LOGINLa luz pálida del amanecer se filtró por las rendijas de las pesadas cortinas de la habitación contigua.Elena abrió los ojos y se quedó mirando el techo desconocido. La mansión Valtieri estaba tan quieta a esa hora que podía escuchar el leve roce de las ramas contra los ventanales. Movió la mano izquierda sobre la sábana de seda y el destello frío del diamante de corte esmeralda capturó la escasa luz de la mañana.El anillo pesaba.No por su metal, sino por los seis años de heridas, traiciones y mentiras que los separaban.Se obligó a levantarse. Atravesó el vestidor que conectaba su habitación con la suite principal, recordando la promesa de Adrián de mantener las apariencias frente al personal.Cuando abrió la puerta de la habitación principal, el aroma a café recién hecho y a loción de sándalo la recibió de inmediato.Adrián ya estaba despierto.Vestía un traje de tres piezas color azul noche y se ajustaba los gemelos de plata frente al inmenso ventanal que daba a los jardines tra
Las pesadas rejas de hierro forjado de la mansión Valtieri se abrieron con un gemido metálico que a Elena le sonó a una sentencia definitiva.El automóvil negro avanzó lentamente por el camino de grava, flanqueado por los inmensos jardines que ella alguna vez había considerado su hogar. Habían pasado seis años desde la última vez que recorrió ese mismo camino bajo una lluvia torrencial, con el corazón hecho pedazos y la voz de Adrián resonando a sus espaldas, ordenándole que saliera de su casa.Ahora regresaba como esposa por contrato.Como una mujer que había tenido que entregar su libertad para salvar a su madre.El coche se detuvo frente a la imponente escalinata de mármol. El chófer le abrió la puerta y el aire helado de la noche de Aurevia la recibió de golpe.Elena se aferró a su abrigo y alzó la vista hacia la fachada de piedra de la mansión.Todo seguía exactamente igual.Tan majestuoso y frío como el hombre que estaba de pie a su lado.Adrián le ofreció el brazo.No fue un ge
La carpeta de cuero color crema golpeó el escritorio de cristal con un sonido seco y definitivo.Habían pasado dieciocho horas desde que Adrián Valtieri le ofreció el acuerdo prematrimonial. Dieciocho horas de insomnio, de caminar en círculos por el lujoso departamento que Ardentis había alquilado para ella, sopesando el peso de su libertad contra la necesidad de ver a su hijo.Adrián, sentado en su silla ejecutiva en el piso treinta, no se inmutó. Levantó la vista de la pantalla de su ordenador con una lentitud que destilaba seguridad.—Mi respuesta es no —declaró Elena, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia él con los ojos ardiendo de determinación—. No voy a firmar esta locura. Me niego a convertirme en tu esposa de alquiler para que puedas cerrar un trato con tus inversores japoneses.Adrián se reclinó en el asiento. No había sorpresa en sus facciones. Parecía haber anticipado exactamente esa reacción.—¿Estás segura de tu decisión, Elena? —preguntó él, entrelazan
El reloj digital en la esquina de la pantalla de Elena parecía haberse congelado. Habían pasado exactamente cuarenta y cinco minutos desde que Adrián Valtieri levantó el auricular de la línea de máxima seguridad para dar instrucciones a su equipo legal. Cuarenta y cinco minutos desde que le dijo que le había puesto un precio demasiado bajo a su libertad. Elena seguía sentada frente a su escritorio, con la caja de la panadería intacta a su lado y el estómago cerrado por un nudo de pura ansiedad. Las palabras que le había gritado minutos antes todavía resonaban en sus oídos. Le había dicho que lo veía como un carcelero, que odiaba estar allí y que su concepto del amor estaba roto. Había querido herirlo para que retrocediera, pero, conociendo a Adrián, sabía queacorralarlo solo provocaba que él devolviera el golpe con el doble de fuerza. Las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo suave. Dos hombres mayores, vestidos con trajes grises hechos a medida y portando maletines de c
El lunes por la mañana, el piso treinta de Ardentis amaneció con una calma que resultaba escalofriante.Elena llegó a las siete en punto, preparada mentalmente para encontrar otra montaña de carpetas inútiles con el sello de Valeria Montiel. Sin embargo, su inmenso escritorio de cristal estaba inmaculado. No había ni un solo documento. En su lugar, descansaba una caja blanca con el elegante logotipo de la panadería de Arthur Pendelton, junto a una taza de porcelana humeante que desprendía el inconfundible aroma del café etíope con un toque de canela.Elena se detuvo en seco, mirando el desayuno como si fuera un artefacto explosivo.La puerta del despacho principal estaba abierta. Adrián Valtieri estaba sentado detrás de su escritorio, leyendo un reporte en su tableta. Llevaba un traje azul oscuro que contrastaba con la intensidad de su mirada cuando levantó los ojos hacia ella.—Buenos días —dijo Adrián, con una voz grave, desprovista del hielo corporativo que habitualmente usaba como
A las cuatro y cincuenta y cinco de la mañana del sábado, el cielo de Aurevia seguía siendo de un azul oscuro e impenetrable, pero las luces del Distrito Sur ya comenzaban a parpadear.El coche negro de Ardentis se detuvo frente a un local de fachada rústica y amplios ventanales. El letrero, tallado en madera cruda, rezaba: Pendelton Artisan.Elena bajó del vehículo envolviéndose en su abrigo. Apenas había dormido dos horas. Los ojos le pesaban y tenía el alma magullada por las mentiras que había tenido que decir para proteger a Mateo. Pero al empujar la puerta de cristal de la panadería, el inconfundible aroma a levadura, mantequilla derretida y azúcar tostada la golpeó de frente.Fue como volver a respirar.—¡Elena! ¡Alabados sean los cielos! —Arthur Pendelton apareció desde la parte trasera del local con un delantal negro completamente cubierto de manchas blancas y harina hasta en las cejas. Detrás de él, tres jóvenes panaderos corrían en círculos—. ¡Dime que traes un milagro, porq







