MasukIsabella no se movía, no respiraba, o eso intentaba.
Sus ojos estaban fijos en el cuerpo de Adriano… tirado en el suelo y lo peor, inmóvil, con la sangre deslizándose lentamente por su sien.
—Yo… —susurró, retrocediendo—. Yo no quería…
Murmuró para sí misma, intentaba convencerse que todo iba a estar bien.
Un golpe fuerte en la puerta, hizo que el corazón de Isabella se detuviera en seco.
—Señor Adriano —se escuchó desde el otro lado—. ¿Todo está bien?
Isabella reaccionó de inmediato, el pánico la atravesó por completo.
Miró alrededor desesperada… y sin pensarlo, corrió hacia la puerta contigua del pequeño recibidor de la suite, escondiéndose justo detrás, pegando la espalda contra la pared.
La manija giró, y la puerta se abrió, se escuchaban pasos firmes.
—Señor…
La voz se cortó.
—Joder…
El hombre se acercó rápidamente.
Era alto, de traje negro impecable, mirada alerta. Luca Moretti, el hombre más leal de Adriano.
Se arrodilló junto a él sin perder un segundo.
—Señor… ¿qué le pasó?, ¿Quién demonios le hizo esto?.
Lo sostuvo por los hombros, revisando la herida con rapidez.
Adriano no respondió, pero al menos respiraba lento.
—Maldición… —murmuró Luca.
Sin perder tiempo, lo levantó con esfuerzo, pasándole un brazo por encima de los hombros.
Isabella contuvo la respiración. Su cuerpo seguía temblando, pero su mente comenzó a moverse rápido, desesperada.
Podía quedarse… y enfrentarlo. O podía correr.
Miró una vez más el cuerpo de Adriano… la sangre… el peligro..
No iba a esperar a ver qué pasaba, ella apretó los dientes y decidió huir.
En ese momento, un leve sonido, llamó la atención de Luca, quien giró apenas la mirada.
Y la vio, a Isabella.
Saliendo lentamente de detrás de la puerta, sus ojos se encontraron por un segundo.
Uno solo, pero suficiente.
—Tú… —murmuró Luca.
Isabella no esperó y corrió.
Salió de la suite como si su vida dependiera de ello, porque así era, sabía que si la familia Vercelli sabía que ella acaba de matar a Adriano, ella y toda su familia estarían muertos en cuestión de horas.
—¡Maldición! —gruñó Luca.
Él apoyó a Adriano con cuidado sobre el sofá más cercano, sacó su teléfono y marcó sin dudar.
—Necesito un médico. Ahora —ordenó—. Suite presidencial. Muévanse.
Colgó. Y sus ojos se endurecieron.
—Y tú…
Se giró hacia la puerta.
—No vas a ir muy lejos.
Y salió tras ella.
Isabella corría, descalza, el vestido de novia enredándose en sus piernas, y el corazón golpeándole con fuerza descontrolada, a punto de desbocarse.
Los pasillos parecían interminables.
—Tengo que salir… tengo que salir…
En las escaleras, sin pensarlo, bajó, lo más rápido que podía, torpe, casi cayendo. Pero no se detuvo, un piso, y luego otro, debía bajar los que fuera, solo por salir de ahí, pero con vida.
Su respiración era irregular, con el pecho subiendo y bajando con desesperación.
Llegó al vestíbulo, y se detuvo en seco.
—Refuercen las salidas —dijo uno de los guardias del hotel por radio—. Orden directa. Nadie sale.
Isabella sintió que el mundo se le venía encima.
—No… No… No —se dijo a sí misma..
Retrocedió, despacio, dió un paso, luego otro, su mente buscaba una salida, una sola, pero no había. Se giró ligeramente, observando a todos lados, y siguió retrocediendo, sin mirar atrás.
Y entonces chocó contra algo… contra alguien.
Su cuerpo se tensó al instante, el aire se le congeló en los pulmones.
Giró lentamente la cabeza, y luego alzó la mirada.
Un hombre alto, Imponente, traje negro, y lo peor la mirada fija en ella.
Y una sonrisa torcida que dejó ver… con un diente de plata. Era Luca.
—Hola —dijo con calma.
Pero no había nada amable en su voz.
Las manos de Isabella reaccionaron tarde.
Porque él ya la había sujetado por los brazos, sin dejarle escapatoria .
—Suéltame —espetó ella, forcejeando.
Luca inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso no va a pasar.
Ella intentó soltarse, pero él apretó más fuerte.
—Hiciste algo muy estúpido —añadió, bajando la voz—. Y el jefe… no es alguien a quien debas dejar sangrando en el suelo.
El miedo la atravesó.
—Yo no…
—Silencio —la interrumpió.
Sus ojos se endurecieron.
—Vas a volver conmigo.
Isabella negó con fuerza.
—No.
Intentó zafarse otra vez, pero fue inutil. Luca la acercó un poco más hacia él.
—No entiendes —murmuró—. No te estoy pidiendo, te estoy ordenando.
Ella lo miró, respirando agitada.
—Prefiero morir.
Luca sonrió, lento, peligrosamente lento.
—Eso… se puede arreglar.
Isabella sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
—Pero primero —añadió él, comenzando a arrastrarla—… el señor Vercelli va a querer verte.
