INICIAR SESIÓNFui enviada de regreso a mi familia porque no pude darles un hijo varón. Peor aún, mi esposo eligió a mi hermanastra para reemplazarme, como si el matrimonio fuera un juego que pudiera manejarse a su antojo. Para vengarme, acudí al señor Alexander y me convertí en la nueva esposa de un mafioso. Pero, ¿encontraré la felicidad o solo terminaré enfrentando un nuevo sufrimiento?
Ver másAquella noche la lluvia caía con fuerza. Con inquietud, esperaba a mi esposo para que viniera a recogerme a la casa de mi familia. De repente, la electricidad se cortó, haciendo que mi hogar de infancia se sintiera aterrador en la oscuridad absoluta.
Un segundo después, se escuchó el sonido brusco de la puerta abriéndose. Mi padre estaba en el umbral, completamente empapado.
Me apresuré a traerle una toalla y a iluminar con una vela.
—¿Por qué ha regresado solo, padre? ¿No había salido con Lucía? —pregunté, cuestionando la ausencia de mi hermanastra, quien antes había dicho que llevaría a mi padre al médico. Pero él regresó solo, bajo la lluvia torrencial y totalmente empapado.
—Siéntate. Necesito hablar contigo —dijo, guiándome hacia una silla en la sala.
Solo lo seguí, confundida.
—Es posible que Damián ya no venga a recogerte —dijo de repente.
—¿Por qué? Él es mi esposo, y no es posible que me deje aquí —sentí algo extraño, y eso hizo que mis emociones se alteraran.
—No puedes darle descendencia. —Mi padre negó con la cabeza, como si no hubiera esperanza.
—¿Por qué de repente hablamos de esto? Apenas llevamos tres años de casados —respondí con emoción; eso no podía ser motivo para una decisión tan absurda.
—Damián y su familia necesitan un heredero. No pueden esperar más tiempo.
Hasta ese momento, no lograba comprender realmente lo que decía mi padre.
—¿Por qué no es Damián quien viene a hablar conmigo? ¿Por qué tiene que decirlo usted? —pregunté, cada vez más alterada, incapaz de contener las lágrimas.
—Quizá Damián no tuvo el valor de decírtelo y hacerte daño.
—No —negué repetidamente, incapaz de creerle del todo—. ¡Damián debería venir, verdad! ¿Dónde está ahora? —sin darme cuenta, mi voz se elevó.
—Lucía y yo nos reunimos con él. Hablamos de todo y de la preocupación de todos por el heredero del Grupo Leaman. Sabes que tu esposo y su empresa son muy influyentes, ¿no? Deberías entender que la sucesión es muy importante y valiosa para ellos.
Las palabras de mi padre solo lograban irritarme más por lo enredadas que eran.
—Por favor, dígame el punto principal —pedí, respirando agitadamente.
—He entregado a tu hermana, Lucía. Eso significa que tú y Damián se divorciarán.
Las palabras de mi padre coincidieron con el estruendo de un trueno que resonó desde la ventana.
Damián y yo nos casamos hace tres años porque mi padre me presentó al hijo mayor del Grupo Leaman. Además de su imagen perfecta, Damián tenía un cuerpo, un rostro y una bondad impecables. Pensé que era un buen matrimonio arreglado, y, por supuesto, no podía rechazar la oportunidad de convertirme en la compañera de vida de alguien como Damián Leaman, con la vida lujosa que llevaba.
Siempre le estuve agradecida a mi padre por nuestro encuentro, por nuestro matrimonio, sin saber que este día llegaría.
Nunca imaginé que un matrimonio pudiera intercambiarse, y que Damián cambiara algo defectuoso por algo nuevo. Mi padre entregó a Lucía sin más, y estaba segura de que en ese momento Damián estaba con ella.
Me levanté, incapaz de aceptar sus palabras.
—¿Tenían un acuerdo desde antes? ¿Es el matrimonio un juego como este? —le grité a mi padre, que solo permanecía en silencio en su silla.
Mi padre siempre había sido bueno conmigo, aunque Lucía no hubiera nacido del mismo vientre que yo. Pero ahora sentía que nos habían vendido, que él tenía un acuerdo sucio con la familia Leaman desde el principio.
—Voy a buscar a Lucía y le diré que usted ha intentado utilizarnos a ambas. —Quizá Lucía tampoco sabía de las intenciones perversas de mi padre y de Damián; si ella tampoco lograba dar descendencia, también sería desechada como yo.
