LOGINAdriano dio varias zancadas hacia la pequeña habitación.
—¡Bájame! —gritó Isabella, golpeándole la espalda con los puños—. ¡Adriano, bájame ahora!
Pero Adriano no se detuvo, la seguía llevando sobre su hombro como si fuese una simple muñeca de trapo, caminando firme hacia la habitación contigua de la suite.
—¡Te estoy hablando! —insistió ella, forcejeando, moviendo las piernas con desesperación, y golpeando con sus puños cerrados
Sin pensarlo, le dio una patada fuerte, tan fuerte y directo, que Adriano tensó la mandíbula.
Pero siguió caminando.
—Eres más problemática de lo que imaginé —murmuró.
—¡Y tú un maldito loco! —respondió ella, volviendo a golpearlo—. ¡Suéltame!
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y Adriano entró sin detenerse, en un movimiento brusco…la dejó caer sobre la cama.
Isabella rebotó ligeramente contra el colchón.
Su respiración era agitada, su pecho subía y bajaba con fuerza, mientras se incorporaba de inmediato.
—¿Qué demonios crees que haces? —exigió, con la voz temblando de rabia.
Adriano no respondió, se quitó la corbata con calma, demasiado lento, era como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Isabella lo miró, incrédula.
—¿Qué estás haciendo?
Adriano giró el rostro hacia ella, sus ojos eran fríos.
—¿No es obvio? —dijo—. Vamos a tener nuestra primera noche juntos.
Los ojos de Isabella se abrieron de par en par, incredulidad a las palabras que salían de la boca de Adriano
—Eso… nunca.
Ella se puso de pie de inmediato, alejándose de la cama.
—No va a pasar.
Adriano sonrió levemente, con bastante superioridad, y se giró hacia ella.
—Eso no lo decides tú.
—Claro que sí —espetó ella—. Yo no pienso quedarme aquí.
Ella dio un paso hacia la puerta, debía salir de ahí, y cuanto antes mejor.
—Y mucho menos dormir en la misma cama que tú.
Adriano soltó una risa baja.
—¿Dormir? —repitió con sarcasmo—. ¿Quién dijo que íbamos a dormir?
El corazón de Isabella dio un golpe fuerte, sus ojos se abrieron aún más.
—Estás enfermo…
Sin pensarlo más, caminó hacia la puerta. Decidida a salir, o mejor dicho a huir de ahí, pero no llegó ni siquiera a la puerta
En un movimiento rápido, Adriano la tomó de la cintura y la atrajo contra él, su cuerpo chocó contra el de él.
El aire se le escapó de sus pulmones.
—¡Suéltame! —exigió, empujándolo.
Su pecho subía y bajaba con fuerza, con su respiración chocando contra la de él.
—No —respondió Adriano con calma—. Eres mi esposa.
Isabella forcejeó, e intentó apartarse.
—¡Eso no significa nada!
Pero Adriano la sostuvo con más firmeza. Y en un movimiento rápido, le tomó la nuca.
—Significa todo.
Y la besó, sin previo aviso, firme, dominante, Isabella reaccionó al instante.
Empujó su pecho con todas sus fuerzas y logró separarse.
—¡No vuelvas a tocarme! —gritó, con la voz quebrándose por la rabia—. ¡Nunca más!
Adriano la observó, sin moverse.
—Eres mi esposa —dijo finalmente—. Y vas a cumplir con tus deberes maritales.
Isabella sintió un escalofrío recorrerle todo su cuerpo, aún así no retrocedio
—Primero me muero antes que acceder a tus pretensiones.
Su mirada comenzó a recorrer la habitación desesperadamente.
Buscando algo, lo que fuera, y entonces la vio… La lámpara.
Sin pensarlo, la tomó, y la sostuvo con ambas manos.
—Ni te acerques —advirtió, respirando agitada—. Porque te juro que…
Adriano sonrió. Y empezó a caminar hacia ella.
—¿Qué? —la provocó—. ¿Vas a golpearme otra vez?
—No me pongas a prueba…
—Hazlo.
Él dio otro paso.
—Te lo advierto…
Ahora estaba cerca, demasiado.
—No tienes valor.
Eso fue suficiente, Isabella no pensó, y le estampó la lámpara en la cabeza.
El golpe fue fuerte, brusco, Adriano se tambaleó, y echó dos pasos hacia atrás y cayó hacia atrás.
El sonido de su cuerpo contra el suelo retumbó en la habitación, quedando en total silencio.
La lámpara cayó de las manos de Isabella, sus dedos temblaban al igual que todo su cuerpo, su respiración era irregular.
—Yo… —susurró, retrocediendo—. Yo…
Miró a Adriano en el suelo… Inmóvil.
Un hilo de sangre descendía por su sien.
—¿Qué hice…? —murmuró, con la voz rota—. Dios… ¿qué hice?
Sus ojos se abrieron con terror.
—¿Lo maté?...
