿En verdad tú...?!—Es tarde. Será mejor que regreses a casa. Nos vemos en el banquete.Tess oyó cómo él caminaba y luego abría la gruesa puerta principal. Se asomó un poco para ver y se encontró con la imagen de la mujer saliendo de la casa.—Debes estar jugando conmigo, ¿no? —se detuvo al lado de Alexander, mirándolo con ojos inquisitivos—. Es imposible que tengas una relación de la que yo no esté al tanto. No, más bien, es imposible que estés con una mujer. La
Con sus hojas de un verde vibrante, sus fragantes flores blancas que surgen en grupos de tallos largos en primavera, y las tentadoras bayas de color rojo anaranjado que aparecen en otoño, los lirios del valle tienen una hermosa apariencia delicada. Pero esa apariencia, al igual que Tess misma, es engañosa.En realidad, los lirios del valle son extremadamente tóxicos, y Tess lo sabía. Sus padres solían ser comerciantes de plantas, especializados en vender flores exóticas para embellecer los hogares y jardines de la alta sociedad inglesa. Ingerir la flor, el tallo e incluso las bayas puede causar enfermedades graves, e incluso la muerte. Su toxicidad es tal que hasta los animales salvajes suelen evitar comerlas.Sin embargo, hacía tres años, Tess había preparado infusión tras infusión con ellas y se las había dado a beber al entonces hijo del vizconde de la Poer, con la esperanza de envenenarlo y matarlo.—¿Estás decepcionada de que mi corazón siga latiendo? —El ahora conde tomó una man