—No, no lo hagas. No busques a Lucía. —Mi padre sujetó mi mano.
Pero mi decepción era demasiado grande. En ese momento, lo odiaba.
Sin hacerle caso, ni tampoco al cielo que no favorecía mi partida, me lancé bajo la lluvia y salí a pie para encontrar algún vehículo en la calle.
Un taxi se detuvo justo frente a mí, y subí rápidamente.
Mi destino, por supuesto, era la casa de Damián, el hogar donde habíamos vivido como marido y mujer.
La angustia, la tristeza, la decepción y la traición eran insoportables. Lloré durante todo el trayecto de una hora hacia la casa de Damián, decidida a recuperar a mi hermana de ese hombre despreciable.
Al llegar, sentí que ya no reconocía esa casa. Los sirvientes me detuvieron, como si ya no fuera la señora de ese hogar.
Pero ¿quién no sabe que una persona con emociones y rencor en el pecho puede vencer incluso a cinco sirvientes y abrirse paso dentro de la casa?
Corrí hacia el segundo piso, fui al dormitorio principal y derribé la puerta.
Y era cierto lo que dijo mi padre: Lucía estaba con Damián. Desnudos, en pleno acto, en una posición que jamás imaginé y que nunca había compartido con él.
Por supuesto, notaron mi llegada. Damián se sobresaltó e intentó acercarse a mí, pero Lucía lo tomó de la mano y no detuvo su actividad.
Lucía parecía una mujer desvergonzada, no la hermana que conocía desde que teníamos ocho años.
—¡Lucía, detente! Tú y yo hemos sido manipuladas por este hombre y por nuestro padre. Ellos se han confabulado solo para utilizarnos. Nos han convertido en objetos intercambiables —intenté hacerla entrar en razón mientras me acercaba.
—¿Utilizarnos? —preguntó Lucía, deteniendo su actividad.
Asentí, tragándome los celos y el ardor en mi pecho, solo para que ella no terminara como yo.
—¿Tú te sientes utilizada? Porque yo no. Damián me desea, y yo le daré descendencia. Nadie está siendo utilizado. Si le hubieras dado un hijo desde el principio, esto no habría pasado. ¿Verdad, cariño?
Las palabras de Lucía me dejaron paralizada. No podía creer que la hermanastra a la que consideraba mi propia hermana fuera capaz de hacerme esto. Y Damián… nunca imaginé que fingiera amarme. Era dulce, el esposo ideal, pero había cambiado a su esposa por su propia hermana.
Damián bajó de la cama, tomó una sábana para cubrir la parte inferior de su cuerpo y se acercó a mí.
—Tu padre vino a verme hace tres años, pidiéndome que eligiera a una de sus hijas para casarme con ella, para que al menos una de ellas pudiera vivir con comodidad. Como insistió tanto, acepté con una condición: si la hija con la que me casara no podía darme descendencia en tres años, no me culparía por buscar otra esposa. Mi objetivo siempre fue el heredero del Grupo Leaman.
Las lágrimas comenzaron a caer mientras Damián relataba aquel acuerdo de hace tres años, dejándome como la única tonta en esta historia.
—Ya han pasado tres años. No es que no me gustes, pero ya lo dije: mi objetivo es un heredero. Te devolví a la casa de tu padre y le informé que este era el tercer año. Y tu padre, con plena conciencia, me entregó a tu hermanastra. Dijo que Lucía me había amado desde hace tiempo, y que su mayor miedo era que sus hijos sufrieran. Por eso te reemplazó con Lucía. Tal vez ella pueda ser feliz después de que le dé mi semilla y viva conmigo sin carencias.
Sus largas palabras terminaron con una fuerte bofetada en su rostro. La palma de mi mano ardía por la fuerza con la que lo golpeé.
No podía creer que yo hubiera sido un experimento, un matrimonio de prueba, y que me reemplazaran tan fácilmente cuando resulté defectuosa, incapaz de dar descendencia.
Había tantas palabras que quería decir, tantas preguntas que quería hacer, pero no pude pronunciarlas. Solo decidí que ese sería el último día de Damián como mi esposo y el último día en que consideraría a Lucía como mi hermana.
Me fui de la casa que creí haber llegado a gobernar como señora.
Me fui sin llevar nada, atravesando la lluvia y dejando que las gotas empaparan mi cuerpo.
Mi pecho estaba oprimido, y mis piernas flaqueaban, incapaces de sostenerme. Me agaché en la calle y lloré con fuerza, desahogando todas mis emociones.