Gael no había pronunciado una sola palabra desde que abandonaron la mansión.El silencio dentro de la camioneta era casi insoportable.Isabella permanecía junto a la ventanilla, con los brazos cruzados y la mirada fija en el paisaje que pasaba a toda velocidad. Intentaba controlar la respiración, pero el miedo que sentía se mezclaba con una rabia que le quemaba el pecho.Frente a ella, Gael no dejaba de observarla.Durante varios minutos permaneció en silencio, hasta que finalmente soltó una pequeña risa.—No entiendo por qué huyes de mí.Isabella giró lentamente el rostro.—¿Qué?Gael apoyó un brazo sobre el respaldo y la miró directamente.—Sabías perfectamente que algún día sería yo quien se casaría contigo.Isabella frunció el ceño.—No sé de qué estás hablando.—Claro que lo sabes.Gael sonrió.—Nuestros padres lo habían hablado desde hace años. Tú y yo terminaríamos juntos. Lo único que cambió fueron los planes de nuestras familias.Isabella soltó una risa amarga.—¿Y esperabas
El sonido de varios motores acercándose a toda velocidad rompió el silencio de la carretera.La camioneta que encabezaba el convoy frenó bruscamente frente a la mansión.Antes de que el vehículo terminara de detenerse por completo, Adriano abrió la puerta y bajó.—¡Señor!Luca descendió inmediatamente detrás de él.Adriano ni siquiera respondió. Al ver la entrada destrozada, los cristales rotos y varios cuerpos tendidos en el suelo, su rostro perdió cualquier rastro de calma.—Maldición...Corrió hacia el interior.—¡Señor, espere!Pero Adriano ya había cruzado las puertas.Sus hombres entraron detrás de ellos, desplegándose por toda la propiedad mientras revisaban cada habitación.—¡Revisen todos los accesos! —ordenó Luca—. ¡Quiero saber si queda algún intruso dentro!Adriano avanzó por el salón, sintiendo cómo la rabia comenzaba a apoderarse de él.Entonces vio a María.La mujer estaba sentada en el suelo, con las manos atadas detrás de la espalda. A su lado se encontraba uno de sus
Los pasos continuaron acercándose.Isabella permanecía inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza. María tenía una mano sobre su boca para evitar que cualquier sonido escapara, mientras Leah observaba fijamente la puerta.Entonces la manija comenzó a moverse.La puerta empezó a temblar bajo la fuerza de alguien que intentaba abrirla desde afuera.Leah se puso de pie de inmediato.—Voy a abrir.María abrió los ojos.—¡Señorita, no!—Si no la abrimos, van a entrar de todas maneras.Leah se acercó a la puerta.—Y cuando entren, será mucho peor.María negó desesperadamente.—Tenemos que esperar al señor Adriano.Leah la miró.—¿Y cuánto crees que tardará?Isabella comenzó a caminar de un lado a otro, completamente alterada.—No sabemos si Adriano siquiera sabe que estamos aquí.Otro golpe sacudió la puerta. Las tres se sobresaltaron.—¡Atrás! —susurró María.Pero antes de que Leah pudiera responder, una ráfaga de disparos atravesó la puerta.Las tres gritaron y se cubrieron los oídos.
Gael levantó la mirada hacia los hombres que permanecían detrás de él.Su expresión había cambiado por completo.—Abran fuego.La orden fue suficiente.Los hombres comenzaron a disparar contra la entrada de la bodega. El estruendo de las armas retumbó por todo el lugar, haciendo vibrar los ventanales y provocando que varios objetos cayeran de las estanterías.Los tres hombres que custodiaban la propiedad reaccionaron de inmediato.—¡Al suelo! —gritó uno de ellos.Se refugiaron detrás de unas enormes cajas de madera mientras respondían al ataque.Las balas atravesaron algunos de los objetos, levantando astillas por todas partes.Mientras tanto, en el interior de la mansión, María bajaba rápidamente las escaleras junto a Isabella.—¡Señora, tenemos que escondernos!—¿Qué está pasando? —preguntó Isabella, intentando mantener la calma.—No lo sé, pero están disparando.Un nuevo estruendo hizo que Isabella se estremeciera. Antes de que pudiera responder, escucharon pasos apresurados detrá
La tarde había llegado sobre la mansión Vercelli, en una simple vista llena de calma.Dentro de la propiedad, las luces permanecían encendidas y algunos empleados todavía se movían por los pasillos. Después de lo ocurrido horas atrás con Leah, todos parecían estar intentando recuperar la normalidad.Pero aquella tranquilidad estaba a punto de terminar.En la sala de vigilancia, uno de los hombres encargados de controlar las cámaras permanecía sentado frente a los monitores. Sus ojos recorrían las diferentes entradas de la propiedad hasta que algo llamó poderosamente su atención.Frunció el ceño, pues una camioneta negra apareció en una de las cámaras, después otra, y otra.El hombre se inclinó hacia delante.—¿Qué demonios...?Y amplió la imagen.Varias camionetas estaban atravesando lentamente el camino que conducía directamente hacia la mansión.Entonces vio las puertas abrirse, y varios hombres armados comenzaron a descender.El guardia sintió que un escalofrío le recorría la espa
Gael sostenía el teléfono con fuerza, caminando de un lado a otro dentro de su habitación. Su mandíbula permanecía tensa mientras esperaba que Leah dejara de llorar al otro lado de la línea. Estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió sin previo aviso.Eduardo entró con el ceño fruncido.Al verlo, Gael bajó la mano que sostenía el teléfono y respiró hondo, intentando que su padre no alcanzara a escuchar la conversación.Del otro lado de la llamada, la voz desesperada de Leah volvió a escucharse.—Gael... no pude hacer nada.Él frunció el ceño.—¿Qué?Leah soltó un bufido cargado de rabia.—Sí, como escuchaste. La estúpida mujer de tu hermano, me acaba de echar.Gael cerró los ojos con fuerza.—¡Mierda!Eduardo levantó una ceja, intentando entender qué estaba ocurriendo, pero decidió permanecer en silencio.Gael hizo una pausa antes de volver a hablar.—Espera un momento... ¿y dónde está mi hermano?—No lo se, él salió temprano. Pero la estúpida, insípida e insignificante de