Gael no había pronunciado una sola palabra desde que abandonaron la mansión.El silencio dentro de la camioneta era casi insoportable.Isabella permanecía junto a la ventanilla, con los brazos cruzados y la mirada fija en el paisaje que pasaba a toda velocidad. Intentaba controlar la respiración, pero el miedo que sentía se mezclaba con una rabia que le quemaba el pecho.Frente a ella, Gael no dejaba de observarla.Durante varios minutos permaneció en silencio, hasta que finalmente soltó una pequeña risa.—No entiendo por qué huyes de mí.Isabella giró lentamente el rostro.—¿Qué?Gael apoyó un brazo sobre el respaldo y la miró directamente.—Sabías perfectamente que algún día sería yo quien se casaría contigo.Isabella frunció el ceño.—No sé de qué estás hablando.—Claro que lo sabes.Gael sonrió.—Nuestros padres lo habían hablado desde hace años. Tú y yo terminaríamos juntos. Lo único que cambió fueron los planes de nuestras familias.Isabella soltó una risa amarga.—¿Y esperabas
El sonido de varios motores acercándose a toda velocidad rompió el silencio de la carretera.La camioneta que encabezaba el convoy frenó bruscamente frente a la mansión.Antes de que el vehículo terminara de detenerse por completo, Adriano abrió la puerta y bajó.—¡Señor!Luca descendió inmediatamente detrás de él.Adriano ni siquiera respondió. Al ver la entrada destrozada, los cristales rotos y varios cuerpos tendidos en el suelo, su rostro perdió cualquier rastro de calma.—Maldición...Corrió hacia el interior.—¡Señor, espere!Pero Adriano ya había cruzado las puertas.Sus hombres entraron detrás de ellos, desplegándose por toda la propiedad mientras revisaban cada habitación.—¡Revisen todos los accesos! —ordenó Luca—. ¡Quiero saber si queda algún intruso dentro!Adriano avanzó por el salón, sintiendo cómo la rabia comenzaba a apoderarse de él.Entonces vio a María.La mujer estaba sentada en el suelo, con las manos atadas detrás de la espalda. A su lado se encontraba uno de sus
Los pasos continuaron acercándose.Isabella permanecía inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza. María tenía una mano sobre su boca para evitar que cualquier sonido escapara, mientras Leah observaba fijamente la puerta.Entonces la manija comenzó a moverse.La puerta empezó a temblar bajo la fuerza de alguien que intentaba abrirla desde afuera.Leah se puso de pie de inmediato.—Voy a abrir.María abrió los ojos.—¡Señorita, no!—Si no la abrimos, van a entrar de todas maneras.Leah se acercó a la puerta.—Y cuando entren, será mucho peor.María negó desesperadamente.—Tenemos que esperar al señor Adriano.Leah la miró.—¿Y cuánto crees que tardará?Isabella comenzó a caminar de un lado a otro, completamente alterada.—No sabemos si Adriano siquiera sabe que estamos aquí.Otro golpe sacudió la puerta. Las tres se sobresaltaron.—¡Atrás! —susurró María.Pero antes de que Leah pudiera responder, una ráfaga de disparos atravesó la puerta.Las tres gritaron y se cubrieron los oídos.
Gael levantó la mirada hacia los hombres que permanecían detrás de él.Su expresión había cambiado por completo.—Abran fuego.La orden fue suficiente.Los hombres comenzaron a disparar contra la entrada de la bodega. El estruendo de las armas retumbó por todo el lugar, haciendo vibrar los ventanales y provocando que varios objetos cayeran de las estanterías.Los tres hombres que custodiaban la propiedad reaccionaron de inmediato.—¡Al suelo! —gritó uno de ellos.Se refugiaron detrás de unas enormes cajas de madera mientras respondían al ataque.Las balas atravesaron algunos de los objetos, levantando astillas por todas partes.Mientras tanto, en el interior de la mansión, María bajaba rápidamente las escaleras junto a Isabella.—¡Señora, tenemos que escondernos!—¿Qué está pasando? —preguntó Isabella, intentando mantener la calma.—No lo sé, pero están disparando.Un nuevo estruendo hizo que Isabella se estremeciera. Antes de que pudiera responder, escucharon pasos apresurados detrá
La tarde había llegado sobre la mansión Vercelli, en una simple vista llena de calma.Dentro de la propiedad, las luces permanecían encendidas y algunos empleados todavía se movían por los pasillos. Después de lo ocurrido horas atrás con Leah, todos parecían estar intentando recuperar la normalidad.Pero aquella tranquilidad estaba a punto de terminar.En la sala de vigilancia, uno de los hombres encargados de controlar las cámaras permanecía sentado frente a los monitores. Sus ojos recorrían las diferentes entradas de la propiedad hasta que algo llamó poderosamente su atención.Frunció el ceño, pues una camioneta negra apareció en una de las cámaras, después otra, y otra.El hombre se inclinó hacia delante.—¿Qué demonios...?Y amplió la imagen.Varias camionetas estaban atravesando lentamente el camino que conducía directamente hacia la mansión.Entonces vio las puertas abrirse, y varios hombres armados comenzaron a descender.El guardia sintió que un escalofrío le recorría la espa
Gael sostenía el teléfono con fuerza, caminando de un lado a otro dentro de su habitación. Su mandíbula permanecía tensa mientras esperaba que Leah dejara de llorar al otro lado de la línea. Estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió sin previo aviso.Eduardo entró con el ceño fruncido.Al verlo, Gael bajó la mano que sostenía el teléfono y respiró hondo, intentando que su padre no alcanzara a escuchar la conversación.Del otro lado de la llamada, la voz desesperada de Leah volvió a escucharse.—Gael... no pude hacer nada.Él frunció el ceño.—¿Qué?Leah soltó un bufido cargado de rabia.—Sí, como escuchaste. La estúpida mujer de tu hermano, me acaba de echar.Gael cerró los ojos con fuerza.—¡Mierda!Eduardo levantó una ceja, intentando entender qué estaba ocurriendo, pero decidió permanecer en silencio.Gael hizo una pausa antes de volver a hablar.—Espera un momento... ¿y dónde está mi hermano?—No lo se, él salió temprano. Pero la estúpida, insípida e insignificante de







