INICIAR SESIÓNNatalia se reprochó por preocuparse por aquel desalmado que era su padre. Ni siquiera con unas costillas rotas tenía la decencia de reposar, y aún así ella lo esperaba, con el corazón encogido y los ojos fijos en la puerta del hospital. Cada minuto que pasaba, su ansiedad crecía, y cuando finalmente se dio cuenta de que no aparecería, sintió cómo una mezcla de frustración y temor la golpeaba como un puño invisible. Regresó a casa con pasos pesados y tuvo que mentirle a su abuela, diciendo que Franco estaba hospitalizado. No podía decirle la verdad: Rosa estaba demasiado frágil, y cualquier angustia podía dispararle la presión.
Casi de madrugada, Franco irrumpió en la casa, tambaleándose por el efecto combinado de sus heridas y el alcohol. La puerta golpeó la pared, y el sonido seco hizo que Natalia contuviera la respiración.
—¡Natalia, qué bueno que estás aquí! —dijo él, con una sonrisa torcida que le erizó la piel.
Natalia se plantó frente a él, las manos firmes en la cintura, con los ojos centelleando de indignación y miedo. Su voz tembló, pero se esforzó por mantenerse firme:
—¿Dónde estabas? Tú debías estar en el hospital y no en este estado. ¿Es que quieres matar a la abuela?
—Shhhh, nada de conflictos —arrastró las palabras, con un arrastre de pies torpe y arruinado por la borrachera—. Hoy estoy… feliz. Al fin me he librado de la muerte y todo… gracias a ti, yo sabía que algún… —Se señaló con el dedo mientras se dejaba caer en el viejo sofá, con un crujido que hizo eco en la habitación silenciosa—. Tú me ibas a servir para algo.
Natalia frunció el ceño, el corazón latiéndole con fuerza, mientras vigilaba la puerta: no quería que su abuela se levantara y presenciara aquella escena.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, intentando controlar el temblor en sus manos y la opresión en el pecho.
—Te he conseguido un trabajo… muy bueno. Mañana tienes… que ir a esta dirección —le extendió una tarjeta con un gesto distraído, sus ojos brillaban con una intensidad inquietante que Natalia no había visto nunca en él.
—¿Te fuiste del hospital para conseguirme un empleo? —dijo ella, con incredulidad y recelo, frunciendo los labios.
—Soy tu padre… —se puso la mano en el pecho, como si eso justificara todo—. Sé lo que es mejor para ti. Esos empleos de m****a no te llevan a ningún lado. Por eso te conseguí algo mejor… Ve mañana.
Natalia lo miró con recelo; la insistencia de su padre era alarmante. Algo en su interior le decía que no podía confiar en él. Sin embargo, decidió acudir al lugar indicado, aferrándose a la débil idea de que él no la enviaría a un sitio donde la lastimaran.
El lugar quedaba al otro lado de la ciudad, en el alto Manhattan. Desde el exterior ya percibió lujo y sobriedad, pero también una sensación de vacío y control que le hizo tensar los músculos. Al llegar, un hombre mal encarado estaba parado a las afueras. Nataly, con el corazón desbocado, le mostró la tarjeta. El hombre la observó un instante, sin decir palabra, y abrió la puerta para dejarla pasar.
El pasillo que recorrió parecía alargarse infinitamente, y cada paso resonaba en sus oídos como un tambor que marcaba su destino. Entró en una sala decorada con un lujo masculino y clásico: sillones de cuero, madera pulida, cuadros y trofeos de caza. Al fondo, una tarima con un piso reluciente y un tubo metálico. Su respiración se volvió agitada; el pánico se apoderó de ella en un instante: estaba en un burdel.
Un hombre alto, rubio, con prominente barriga y camisa mal abotonada se acercó con pasos lentos y seguros. Su risa grave y arrogante le recorrió la espalda como un escalofrío.
—Tú debes ser el caramelito que me ofreció Franco —dijo, inspeccionándola con la mirada como quien evalúa la compra de un animal. —Date la vuelta.
