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CAPÍTULO 17

last update Data de publicação: 2026-06-22 10:45:53

La sala de deliberaciones del subnivel dos padece una temperatura de congelación inducida por los sistemas de climatización de la administración civil. Los consejeros veteranos, resguardados bajo abrigos de lana técnica y con sus interfaces portátiles emitiendo un parpadeo azulado, ocupan los escaños de la herradura inferior sin registrar datos en los canales generales. Tras la neutralización del sabotaje en las válvulas de retorno del subnivel cuatro, el ala administrativa del búnker experimen
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Último capítulo

  • VIVIENDO ENTRE ALFAS   EPÍLOGO

    El búnker ha dejado de ser una fortaleza estanca para convertirse, con el paso de los ciclos, en el corazón latiente de una comarca que empieza a reconocerse en el espejo del mundo. Las puertas, que durante generaciones fueron el último baluarte contra el fin de los tiempos, permanecen ahora entornadas. Es una rendija de metal que conecta el interior con el exterior, permitiendo que el aire de la superficie, afilado y puro, circule por los conductos que antes solo conocían el viciado aroma del ozono y el aceite quemado. La historia de Joseline, la Reina de la Fragua, ha sufrido una metamorfosis lenta pero imparable; ya no es un mandato grabado en los servidores centrales ni una profecía impuesta por el Consejo, sino una leyenda que los ancianos narran a los jóvenes junto al calor de los recuperadores de energía. No es el mito de una soberana divina, sino la crónica cruda y humana de una mujer que entendió, en el momento de mayor oscuridad, que la verdadera fragua no es la que se alimen

  • VIVIENDO ENTRE ALFAS   CAPÍTULO 26

    El horizonte, una línea de acero azulado que separa la tierra del cielo, empieza a vibrar con una luz que no proviene de ninguna máquina. Es el alba, el primer amanecer real que el distrito norte presencia en décadas sin la mediación de los filtros de color de los sensores de búnker. Joseline se encuentra en la plataforma superior de la torre, donde el aire, limpio por primera vez, le roza la piel con una aspereza gélida que le recuerda su propia fragilidad. Ya no lleva la tiara. Los restos de aquel dispositivo, un amasijo de cables y cristal que fue la fuente de su poder y su condena, descansan sobre la mesa metálica, mudos. El silencio en el búnker no es vacío; es una presencia nueva, un pulso que late al ritmo natural del mundo exterior, sin el siseo constante de la sobrecarga de plasma.El comandante de la Tríada se acerca por detrás, con paso firme pero carente de la rigidez marcial de antaño. Se detiene a un metro de distancia, respetando el espacio de quien, hasta hace poco, er

  • VIVIENDO ENTRE ALFAS   CAPÍTULO 25

    El búnker ya no es una fortaleza estanca; es un organismo que empieza a aprender a respirar a través de sus propias heridas. En el nivel de logística, los técnicos del Norte y los ingenieros del Sur trabajan codo a codo sobre las entrañas expuestas de un generador de ciclo cerrado. No hay desconfianza. El frío, que antaño se colaba por las rendijas como un espía, ahora es un enemigo compartido que ha obligado a los antiguos rivales a intercambiar planos, herramientas y palabras. Joseline observa el proceso desde la balconada superior. Sus marcas doradas apenas son ya cicatrices tenues, un mapa pálido de una energía que ya no está, pero su autoridad sigue emanando de ella con una fuerza gravitacional que no requiere de la tiara técnica para imponerse.La transición no es sencilla. El Alfa oscuro, cuya naturaleza siempre ha sido el conflicto, patrulla los pasillos con una actitud vigilante, aunque sus manos ya no descansan sobre el gatillo de su arma de pulso. Observa a los antiguos ene

  • VIVIENDO ENTRE ALFAS   CAPÍTULO 24

    El búnker respira de una manera distinta. Ya no hay ese zumbido constante de alta frecuencia que Joseline sentía como una extensión de sus propios nervios; ahora, el sonido dominante es el aire circulando por los conductos metálicos y el murmullo lejano de los generadores manuales. El silencio es denso, casi tangible. Joseline yace en su lecho, en la torre norte, observando cómo la luz natural, filtrada por el ventanal blindado que da al exterior, dibuja rectángulos de penumbra sobre la pared de hormigón. Su cuerpo se siente inmensamente pesado, como si cada músculo hubiera olvidado la ligereza de la energía fluida y hubiera recuperado la gravedad propia de la carne. Las marcas doradas, otrora brillantes, son ahora apenas tenues trazos de pigmento sobre su piel, recuerdos de una soberanía que se ha disipado en el acto de soldar el acero con su propio plasma.El comandante de la Tríada permanece de guardia en la puerta. Ya no viste el equipo de asalto completo, solo la túnica de comand

  • VIVIENDO ENTRE ALFAS   CAPÍTULO 23

    El búnker no gime; se desintegra en un silencio de frecuencias bajas que solo Joseline, conectada a los nervios de acero de la torre norte, es capaz de percibir. La temperatura en los niveles residenciales cae tres grados por ciclo, una bajada que los termostatos intentan enmascarar con lecturas falsas, pero la realidad se filtra por las grietas: el aire tiene un regusto metálico, a ozono rancio y a cobre quemado. La sobreexposición al plasma, el esfuerzo titánico de mantener la estabilidad del núcleo durante los enfrentamientos del desfiladero, ha pasado factura a la estructura molecular de las calderas. No es un sabotaje. Es algo peor. Es la entropía, la ley inexorable que dicta que todo sistema, dejado a su suerte, tiende al caos.Joseline está sentada en la plataforma de mando. Sus marcas doradas, que antes irradiaban una luz cálida y constante, ahora parpadean con una arritmia preocupante. Su piel está pálida, recorrida por venas que brillan con un tono ámbar intermitente. La tia

  • VIVIENDO ENTRE ALFAS   CAPÍTULO 22

    El invierno técnico, lejos de amainar tras el incidente con los emisarios del sur, parece haberse incrustado en los circuitos mismos del distrito norte. La escarcha, una fina capa de cristales de hielo que se adhiere a las juntas metálicas y a los respiraderos, brilla bajo la luz de las luminarias de emergencia como una piel sintética. Dentro del búnker, el aire tiene un sabor metálico, una mezcla de ozono, aceite de engranajes y la omnipresente estática que emana de las marcas doradas de Joseline. Ella, sentada en el centro de mando, es el motor que mantiene este organismo a flote. Sus ojos, fijos en la corriente de datos que descienden por las pantallas, no parpadean. Cada pulsación de luz en su piel está conectada con la temperatura de las calderas de la torre este; si ella se ralentiza, el corazón del búnker se enfría.A su alrededor, el silencio de la Tríada es un muro. Los tres hombres no se mueven, salvo para ajustar la posición de sus armas o verificar los niveles de energía d

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