Pero de pronto sentí que la lluvia ya no caía sobre mí. Alguien me cubría con un paraguas. Al levantar la vista, vi que era mi padre. Con una expresión triste y culpable, sostenía firmemente el mango del paraguas para que no me mojara más.
—Perdóname. Te presentaré al señor Alexander. Estoy seguro de que allí serás mejor aceptada.
Aquella mañana, la casa de Leo se sentía mucho más animada de lo habitual. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, el bullicio de aquella casa no se debía a problemas, amenazas ni malas noticias.Hoy era el día previo a la boda de Jason y Veronica. Desde primera hora de la mañana, los sirvientes estaban ocupados preparando el jardín trasero de la casa. Habían instalado una carpa blanca en el amplio jardín, las mesas estaban decoradas con flores frescas y habían colocado pequeñas luces entre los árboles.Yo apenas había tenido tiempo de sentarme. Pero, antes de que todos los preparativos estuvieran terminados, había algo mucho más importante.El vestido de novia de Veronica.—Veronica, si sigues ahí de pie, nunca encontraremos un vestido que te quede bien —dije mientras tiraba de su mano para hacerla entrar en la boutique.Veronica rio nerviosamente.—Señora, de verdad no sé cuál elegir.Anne, que caminaba detrás de nosotras, intervino de inmediato:—Por eso te hemos traído aquí.
A la mañana siguiente, las noticias sobre Damian y su madre ocupaban prácticamente todos los medios de comunicación.Yo acababa de bajar al comedor cuando Luca llegó con varios documentos en las manos. Leo ya estaba allí, desayunando mientras leía las noticias en su tableta.Sin embargo, por la expresión de Luca, supe que algo importante había sucedido.—Señor, señora, la policía los ha detenido.Mi mano, que estaba a punto de tomar la taza de café, se quedó suspendida en el aire.—¿Damian? —pregunté.Luca asintió.—Damian y su madre. Los encontraron en una casa que habían estado utilizando para esconderse desde anoche.Miré a Leo. No había ninguna expresión de sorpresa en su rostro. Era como si hubiera esperado que aquello sucediera.—¿Se resistieron? —preguntó Leo.—Damian intentó escapar por la puerta trasera, pero la policía ya había rodeado la casa. Su madre, por su parte, fue encontrada dentro de una de las habitaciones.Solté un largo suspiro.Después de todo lo que había suced
Aquella mañana se sentía diferente. Por primera vez en meses, me desperté sin sentir miedo de inmediato. Ya no tenía la sensación de que debía ir al hospital para pasar horas sentada junto a la cama de Leo, ni el temor de que un médico saliera de su consultorio con el rostro serio y malas noticias, ni el sonido constante de las máquinas junto al cuerpo de mi esposo.Porque aquella mañana, Leo ya estaba sentado frente a mí.Ya se había puesto la ropa normal que Jane había traído. Y, por primera vez en tanto tiempo, nos preparábamos para abandonar juntos el hospital. Finalmente, los médicos nos habían dado permiso para regresar a casa.Aunque Leo todavía tendría que someterse a controles médicos posteriores, consideraban que su estado era lo suficientemente estable como para descansar en casa. Yo estaba ayudando a ordenar algunas cosas mientras Leo permanecía de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera. No sabía por qué, pero desde aquella mañana se veía más callado de lo habitual.
Yo seguía de pie en el mismo lugar cuando la enfermera me dijo que Lucia había despertado. Durante unos segundos, ni siquiera supe cómo reaccionar.Lucia.La mujer que durante tantos años había formado parte de tantas heridas en mi vida.La mujer que una vez me arrebató algo.La mujer que alguna vez me hizo sentir que mi propio hogar ya no era un lugar seguro.La mujer que estuvo al lado de Damian y permitió convertirse en parte de la destrucción de mi matrimonio.Sin embargo, unas horas atrás, también había visto a esa misma mujer a punto de perder la vida.Y yo la había salvado.No porque hubiera olvidado todo.No porque de repente considerara correcto todo lo que había hecho.Simplemente no era capaz de permitir que alguien muriera delante de mis ojos cuando todavía podía hacer algo para salvarla.—¿Ya ha despertado? —pregunté una vez más.La enfermera asintió.—Sí, señora. Todavía está muy débil, pero su estado es bastante estable. El médico ha dicho que ya puede mantener una conv






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