El miedo le congeló el cuerpo; cada vello de su piel se erizó mientras él recorría su figura con ojos voraces.
—Mi padre me envió aquí porque había una oportunidad de empleo —respondió ella, con voz temblorosa pero tratando de aparentar firmeza, extendiendo la tarjeta con manos que sudaban.
El hombre soltó una carcajada que retumbó en la sala y le erizó todos los nervios.
—Esta es tu mejor oportunidad de empleo, cariño: ser vendida a un burdel.
—¿Vendida? —preguntó Natalia, con incredulidad y la voz quebrada, mientras el miedo la hacía retroceder un paso.
—Sí, encanto —rió con sorna—. Franco te ha vendido. Ahora me perteneces. Trabajarás para mí y esta noche serás subastada.
Natalia sintió que el mundo se le derrumbaba. Su corazón se rompió en mil pedazos, la traición de su propio padre la dejó paralizada. Las lágrimas amenazaban con brotar, pero se contuvo, temiendo que su desesperación fuera vista como debilidad.
—Espera aquí, enviaré a una de las chicas para que te preparen —dijo el hombre, girando sobre sus talones, su voz resonando en la habitación como un martillo.
Natalia se quedó sola, el corazón destrozado, comprendiendo que la relación con su padre había muerto, que la confianza que tenía en él había sido asesinada. Se preguntó una y otra vez cómo podía alguien a quien llamaba “papá” llegar a venderla. Un escalofrío recorrió su columna, y por primera vez sintió un miedo absoluto y tangible, profundo, que se enroscaba alrededor de su garganta y su estómago.
Taylor Antes me importaba muchísimo el dinero, pero vivir en una isla con Danya me ha enseñado que la vida es algo más que comprar ropa nueva y bolsos.Casi nunca pienso en cómo era mi vida en los Estados Unidos. El consumismo ya no encaja con quien soy. Me siento mucho más satisfecha paseando por el jardín, recogiendo bayas y leyendo libros bajo el sol de la tarde.En los seis meses que llevamos aquí las cosas se han ralentizado, y por fin me he dado cuenta de que convertirme en madre tiene un propósito mucho mayor para mí que beber de día y salir de compras. Creo que el bebé me ha hecho más bien que cualquier otra cosa en el mundo. Sé que dicen que no intentes arreglar tus problemas teniendo un bebé, pero realmente siento que me he convertido en una persona totalmente diferente ante la rápida llegada de mi experiencia de dar a luz.Tal vez sean las hormonas. Supongo que lo sabré cuando nuestro bebé nazca finalmente.Descubrimos hace apenas una semana que iba a ser un niño. Yo estaba
DanyaTaylor está dormida en el sofá de la sala, aferrada a una manta blanca de algodón y roncando tan fuerte que tengo que subir al segundo piso para llamar a Bobby. No he hablado con él desde que le pagué por encargarse de James, pero ahora que el Consejo Rojo ha decidido convertirse en una molestia, podría serme útil.Bobby responde el teléfono después de un par de timbres, refunfuñando algo sobre la hora. Olvidé que está en una zona horaria diferente.—¿Qué pasa, hermano? —pregunta, sonando totalmente irritado.—Siento molestarte, pero tengo algo de trabajo por si estás interesado.—Jesús, amigo, ¿a cuántas personas necesitas matar? Probablemente ya te has cargado al menos a una docena solo este año.—Apreciaría que fueras un poco menos obvio al respecto —refunfuño.—Ah, cierto, pero esta línea está encriptada. No hay manera de que nadie descifre este desastre —responde con confianza.—La tecnología cambia todos los días. Nunca se es demasiado cuidadoso.—Claro, claro… Entonces, ¿
TaylorAbro la puerta del baño inmediatamente después de que Danya me la cierra en la cara.—Oye, imbécil, iba a decir algo.Danya me hace señas frenéticas para que cierre la puerta, pero niego con la cabeza.—Te amo —digo.Una sonrisa parpadea un instante en su rostro.—Yo también te amo. Ahora cierra la puerta y cúbrete los oídos.Esta vez le obedezco. Cierro la puerta y me arrastro hasta meterme debajo del lavabo. Dudo que me proteja de las balas perdidas, pero me hace sentir más segura cuando resuenan los primeros disparos.Es increíble lo ruidosas que son las armas, sobre todo cuando hay tantas disparándose a la vez. El sonido es ensordecedor, incluso con las manos sobre los oídos, y es peor en el amplio baño. El ruido rebota contra las paredes de azulejos relucientes como una avispa furiosa atrapada en un frasco de vidrio.Me acurruco formando un ovillo apretado e intento convencerme de que suenan como fuegos artificiales.Recuerdo que de joven me encantaba ir a las celebracion
DANYASon audaces. Les concedo eso, pero no son muy sabios. Perseguir a un grupo de policías de Mozambique hasta mi isla los va a meter en un mundo de problemas. Bastaría con una sola llamada para que el ejército de Mozambique viniera aquí a encargarse de ellos.Sin embargo, yo no me dedico a tratar con organizaciones gubernamentales. Hice un trato hace muchos años con un político en particular, pero no gano nada invitándolos a pulular por mi isla. Estoy seguro de que no verían con buenos ojos las armas y municiones que tengo almacenadas aquí, ni a la mujer estadounidense que carece de una visa adecuada.El Consejo Rojo sería la menor de mis preocupaciones en ese momento.Me vuelvo hacia la casa, sin muchas ganas de enfrentarme a la policía o al Consejo Rojo si se llega a eso. Sé que están aquí por mí, pero eso no significa que tengan la intención de asaltar la isla a pie. Podrían quedarse esperando cerca del muelle para hundir mi submarino a cañonazos en el momento en que intentemos
DanyaMientras recogemos nuestra ropa de la arena, tengo el impulso de caminar desnudo hasta la casa. Es mi derecho natural como ser humano. Siento que siempre estamos muy desconectados de la naturaleza, especialmente con lo frío que es en Rusia. Nunca tendría la oportunidad de ser tan libre en casa.Taylor se pone los pantalones, pero solo eso, y nos tomamos de la mano al adentrarnos en el sendero que serpentea por el bosque hacia nuestra nueva casa.El olor a hojas verdes frescas, el aroma químico de las rocas mojadas en la base de los árboles y el océano me sumen en un estado de serenidad que no sentía desde hace mucho tiempo. Me recuerda a los días en que me conformaba con muy poco.Me gustaría volver a esa época de mi vida, pero esta vez con Taylor a mi lado. Ella es esencial para mi felicidad.La caminata es corta, y Taylor parece agradecida cuando llegamos a la casa y podemos ducharnos. Las duchas en la nueva casa son en realidad mucho más grandes que las de mi casa anterior. T
DanyaNo esperaba volver a zarpar tan pronto después de llegar al asentamiento, pero por otro lado, tampoco esperaba que nada de esto sucediera. Toda esta semana ha sido un torbellino de noticias, tanto buenas como malas, pero en general, soy optimista.Taylor está esperando mi bebé, y no hay mejor subidón que saber que estoy a punto de convertirme en padre.Me cuesta trabajo pensar en otra cosa. Los nombres de bebé corretean por mi cabeza en una loca estampida, y se los he estado proponiendo a Taylor durante todo el camino a la isla. Creo que ya ha tenido suficiente para cuando llegamos.Conseguí esta pequeña y encantadora mota en el Océano Índico por una verdadera ganga hace unos quince años, pero no la visito con la frecuencia suficiente. Es un paraíso tropical, un diamante en el gran océano azul, pero muy pocas personas llegarán a pisar alguna vez sus playas de arena.Hace cinco años, mandé a construir una mansión aquí para cuando viniera de visita, pero nunca tuve tiempo de revis







